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Full text of "Estudios de sociología arequipeña trabajos premiados en el concurso convocado por el "Centro de Instrucción""

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1909 

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Trabajos    premiados    en    el   concurso 

convocado     por    ei    ''Centro 

de    Instrucción" 


Obra  publicada  á  expensas 
de!  H.  Concejo  Provin- 
cial   de    Arequipa. 


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AREQUIPA 


TIP.    DÍAZ.— SAX   FRANCISCO    22 


1909 


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'Causas    pop    las    cuales,    Arequipa,    hacia 

fines  del  siglo   dieciocho    y    principios 

del  diecinueve,    produjo,    su    coni- 

plejidad  de  condiciones,  tantos 

hombres      ilustres-'*' 


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La  sociología,  ciencia  nueva,  no  bien 
sintetizada  todavía,  pero  cjue  habrá  de 
ser  fecunda,  ha  llegado  hasta  nosotros. 
Nuestros  jóvenes,  hijos  de  su  siglo, 
nutridos  con  la  savia  de  los  ideales 
inodernos,  han  hecho  un  ensavo  de 
estudio  sociológico,  indagando  las  causas 
del  florecimiento  de  nuestra  sociedad  en 
una  época  de  evolución. —  A  nuestro  juicio, 
han  salido  airosos  en  el  ensayo.  Leed 
este  folleto,  y  encontraréis  en  él,  trabajo 
mental  substancioso,  serio,  propio  de 
inteligencias   cultivadas  con  método. 

Provocóse  ]3or  el  Centro  de  Instruc- 
ción un  certamen  informativo  (Permítase- 
nos reemplazar  con  estas  dos  palabras  cas- 
tellanas la  de  etiquete  usada  para  el 
objeto)  con  el  tema  siguiente:  "Causas 
por  las  cuales  Arecjviipa  á  fines  del  siglo 
XYIII  3^  principios    del  XIX    produjo,     en 


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complejidad  de  condiciones,  tantOvS hombres 
ilustres." — Como  se  ve,  había  en  el  tema 
propuesto  marcada  tendencia  sociológica. 
No  se  perseguía  un  fin  únicamente  histórico: 
se  trataba  de  inquirir  un  fenómeno  social. 
La  labor  era  harto  compleja:  precisaba, 
mediante  datos  históricos,  rehacer  una 
época  3^  analizar  las  causas  étnicas  y  las 
condiciones  morales,  intelectuales  y  físicas 
del  medio  para  inducir  metódicamente  la 
conclusión.  El  motivo  del  certamen, 
entrañaba,  pues,  una  cuestión  sociológica 
de  no    escasa  importancia. 

En  nuestro  concepto,  el  tema  no  esta- 
ba del  todo  bien  planteado:  había  en  él  una 
afirmación  que  carecía  de  base  científica. 
En  efecto,  no  se  ha  demostrado —  por  más 
que  sea  una  presunción  aceptada  general- 
mente— que,  en  aquella  época,  hubiese  un 
notable  florecimiento  de  hombres  ilustres. 
Pero,  ya  que  así  se  ha  propuesto  la 
información,  no  hemos  de  insistir  en 
comentarla,  limitándonos  á  declarar  que, 
para  nuestra  opinión,  en  varios  de  los 
trabajos  presentados,  principalmente  en  los 
cuatro  qne  obtuvieron  el  premio,  que  son  los 
que  en  este  folleto  se  publican,  se  ha 
estudiado,  conforme  á  su  índole  científica, 
el  tema  del  certamen. 

No  creíamos — debemos  decirlo  con 
franqueza — que  en  nuestra  juventud 
hubiese  ya  surgido  el     verdadero   concepto 


del  estudio;  pero  el  certamen  de  que  nos 
venimos  ocupando  es  una  revelación 
satisfactoria.  Hay  en  este  folleto  valioso 
acopio  de  datos  históricos,  conocimentos 
poco  comunes  de  ciencias  filosóficas  y 
sociales,  criterio  metódico  3^  sereno,  salvo 
algún  prejuicio  que  no  nos  detendremos 
á  detallar,  y  mejor  que  todo  esto, 
apreciación  propia,  es  decir,  aplicación 
inductiva  de  los  conocimientos  adquiridos 
al  estudio  de  un  hecho  social.  En  cuanto 
á  la  forma,  es,  por  lo  general,  adecuada 
al  objeto.  Se  ha  empleado  un  estilo  sobrio, 
no  ageno  á  la  lógica,  encontrándose  frases 
nutridas  y  correctas,  que  más  parecen 
propias  de  escritor  avezado  que  de  jóvenes 
principiantes. 

No  es  nuestro  propósito  hacer  un 
estudio  crítico  de  este  folleto:  quédese 
esa  labor  para  c[uien  tenga  más  sólidos 
conocimientos  en  la  materia  y  mejor 
disposición  para  la  crítica.  El  que  estas 
líneas  escribe,  si  gusta  de  la  apreciación 
franca,  no  se  aviene  con  los  dogmatis- 
mos rigoristas  que  entrañan  siempre  pre- 
juicios. 

Hecha  la  anterior  salvedad,  hemos  de 
dejar  constancia  de  que  ha  sido  muy  grata 
la  impresión  que  nos  ha  dejado  el  certamen. 
— También  aquí,  en  nuestro  medio  incipiente, 
ha3'  3^a  inteligencias  jóvenes  que  trabajan 
3^     que      han         revelado   que     las      ideas 


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adquiridas  no  deben  ser  sólo  un  lujo  mental, 
sino  que  deben  utilizarse,  como  provechosa 
energía,  para  la  propia  observación  en 
la  sociedad  en  que  se  vive.  Este  es  el 
verdadero  concepto  del  estudio,  y  en  tal 
sentido  deben  tomarlo  los  que  á  él  dedican 
su  existencia. 

Altamente  meritorio  es  dedicarse  a  los 
trabajos  mentales  en  un  medio  como  el 
nuestro.  Hay  aquí  carencia  casi  absoluta 
de  datos  y  de  elementos;  no  tenemos 
maestros,  si  se  atiende  á  la  verdadera 
acepción  del  vocablo,  porc[ue  no  es  el  maes- 
tro aquel  que  da  una  lección  más  ó  menos 
deficiente,  sino  el  c[ue  sabe  fortalecer  la 
inteligencia,  enseñando  á  discurrir  con 
método;  nuestra  herencia  científica  es  harto 
pobre  y  desordenada,  y,  en  nuestro  país 
embrionario,  no  pueden  esperarse  tampoco 
muchos  estímulos.  Además,  nuestra  educa- 
ción, falsificada  en  el  fondo  y  en  la  forma,  no 
prepara  la  inteligencia.  Sabido  es  cjue 
aquí,  desde  el  hogar  hasta  la  Universidad, 
hay  empeño  en  form^jr  al  hombre  para 
que  brille,  no  para  que  trabaje.  Se 
necesitaría  una  pluma  dura,  hiriente  3^ 
sin  convencionalismos  para  hacer  el  análisis 
de  nuestro  concepto  educativo. — No  es 
esta  la  ocasión  de  tratar  este  problema, 
C[ue  tan  hondos  reflejos  tiene  en  todas 
las  manifestaciones  de  la  vida  social  y 
que  es,     seguramente,    la    causa   que    trae 


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á    nuestro     x3ueblo     vacilante    3^    desorien- 
tado. 

Urj  algo  más  que  debe  anotarse 
como  dato  sociológico  en  el  certamen  cj[ue 
ha  dado  origen  á  este  folleto:  un  principio 
de  evolución  en  la  juventud  estudiosa. 
Hasta  hace  poco  tiempo — fruto  de  nuestras 
aberraciones  pedagógicas — creíase  aquí 
que  el  estudio  tenía  por  objeto  esencial 
conquistar  la  fama  de  ilustración  y  de 
talento.  La  ciencia  y  el  arte  consistían  en 
aprender,  no  siquiera  en  asimilar,  unas 
cuantas  ideas,  frases  más  bien  dicho,  sobre 
todo  género  de  conocimientos  y  en  el  más 
abigarrado  desorden.  Con  el  título  de  doc- 
tor, se  otorgaba  la  patente  de  suficiencia; 
con  un  discurso  de  frases  hechas,  un 
artículo  injurioso  en  el  diario  ó  un  verso  sin 
poesía,  estaba  hecha  la  reputación  de 
talento.  Nuestro  medio,  imaginativo,  casi 
infantil,  se  holgaba  en  gran  manera  con 
su  inmensa  falange  de  letrados  3^  de 
intelectuales,  cre^^endo,  con  la  buena  fé  más 
candorosa,  que  estábamos  en  el  país 
privilegiado  del  talento.  No  hemos  de 
negar  nosotros  que  lo  ha^-^a,  que  la  materia 
prima  sea  buena;  pero  la  falsificación  del 
concepto  de  intelectualidad,  produjo  en  nues- 
tras sociedades  una  derivación  vanidosa  j 
pueril  al  principio  y  altamente  nociva 
después.  Precisa,  estimular  la  reacción 
contra  la  mentira  convencional.     Basta  va 


Yin 

de  imposturas:   el   talento   que  no  produce, 
no  es  talento. 

Hemos  afirmado  que  había  un  princi- 
pio de  evolución  intelectual  favorable  en  la 
juventud.  Los  estudios  insertos  en  este 
folleto  y  algunos  masque  hemos  visto  publi- 
cados, comprueban  nuestra  afirmación.  Se 
advierte  ya  que  empezamos  á  reflexionar 
en  serio,  que  se  estudia  y  se  asimila, 
que,  si  no  nos  hemos  curado  del  hipo  de 
notoriedad,  como  diría  un  ilustre  esta- 
dista contemporáneo,  al  menos,  la  pro- 
ducción intelectual  se  ha  hecho  más  pro- 
vechosa y  más  fecunda  y  el  medio,  an- 
tes tan  dócil,  se  muestra  hoy  inás  des- 
confiado y  exigente.  Esto  no  quiere  de- 
cir que  hayamos  avanzado  mucho:  esta- 
mos todavía  muy  al  principio.  Hace  fal- 
ta perseverancia,  mucha  perseverancia  j 
algo  también  de  abnegación.  La  vida 
mental  es  vida  de  sacrificio,  no  de  hol- 
gura. 

Permítasenos  todavía  una  aprecia- 
ción desagradable:  encontramos  contra- 
producente y  muy  digno  de  censura  el 
hecho  de  que,  en  los  comienzos  de  una 
evolución  c[ue  podríamos  llamar  sensata, 
se  abuse  tanto  de  la  palabra  intelectual. 
No  debemos  usar  el  título  antes  de  me- 
recerlo. La  intelectualidad  no  es  tina  pa- 
labra: debe  ser  un  hecho  de  fácil  compro- 
bación.     Algo   más:   la    verdadera  intelec- 


IX 

tualidad,  propia  de  los  pueblos  viejos  3^ 
altamente  civilizados,  sólo  puede  apare- 
cer excepcionalmente  entre  nosotros.  Es 
peligroso,  pues,  que  nuestra  imaginación, 
propensa  siempre  á  alucinaciones  enfermi- 
zas, tome  por  su  cuenta  esta  nueva  orien- 
tación de  la  juventud,  como  1103^  se  esti- 
la decir.  No  debemos  olvidar  que  el  sen- 
tido común  es  la  base  sobre  la  que  des- 
cansa toda  intelectualidad  seria,  que  es 
como  el  lastre  que  sostiene  el  equilibrio 
del  navio;  y  el  sentido  común — doloroso 
es  decirlo — ^no  está  completamente  forma- 
do entre  nosotros.  La  demostración  la 
tenemos  á  diario  en  nuestras  intransigen- 
cias religiosas  y  políticas  y  hasta  en  el 
desorden  3^  en  los  apasionamientos  pue- 
riles de  nuestro  modo  de  ser  privado. 
Nuestro  pueblo  no  está,  pues,  regido  to- 
davía por  el  gran  regulador  de  las  socie- 
dades:  el  sentido  común. 


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Para  el  que  escribe  estas  líneas  ha 
sido  un  honor  presentar  al  público  este 
folleto,  que  si  hoy  vale  ya  mucho,  está 
llamado  á  ser  provechosa  fuente  de  infor- 
mación en  el  porvenir.  Escrito  por  jóve- 
nes muy  jóvenes,  revela,  sin  embargo,  in- 
teligencias levantadas  y  conceptos  moder- 
nos sólidamente  adquiridos,    3^  tiene,   por 


su  índole  y  por  el  objeto  que  estudia, 
grata  significación  para  el  observador  de- 
sapasionado. 


* 


Al  terminar  estas  apreciaciones,  nos 
hacemos  esta  pregunta:  ¿Dará  motivo 
el  certamen  de  que  nos  hemos  ocupado 
para  creer  que  la  nueva  generación  ha  va- 
riado de  rumbos  definitivamente  j  que 
podemos  esperar  de  ella  reflexión,  traba- 
jo y  energía  mental? — Cualquier  respuesta 
sería  prematura.  La  evolución,  si  la  hay, 
debe  producir  fruto;  y,  por  lo  tanto,  só- 
lo se  comprobará  con  el  mejoramiento 
de  nuestra  sociedad   del  porvenir. 

No  obstante,  debemos  dejar  cons- 
tancia de  que  es  honroso  que  los  jóvenes 
estudien  y  analicen  nuestro  medio,  aquí 
donde  los  hombres  tan  poco  trabajo  han 
hecho  en  ese  sentido. 

Arequipa,  Noviembre  de  1908. 
J.    M.    Polar, 


g^lbürlo   Saltóji  ^atíáa 


(Trabajo   que   obtuvo   el   primer 

premio) 


Discurso  preliminar 

LEÍDO      EN     LA     REPARTICIÓN     DE      PREMIOS 

La  verdad  de  los  tiempos  que  fueron 
llega  hasta  nosotros  en  los  rayos  de  luz 
de  la  tradición  y  la  historia.  El  presente 
por  excepcional  que  sea,  no  aparece  en  la 
vida  de  los  pueblos  de  modo  repentino: 
es  la  evolución  del  pasado  la  sensación  de 
los  que  somos  3'  la  preparación  de  las 
que  vendrán. 

Conocer,  pues,  la  tierra  en  que  vimos 
el  primer  día  de  sol,  es  no  sólo  derramar 
nuestra  imaginación  ardiente  sobre  el 
panorama  hermoso  que  nos  rodea,  con- 
templar nuestras  montañas  gigantes  3^ 
orgullosas  de  ceñir  diademas  formadas 
con  copos  de  blanca  nieve:  embelesarnos 
en  ese  cielo  limpio  y  azul  que  semeja  un 
santuario  inmaculado  donde  retoza  la  luz 
en  íntimo  consorcio  con  el  perfume  de  las 
flores;   deleitarnos  con    la  exuberancia  del 


prado,  que  la  soplo  de  la  brisa  ondule 
rítmicamente  3^  revienta  en  espuma  de 
azahares  que  se  transforman  luego  en 
abundante  y  sabrosos  frutos;  descubrir 
los  encantos  de  este  nido  suave  don- 
de se  actirrucan  la  ternura  y  el  arrojo;  y 
admirar  las  glorias  contemporáneas  y  los 
triunfos  de  la  inteligencia  y  el  corazón; 
es  no  solo  todo  esto  sino,  también  remon- 
tarnos, siguiendo,  paso  á  paso,  cada  una 
de  los  etapas  de  nuestra  existencia  de 
aj^er. 

Por  eso  los  que  aman  la  tierruca, 
para  conocerla  honda,  muy  hondamente 
estudian  la  tradición,  devoran  anhelantes 
las  páginas  de  la  historia,  gozan  con  las 
goces  pasados,  sufren  con  los  pasados 
sufrimientos  y  veneran  las  reliquias  viejas 
que  son  timbre  de  honor  de  las  almas 
jóvenes. 

Las  reglas  de  conducta  de  los  pue- 
blos de  hoy  están  encerradas  en  el  cofre 
C|ue  guarda  la  vida  de  las  generaciones  que 
nos  precedieron. 

Después  de  estudiarla  así, ¿Cómo  no 
amar  esta  tierra,  que  parece  la  cuna  de  la 
gloria?...  Ella  se  recuesta  dúlcemete  en  las 
faldas  del  coloso,  que  la  arrulla  con  sus 
mugidos  3^  la  mece  con  sus  sacudimientos 
titánicos  Ella,  seductora  siempre,  en  un 
principio  fué  la  Villa-hermosa;  3'  después, 
como   defendía  con   heroísmo   la  causa  del 


—  3  — 

Rey,  mientras  estuvo  bajo  su  égida  protec- 
tora, se  llamó  Muy  noble  j  muy  leal. 
Porteriormente,  cuando  el  Cuzco  dio  el 
grito  de  independencia;  en  aras  de  uno 
de  los  ideales  más  sublimes  la  libertad, 
sacrificó  al  pedazo  más  tierno  de  su  corazón, 
el  mártir  de  Humachiri..,  Desde  entonces 
Arequipa  llora  con  los  yaravíes  y  protesta 
enérgicamente  con  los  himnos  triunfales  de 
de    Bonifaz. 

Sus  hombres,  dispuestos  siempres  á 
defender  la  ley,  no  se  sabe  si  admiraron 
más  con  el  poder  de  su  vasta  inteligencia, 
ó  con  el  empuje  de  su  esforzado  brazo. 
Esta  Heroica  Ciudad  de  los  Libres  es 
un  relicario  en  donde  la  patria  ha  deposi- 
tado, para  estímulo  de  sus  hijos,  dos 
enseñas  gloriosas,  y  en  donde  la  naturaleza 
ha  hecho  derroche  de  sus  tesoros  más 
preciados:  el  valor   y  el  talento. 

Conocer  á  Arequipa  es  amarla  y 
leer  su  historia  enorgullecerse:  es  Ella  hija 
legítima  de  la  Nación  Peruana,  grande 
y  heroica  en  el  infortunio,  generosa  3^ 
noble  en  la  victoria:  Grau  y  Bolognesi  se 
formaron,  sin  duda,  en  el  mismo  molde 
donde  se  vació  el  alma  de  nuestro  pueblo! 

Para  conmerorar  el  dia  en  que  la 
libertad  recibió  el  óleo  de  nuestra  sangre; 
ese  dia  que  tuvo  efervescencias  de  combate 
y  halagos  de  esperanza;  esa  fecha  me- 
morable,  en   que  se  hundió  el  despotismo, 


--4  — 

levantándose  sobre  sus  ruinas  el  augusto 
templo  del  derecho;  ese  momento  sublime, 
en  que  se  apagaron  los  ecos  lúgubres  de  la 
esclavitud,  al  vibrar  las  notas  arrancadas 
al  corazón  libre  y  patriota;  se  han 
organizado  fiestas  en  las  que  palpitan 
el  entusiasmo  de  la  lucha  y  la  veneración 
de  los  que  heredamos  las  conquistas  de 
Junín  y  de  Ayacucho:  en  cada  peruano 
coexisten  gratitud  para  los  de  a3^er  y 
confianza  en  los  de    mañana! 

Marchamos  ele  frente  al  porvenir,  al 
amparo  de  la  justicia,  guiados  por  el 
ideal  de  la  grandeza,  y  resueltos  á  adquirir- 
la, si  no  por  la  fuerza  da  las  metrallas,  por 
el  trabajo  del  músculo  y  la  pujanza  lumi- 
nosa del  cerebr.o  Así  lo  ha  con  prendido 
un  núcleo  de  nuestra  juventud,  y  ha 
promovido  un  torneo  intelectual,  que  es  la 
mejor  ofrenda  que  puede  depositarse  en 
los  altares  de  esta  Patria  que  en  dias  de 
amargura  vertió  dos  lágrimas  que  son  la 
cristalización  de  sus  sacrificios  y  nobleza, 
3^  que  se  conservan  intactas,  libres  de 
influencia  extraña  allá  en  el  Sur,  en  la 
tumba  de  ese  anciano  de  alma  gigan- 
te que  quemó  hasta  ^'e7  último  carta 
c/20". 


TJna  contestacioD 


Para  resolver  F  enquéte,  generalmente 
se  ha  buscado  un  factor  de  naturaleza 
desconocida,  que,  en  época  determinada, 
produio  gran  numero  de  talentos  notables, 
j  que  después  desapareció,  quizá  para 
siempre...., 

Se  k  lia  buscado,  con  empeño  ha- 
ciendo concurrir  todas  las  energías  para 
sorprenderlo  y  divulgarlo;  pero  todo  ha 
sido  inútil,  no  se  le  ha  podido  hallar, 
porque  no  existe. 

Reducido  á  la  nada  ese  ente  misterio- 
so, 3^  desaparecido  el  natural  prejuicio  que  en 
pos  de  sí  arrastrara,  no  es  imposible  aven- 
turarse en  la  resolución  del  problema,  que 
es,  en  último  análisis,  una  ley  étnica,  natu- 
ral y  lógica. 

Propuesta  la  cuestión  en  estos  tér- 
minos: ¿porqué  causas,  produjo  Arequipa, 
desde  fines  del  siglo  XYIII  hasta  mediados 


_  6  - 

del  XIX,  hombres  ilustres  y  numerosos? 
contestamos  sintetizando  en  cuanto  nos  sea 
posible  la  respuesta:  entre  otras  muchas, 
por  dos  principales:  una  fundamental  y 
decisiva,  el  cruzamiento  de  razas;  y  otra 
ocasional,  la  instrucción  puesta  en  auge 
desde  1788. 

Descomponiendo  la  segunda  parte  del 
problema,  del  modo  siguiente:  ¿fueron 
verdaderamante  ilustres  los  hombres  de 
esa  época?  ¿Cual  es  la  razón  por  la  que 
ahora  no  los  hay?  Decimos:  sí  lo  fueron, 
y  su  celebridad  es  el  merecido  premio  otor- 
gado por  la  posteridad  al  verdadero  ta- 
lento; y  la  falta  de  éste  en  los  actuales 
tiempos,  es  más  aparente  que  real;  si  bien 
es  cierto  que  vSe  observa  un  tentie  debili- 
tamiento, debido,  entre  otras  causas,  á  las 
convulsiones  sociales  y  á  las  estrecheces 
del  medio. 

Para  llegar  á  estas  conclusiones,  es  ne- 
cesario: primero,  estudiar  la  raza  y  descu- 
brir las  leyes  que  la  rigen;  segundo,  ave- 
riguar si  es  susceptible  de  mejoramiento, 
y  el  modo  y  forma  de  realizarlo;  tercero, 
hacer  la  aplicación  de  los  principios  sen- 
tados, deduciendo  que  el  cruzamiento  ha 
sido  la  causa  creadora  de  nuestra  intelec- 
tualidad; cuarto,  que  la  intrucción  contri- 
buyó á  su  desarrollo  y  le  dio  ocasión  para 
brillar;  quinto,  evidenciar  la  celebridad  de 
nuestros  hombres;  y  sexto,  manifestar    las 


-  7  - 

causas  por  las  que  ahora  parece  concluida 
nuestra  edad  de  oro  intelectual. 
Empecemos. 


Todos  los  seres  dotados  de  vida  cum- 
plen fatalmente  las  leyes  de  la  naturaleza: 
nacen,  se  desarrollan  y  desaparecen,  hun- 
diéndose en  el  ocaso  grandioso  de  lo  des- 
conocido. Todos  ellos,  mientras  existen, 
pasan  por  tres  etapas:  la  infancia,  con 
sus  travesuras  y  alegrias,  la  juventud, 
con  sus  ilusiones  y  esperanzas,  con  su  vi- 
gor y  fecundidad;  y  la  edad  senil,  con 
sus  reflexiones  tristes  y  su  agotamiento 
creciente. 

La  raza,  conjunto  de  seres  organi- 
zados, procedentes  del  mismo  origen,  cuan- 
do constituye  Estado,  forma  un  solo 
cuerpo  moral,  que  tiene  un  alma  única 
y  grande,  en  la  que  depositan  los  indivi- 
duos todos  sus  ideales  y  en  la  que  ca- 
da uno  moldea  sus  aspiraciones,  senti- 
mientos, hábitos  y  carácter.  Esa  alma 
grande  y  única  es  la  resultante  en  el  concur- 
so de  hombres  que  persiguen  un  solo  fin;  y, 
á  la  vez,  causa  de  sus  orientaciones,  por- 
que ella  los  impulsa,  los  informa  y  les  im- 
prime nuevos  rumbos  en  el  extenso  campo 
de  la  vida.      Veamos  cómo. 

En  la  formación  de  los  pueblos,  el  con- 


—  8  — 

tingente  del  carácter  individual,  las  creencias 
religiosas,  que  dependen  de  éste,  lo  mismo  que 
las  costumbres  y  las  instituciones  sociales, 
se  reúnen,  se  confunden  y  dan  como  expo 
nente  el  carácter  nacional;  pero,  en  un  pueblo 
ya  constituido,  se  observa  un  procesó  con- 
trario, que  tiene  como  punto  de  partida 
éste  carácter,  que  imprime  su  sello  en  las 
instituciones,  en  las  costumbres,  en  las 
creencias  y,  por  último,  como  se  lia  dicho 
en  el  carácter  del  individuo. 

Perfilada  el  alma  nacional  decide  de 
todos  los  destinos,  es  la  corriente  incon- 
trastable que  arrastra  todas  las  opinio- 
nes. Por  esto,  las  que  no  están  confor- 
mes con  ella,  cuando  quieren  luchar,  más 
tardan  en  su  intento  que  en  ser  venci- 
das. 

Las  opiniones  individuales,  conside- 
radas aisladamente,  son  como  gotas  in- 
significantes que  se  pierden  en  el  inmen- 
so mar  de  la  opinión  pública.  EvSta  co- 
hesiona y  unifica  los  elementos  indepen- 
dientes y  constitutivos  del  pueblo;  ele- 
mentos que  se  dividen  el  trabajo  para 
atender  á  las  crecientes  y  complejas  ne- 
cesidades del  progreso. 

Y,  así  como  los  organismos  adquie- 
ren 3^  pierden  moléculas,  el  Estado,  ó  la 
raza  que  lo  forma,  adquiere  j  pierde  in- 
dividuos; 3^  se  renueva,  se  desenvuelve  3' 
se  agita,    3^  esta  agitación    constante,     3' 


—  9  - 

este    torbellino    de    actividad    es    lo     que 
constitii3^e  su   vida. 

Pero,  á  través  de  esta  mudanza  in- 
difinida,  constante  3^  armónica,  perdura 
un  principio  que  es  la  base  de  la  estabi- 
lidad, unidad  é  identidad;  y  ese  principio, 
es  el  alma  del  pueblo.  Si  la  esencia  de 
los  organismos  consiste  en  la  reunión  ín- 
tima y  natural  de  entes  informados  por 
una  sola  fuerza  de  vida,  la  raza,  que  se 
compone  de  hombres  enlazados  por  vín- 
culos estreclios  y  múltiples,  y  que  obede- 
cen á  un  solo  espíritu,  es,  pues,  un  or- 
ganismo perfecto,  sujeto  á  las  le^^es  de 
nacimiento,   desarrollo  y  declinación. 


II 


La  historia  de  la  humanidad  nos 
presenta,  en  cada  una  de  sus  páginas,  la 
sucesión  de  pueblos  que  desaparecen  des- 
pués de  haber  llegado  á  su  mayor  apo- 
geo. 

Las  razas,  abandonadas  á  sus  pro- 
pias fuerzas,  se  desarrollan,  cumplen  su 
misión  y  ceden  el  campo  á  nuevos  orga- 
nismos, pictóricos  de  vida,  que  á  su  vez 
mueren  después  de  enaltecerse,  dejando 
en  sus  despojos,  gérmenes  de  otra  raza 
que  se  levanta  para  morir  también.  En 
esta  cadena  inarrancable  de  la  existen- 
cia,  cada  raza    es    un    eslabón    necesario 


—  10  — 

para  llegar  al  fin.  Los  pueblos  que  no 
avanzan  en  el  progreso  sirven  de  unión 
á  los  que  alcanzan  mayor  prestigio. 
Los  retrocesos  son  la  acumulación  de 
nuevos  alientos  y  energías  que  sirven  pa- 
ra dar  vigoroso  empuje  en  el  camino 
largo  del  perfeccionamiento;  y  la  reacción 
es  condición  necesaria  en  el  adelanto  de 
la  humanidad.  Así  se  cumple  la  le3^  uni- 
versal; pero,  dentro  de  ella,  caben  inmen- 
sas y  múltiples  modificaciones  que  obe- 
decen á  la  inteligencia  del  hombre,  la 
cual  las  crea  arrancando  secretos  á  la 
vida,  aprovechando  de  las  fuerzas  natu- 
rales, de  los  elementos  que  la  rodean  3- 
de  todo  un  cúmulo  de  circunstancias,  que 
hábilmente  combinadas,  producen  efectos 
sorprendentes. 

Si  nos  detenemos  á  contemplar  que 
la  ciencia  modifica  los  seres  inferiores, 
mejora  sus  condiciones,  alarga  su  vida  y 
los  hace  rendir  frutos  superiores  á  los 
que  libre  y  espontáneamente  producían; 
no  podremos  dejar  de  admirar  cuanto 
puede  el  pensamiento,  que  todo  lo  abar- 
ca y  lo  comprende.  Este  poder  de  la 
inteligencia  humana,  no  se  ha  detenido 
en  el  mejoramiento  de  seres  faltos  de  ra- 
zón, sino  que  se  preocupa  también  de 
las  razas  superiores.  Hizo  sus  primeros 
ensayos  desgajando  las  yemas  de  un  ve- 
getal para    unirlas  á   otro   que  debía    co- 


— 11  — 

mullicarles  nueva  savia,  3'  así  obtuvo  re- 
sultados provechosos.  Después,  querien- 
do vigorizar  las  bestias  que  le  eran  úti- 
les, mezcló  la  sangre  de  las  unas  con  la 
de  otras  de  mayor  pujanza  y  de  mejores 
cualidades,  3^  alcanzó  por  este  medio  el 
fin  que  apetecía.  Y  hoA^  que  hemos 
avanzado  un  paso  más  en  el  laberinto 
de  la  civilización,  ¿qué  es  la  inmigración 
fomentada  por  los  gobiernos,  sino  el  me- 
joramiento de  la  raza  humana  por  la 
inoculación   de  nueva  sangre? 

El  pueblo  es  un  gran  árbol,  dotado 
de  aptitudes  para  crecer,  j  desarrollar- 
se; llegada  la  primavera,  se  reviste  de 
encantos,  de  flores,  de  promesas,  que 
más  tarde  se  transforman  en  dulces  rea- 
lidades, en  sabrosos  frutos,  que  sacan  el 
sabor  de  la  tierra  en  que  se  alimentan. 
Esta  se  llama  entre  los  hombres  el  me- 
dio ambiente.  La  naturaleza,  siempre 
joven  \^  vigorosa,  deja  en  libertad  á  to- 
dos los  seres,  j  éstos  se  envejecen  y  se 
gastan;  haj^,  pues,  necesidad  de  ayudar- 
los 3^  renovar  su  sangre,  lánguida  unas 
veces,  inficionada  otras,  cuando  nó  con 
las  enfermedades  del  vicio,  con  las  debi- 
lidades   naturales    de    la  vejez. 

Para  dar  nuevos  impulsos  de  vida, 
deben  buscarse  otros  pueblos,  otras  ra- 
^as,  robustas  y  sanas,  para  fundirlas  en 
moldes   viejos:   así    se    renueva    una    exis- 


_  12  ^ 

tencía  que  estaba  próxima  á  desaparecer. 
La  renovación  es  el  gran  secreto  de  la 
vida.  Maupas  dice:  ^'al  cabo  de  un 
gran  número  de  generaciones,  se  hace  ne- 
cesario un  rejuvenecimiento;  y,  si  no  lo 
hay,  viene  fatalmente  la  degeneración". 

Pero  esta  fusión  de  las  razas,  ¿tiene 
sólo  importancia  fisiológica  ó  también  psi- 
cológica? Basta  estudiar  el  proceso  de  la  ge- 
neración para  dar  uua  respuesta  satis- 
factoria. Partiendo  ele  los  seres  ínfimos, 
encontramos  Cjue  éstos  se  reproducen  por 
división,  de  un  modo  idéntico,  y  siendo 
unos,  la  continuación  de  los  otros.  Weis- 
man  cree  que  en  la  naturaleza,  los  pro- 
tozoarios  ó  unicelulares  son  los  únicos 
seres  inmortales.  Su  generación  se  efec- 
túa así:  crece  uno  de  ellos  y  se  divide  en 
dos  ó  más  organismos,  todos  exactamente 
iguales  al  primero  de  que  proceden. 

En  los  organismos  perfectos  el  pro- 
ceso es  diferente.  Concurren  los  dos  sexos, 
y  cada  uno  de  ellos  trasmite  al  ser  ge- 
nerado sus  cualidades  orgánicas.  Por 
eso  el  descendiente  es  de  la  misma  espe- 
cie que  sus  generadores  j  tiene  con  ellos 
muchas  semejanzas,  perceptibles  á  la  sim- 
ple   vista. 

Las  notables  desemejanzas  que 
también  se  observan  entre  padres  é 
hijos,  tienen  su  explicación  clara  y  racio- 
nal.     Los  seres  superiores  poseen   dos  cía- 


—  13  — 

ses  de  células:  germinativas  3'  somáticas. 
Las  primeras  vSon  la  continuación  del 
protozoario,  que  se  reproduce  sin  variar, 
sin  sufrir  modi^cacióu  alguna:  son  la  ba- 
se fundamental  de  la  herencia  y  de  la 
especie;  son  la  especie  misma,  cristaliza- 
da en  su  ser  infinitamente  pequeño.  Las 
segundas,  varían,  permanecen  idénticas 
en  igualdad  de  circunstancias,  se  multi- 
plican, mueren  3^  se  suceden  indefinida- 
mente, durante  la  vida  del  individuo  ó 
de  la  raza,  siendo  la  causa  de  algunas 
semejanzas  3'  de  la  diversidad  de  cuali- 
dades que  diariamente  se  ven. 

La  herencia  es  un  hecho  innegable, 
3^  ''se  produce  porque  un  tejido  de  cons- 
titución molecular  determinado,  se  tras- 
mite de  una  generación  a  otra".  Las  es- 
pecies se  conservan  por  la  herencia,  3"  las 
razas,  simples  variaciones  de  la  especie, 
que  se  modifica  profundamente,  debibo  á 
la  influencia  de  varias  causas,  se  conser- 
van también  por  ella,  por  la  herencia. 
Esta,  seg*un  Ribot,  ^'es  la  le3^  biológica 
en  virtud  de  la  cual  todos  los  seres  do- 
tados de  vida,  tienden  á  reproducirse  en 
sus  descendientes".  La  escencia  de  la  vi- 
da, la  constitución  orgánica,  la  forma 
de  la  materia,  los  sentidos,  las  faculta 
des  generatrices;  en  una  palabra,  todo  lo 
que  el  hombre  es,  como  materia  viva,  lo 
trasmite  por  herencia. 


-  14  — 

Las  percepciones,  que  son  hechos 
mixtos,  fisiológico-mentales,  se  trasmiten 
también,  porque  el  principio  vital  es  uno 
é  indivisible.  No  hay  un  principio  que 
anime  á  la  materia  y  otro  al  espíritu. 
Los  órganos  son  indispensables  para  que 
el  alma  viva  y  progrese  en  el  mundo. 

Broca  y  otros  antropólogos  han 
observado  que  la  inteligencia  de  las  ra- 
zas está  en  razón  directa  del  volumen,  ó 
número  de  circunvoluciones  cerebrales. 
Las  razas  caucásicas  tienen  cerebros  más 
voluminosos,  que  las  negras,  africana  y 
australiana,  inferiores  en  inteligencia.  Se 
ha  observado  también  que  el  cerebro  au- 
menta con  los  progresos  de  la  civiliza- 
ción, y  que  esos  aumentos  se  acumulan 
debido  á  la  herencia.  En  diferentes  ex- 
cavaciones hechas  en  los  cementerios  de 
Francia,  se  ha  visto  que  los  cráneos  pa- 
risienses aumentaron  de  volumen  última- 
mente: en  el  siglo  XII,  en  la  Edad  Me- 
dia, sólo  alcanzaban  á  1,409  cm.3  por 
término  medio,^  y  en  el  siglo  pasado  á 
1558  cm.3 

De  todo  lo  anteriormente  dicho  se 
deduce,  que  las  facultades  intelectuales- 
dependientes  de  la  constitución  orgánica, 
son  trasmisibles,  en  cuanto  los  órganos- 
necesarios  para  la  actividad  de  ellas,  lo- 
han   sido   también. 

Notemos,   además,    que,   así  como  el 


-  15  - 

principio  de  vida  es  uno  en  todos  los  se- 
res, y  sin  embargo  parece  en  unos  más 
vigoroso  3^  más  lánguido  en  otros,  y 
que  se  acorta  ó  prolonga,  según  la  cons- 
titución del  organismo  con  el  cual  ac- 
túa, y  las  innumerables  circunstancias 
que  influyen  en  el  ser  vivo;  así  la  inte- 
ligencia es  también  una,  y  se  desarrolla 
desde  la  vulgaridad  hasta  el  genio,  se- 
gún la  conformación  del  cerebro  y  la 
disposición  y  calidad  de  las  neuronas. 
Se  desprende  que  las  razas  inteligentes, 
de  configuración  orgánica  indispensable- 
mente buena,  al  cruzarse,  tienen  una  des- 
cendencia que,  en  igualdad  de  circunstan- 
cias, posee  el  mismo  talento,  por  haber 
heredado  el  mismo   cerebro. 

Dejando  establecido  que  el  cruza- 
miento puede  mejorar  la  intelectualidad 
de  la  raza,  es  necesario  averiguar  las 
condiciones   que  se    requieren. 

Todo  pueblo  tiene  su  fisonomía  pro- 
pia y  bien  perfilada,  y  su  inteligencia 
más  ó  menos  desarrallada.  Al  cruzarse, 
cada  uno  de  los  genitores,  en  virtud  de 
la  herencia,  trata  de  reproducirse  en  la 
generación.  Se  provoca  entonces  una 
verdadera  lucha  de  fuerzas  biológicas,  en 
la  que  sucumbe  la  más  débil  El  descen- 
diente nace  en  este  caso,  con  las  cuali- 
dades del  más  poderoso  de  sus  genera- 
dores;   advirtiéndose  que  nó    siempre    los 


—  16  — 

seres  más  inteligentes  son  los  más  fuer- 
tes, y  que  más  bien  se  ha  observado 
que  la  unión  completamente  desigual  de 
talentos,  produce  descendencia  de  muy  li- 
mitados  alcances. 

Sucede  también  c[ue,  al  borrarse 
determinadas  cualidades,  dejan  huellas 
más  ó  menos  notables  en  el  carác- 
ter y  modalidad  del  ser  engendrado; 
j,  en  algunas  otras  ocasiones,^  las  ener- 
gías ele  las  herencias,  que  bregan  por  do- 
minar y  tomar  posesión  absoluta  del 
producto,  se  confunden,  dando  lugar  á 
una  individualidad  mixta,  que  parti- 
cipa de  cualidades  enteramente  distin- 
tas, y  á  veces  superiores,  diversas  y  con- 
tradictorias. 

A  esto  hay  que  agregar  un  sin 
número  de  causas  modificadoras,  in- 
ternas y  externas.  Las  primeras  mo- 
tivan los  cambios  espontáneos  del  orga- 
nismo, tales  como  la  evolución,  causante 
de  variaciones  fisiológicas  y  psicológicas, 
que  la  herencia  fija  en  la  raza;  la  cons- 
titución íntima  del  ser,  tanto  moral  co- 
mo físicamente  considerado;  las  tenden- 
cias innatas  y  el  carácter  congénito.  Las 
segundas  son  las  cpie,  partiendo  del  mun- 
do exterior,  obran  poderosamente  sobre 
la  raza,  C[ue,  lo  mismo  que  el  individuo, 
adquiere  ó  pierde  genialidades  ntiles  ó 
perjudiciales,    según    la    adaptabilidad   del 


^  17  - 

medio.  Pertenecen  á  esta  clase:  la  ac- 
ción orográfica,  pues  se  ha  observado 
c|tie,  cuando  el  suelo  abunda  en  bocio,  ó 
forma  grandes  centros  cretinógenos,  influ- 
ye favorablemente  en  el  desarrollo  de  la 
inteligencia,  según  opinión  de  Lombroso; 
el  clima,  que,  cuando  es  niuj  frío,  pare- 
ce abatir  el  espíritu,  3^  que  lo  laxa  y  de- 
bilita cuando  es  muy  ardiente;  las  leyes, 
pauta  de  la  conducta  humana;  las  insti- 
tuciones, manifestación  del  grado  de  svi 
cultura;  la  religión,  sentimientos  y  pre- 
juicios; la  educación,  maestra  del  carác- 
ter; el  carácter  mismo  adquirido;  las  cos- 
tumbres, la  tradición;  en  fin,  todos  los 
elementos  constitutivos  del  medio. 

El  fruto  de  dos  razas  que  se  mezclan 
está,  pues,  sometido  á  la  acción  de  variados 
agentes,  que  lo  modifican  hondamente. 
Con  todo,  al  fusionarse  dos  razas  supe- 
riores 3^  afines,  de  cualidades  que  se  com- 
plementen, dan  como  resultado  una  raza 
notable;  j,  dentro  de  ella,  espíritus  se- 
lectos, de  inteligencia  muchas  veces  supe- 
rior á  la  de  las    razas    madres. 

En  todos  los  pueblos  cultos  origina- 
dos por  el  cruzamiento,  nacen  ]3ersonalida- 
des  intelectuales.  Asi  Galton  ha  observado 
que  en  Inglaterra,  á  dos  millones  de  hom- 
bres, ma^^ores  de  cincuenta  anos,  correspon- 
den mil  trescientos  cincuenta  ilustres  j  emi- 
nentes.     Lombroso   sostiene     que    uno   de 


—  18  — 

los  factores  más  importantes  en  el  desa- 
rrollo de  los  pueblos,  es  la  acción  étni- 
ca, ó  cruzamiento  recíproco  de  razas,  cu- 
3^os  productos  son,  en  este  caso,  "revo- 
lucionarios y  progresivos.  Los  jónicos, 
dice,  nos  dan  una  prueba  de  ello.  Si 
fueron  revolucionarios  y  produjeron  gran- 
des genios  (en  Atenas),  fué  por  haberse 
mezclado  precozmente  con  los  lidios  y  los 
persas  en  las  colonias  del  Asia  Menor  3^  en 
las  islas,  sufriendo  de  este  modo,  lo  do- 
ble acción  del  cruce  de  razas  y  del  cli- 
ma". 

El  cruzamiento  ha  sido,  también, 
la  causa  de  que  la  Polonia  alcanzase  in- 
telectualidad y  cultura  superiores  á  las 
de  sus  procreadores,  los  eslavos,  que  per- 
manecían bárbaros  todavía;  j  los  alema- 
nes, que,  á  pesar  de  haber  sido  los  que 
dieron  los  gérmenes  de  civilización,  se  ha- 
llaban    atrasados. 

Waitz,  Martin  de  Moussj^  3^  otros 
muchos  científicos,  han  coleccionado  mul- 
titud de  hechos,  c[ue  prueban  hasta  la 
evidencia  la  importancia  del  cruzamien- 
to de  razas;  y,  procediendo  por  induc- 
ción, han  tratado  de  establecer  reglas 
generales.  Cada  pueblo  originado  por 
la  fusión  de  sangres,  es  la  demostra- 
ción viva  de  esta  ley:  el  cruzamiento 
de  razas,  efectuado  en  condiciones  favora- 
bles,   es    la    causa    principal    de    la    inte- 


—  19  — 

ligencia  en  general  j  de  la  superioridad 
intelectual  de  algunos  de  los  individuos 
pertenecientes   al   producto. 

Tomeinos  al  azar  algunos  he- 
chos. En  1789,  nueve  marineros  ingleses 
se  amotinaron,  y  abandonando  á  su  jefe, 
se  establecieron  en  Pitcairn  con  seis  tai- 
tianos  y  quince  polinesias.  Como  resulta- 
do de  frecuentes  riñas,  murieron  siete  blan- 
cos. Los  supervivientes  decidieron  vivir  en 
paz,  y  se  dedicaron  á  mejorar  la  peque- 
ña sociedad  en  c[ue  vivían.  Treinta  j 
seis  años  después,  en  1825,  el  capitán 
Beechey  encontró  en  Pitcairn  una  pobla- 
ción de  sesenta  individuos,  notables  por 
su  inteligencia,  moralidad,  fuerza,  belleza 
y  deseo  ele  instruirse.  La  sociedad  mes- 
tiza había  logrado  sobrepujar  en  cuali- 
dades físicas,  intelectuales  y  morales  á 
los  que  le  dieron  el  ser.  Estudiando  las 
razas  latino-americanas,  es  verdadera- 
mente halagador  llegar  al  convencimien- 
to de  que  su  estado  intelectual  es  flore- 
ciente 3^  está   á  considerable    altura. 

Lombroso  afirma,  quizás  exagera- 
damente, c[ue  el  resultado  étnico  de  ame- 
ricanos y  españoles,  es  superior  á  unos 
3^  otros,  considerados  en  sí,  con  absolu- 
ta prescindencia  del  cruzamiento.  Dice: 
^'la  España  moderna  no  puede  jactarse 
de  tener  un  Ramos  Mejía,  un  Roca,  un 
Mitre,   ó    un   Pinero".      El    ilustre    argén- 


—  20  — 

tino  Mitre  observa  también,  que  el  pr(7- 
ducto  étnico  latino-americano  es  entre 
gran  número  de  pueblos,  el  más  inteli- 
gente, imaginativo,  enérgico  j  patriota, 
y  que  dentro  de  él  se  destacan  persona- 
lidades  verdaderamente  distinguidas. 

Si  fijamos  la  atención  en  cada  uno  de 
los  pueblos  americanos,  encontraremos  con- 
firmadas esas  observaciones.  En  todos 
ellos  ha  brillado  y  brilla  la  inteligencia, 
irradiando  destellos  tan  luminosos  y  pu- 
ros, cjue  han  servido  y  sirven  en  la  ac- 
tualidad, de  poderoso  contingente  para 
hacer  retroceder,  cada  vez  más,  la  som- 
bra de  lo  ignorado.  M.  de  Quatrefages 
ha  encontrado  que,  en  el  Brasil,  los  mes- 
tizos componen  la  casi  totalidad  de  pin- 
tores y  músicos;  que  en  Venezuela  se  dis- 
tinguen como  oradores,  poetas  y  publi- 
cistas; y  que,  en  general,  en  la  América 
toda,  son  muy  inteligentes  y  de  imagi- 
nación viva  y  ardiente. 


III 


¿Ha  existido  alguna  causa  para  que 
el  Perú  se  sustrajese  á  la  ley  general? 
Y,  si  no  la  ha  habido,  y  si,  más  bien, 
han  concurrido,  condiciones  favorables 
para  el  desarrollo  de  la  inteligencia, 
¿no  estaba  Arequipa  obligada  por  la  na- 
turaleza á   alimentar  en   su    seno    fecundo 


—  21  — 

á  hombres  que  la  dieran  lustre,  y  que 
hayan  sido  3^  sean  la  admiración  de  los 
que    aprecian  el  verdadero   mérito? 

Descendamos  á  la  aplicación  de  los 
principios  establecidos,  empezando  por  de- 
linear á  grandes  rasgos  los  pueblos  que 
dieron  origen  á  la  nación  peruana,  3' 
tendremos  perfectamente  explicado,  que 
nuestros  hombres  eminentes  han  sido  con- 
secuencia forzosa  del  cruzamiento  de 
razas. 

La  España  de  Pela3^o,  ardorosa  3^ 
heroica,  que  combatió  durante  ocho  si- 
glos por  los  ideales  de  la  religión  y  de 
la  patria;  que  más  tarde  arrancó  al  uni- 
verso el  secreto  de  un  Nuevo  Mundo, 
acrecentando  con  él  sus  estados,  de  mo- 
do que  en  ellos  no  se  pusiese  el  sol;  que 
tiene  en  las  venas  sangre  caldeada  por 
el  fuego  de  la  libertad,  y  en  el  corazón 
arranques  impetuosos  de  valor  y  audacia; 
que  con  trece  oscuros  soldados,  destruyó 
al  más  poderoso  Imperio  de  todo  un 
continente;  3^  que  abrió  brecha  en  las 
fronteras  de  todas  las  naciones,  para  ha- 
cer pasear  triunfante  su  noble,  inteligen- 
te 3^  romántico  Quijote;  no  es  por  cier- 
to una  raza  débil,  sino  superior,  capaz 
de  producir  generaciones  vigorosas  3^  no- 
tables. 

Opinan  algunos  que  la  raza  es- 
pañola,  vieja  y  viciosa,   al    arribar   á    las 


■  —  22  — 

pla3^as  del  Taliuantistij^o,  estaba  coniple- 
tamente  debilitada,  agotada  casi  por  el 
fanatismo  reinante  y  los  rezagos  fatales 
de  la  époc^  feudal.  Negamos  afirmación 
tan  exag'erada.  Esa  raza,  grande  en  vir- 
tudes y  vicios,  después  de  deslumbrar  al 
mundo  con  sus  glorias,  entró  en  el  pe- 
ríodo de  declinación,  obedeciendo  á  las  le- 
3^es,  ya  conocidas,  de  la  naturaleza.  Pe- 
ro podía  operarse  en  ella  una  reacción 
total  ó  parcial,  é  instintivamente  buscó 
el  remedio,  dirigiendo  corrientes  de  su. 
sangre  algo  gastada,  á  través  de  los  ma.- 
res,  surcados  antes  por  tres  gloriosas  ca- 
rabelas; y  halló  la  sangre  de  otra  raza,, 
que  también  tenía  necesidad  de  tonificar- 
se, regenerando,  á  su  vez,  el  nuevo  ele- 
mento  C[ue  le    viniera. 

En  cuanto  á  la  simpática  raza  de 
Manco-Cápac,  bavStan  ligeras  considera- 
ciones para  proclamarla  superior. 

La  inferioridad  de  un  pueblo  resul- 
ta de  su  incapacidad  para  generar  gran- 
des ideas  y  albergar  en  el  alma  senti- 
mientos delicados,  nobles  y  complejos. 

La  inteligencia  se  eleva  en  sus  percep- 
ciones poco  á  poco,  partiendo  de  las 
más  simples  y  sencillas.  Desde  la  sensa- 
ción material  trasmitida  por  el  órgano, 
y  la  imagen  plástica  del  objeto  percibi- 
do, llega  hasta  la  idea  cjue  generaliza  y 
abstrae,   que  combina    3^    crea.      El  senti- 


-  23  — 

miento,  que  es  la  inclinación,  la  tenden- 
cia del  yo  pensante,  se  desenvuelve  con 
él,  lo  quiere,  lo  acompaña:  es  una  de 
sus  manifestaciones,  y  por  eso  sigue  su 
misma  evolución.  El  sentimiento  ama 
lo  c[ue  puede  satisfacer  al  yo  cjue  ve  con 
la  razón.  Las  razas  atrasadas,  que  ocu- 
pan muy  bajo  nivel  en  el  desarrollo  hu- 
mano, tienen  ideas  j  sentimientos  tan 
pobres  j  simples,  cjue  casi  se  confunden 
con     meras    sensaciones. 

Los  australianos  no  tienen  en  su  len- 
guaje primitivo  palabras  que  expresen  las 
ideas  ele  justicia,  crimen  ni  pecado:  no  com- 
prenden la  generosidad,  la  piedad,  ni  la  cle- 
mencia. La  venganza  es  una  condición  in- 
dispensable de  su  vida.  Ni  su  inteligencia  ni 
sus  sentimientos  son  capaces  ele  abarcar 
lo  elevado  j  complejo.  La  raza  quecha 
tuvo  la  nia\^or  civilización,  que  en  su 
aislamiento  podía  alcanzar.  Su  religión 
fué  monoteísta.  Rendía  adoración  al  fe- 
cundador  de  la  naturaleza,  al  dispensa- 
dor de  los  dias,  al  brillante  sol.  El  In- 
ca' liijo  de  éste,  lo  representaba  sobre 
la  tierra.  Regían  al  Imperio  le^^es  basa- 
das en  la  justicia,  que  se  confundía  en 
algo  con  la  moral.  Castigaban  severa- 
mente los  delitos,  no  por  restablecer  el 
orden  de  la  sociedad,  teoría  conquistada 
por  la  jurisprudencia  moderna,  sino  por 
desagraviar   al  Soberano,   que  era  la  cris- 


—  24  - 

talización  del  Estado.  Casi  todas  las 
ideas  complejas  y  los  sentimientos  puros 
y  elevados  que  informan  nuestra  cultura, 
empezaron  á  desflorarse  en  esa  raza  pri- 
vilegiada que  se  impuso,  concjuistando 
para  su  gobierno,  gran  parte  de  la  tie- 
rra sudamericana.  Su  organización  po- 
lítica y  el  modo  de  extender  sus  domi- 
nios, eran  verdaderamente  ideales:  se  al- 
ternaban la  dulzura  y  la  energía;  y  así 
no  había  poder  que  se  les  resistiese,  ni 
pueblo  que  no  se  sometiese  á  su  égida 
paternal.  Los  sentimientos  delicados,  cjue 
aparecen  muy  tarde  en  las  razas,  los  po- 
seían nuestros  indios  y  formaron  con  ellos 
su  carácter.  La  caridad,  la  contempla- 
ción profunda  de  la  naturaleza  y  las  pri- 
meras manifestaciones  de  la  ciencia,  se 
agitaban  en  su  espíritu  sencillo.  La  me- 
lancolía, que  es  dulce  tristeza,  resigna- 
ción del  alma,  c|ue  presintiendo  lo  infini- 
to suspira  por  él,  era  el  distintivo  de  nues- 
tra   raza. 

Por  último,  un  pueblo  que,  como  el 
nuestro,  hace  práctico  el  socialismo,  ideal 
sublime  de  la  civilización  moderna,  no 
puede  ser  inferior,  ni  estar  colocado  á  la 
despreciable  altura  de  los  esquimales  3^ 
bosquimanos,  y  de  la  raza  guaraní,  tor- 
pe y  propensa  á  retroceder  perdiendo  los 
avances  de   la.  inteligencia. 

El  gran    Raimondi,     en     un     estudio 


—  25  — 

hecho  sobre  los  progresos  de  la  historia 
natural  en  el  Pera,  ha  observado  que 
nuestros  primeros  naturalistas  cronológi- 
camente, han  sido  los  indios,  que  cono- 
cían perfectamente  las  cualidades  de  las 
plantas.  De  aquí  que  hayan  sabido  cu- 
rar todas  las  enfermedades,  que  descu- 
briesen muchos  de  los  llamados  secretos 
de  la  naturaleza  y,  seguu  se  creyó  el  mo- 
do de  amasar  las  piedras;  y  de  que  se 
valiesen  de  ciertas  sustancias  vegetales 
para  producir  la  Ccara. 

Las  nomenclaturas  de  las  plantas 
que  ellos  establecieron  guardan  analogía 
con  las  científicas,  según  el  mismo  Rai- 
mondi. 

El  producto  natural  de  las  dos  ra- 
zas ligeramente  bosquejadas,  fué  de  in- 
teligencia superior.  Humboldt,  que  visi- 
tó y  estudió  nuestros  pueblos,  dice,  en 
una  de  sus  obras,  que  ''la  juventud  es- 
tá dotada  de  rara  facilidad  para  apren- 
der   las  ciencias". 

Los  españoles,  establecidos  primero 
en  la  Villa  de  Rivera  ó  Camaná,  al  saber 
que  en  Arequipa,  tierra  hermosa,  rica  y 
fértil,  apacible  y  de  clima  suave,  no  ha- 
bía muerto,  en  el  espacio  de  diez  meses, 
ninguno  de  los  conquistadores  que  en  ella 
se  establecieron,  pusieron  este  hecho  en 
conocimiento  de  Pizarro,  para  que  les 
permitiese  trasladarse  á  esta  nueva  tierra 


—  26  — 

de   promisión,   resgtiardacla    por  montañas 
cubiertas  de    nieves    jDerpetuas. 

La  salubridad  del  Valle  mistiano  de- 
cidió al  vencedor  de  Atahualpa,  á  con- 
ceder la  gracia  cjue  le  pedían.  El  15  de 
Agosto  de  1540,  Garcí  Manuel  Carvajal, 
por  especial  comisióti  de  Pizarro,  funda- 
ba la  Villa — hermosa  sobre  la  base  de 
la  generación,  dejada  por  los  bravos  ca- 
pitanes del  ejército  incaico,  que  seducidos 
con  la  hermosura  del  suelo  descubierto 
al  paso  de  sus  conquistas,  obtuvieron  de 
labios  de  Maita — Capac,  el  Aré  quepay 
histórico  que  fué  entonces  el  símbolo  de 
tm   porvenir  glorioso. 

Sobre  nuestra  tierra,  que  como  dice 
Jorge  Polar:  "ni  es  blanda  y  cariñosa 
siempre,  ni  siempre  dura;  ni  por  fácil 
para  producir  enerva  al  hombre,  ni  por 
ingrata  lo  desalienta,"  empezó  á  elabo- 
rarse el  fruto  de  dos  razas  superiores  cjue 
traían    contingentes  de    vicios  y   virtudes. 

Descartando  la  inteligencia,  vemos 
que  el  espíritu  soñador,  la  imaginación 
ardiente  y  el  carácter  aventurero  del  es- 
pañol, unidos  al  sentimentalismo  dulce 
y  puro  que  en  el  .  quecha  tiene  mucho  de 
ideal,  colocaron  al  arequipeño  en  el  cami- 
no de  la  especulación  filosófica,  y  la 
contemplación  de  lo  bello.  Por  eso  no 
somos  nada  prácticos,  nuestra  modali- 
dad es  esencialmente     especulativa.     Com- 


—  27  — 

binamos  le^^es  en  lavS  regiones  del  ideal 
V  fracasamos  al  aDlicarlas  en  el  mundo 
de  las  realidades.  Pero  es  esto  consolador, 
porque  solo  los  seres  inteligentes  pvieden 
ensimismarse  en  lo  abstracto;  las  razas 
inferiores,  no  saben  soñar  ntinca:  vege- 
tan siempre  como  las  bestias  y,  como 
ellas,  sólo  viven  de  lo  que  tienen  al  al- 
cance del  tacto.  Nuestra  raza,  inteligen- 
te, enamorada  de  lo  bello,  y  teniendo 
obligación  de  satisfacer  sus  premiosas 
necesidades,  dio  forzosamente  un  gran 
número  de  letrados,  cuyos  conocimientos 
eran  indispensables  para  atender  á  la 
vida  del  cuerpo,  y  un  gran  número  de 
poetas,  cuyas  rimas  eran  el  alimento 
del  espíritu. 

Veamos  rápidamente  las  condicio- 
nes de  Arequipa  y  nos  convenceremos  de 
que  casi  todas  ellas  han  sido  propicias 
al  desarrollo  intelectual. 

El  clima:  cuando  es  mu^^  frío,  al 
actuar  sobre  los  centros  nerviosos,  los 
contrae,  los  adormece,  restringe  la  acti- 
vidad, obstaculiza  el  desenvolvimiento  de 
la  inteligencia  3^  produce  calma  apacibi- 
lidad  de  carácter;  cuando,  por  el  contra- 
rio, es  excesivamente  caluroso,  obra  de 
modo  tan  enérgico,  que  también  produce 
inercia,  laxitud,  fatiga  3^  enervamiento. 
Un  clima  moderado,  como  el  nuestro,  dá 
el  máximun    de     actividad,     impulsa  á  los 


-  28  — 

hombres    ¿i  la   revuelta    y  favorece  el   ma- 
yor desarrollo   ele  la  inteligencia. 

La  sakibricíad  del  medio,  que  se 
refleja  en  la  raza,  es  necesaria  para  la 
vida  del  espíritu.  I  ya  sabemos  que  lo 
saludable  de  nuestro  suelo,  fué  uno 
de  los  móviles  por  los  que  vinieron  aquí 
los  españoles. 

Las  comodidades  de  la  vida,  moti- 
vadas por  los  progresos  de  la  agricultu- 
ra; la  explotación  de  las  minas,  y  la 
afluencia  constante  de  gente  principal, 
trabajadora  y  buena,  preparaban  tam- 
bién el  terreno,  en  que  debía  brotar  una 
raza  superior.  Cuando  el  Licenciado 
Juan  Domingo  Zamácola  y  Jáuregui,  es- 
cribía su  crónica  de  Arequipa,  de  50,000 
habitantes  que  la  poblaban,  40.000  eran 
españoles  de  la  mejor  sangre.  Este  exceso 
de  gente  blanca  debía  ser  muy  provecho- 
so. En  la  información  de  testigos  que 
se  recibió  el  año  1575,  para  dar  á 
nuestra  tierra  el  título  de  ''Muy  noble  y 
muy  leal,^'  se  declaró,  bajo  juramento, 
entre  otras  muchas  cosas,  "que  los  pri- 
meros pobladores  de  Arequipa  fueron 
gente  principal  y  distinguida  entre  la  c[ue 
vino  á  la  concjuista  del  país;^'  declaran- 
do el  Virrey,  en  vista  del  proceso  segui- 
do: "  que  la  dha  ciuda  d  debía  ser  gra  tincada 
eylustrada  conforme  asus  servicyos,  leal- 
tad y  ñdelidad,'^    La  herencia    c]ue    deja- 


—  29  — 

ron   nuestros   progenitores    fué,      pues      de 
nobleza  3^   distinción. 

La  belleza  3^  poesía  del  panorama, 
¿no  influj^e  también  en  el  derarrollo  de 
las  facultades  intelectuales?  El  medio  fí- 
sico, ¿no  es  una  de  las  causas  de  la 
formación  de  los  órganos,  y  éstos  no 
están  en  relaciones  íntimas  con  la  inte- 
ligencia? Las  frases  que  el  Dr,  Polar  de- 
dica á  su  Arequipa,  tienen  mucho  de 
verdadero.  Dice:  * 'cuando  la  mirada  con- 
templa este  cielo  (el  ele  Arequiqa)  el  al- 
ma se  siente  dulcemente  agitada,  como 
si  tuviera  no  sé  que  misteriosa  afinidad." 
Si  la  tiene:  es  la  influencia  constante  del 
medio    sobre  el    espíritu. 

Concurriendo  estas  y  otras  muchas 
condiciones,  indispensables  para  el  desen- 
volvimiento intelectual  de  nuestro  pue- 
blo, no  podían  quedar  defraudados  los 
destinos  de  la  naturaleza,  que  se  prestó 
gustosa  á  favorecernos.  El  historiador 
Leubel  se  expresa  así  de  Arequipa:  ''Hay 
en  el  Perú  una  ciudad,  notable  por  la 
inteligencia  y  valor  de  sus  hijos Cen- 
tinela avanzado,  es  la  primera  que  dá  el 
grito  de  alarma  cuando  se  atacan  las  li- 
bertades nacionales.  Entonces  se  con- 
vierte en   un    cuartel.      Lucha    y    lucha  á 

lo     antiguo,    casi    á    lo    espartano 

Terminado   el  combate,   el  soldado  se  con- 
vierte de  nuevo  en     obrero    de    la    santa 


—  30  — 

le^'  clel  trabajo;  y  las  robustas  manos, 
que  dejan  el  arma  inútil,  vuelven  á  to- 
mar el  azaclón^\ — No  se  necesitan  gran- 
des conocimientos,  para  formarse  concep- 
to cabal  de  lo  que  es  Arequipa.  Todos 
los  que  la  han  estudiado,  han  podido 
apreciar  el  carácter  y  talento  de  sus  hi- 
jos. En  las  profesiones  liberales  y  en 
las  artes  mecánicas  han  brillado  siempre. 
Todos  tienen  oído  músico  notable  y  ap- 
titudes poéticas;  y,  si  no  han  descollado 
genios  admirables  en  estas  artes,  es,  qui- 
zás, porque  la  intensidad  de  ciertas  fa- 
cultades está  en  razón  inversa  de  su  ex- 
tensión. Mientras  mayor  sea  el  número 
de  poetas  ó  músicos,  es  más  difícil  que 
brillen  entre  éstos  prodigios  asombrosos; 
sin  que  esto  sea  óbice  para  cj^ue  la  tuer- 
za de  la  raza  y  el  medio,  los  produzcan 
en   determinadas    condiciones. 


lY 


¿Qué  papel  jugaba  la  inteligencia  en 
los  primeros  siglos  de  la  vida  de  Arequi- 
pa? Mientras  en  Lima  el  movimiento 
intelectual  sorprendía  con  su  pujanza, 
evidenciada  por  un  sinnúmero  de  hom- 
bres, que  atraían  la  atención,  no  sólo 
del  continente  americano,  sino  también 
de    la    Europa  entera;     Arequipa,     olvida- 


-  81  — 

da  y  privada  de  instrucción,   no   daba  se- 
ñales  de   vida. 

Fray  Tomás  de  San  Martin,  1er. 
Provincial  dominico  del  Perú,  alcan- 
zó en  1551  una  real  cédula,  en  vir- 
tud de  la  qtie  el  colegio  fundado  en  Li- 
ma, por  él,  pocos  años  antes,  debía  go- 
zar de  las  prerrogativas  concedidas  á  la 
Universidad  de  Salamanca.  Creció  lán- 
guidamente hasta  1571,  en  que,  reorga- 
nizado por  el  Yirre^^  Don  Francisco  de 
Toledo,  V  confirmado  por  San  Pío  Y,  re- 
cibió poderoso  aliento.  Entonces  comien- 
za á  fertilizarse  el  terreno  en  que,  años 
más  tarde,  debía  dar  la  inteligencia  opi- 
mos frutos.  En  1592,  se  funda  en  el 
Cuzco  el  Seminario  de  San  Antonio  Abad; 
poco  después  el  colegio  de  San  Bernardo, 
transformándose,  por  último,  aquel  (1,692) 
en  Universidad.  La  ilustración  se  agita- 
ba al  rededor  de  Arec[uipa,  y  parecía  te- 
merosa de  entrar  en  este  pueblo,  que  de- 
bía absorverla  por  completo.  El  Utmo. 
Sr.  D.  Cristóbal  de  Castilla  Zamora,  Ar- 
zobisqo  de  Chuquisaca  y  Obispo  de  Ajr- 
cucho,  fundó  en  esta  ciudad  el  año  1,677, 
la  Universidad   de    San     Cristóbal. 

La  instrucción  se  difundía,  pues;  pe- 
ro lejos  de  nuestra  tierra.  La  muy  no- 
ble y  muy  leal  ciudad  de  Arequipa,  con- 
siderada desde  su  fundación  como  una  de 
las  más    importantes    y    notables    de    la 


—  32  — 

Colonia,  en  cuanto  á  su  gobierno  políti- 
co; sufrió  completo  abandono  al  tratarse 
de  la  instrucción. 

Ya  hemos  visto  c[ue,  al  mismo 
tiempo  que  en  otros  pueblos  se  im- 
plantaban centros  de  enseñanza,  á  ella 
se  la  dejaba  en  brazos  de  la  ignorancia 
más  absoluta.  La  educación  de  enton- 
ces, en  nuestro  pueblo,  se  limitaba  á  re- 
ducidísimo número  de  jóvenes,  pertene- 
cientes á  familias,  cuyas  fortunas  les  per- 
mitían enviarlos  á  universidades  y  cole- 
gios existentes  fuera  de  Arequipa,  ó  ha- 
cerles enseñar  a  domicilio.  La  inteligen- 
cia de  nuestros  hombres,  falta  de  cono- 
cimientos y  de  medios  para  adquirirlos, 
no  podía  manifestarse  públicamente,  ni 
traspasar  los  estrechos  límites  del  hogar. 
En  el  siglo  XYII  se  escriben  ochenta 
obras  en  la  colonia,  y  en  la  nomenclatu- 
ra de  sus  autores  no  figura  un  solo  are- 
quipeño.  Nicolás  Antonio,  presenta  en 
un  libro  suj^o,  noventa  y  cuatro  escrito- 
res americanos,  de  los  que  veinticuatro 
son  limeños,  y  seis  de  otras  provincias 
peruanas. 

¿Acaso  Arequipa  no  tenía  hijos 
talentosos  cjue  pudieran  hombrearse  con 
los  de  cualquier  otro  pueblo?  Si  los 
tenía;  pero,  faltos  de  ilustración,  i)a- 
saban  ignorados  entre  el  montón  huma- 
no.   Hasta  el  año   1773   se    escribió    mu- 


-  33  - 

ello,  en  Lima  principalmente.  Don  Anto- 
nio León  Pinelo,  cronista  niaj^or  de  las 
Indias,  fué  autor  de  varios  libros  nota- 
bles; y  sólo  el  talento  prodigioso  y  fecun- 
do de  don  Pedro  Peralta  y  Barnuevo, 
dio  á  luz  diecinueve  obras,  en  varios  idio- 
mas, muchas  de  ellas  tan  importantes, 
que  han  merecido  el  honor  de  ocupar  si- 
tio preferente  en  la  Real  Biblioteca  de 
Madrid,  como  'Xa  gloria  de  Luis  el  Gran- 
de" 3^  "El  triunfo  de  Astrea",  escritas  en 
francés.  Estos  dos  hombres  ilustres  fue- 
ron  limeños. 

Sólo  aquellos  arecjuipeños  dotados 
de  fortuna,  pue  emigraban  sedientos  de 
ilustración,  daban,  con  sus  luces,  la  me- 
dida de  lo  que  era  el  pueblo  olvidado  á 
que  pertenecían.  Así,  nos  encontramos 
con  el  Capitán  General  don  Melchor  de 
Avellaneda,  Márquez  de  Yalde  Cañas,  que 
derrotó  en  los  campos  de  Yillaviciosa,  el 
ala  izquierda  de  las  huestes  enemigas,  y 
que  remplazó  á  Vendóme  en  el  mando 
en  jefe  del  ejército  español,  cuando  Feli- 
pe Y  se  lanzó  á  la  guerra  de  sucesión. 
Siendo  Virrey  de  Valencia,  en  unión  del 
Fiscal  Macanaz,  sostuvo  varias  cuestio- 
nes con  el  Clero,  debiendo  á\ésto  su  caí- 
da. El  dominico  Fra}^  Martin  Calde- 
rón, Catedrático  de  la  Universidad  de  Li- 
ma, pasó  á  Roma  y  obtuvo  la  regencia 
de  estudios  en  el   Colegio   de  la  Minerva. 


—  34  — 

El  Dr.  Ángel  Mariano  Pérez  Oblitas,  es- 
tudiante en  San  Bernardo  del  Cuzco,  me- 
reció, por  sus  luces  j  virtudes,  la  mitra 
de  Tucumán.  Como  estos  arequipeños 
ilustres,  hay  otros  muchos  c[ue  prestigian 
nuestra  raza.  Los  iremos  conociendo  a 
medida  cpie  avancemos  en  nuestro  estu- 
dio. 

En  1,616  se  desmembró  el  Obispa- 
do del  Cuzco,  para  formar  el  de  Arecjui- 
pa;  3^  sólo  entonces,  con  arreglo  á  las 
disposiciones  del  Tridentino,  se  estable- 
ció un  Seminario  paupérrimo,  en  el  cpie 
no  era  permitido  enseñar  más  que  teolo- 
gía, ciencias  eclesiásticas  j  filosofía  es- 
colástica. La  vida  anémica  y  descuida- 
da de  este  plantel  de  enseñanza,  y  los 
obstáculos  que  se  oponían  al  vuelo  del 
pensamiento,  hicieron  de  la  instrucción 
un  verdadero  sarcasmo.  Parecía  que,  aún 
los  hombres  de  valer  que  gobernaban 
nuestra  diócesis,  estaban  empeñados  en 
conservar  la  ignorancia.  Con  el  tras- 
curso de  los  años,  se  fundaron  dos  nue- 
vos colegios;  el  de  ''San  Francisco"  j  el 
de  la  "Merced";  pero  tocio  estaba  malea- 
do: los  profesores  parecían  preocuparse 
más  de  adc|uirir  ricpiezas,  C[ue  de  difun- 
dir la  luz  ele  la  verdad;  3-  si  á  esto  se 
agrega  que  sólo  era  permitido  enseñar 
latin,  filosofía  3^  teología,  llegaremos  al 
triste  convencimiento   de   cj[ue  los  talentos 


—  35  - 

que  producía  nuestro  suelo,  tenían  que 
permanecer  incultos,  formando  un  medio 
morboso,  en  que  no  podía  desarrollar  la 
intelectualidad.  Y,  ja  lo  dijimos,  los 
únicos  que  brillaban  en  todo  su  esplen- 
dor, eran  los  que  bebían,  en  fuentes  ex- 
trañas, conocimientos  que  aquí  les  era 
vedado   inquirir. 

Nos  limitamos  á  señalar  los  nom- 
bres y  los  cargos  importantes  desempe- 
ñados por  algunos  de  nuestros  ilustres 
compatriotas,  en  la  imposibilidad  que  te- 
nemos de  hacer  la  biografía  de  cada  uno 
de  ellos;  tarea  penosísima  que  demanda 
tiempo,   del  que  no   disponemos. 

El  Dv,  José  Matías  de  Peralta,  que 
estudió  en  Lima,  fué  Oidor  de  las  Au- 
diencias de  Quito  y  México;  y  en  1,649, 
Presidente,  Gobernador  y  Capitán  Gene- 
ral del  ultimo  de  los  Estados  menciona- 
dos. El  Dr.  Caj^etano  Pacheco  de  Cár- 
denas, fué  Obispo  del  Paraguay  en 
1,747, 

Es  una  figura  verdaderamente  simpá- 
tica 3^  sugestiva  la  del  Iltmo.  Sr.  Juan  Ma- 
nuel Moscoso  y  Peralta,  primer  arec[ui- 
peño  que  ascendió  á  la  categoría  de 
Obispo.  Nació  el  6  de  Enero  de  1,723, 
de  don  Manuel  Moscoso  y  de  doña  An- 
tonia Peralta.  En  su  numerosa  familia 
se  cuentan  hombres,  como  el  Sr.  de  Go- 
yeneche,   don   Domingo    y    don    Pío     Tris- 


—  36  — 

tan,  que  figuran  en  la  historici  patria. 
De  inteligencia  precoz  y  viva,  estudió  ar- 
tes y  teología,  coronando  su  lucida  ca- 
rrera con  las  borlas  del  doctorado.  Ca- 
só con  doña  Nicolasa  Rivera  y  Salazar, 
en  unión  de  la  cual  dio  existencia  á  un 
hijo,  c{ue  murió  poco  después  que  su  ma- 
dre. Sus  merecimientos  lo  elevaron  á 
desempeñar  los  cargos  de  Regidor,  Alfé- 
rez Real  y^  Acalde  Ordinario  del  Cuzco, 
de  donde  pasó  á  Lima,  porque  su  carác- 
ter audaz  y  enérgico  x^i'í^vocó  graves  de- 
savenencias. 

Desligado  de  los  afectos  terrenos 
con  la  muerte  de  su  esposa,  se  orde- 
nó en  la  Capital,  desempeñando  poste- 
riormente el  Curato  de  Moquegua,  de 
donde  pasó  á  ocupar  la  Canongía  Magis- 
tral de  Arequipa,  después  la  Tesorería,  y 
por  último  el  Arceclianato  en  1,767.  Hí- 
zosele  cruda  guerra;  pero  su  talento  po- 
deroso venció,  alcanzando,  á  despeclio  de 
sus  enemigos,  la  auxiliatura  de  este  Obis- 
pado. 

La  estrella  de  la  fortuna  lo  pre- 
cedía, sembrando  su  camino  de  nuevos 
triunfos.  Obtiene  la  Mitra  de  Tucumán, 
se  clirije  después  á  la  de  Córdoba,  de  la 
que  no  llega  á  tomar  posesión,  por  las 
contiendas  sucitadas  con  el  Cabildo  y  el 
Gobernador  de  Jujuy,  y  marcha  al  Con- 
cilio  de   Chuquisaca,   donde  sorprende  con 


v>   <       

el  brillo  de  su  vasta  inteligencia.  De  in- 
genio verdaderamente  envidiable,  de  espí- 
ritu revoltoso,  como  hijo  lejítimo  de  la 
ciudad  del  Alisti,  3'  decidido  por  la  cau- 
sa de  la  libertad,  jugó  papel  importante, 
en  la  revolución  de  Tupac-Amaru,  siendo 
ésta  una  de  las  causas  principales,  que 
le  atrajeron  la  odiosidad  de  todos  los 
que  juzgaban  un  crimen  rebelarse  contra 
el  yugo  de  la  Monarquía.  Diéronle  la 
Alitra  del  Cuzco,  3-^,  ''siendo  de  nunca 
acabar,  el  referir  los  ruidosos  3^  escanda- 
losos sucesos  de  que  fué  sindicado  en  es- 
ta ciudad,  al  tiempo  de  las  revoluciones 
que  ocurrieron  entonces  en  el  reino,  sólo 
diré  que  la  Superioridad  de  Lima  tomó 
la  resolución  de  enviarlo  á  España  en 
1,786'\  Así  se  expresa  un  viejo  historia- 
dor. 

El    Licenciado    Zamácola    refiere     lo 

siguiente:    ^' cuando   fué  á   España 

(Moscoso)  hizo  un  convite  3^  un  riquísi- 
mo obsequio  de  vajilla  de  oro  á  la  Rei- 
na, la  que  ofreció  hacerle  una  gracia,  si 
la  solicitaba.  Moscoso  sólo  le  pidió  la 
honra  de  bautizar  al  Infante  de  España, 
que  debía  nacer,  pues  estaba  en  cinta  la 
Señora.  Esta  concedió  el  favor  como 
sencillo;  más  luego  se  vio  c|ue  sólo  el 
Arzobispo  de  Granada,  por  antiguo  de- 
recho privilegiado,  podía  bautizar  á  los 
Infantes  de   España;  teniendo   que  dar  los 


—  38  — 

Re3^es  el  Arzobispado  á  Moscoso,  á  p?- 
sar  de  los  pretendientes,  influyentes,  dig"- 
nos  3^  de  más  mérito  que  se  oponían"' 
(1,789).  En  1,794,  fué  condecorado  con 
la   Gran  Cruz  de  la   Orden   Carlos  III. 

El  Dr.  J.  G.  Paz-Soldan,  al  ocu- 
parse del  Sr.  Moscoso,  dice  que:  el  Rey 
expidió  en  1,780  un  decreto,  en  que  se 
le  daba  amplia  satisfacción,  en  vista  de 
las  contestaciones  que  dio,  por  los  car- 
gos que  se  le  hicieron;  y  que  fué  nom- 
brado Arzobispo  de  Granada  cemo  "una 
prueba  pública  y  auténtica  que  salvase 
su  reputación".  Paz-Soldan  hace  estas 
afirmaciones,  fundado  en  el  folleto  que, 
con  el  título  de  "Inocencia  Justificada",  pu- 
blicó en  Madrid  el  Dr.  José  Ignacio  Cas- 
tro. Godoy  en  sus  "Memorias"  hace  mu- 
chos elogios  del  Arzobispo  arequipeño, 
por  el  acierto  y  penetración  que  reveló 
en  los  informes  y  consultas  absueltas  á 
petición  de  Carlos  lY.  Sea  de  ello  lo 
que  fuere,  el  Sr.  Moscoso  y  Peralta,  es 
uno    de  nuestros  hombres  ilustres. 

La  intelectualidad  de  Arequipa,  que 
por  más  de  dos  sig'los  permaneció  entre 
las  sombras,  crecía  y  se  acumulaba  en  el 
alma  del  pueblo.  Hallábase  en  estado 
latente,  y  cada  año  transcurrido,  era  una 
nueva  acumulación  de  potencia  intelec- 
tual, cuyas  fuerzas  no  podían  desenvol- 
verse, porque   estaba    encadenada    al     ca- 


—  Bo- 
rro ele  la  ignorancia.  Necesitaba  un  ra- 
3^0  de  luz,  que  abriese  un  claro  entre  las 
tinieblas  que  la  envolvían,  para  salir 
por  él  3^  recorrer  los  horizontes  de  la  cien- 
cia. La  acumulación  de  talento  en  el 
alma  del  pueblo  y  del  individuo,  es  un 
hecho  que  Ribot  consigna  en  esta  frase: 
'Xos  caracteres  trasmitidos  quedan  en 
estado  latente  durante  una  ó  varias  ge- 
neraciones, prontos  á  desarrollarse  en 
cuanto  las  condiciones  cambien";  y  sean 
favorables,  agregamos  nosotros,  porque, 
aunque  haya  cambio,  si  éste  es  adverso 
al   desarrollo,   lo  detiene   ó  lo   anula. 

El  talento  evoluciona  dentro  de  los 
límites  del  movimiento  industrial,  políti- 
co ó  literario;  y  como,  entre  nosotros,  las 
industrias  estaban  muy  atrasadas,  eran 
la  política  y  el  estudio,  las  manifestacio- 
nes brillantes  de  nuestra  vida  pública. 
Estas  últimas  fueron  las  que  contribuye- 
ron poderosamente,  como  veremos  más 
tarde,  al  crecimiento  de  las  facultades  in- 
telectuales del  pueblo. 

Era  ya  tiempo  de  una  transforma- 
ción. Se  necesitaba  luz,  3^  apareció  en 
el  cielo  de  Arequipa,  como  estrella  ra- 
diante, la  personalidad  del  Obispo  Chá- 
vez  de  la  Rosa.  (1,788)  Su  vasta  3^  bien 
cultivada  inteligencia,  su  caridad  pater- 
nal y  evangélica,  y  la  rectitud  y  hon- 
radez ele   su   carácter,   debían    reformar  la 


—  40  — 

diócesis   qtie    se  le    confiaba,    y   anunciarle 
tina  nueva  era  de  ilustración  3^  progreso. 

Multiplicó  su  actividad  en  bien  de  la 
grey,  j  atendió  no  sólo  á  las  labores  de 
Pastor,  sino  también  á  las  arduas  de 
Maestro.  Fundó  la  Casa  de  Huérfanos 
y  reformó  radicalmente  el  Seminario,  que 
hasta  entonces  había  tenido  una  ficticia 
V  anémica  vida.  Remitidas  las  consti- 
tuciones  de  éste  como  estaba  mandado,  y 
constando  en  ellas  que  debía  enseñarse: 
Doctrina  Cristiana,  Latin,  Gramática  Cas- 
tellana, Griego,  Hebreo,  Árabe,  Filosofía, 
Matemáticas,  Física,  Teología,  Sagrada 
Escritura,  Disciplina  Eclesiástica,  Ritos  y 
Cómputo,  Derecho  Natural  y  de  Gentes, 
Civil  y  Canónico;  se  expidió  en  Madrid 
una  Real  Cédula,  en  la  que  se  aprobaba: 
''la  erección,  constituciones  del  Seminario 
y  su  plan  de  estudios,  suprimiéndose  en 
éste,  el  capítulo  YHI,  que  dispone  la  en- 
señanza del  Derecho  Natural,  de  Gentes 
y  Civil,  3^  cuantos  párrafos  hablan  de  la 
materia".  La  enumeración  de  las  cien- 
cias que  debían  estudiarse  en  el  Semina- 
rio del  Sr.  de  La  Rosa,  3^  las  prohibicio- 
nes hechas  por  el  Re3^  nos  revelan  el  es- 
píritu inteligente,  batallador  3^  liberal  del 
primero,  3^  los  temores  justificados  del  últi- 
mo. ¡El  dueño  absoluto  de  esclavos  só- 
lo asienta  su  trono  soljre  la  base  da  la 
ignorancia! 


^  41  — 

En  esta  época  (1,800)  comienza  la 
corriente  de  instrucción :  la  juventiicl  acu- 
de presurosa  á  ilustrarse  en  los  colegios, 
y  á  beber  en  todas  las  fuentes  de  la  cien- 
cia; el  Obispo,  incansable  en  su  misión, 
forma  nuevos  maestros;  los  jóvenes  se  es- 
timulan, se  entusiasman,  tienen  sed  insa- 
ciable de  saber,  y,  a  medida  cjue  van  co- 
nociendo la  verdad,  se  prendan  cada  vez 
más  de  ella.  El  ambiente  cj[ue  se  respi- 
ra es  XR  distinto;  los  liombres.  formados 
en  el  espíritu  del  Sr.  Cliávez  de  la  Rosa, 
se  reúnen  para  adquirir  maj^or  número 
de  conocimiensos,  celebran  varios  acuer- 
dos, tendentes  á  mejorar  el  medio;  como 
tienen  ilustración  sólida  y  vigoroso  talen- 
to, se  hacen  apóstoles  de  la  idea,  y  gozan 
con  difundir  la  luz  encendida  en  sus  cere- 
bros ja  formados. 

Los  jóvenes  aprendieron  en  el  Semi- 
nario, aún  lo  cjue  les  estaba  vedado;  por 
esto,  algunos  de  ellos  se  recibieron  como 
jurisconsultos  en  las  audiencias  de  Lima 
y  Cuzco.  Apesar  de  que  las  matemáti- 
cas se  hallaban  en  estado  embrionario,  el 
Padre  Fray  Juan  José  del  Patrocinio  de 
Matra^^a  y  Ricci,  enseñó  esa  ciencia  á 
don  Francisco  Javier  Luna  Pizarro,  que 
después  lo  remplazó  como  maestro  de 
la    misma. 

Los  esfuerzos  del  Sr.  de  La  Rosa 
no     fueron     vanos:      desde     1,789      hasta 


—  42  — 

1,808,  salieron  de  su  colegio  lumbre- 
ras el  el  saber,  muchas  de  las  cuales 
superaron  en  brillo,  la  aureola  que  cir- 
cundaba la  frente  del  Maestro.  Luna 
Pizarro,  Benito  Lazo,  Francisco  Quiróz, 
y  gran  número  de  hombres  ilustres,  cu- 
3"a  gloria  se  ha  extendido  á  varias 
generaciones,   confirmarán   la  verdad. 

Las  energías  almacenadas  durante 
luengos  años,  en  el  alma  popular,  pug- 
naban por  desbordarse;  y,  si  el  Japón 
de  improviso  conmovió  y  asombró  al 
mundo,  en  Arequipa  con  el  advenimien- 
to de  un  espíritu  selecto  que  difundió  la  luz , 
hubo  un  verdadero  estallido  de  talento. 

El  entusiasmo  fué  otro  de  los  mo- 
tivos poderosos,  para  la  trasformación 
repentina  que  se  operó.  Robertson,  afir- 
ma que  ''los  americanos  de  pronto  salen  de 
su  indolencia  habitual  y  desarrollan  faculta- 
des intelectuales,  que  estaban  latentes". 

La  Academia  Lauretana  fué  otro 
foco  de  ilustración.  Se  fundó  en  1,821, 
debido  á  los  esfuerzos  del  Dr.  D.  Eva- 
risto Gómez  Sánches,  Síndico  Procurador 
del  primer  A^aintamiento  Constitucional 
de  Arequipa;  3^  tuvo  que  derribar  las 
vallas  y  sobrellevar  lus  vicisitudes  que 
la  azarosa  situación  de  entonces  le  crea- 
l^a.  Las  puertas  de  ese  notable  centro 
de  enseñanza  vSe  abrieron  de  par  en  par 
á    todos  los    que    deseaban   instruirse.     El 


43 


fué  la  base  de  la  Universidad  del  G.  P. 
S.  Agustín,  y  de  su  seno  salieron  hom- 
])res  que  nías  tarde  rigieron  los  destinos 
de  la    patria  libre. 

La  revolución  francesa  influyó  tam- 
bién en  el  movimiento  intelectual.  Ella 
sembró  la  simiente  de  la  libertad  que  en- 
tonces preocupaba  á  todo  el  inundo.  I 
nuestra  intelectualidad,  que  parecía  dor- 
mida, despertó  al  ronco  grito  de  la  eman- 
cipación política,  que  como  huracán  im- 
petuoso recorría  las  costas  americanas, 
desde  la  patria  de  Washington  hasta  la 
fría    región    de   Magallanes. 

Las  revoluciones,  como  ha  dicho  un 
galano  escritor,  ''son  como  un  vasto 
incendio,  que  de  cerca  abrasa  y  de  lejos 
ilumina."  La  filosofía  de  1,789  hizo  que 
los  hombres  de  valer  se  dedicasen  al  es- 
tudio de  las  ciencias  políticas,  des- 
cuidadas hasta  entonces,  y  que  se  preo- 
cupasen de  conocer  las  garantías  consti- 
tucionales é  individuales,  3^  los  derechos 
3'  obligaciones  que  tienen  todos  los  inien- 
bros  de  la  comunidad  política.  La  Aca- 
demia Lauretana  entró  de  lleno  en  la 
escabrosa  senda,  _v,  á  pesar  de  las  pe- 
nas señaladas  á  los  que  se  dedicasen  á 
estudios  de  esa  índole,  fué  la  primera 
que,  sin  duda  por  su  alejamiento  del  tea- 
tro de  la  guerra,  fundó  una  cátedra  de 
Economía   Política,     allá   por  los  anos  de 


—  44  — 

1821  ó  22.  Distingiéronse  en  el  estudio 
de  esta  ciencia  los  Drs.  Alartínez,  Cor- 
vadlo y  Amat  y  León;  habiendo  sido 
nombrado       éste      último     catedrático    en 

1,827. 

La  revolución  francesa  despejó  nue- 
vos y  brillantes  horizontes,  que  eran 
abarcados  por  la  gente  ilustrada;  ésta, 
sintiendo  en  su  alma  las  crepitaciones 
del  entusiasmo,  atisbaba  el  momento 
oportuno  de  lanzarse  a  la  lucha  3^  re- 
conquistar para  su  patria  las  libertades 
ahogadas  con  el  llanto  de  la  esclavitud. 
Los  que  todavía  no  nutrieron  su  espíritu 
con  las  verdades  científicas,  sintieron  el 
contagio  del  entusiasmo  y  la  agitación 
social;  3^,  queriendo  descubrir  el  fondo  de 
estas  manifestaciones,  que  la  ignorancia 
les  vedaba  comprender,  desgarraron  el 
tupido  velo  y  se  inundaron  con  las  irra- 
diaciones de  los  centros  de  instrucción. 
Entonado  posteriormente  el  himno  triun- 
fal de  la  libertad,  y  apagados  para  siem- 
pre, en  la  inmensidad  de  la  historia,  los 
ecos  gemebundos  de  tres  siglos  de  tor- 
tura, se  enarbola  el  pabellón  de  la  Repú- 
blica independiente,  y  bajo  sn  amparo  se 
establecen  las  instituciones  bautizadas 
con  la  sangre 'de  nuestros  libertadores. 
Independizado  de  su  largo  tutelaje,  nues- 
tro pueblo,  joven,  viril,  inexperto  3^  capaz 
de    grandes    empresas,    retoza  en  los  cam- 


—  45  — 

pos  de  la  vida,  quiere  realizar  sus  sueños 
\^  aspiraciones,  y  se  lanza  j  acomete, 
sin  detenerse  á  medir  las  consecuencias 
de  su  resolución  audaz.  Emplea  prime- 
ro sus  fuerzas  en  la  prosecución  del  ideal, 
3'  más  tarde  las  gasta  en  los  deleites  de 
la  crápula.  Derroca  primero  los  gobier- 
nos que  no  cumplen  la  sagrada  misión 
de  obrar  milagros  de  engrandecimiento, 
é  impone  después  caudillos,  que  no  tie- 
nen más  mérito  que  haber  derramado 
puñados    de   oro. 

El  torbellino  de  las  primeras  re- 
vueltas arrastró  á  los  hombres  de  mé- 
rito, colocándolos  en  puestos  de  tan  alta 
figuración,  que  les  daba  oportunidad  de 
lucir  sus  conocimientos  3^  atraerse  la  ad- 
miración de  los  pueblos.  Corvadlo,  Mar- 
tínez, Valdivia,  Ureta,  Pacheco,  Paz— Sol- 
dan,  García  Calderón  y  otros  muchos, 
fueron  llevados  á  la  capital,  y  ahí  de- 
sempeñaron los  más  elevados  cargos, 
mereciendo,  algunos,  decidida  protección 
de  parte  de  gobiernos  que  como  el  de 
Castilla,  comprendían  lo  que  vale  la  in- 
telectualidad. Esta  fué  otra  de  las  causas 
por  las  que  la  inteligencia  arequipeña 
brilló  en  la  época    que  nos  ocupa. 


Siguiendo   el    orden   establecido,      de- 


—  46  — 

benios  ahora  demostrar  la  celeljriclad  de 
nuestros  hombres:  3^  esto  se  consigue  es- 
tudiando su  vida.  Pero,  es  tan  crecido 
el  número  de  ellos  que  nos  limitaremos 
á  tres,   ó  cuatro. 

A  fines  del  siglo  XYIII,  nació  D.  Ni- 
colás de  Piérola.  Bajo  la  dirección  del  emi- 
nente Luna  Pizarro,  cursó  en  el  Semina- 
rio de  Arequipa,  la  facultad  de  Jurispru- 
dencia. 

En  1814  se  dirijió  á  España,  in- 
corporándose en  1817,  á  la  Audiencia  de 
Sevilla  j  á  las  Reales  Cortes  de  Madrid, 
donde  ejerció  su  profesión  hasta  1,820, 
en  que  fué  elegido  diputado  á  Cortes, 
en  virtud  de  sus  relevantes  méritos.  De- 
sempeñó tan  importante  cargo,  hasta 
1,822,  que  fué  nombrado  Catedrático  de 
los  Principios  de  Legislación  Universal, 
en  la  Universidad  central  de  Madrid.  De- 
fensor ardiente  de  la  independencia  de  su 
patria,  tuvo  que  venir  á  ella,  en  1826, 
dejando  un  vacío,  que  sólo  inteligencias 
de   su   talla    podían    llenar. 

Empezó  aquí  su  actuación  política 
como  Diputado  Secretario  del  Congreso 
de  1,827.  Un  año  antes  había  recibido  el 
nombramiento  de  Sub — director  General 
de  Minería.  Asociándose  con  el  sabio  D . 
Mariano  Eduardo  Rivero,  para  esparcir 
sus  conocimientos  adquiridos  en  Europa^ 
publicaron  juntos  un  diario   científico   titu- 


—  47  — 

lado  ''Memorial  ele  Ciencias  naturales  y 
(le  Industria  Nacional  3^  Estranjera".  Los 
brillantes  artículos  que  escribieron  les  va- 
lieron la  honra  de  ser  nombrados,  ambos, 
en  1,828,  miembros  de  la  "Sociedad  de 
Horticultura"  de  Bruselas.  Piérola,  como 
Químico  de  la  junta  de  Sanidad,  se  en- 
cargó de  la  formación  del  Almanac{ue  y 
Guía  de  forasteros  y  de  la  fundación  del 
Museo    de  Historia    Natural. 

Publicó  en  su  diario  el  ''Telégrafo" 
artículos  que  ponían  de  manifiesto  la  pu- 
janza de  su  gran  cerebro.  Presidió  en 
1,836  la  Asamblea  de  Sicuani,  y,  después 
de  desempeñar  otros  cargos  importantes 
y  haber  sido  nombrado  socio  de  la  Uni- 
versidad de  Chile,  murió  en  1857,  de- 
jando una  estela  luminosa  y  una  gloria 
más  á  Arequipa. 

Piérola  fué  un  hombre  modesto. 
Ignoraba  que  en  su  cuerpo  se  albergara 
un  espíritu  gigante.  Cedemos  la  palabra 
á  un  sabio,  cuya  opinión  justificará  la 
celebridad  del  hombre  que  estudiamos: 
**Como  un  diamante  no  trabajado,  cu- 
bierto de  rugosa  costra  y  pisado  por  el 
ignorante,  que  no  lo  conoce;  así  pasó  su 
vida  el  sabio  Piérola,  desconocido  de  si 
mismo  y  con  una  gran  actividad  3^  avi- 
dez de  saber,  que  son  característicos, 
de  todos  los  hijos  de  su  heroica  pa- 
tria". 


—  48  — 

D.  Mariano  Eduardo  Rivero  (1) 
tuvo  como  maestro  en  Inglaterra,  á 
una  de  las  más  grandes  celebridades  de 
la  época,  el  sabio  Dryj.  Poco  después 
se  trasladó  á  Paris  y  trabajó  en  unión 
de  Bertier.  En  1,821  resonó,  por  prime- 
ra YQZ,  su  nombre  en  el  seno  de  la  Aca- 
demia de  Ciencias  de  Paris,  á  propósito 
del  Oxalato  de  fierro,  que  descubrió  en 
Alemania  y  qne  llamó  Humboldlita  en 
recuerdo  del  sabio  Humbodlita.  Escribe 
Raimondi  que  desde  entonces  el  nombre 
de  Rivero  se  hizo  familiar  entre  los  sa- 
bios de  Europa. 

Dio  á  conocer  el  Nitrato  de  soda 
de  Tarapacá,  descubrió  la  magnesita  en 
Yallecas,  y  una  cantera  de  piedra  lito- 
gráfica,  al  hacer  tm  viaje  á  España. 
En  1,822,  en  compañía  de  notabilidades 
como  Bousingault  y  Boulín,  se  dirijió  á 
Colombia,  donde  practicó  estudios  que 
acrecentaron  su  reputación.  En  1,841 
escribió  una  Memoria  sobre  las  Anti- 
güedades peruanas,  y  diez  años  más  tar- 
de, sobre  el  mismo  tema,  publicó,  asocia- 
do con  Tchudi,  una  obra  que  ha  sido 
traducida    á   varios  idiomas. 

Transcurrido  algún  tiempo,  Rivero 
volvió   á  lucir    su   talento   en   sus   '^Memo- 


(1)    Véase  el  folleto   "algunas  Rectificaciones  His- 
tóricas"    por  el    autor  del    presente     trabajo. 


-  49  — 

rías  Científicas,"  obra  que  se  compone 
de  dos  volúmenes.  Murió  en  Europa, 
1,858,  desempeñando  un  honroso  cargo 
del  Gobierno  peruano.  Fué  también,  como 
su  hermano  en  la  ciencia,  Piérola,  activo 
3^-"  modesto.  Colocó  muy  alto  su  nombre, 
en  el  viejo  y  científico  continente,  y  pasó 
por  su  patria  sin  que  le  rindiesen  la  ad- 
miración que  merecía.  La  manía  de  apo- 
car á  nuestros  hombres  no  es  nueva. 
Raimondi  la  notó  cuando,  estudiando  la 
personalidad  del  sabio  Rivero,  se  conven- 
ció de  que  aquí,  en  el  Perú,  no  se  apre- 
ció debidamente  el  mérito  de  esta  lumbre- 
ra continental.  "Extraño  fenómeno!  (dice) 
Mientras  en  todos  los  países  reina  un  exage- 
rado y  ciego  espíritu  de  nacionalismo,  que 
hace  creer  á  sus  hombres  superiores  a 
todos  los  de  las  demás  naciones;  en  el 
Perú,  al  contrario,  no  se  tiene  fe  en  sus 
compatriotas,  se  desconoce  su  mérito,  no 
se  aprecia  sus  trabajos  y,  aunque  asom- 
braran al  mundo  como  Galileo,  Ne^wton, 
Lineo,  pasarían,  tal  vez,  casi  desaperci- 
bidos." 

Esto  es  efecto  de  la  herencia.  Los 
españoles  trataron  siempre  con  desdeño- 
sa altivez  á  los  aborígenes;  y  éstos  alec- 
cionados por  la  crueldad  de  aquellos,  se 
hicieron  completamente  desconfiados,  casi 
escépticos.  Nosotros,  al  juzgar  el  mérito 
de   algunos  de  nuestros  compatriotas,     lo 


-  50  — 

hacemos  con  la  falta  de  fe  del  quechua 
y  el  altivo  desdén  del  español.  Por  cjue 
en  cada  peruano,  que  es  una  personali- 
dad mixta  vemos  al  indio  y  lo  despre- 
ciamos, encontramos  al  ibero  y  descon- 
fiamos de  él.  Y,  cuando  el  mérito  obser- 
vado es  muy  grande,  nuestros  desdenes  de- 
generan    en   envidia. 

Las  principales  corporaciones  cientí- 
ficas de  Europa  y  Estados  Unidos,  hicie- 
ron á  Rivero  su  socio.  Podemos  men- 
cionar, entre  ellas,  á  la  Sociedad  de 
Ciencias  Naturales  y  la  Sociedad  Filomiá- 
tica  de  Paris;  las  de  Geología  de  Lon- 
dres, París  y  E.  E.  U.  U.;  las  de  Agri- 
cultura de  Francia,  Bélgica,  y  Chile;  la  de 
Anticuarios  de  Dinamarca  y  algunas  otras. 
El  sabio  naturalista  Dr.  Weddel  dedicó  á 
la  memoria  de  Rivero  un  género  de  cas- 
carilla,  denominándola,    Riveroana. 

La  inconstancia  3^  voluvilidad  pro- 
pias de  nuestra  raza  fueron  vencidas  en 
Rivero  por  la  educación  sajona  que  reci- 
bió y  reemplazadas  por  perseverancia  3^ 
decisión  tan  notables  que  trajeron  como 
consecuencia  el  desarrollo  completo  de 
su  inteligencia  3^  la  amplitud  de  su  ilus- 
tración. 

Los  impulsos  3'  entusiasmos  carac-^ 
terísticos  de  todos  los  c|ue  tienen  en  sus 
venas  sangre  visigoda  caldeada  por  el 
fuego   del   sol  meridional,    se   hicieron  en  él, 


—  si- 
no sólo  rápidos  vsino  que  uniéndose  los  unos 
á  los  otros   por  medio    del  hábito,     perdie- 
ron  la    solución   de  continuidad  y    dieron 
como  resultado  una  actividad  asombrosa. 

El  Dr.  M.  Rosas  estudió  aliado  de 
su  padre,  el  limeño  Dr.  M.  Yoldi  Rosas. 
Se  dirigió  á  Europa  á  perfeccionarse  en  su 
carrera,  y  gozó  de  tan  grande  y  mereci- 
da reputación  como  oculista,  que  en  1,862 
se  trasladó  á  Viena,  llamado  por  el  Em- 
perador de  Austria,  á  cuyos  servicios  se 
puso,  gozando,  en  cambio,  de  grandes 
honores  y  rentas.  Uno  de  nuestros  Pleni- 
potenciarios, atraído  por  la  fama  del 
gran  médico  de  Yiena,  acudió  á  hacerse 
curar  con  él,  y  quedó  gratamente  sor- 
prendido al  encontrarse  con  un  compatriota, 
que  le  hablo  de   su   patria  y  origen. 

El  Dr,  Mateo  Paz— Soldán,  de  talen- 
to privilegiado,  sobresalió  como  astróno- 
mo, geógrafo,  humanista,  literato,  polí- 
glota y  matemático.  Fué  miembro  cons- 
picuo de  la  Academia  Lauretana.  Resolvía 
con  asombrosa  facilidad  las  consultas  que 
se  le  hacían  sobre  historia,  gramática  y 
números.  Sabía  griego,  alemán,  latín,  in- 
glés, portugués,  francés,  italiano,  quecha 
y  aymará.  Vertía  en  correcto  castellano 
las  composiciones  de  los  grandes  autores 
clásicos,  tanto  latinos  como  J^lemanes. 
Repetía  de  memoria  la  Ilíada,  la  Odisea 
\"  varias  de  las    obras    de    Horacio,   Vir- 


-  52  — 

gilío,  Anacreón  y  otros  autores.  Siguió 
siempre  niu}^  ele  cerca  el  niOYÍmiento  cien- 
tífico 3^  literario  ele  Europa. 

Habiendo  concluido  niU3^  joven,  en 
el  colegio  de  Arec[uipa,  el  estudio  de  ma- 
temáticas puras  j  mixtas,  filosofía,  teolo- 
logía  y  derecho;  dirigió  una  obra  de  inge- 
niería en  Tacala3^a;  sin  que  el  importan- 
te trabajo  de  irrigación,  que  con  acierto 
había  emprendido  y  que  coronaba  satis- 
factoriamente, le  impidiese  componer  3-a- 
ravíes  3'  dar  vvielo  á  su  imaginación  de 
poeta  3"  á  su  sensibilidad  exquisita.  Fué 
catedrático  y  Rector  en  Arequipa,  Direc- 
tor 3^  profesor  de  varias  clases  en  el  Ins- 
tituto de  Lima;  Oficial  Ma3^or  en  el  Mi- 
nisterio de  Relaciones  Exteriores  3^  Jefe 
de  la  Dirección  de  Hacienda.  En  este  des- 
pacho dio  muestras  de  su  probidad  é  in- 
dependencia. Escribió  brillantes  artículos 
político — sociales  en  el  "Pabellón  Nacio- 
nal," lo  que  fué  causa  de  que  el  Gabi- 
nete del  68  lo  confinase.  Se  dirigió  á 
Europa  y  allá  hizo  imprimir  un  Trata- 
do de    Trigonometría  3^  de  Astronomía. 

Estuvo  en  íntimas  relaciones  con 
celebridades  europeas,  como  Depretz,  3^ 
Cauchy.  Formó  parte  de  la  comitiva 
que  llevó  á  su  última  morada  á  Chateau- 
briand, tocándole  en  esta  ocasión  el  honor 
de  estar  al  lado  de  Beranger.  La  obra 
del   Sr.    Paz-Soldan   no  pasó     inadvertida 


—  53  — 

para  las  notabilidades  que  componían  la 
Academia  de  Ciencias  de  París;  llamó 
la  atención.  3^  dio  motivo  á  uno  de  los  sa- 
bios de  ese  gran  centro  científico,  encar- 
gado de  informar  acerca  del  nuevo  libro, 
para  emitir  un  extenso  juicio  en  que  se 
declaró  ese  trabajo  lleno  de  mérito  y  á 
su  autor  poseedor  de  vastos  conocimien- 
tos en  la  materia.  Su  libro  comprende 
todo  lo  que  la  astronomía  conquistó  has- 
ta la  época  en   que  fué  publicado. 

^*Mu3^  notable  debió  ser  su  obra 
para  que,  publicada  en  París  por  un 
peruano,  mereciese  los  elogios  de  un  sabio 
como  M.  Moigno,  cartas  autógrafas  de 
Humboldt  y  Arago,  y  valiese  á  su  au- 
tor el  honor  de  ser  introducido  en  el 
círculo     de    los    más    eminentes  científicos. 

El  sabio  Airy,  Director  del  Obser- 
vatorio de  Greenwich,  le  otorgó,  junto 
con  un  permiso  especial  para  visitar 
el  establecimiento,  el  presente  de  varias 
obras  con  la  respectiva  dedicatoria,  escri- 
ta de  su  propia  mano.  Paz— Soldán  cal- 
culó hasta  su  muerte  el  Almanaque  de 
Arequipa  j  fué  íntimo  amigo  del  astróno- 
mo  alemán  Carlos  Moesta. 

Cuando  el  gran  Pentland  se  propu- 
so corregir  los  planos  de  Fitz  Ro}^  sobre 
el  continente  americano,  entró  en  corres- 
pondencia con  el  sabio  arequipeño,  cono- 
cido en  el  mundo  intelectual  como   notabili- 


-  54  - 

dad  científica.  En  esta  época  Paz-Soldán  em- 
pezó á  escribir  sn  Geografía  Política  3^  astro- 
nómica del  Pera,  que  basta  por  si  sola  ])a- 
ra  justificar  su  notoria  celebridad.  Este 
libro  es  no  solo  científico,  sino  también 
literario,  por  la  galanura  de  su  estilo  y 
lo  pulcro  y  castizo  de  su  lenguaje.  Contra 
la  opinión  del  Cosmógrafo  de  Lima^ 
anunció  un  eclipse  de  sol,  trazando  al 
efecto  un  plano  astronómico  y  dibujando 
la  figura  matemática  correspondiente,  no- 
vedad  que  él  introdujo  en  el   Pero. 

Eué  Agente  Eiscal,  Juez  de  Derecho 
3^  Vocal.  Murió  de  44  años.  Entre  sus 
obras,  muchas  inéditas,  se  cuentan  una 
Gramática  Latina,  un  tratado  de  Arit- 
mética y  Algebra,  un  Curso  de  cálculo 
integral  y  diferencial,  memorias,  comenta- 
rios, poesías  descriptivas,  eróticas,  líricas, 
y  gran  número  de  traducciones. 

Nos  parece  poco  serio  poner  en  duda, 
el  indiscutible  mérito  y  la  justa  celebri- 
dad de  hombres,  cjue,  nacidos  en  un  rin- 
cón del  mundo,  vencen  los  obstáculos  sin 
fin  3^  prejuicios  que  se  les  oponen,  y  con- 
quistan renombre  entre  inteligencias  gi- 
gantescas. No  valga  tampoco  decir  que 
nuestros  hombres  sólo  fueron. notables  con 
relación  á  su  época.  Los  sabios  que  se 
encumbran  por  la  fuerza  de  su  pensa- 
miento, 3^  dejan  obras  imperecederas  y  lu- 
minosas   huellas  de  su   paso,     se    colocan 


55 


en  un  lejano  porvenir;  y  muchas  veces 
éste  resulta  estrecho  para  contenerlos. 
A  éstos  se  les  puede  juzgar  con  relación 
al  presente.  Nosotros  hemos  tenido  va- 
rios sabios  entre  el  crecido  número  de 
hombres  verdaderamente  ilustres  que  le- 
garon  un  tesoro  de  gloria  á   su  patria. 


YI 


'^Toda  familia,  todo  pueblo,  toda 
raza,  aporta  el  nacer,  una  dosis  de  vita- 
lidad \^  una  suma  de  aptitudes  que  de- 
ben salir  á  luz  con  el  tiempo.  Esta  evo- 
lución tiene  por  causa  las  acciones  y  reac- 
ciones del  medio  sobre  el  ser  y  del  ser  so- 
bre el  medio.  Dura  hasta  el  momento  en 
que  la  familia,  el  pueblo  ó  la  raza  han 
cumplido  su  destino,  brillante  para  algu- 
nas, notable  para  muchas,  oscuro  para  el 
mav^or  número.  Desde  que  esta  suma  de 
vitabilidad  y  aptitudes  comienza  á  debi- 
litarse, comiénzala  decadencia".  Y  ésta 
continúa  trasmitiéndose  á  las  generacio- 
nes siguientes,  hasta  llegar  á  un  comple- 
to aniquilamiento,  á  menos  que  causas 
externas    vengan   á  detenerla. 

La  exposición  precedente  es  verdade- 
ra, 3^  entre  nosotros  se  ha  cumplido  en 
parte.  Las  razas  que  dieron  origen  al 
pueblo  de  Arequipa,  aportaron  caudales 
de    capacidad  intelectual,   que    se  desarro- 


-se- 
lló debido  á  las  condiciones  del  medio. 
Ese  estado  brillante  de  la  época  pasada, 
debe  continuar  por  un  tiempo  más  por- 
que nuestro  pueblo  no  ha  cumplido  toda- 
vía su  destino:  está  en  el  principio  de  su 
carrera  y  tiene  mucbo  que  vivir  y  pro- 
gresar. 

El  pesimismo  y  la  desconfianza  de 
nuestra  raza  nos  han  hecho  ver  la  escuá- 
lida faz  de  la  decadencia;  pero  debemos 
advertir  que  ésta  es  aparente  en  casi  su 
totalidad,  y  que  sólo  una  parte  insigni- 
ficante de  lo   que  vemos  es  real. 

El  desgaste  de  energías  en  las  convulsio- 
nes políticas  que  han  agitado  constantemen- 
te á  nuestro  pueblo,  lo  fatigaron  y  resta- 
ron algo  de  su  vitalidad  primitiva.  La  ge- 
neración debía,  pues,  heredar  esa  fatiga, 
esa  naciente  languidez,  que  puede  muy 
bien  conducir  á  la  degeneración  si  el  me- 
dio le  es    propicio. 

Las  continuas  luchas  afectan  el  sis- 
tema nervioso,  como  ha  observado  Dé- 
jerine;  y  estas  afecciones,  repetidas  y  acu- 
muladas por  la  herencia,  son  origen  de 
la  forma  más  vulgar  de  la  neurosis,  la 
neurastenia,  que  á  su  vez  puede  ser  tron- 
co de  la  familia  neuro— patológica,  for- 
ma definida  de  la  degeneración,  en  con- 
cepto de  Ribot.  El  gran  número  de  neu- 
rasténicos de  hoy,  acusa  derroche  de  ener- 
gías en   los  hombres  de  ayer.    Los  desea- 


—  57  - 

labros  continuos  3'  los  reveses  sufridos 
en  las  contiendas  internacionales,  abatieron 
el  espíritu  del  pueblo,  que  engendró  una 
descendencia  con    principios  de  debilidad. 

Otra  de  las  causas  por  las  que  no  te- 
nemos el  antiguo  movimiento  intelectual  es, 
no  la  falta  de  talentos,  que  indiscutiblemen- 
te los  lia3^  y  muy  poderosos,  sino  el  espí- 
ritu utilitarista  de  la  época.  Todos  quie- 
ren acaparar  medios  para  gozar  las  como- 
didades de  la  vida;  y  desatienden  por 
completo  las  exigencias  del  espíritu.  Nues- 
tros intelectuales  ven  en  las  profesiones 
liberales  medios  de  lucrar,  3^  pasan  rápi- 
damente sobre  ellas  para  alcanzar  el  fin 
apetecido.  ¡Conocerlas  á  fondo  es  perder 
el  tiempo!  Las  especulaciones  científicas 
no   producen  deleites  físicos. 

En  la  esclavitud  material  que  pade- 
cemos, el  espíritu  tiene  una  sola  aspira- 
ción: hacer  de  metal  precioso  los  grille- 
tes que  lo  encadenan. 

La  política  eterna  falsificadora  de 
la  verdad  envolviendo  al  alma  nacional 
en  una  atmósfera  de  duda,  3^  lia  hecho 
girones  de  la  fe  que  se  tenía  en  la  hon-- 
radez  3^  ha  arrebatado  trozos  de  la  es- 
peranza colectiva;  3^  estas  calamidades 
públicas  repercutiendo  en  la  psiquis  indi- 
vidual son  nuevos  obstáculos  que  se 
oponen  á  su  desarrollo,  pues,  su  fe  está  de- 
bilitada y  su  esperanza  de  gloria  también. 


—  58  — 

El  favoritismo  injustificado  que  es  la 
sabia  de  los  partidos  políticos,  ha  trans- 
formado el  verdadero  concepto  del  mérito 
que,  entre  nosotros  parece  j^a  sinónimo 
de  servil,  contribuj^endo  á  que  los  entusias- 
mos nobles  j  levantados  cedan  el  campo 
al  relajamiento  de  las  aspiraciones,  j  el 
cálculo  egoísta  3'  rastrero.  Esta  nueva 
lacra  social,  ha  desbaratado  los  legíti- 
mos anhelos  de  quienes  convencidos  que 
no  podían  surgir  por  las  irradiaciones 
de  su  talento  se  han  engolfado  en  las 
miserias  del  servilismo.  ¡Cuantos  cerebros 
no  fulguran  por  que  los  cubre  el  fango 
de  la  ad3^ección!  ¡Y  cuantos  espíritus  vi- 
gorosos están  detenidos  en  los  pliegues 
de  la  capa  que  envuelve  la  antipática  fi- 
gura   de  Spoleta! 

La  indiferencia  de  los  grandes  j  la 
envidia  de  los  pequeños  son  dos  atala- 
A^as  implantados  por  el  enemigo  del  pro- 
greso. En  un  medio  en  que  los  unos  ha- 
cen el  vacío  j  los  otros  socaban  los  ci- 
mientos que  sirven  para  encumbrarse  los 
entusiasmos  se  apagan,  el  espíritu  decae 
y  la  inteligencia  aislada  y  abatida  3^  sin 
un  punto  de  apoyo  no  alcanza  las  alturas 
que  la  naturaleza  le  destina. 

Por  otra  parte,  la  condición  de 
unestro  carácter,  entusiasta  con  todas 
las  novedades,  decidido  en  los  primeros 
momentos;   3"    ¡pronto   á      abandonar     las 


—  59  — 

empresas  cin-o  éxito  depende  del  tiempo 
y  el  esfuerzo  constante,  son  un  nuevo 
obstáculo  ])ara  el  desarrollo  del  talento, 
que  necesita  perseverancia  en  el  estudio. 
Mientras  la  educación  no  corrija  este  de- 
fecto nacional,  tendremos  en  el  carácter 
un  poderoso  enemigo  de  nuestro  adelan- 
to. 

La  enseñanza  de  hoy  consistente  en 
la  continua  repetición  de  la  ciencia  pasa- 
da, aburre  las  inteligencias  jóvenes  y  has- 
ta las  embota;  resultando,  no  sólo  defi- 
ciente, en  nuestro  siglo  progresista  y  ve- 
loz cuyas  teorías  nuevas  y  febricitantes 
marchan  con  la  electricidad;  sino  también 
perjudicial  y  retrógada.  Debe,  pues,  re- 
formársela ampliamente,  proteger  las  le- 
tras, enaltecer  el  verdadero  mérito  3^  esti- 
mular al  talento,  asegurándole  holgada 
subsistencia. 

Debemos  agregar  que  nuestra  inte- 
lectualidad nos  parece  pobre,  porque, 
como  lo  hemos  dicho  en  otra  parte,  so- 
mos incapaces  de  juzgarnos,  debido  á  la 
herencia  del  desdén  \'  el  egoísmo  españoles 
y  de  la  desconfianza  quechua.  Como  ano- 
ta Paz — Soldán,  entre  nosotros  'aparece 
que  sólo  se  tuviera  talento  y  dotes  natu- 
rales para  hacer  pec|ueño  al  que  la  na- 
turaleza crió  grande  3^  para  humillar  y 
despreciar  al  que  debieran  exaltar  3^  res- 
petar,"    Para  juzgar  á    los    hombres     del 


—  60  — 

presente  es  necesario    trasportarse  al  por- 
venir. 

En  resumen:  las  razas  que  forma- 
ron el  pueblo  de  Arequipa,  al  cruzarse^ 
dieron  forzosamente  hombres  de  talento 
superior,  que  brillaron  en  una  época  de- 
terminada, no  porque  sólo  entonces  na- 
cieran, sino  por  que  tuvieron  la  oportu- 
nidad de  hacerse  conocer,  después  de  su 
desarrollo.  Y  hoy,  como  a\^er  j  como 
siempre,  existe  potencia  intelectual,  algo 
debilitada,  es  cierto,  pero  notable,  y  dis- 
puesta   á  brillar,  si  hay  una  reacción. 


^n^^aiPJ 


Clasiñcación 


La  intelectualidad  tiene  diferentes 
grados  y,  á  medida  que  va  ascendiendo, 
es  cada  vez  más  compleja  y  difícil  de 
producirse.  Estos  son:  1°  La  masa  igno- 
rante, en  la  que  puede  haber,  en  poten- 
cia,  cerebros  tan  maravillosos  que,  si  de- 
sarrollasen,  subirían  hasta  el  último  pel- 
daño de  la  escala  intelectual;  2^  La  masa 
de  transición,  en  la  que  comienza  el  de- 
senvolvimiento del  talento,  adquiriéndose 
conocimientos  más  6  menos  vastos;  3^ 
El  vulgo  consciente,  dentro  de  cuyos  lí- 
mites pueden  las  inteligencias  perfeccionar- 
en culquiera  profesión,  pudiendo  llegar 
á  ser  verdaderamente  ilustres;  4^  El  in- 
telecto superior,  que  descuella  de  modo 
notable  entre  las  clases  precedentes.  Los 
hombres  que  llegan  á  esta  altura,  van 
á  la  cabeza    del  movimiento  científico    de 


-  62  — 

su  época;  en  ellos,  como  en  página  bri- 
llante, se  lee  la  historia  de  los  graneles 
progresos;  son  timbre  de  gloria  de  los 
pueblos  en  que  nacen  y  tocan  los  lími- 
tes de  la  sabiduría:  forman  la  jerarquía 
de  la  eminencia:  5^  La  sabiduría.  Los 
que  la  poseen  son  gloria  de  los  conti- 
nentes y  orgullo  de  la  razas.  Los  sabios 
abarcaxi  de  una  mirada  las  horizontes 
amplios  de  la  ciencia,  escudriñan  los  secre- 
tos de  la  naturaleza,  iluminan  las  pri- 
meras etapas  del  futuro  y  viven  en  las 
generaciones  hasta  que  otros  sabios  opa- 
quen el  brillo  de  su  fama;  3^  6^  Los  ge- 
nios, admiración  de  la  humanidad:  viven 
mientras  ella  viva.  Su  inmenso  prestigio 
no  se    eclipsa  jamás. 

El  genio  es  debido  *^á  un  conjunto  muy 
complejo,  á  un  equilibrio  mu3^  inestable  de 
las  facultades  cerebrales  más  humildes  y  más 
elevadas.  Como  en  un  mecanismo  muy  com- 
plicado y  muy  delicado,  la  rueda  más  peque- 
ña es  indispensable"  (Lorain).  Este  último 
grado  de  la  intelectualidad  es  el  más  difí- 
cil de  aparecer.  ^'En  las  innumerables 
combinaciones  que  forma  la  herencia  por 
la  unión  de  las  naciones,  de  las  fami- 
lias, de  los  individuos;  en  esta  inmensa 
lotería  del  nacimiento,  es  apenas  cuatro 
ó  cinco  veces  por  siglo,  cuando  se  en- 
cuentra ese  admirable  equilibrio  de  las 
facultades,  que  es  á  las  fuerzas  cerebrales  lo 


—  63  - 

que  la  belleza  es  al  conjunto  del  cuerpo." 
No  es  pues,  de  extrañar  que  entre  nosotros 
no  haA^a  habido  genios.  Estas  son  plantas 
exóticas  en  todos  los  pueblos,  en  todas  las 
regiones,  en  el  universo  entero. 

Más.  si  estudiando  ia  personalidad 
de  Mariano  Melgar  venios  que  á  los  tres 
años  sabía  leer,  y  á  los  ocho  latín,  3^ 
que  murió  á  los  24  dejando  obras  que 
las  instituciones  de  enseñanza  conserva- 
ron como  rico  tesoro  para  educar  á  la 
juventud  venidera,  y  estrofas  que  harán 
llorar  mientras  haj^a  corazón;  no  pode- 
mos menos  de  crearle  un  lugar  especial 
entre  el  sabio  y  el  genio,  y  llamarle  cua- 
si genio.  Nació  en  1,791.  (1)  Las  pri- 
meras fravSes  balbuceadas  en  la  infancia 
se  juntaron  en  él  con  las  primeras  luces 
de  la  instrucción.  Apenas  frisaba  con 
los  dieciseis  años,  traducía  los  clásicos 
latinos  en  verso  castellano.  No  sólo  se 
distinguió  como  literato  j  poeta,  sino 
también  como  maestro  notable  dominan- 
do la  Teología,  el  Derecho,  la  Historia 
y  las  Letras,  en  una  palabra  todo  el 
caudal  de  ciencia  de  aquellos  tiempos. 

Cuando  el  Iltmo.  Sr.  de  la  Encina, 
ingresó  á  Arequipa,  compuso  y  pronun- 
ció el  joven  Melgar  un  precioso  discurso 
en   latín.       El    Obispo,   que  poseía    correc- 


(1)      Esta  fecha  esta  rectificada  en  el  folleto  antes 
citado,  —  Melaban  nació  el  10  de  Agosto  de  1790. 


—  64  — 

tamente  esta  lengua,  aplaudió  calurosa- 
mente al  literato  galano  que  le  dirigió 
la  palabra,  3%  comprendiendo  su  precoz- 
y  grande  inteligencia,  lo  nombró  profe- 
sor del    Seminario. 

Melgar  enseñó  Filosofía  y  Matemá- 
ticas y  escribió  varios  compendios  que 
sirvieron  á  varias  generaciones.  Publicó 
la  Historia  de  la  Filosofía  en  latín  y 
una  Geografía  de  Arequipa,  en  versos 
castellanos.  Supo  también  dibujar,  y  se 
cuenta  que  en  sus  ratos  de  ocio  se  en- 
tretenía con  la  escultura.  En  cuanto  á 
sus  conocimientos  arquitectónicos  debe- 
mos mencionar  que  la  coronación  de  la 
iglesia  de  San  Camilo,  se  debió  princi- 
palmente á  sus  cálculos  y  á  su  acertada 
dirección. 

Compuso  varias  poesías  en  ita- 
liano y  francés  odas,  elegías,  fábu- 
las políticas  y  cartas;  hizo  traducciones 
de  Virgilio  y  Ovidio,  y  creó  un  género 
especial  de  literatura:  los  yaravíes^  en 
que  vació  su  alma  sentimental  y  tierna. 
Muchos  de  ellos  se  cantan  en  la  actuali- 
dad: son  las  lágrimas  que  vierte  el  alma 
compleja    de    nuestro   pueblo. 

Algunos  atribuyen  al  Dr.  Juan  Gual- 
berto  Valdivia  la  introducción  de  la  Ta- 
quigrafía en  el  Perú;  pero  debe  tenerse 
presente  que  Melgar,  en  su  carta  á  Sil- 
via,  empleó   caracteres  taquigráficos. 


-  65  - 

De  corazón  ardiente  3^  patriota  y 
enamorado  de  la  libertad,  se  alistó  en 
las  filas  de  Pumacahua  que  dio  el  grito 
de  independencia  en  1,814.  Fué  hasta 
el  sacrificio  por  sus  grandes  ideales.  En 
Humacliiri,  el  año  1,815,  de  manos  de 
los  españoles  recibió  el  martirio  con  la 
serenidad  de  héroe.  Cuánto  podía  espe- 
rarse de  este  niño  admirable,  cuyos  co- 
nocimientos excedían  inmensamente  á  su 
edad.!  Fué  un  insurrecto  ideal!  El  des- 
potismo tronchó  la  vida  en  flor  de  un 
genio! 

Al  5°  grado  de  la  intelectualidad 
pertenecieron:  D.  Mariano  Ed.  de  Rivero, 
D.  Mateo  Paz-Soldan,  D.  Hipólito  Una- 
nue,  que  el  1,755  nació  en  Arica,  enton- 
ces provincia  de  Arequipa.  Unánue,  co- 
mo médico,  fué  una  notabilidad,  3^  mu\^ 
distinguido  como  litarato  y  matemático. 
Escribió  varias  obras,  pero  la  que  hizo 
resonar  su  nombre  más  allá  del  Atlánti- 
co, fué  la  titulada  ^'Observaciones  sobre 
el  clima  de  Lima  v  sus  influencias  en  los 
seres  organizados,  en  especial  el  hombre". 
Su  libro  le  abrió  las  puertas  del  mundo 
científico.  Fué  proclamado  miembro  de 
las  Sociedades  de  Ciencias  de  Baviera,  Fi- 
ladelfia,   Madrid   y   New  York. 

La  política  no  fué  tampoco  extra- 
ña á  su  vasto  talento.  Desempeñó  car- 
gos importantes  y,   entre    ellos,   la    Presi- 


~  66  — 

dencia  del  Congreso  Constituyente  en 
1,823.  Queriendo  inmortalizar  su  nom- 
bre, los  naturalistas  Ruiz  3^  Pavón  lla- 
maron á  una  planta  ünanuea  febrifuga 
y,  posteriormente,  Raimondi  nombró  a 
otra  Ranún culus  Unanuei. 

D.  Francisco  de  Paula  Gonzáles  Yi- 
gil  nació  en  Tacna  (1,792).  Estudió  en 
el  Seminario  de  Arequipa  3^  en  el  mismo 
enseñó  Filosofía  y  Teología.  Fué  Dipu- 
tado por  Arequipa  en  el  Congreso  de 
1,828  y  en  la  Convención  de  1,831.  Las 
obras  que  escribió  este  hombre  de  talen- 
to prodigioso,  le  han  valido  para  que  en 
los  Diccionarios  Biográficos  se  le  consi- 
dere como  una  de  las  culminantes  nota- 
bilidades americanas.  Esto  es  prueba  su- 
ficiente del  valor  de  sus  méritos.  La  fa- 
ma del  gran  Yigil  perdura  en  nuestro 
continente. 

D.  J.  G.  Paz-Soklan.  Como  profe- 
sor del  Seminario  de  esta  ciudad,  escri- 
bió á  los  20  años  un  tratado  de  Dere- 
cho Canónico:  fué  éste  el  primer  destello  de 
su  luminoso  talento. 

En  repetidas  ocasiones  sirvió  á  la 
patria,  como  Ministro  3"  como  Magis- 
trado. Su  intelecto  vigoroso  3^  erudición 
admirable  hicieron  de  él  uno  de  los  per- 
sonajes más  prominentes  de  entonces. 
En  1,861  dejó  la  Fiscalía  de  la  Corte 
Suprema  3'    se  puso   al   frente    de  la    Un  i- 


-  67  - 

versldad  de  San  Marcos.  En  la  reforma 
de  la  instrucción  emprendida  en  esta  épo- 
ca, emitió  dictámenes  é  informes  que  bas- 
tarían por  sí  solos  para  crearle  reputa- 
ción de  jurisconsulto  y  canonista.  Los 
artículos  que  publicó  con  el  pseudónimo 
de  La  Casandra  le  conquistaron  lugar 
distinguido  entre  los  escritores  de  su 
tiempo.  Sus  Vistas  fiscales  encierran  un 
tesoro  de  ciencia  jurídica.  Le  eran  fami- 
liares los  autores  griegos,  é  hizo  propia 
la  lengua  de  Horacio. 

Presidió  el  Congreso  Americano  de 
1864,  y,  en  esta  como  en  todas  ocacio- 
nes,  dejó  puesto  su  nombre  á  la  altura 
que  corresponde  á  las  grandes  celebrida- 
des. Algunas  de  las  Notas  que  como  Mi- 
nistro dirijió  á  varias  potencias,  se  con- 
servan como  modelos  en  la  colección  di- 
plomática de  Francia. 

Escribió  un  folleto  "Mi  defensa"  en 
el  que  se  vindica  de  los  ataques  que  se 
le  hicieron.  En  su  obra  "Los  derechos 
adquiridos"  combate  rudamente  la  Dic- 
tadura. Fué  uno  de  los  más  notables 
colaboradores  de  "La  Bandera  Bicolor," 
periódico  de  lucha.  Como  jurista  sostuvo 
que  se  estableciera  la  Penitenciaría  con 
trabajo  comiin  de  día  y  aislamiento  en 
la   noche. 

El  Re3'  de  Italia  Víctor  Manuel  lo 
condecoró   con   dos  ricas  medallas  v  le  dio 


-  68  — 

el  título  de  Caballero  de  la  Orden  de 
San  M atiricio  y  San  Lázaro  y,  por  úl- 
timo, Lamartine  le  envió  sii  retrato  con 
una  honrosa  dedicatoria. 

Cuando  se  estudia  la  vida  de  D.  Jo- 
sé Gregorio  Paz— Soldán,  el  alma  le  ofrece 
tributos  de  admiración  sincera  y  se  rinde  y 
se  enpecjueñece  como  ante  todo  lo  grande 
y  maravilloso. 

D.  Francisco  Javier  Ltina  Pizarro 
(1)  empezó  la  carrera  de  sus  triunfos  en 
las  clases  del  Sr.  Chavez  de  La  Rosa. 
Poco  después  lo  hicieron  profesor,  y,  cuan- 
do se  lanzó  á  la  vida  pública,  deslumhró 
al  Perú  independiente  con  el  poder  de  su 
inteligencia  asombrosa.  Su  versación  pro- 
funda en  casi  todos  los  ramos  del  saber 
humano,  lo  llevó  á  las  regiones  elevadas 
de  la  fama.  Fué  consultor  obligado  de 
los  sabios  que  se  encumbraron  como  él,, 
y  arbitro  en  las  cuestiones  políticas  que 
se  sucitaron  á  raiz  de  la  independencia. 
En  el  primer  Congreso  de  la  República 
desempeñó  el  honorífico  cargo  de  Presi- 
dente;, tuvo  carácter  enérgico,  elocuencia 
de  grande  orador  j  corazón  de  verdade- 
ro  patriota. 

En  la  Universidad  de  San  Antonio 
(Cuzco)    sirvió     en    calidad    de     Licencia- 


(1)     Véase    el   folleto    citado. 


—  69  — 

do  en  Cánones  y  Sagrada  Teología  por 
los  años  de  1,798.  El  año  1800  se  reei- 
bió   de  Abogado. 

Desempeñó  los  cargos  de  Catedráti- 
co, Yice — Rector  y  Rector  en  el  Seminario 
de  San  Gerónimo,  y  de  Pro — secretario  del 
Obispado  de  Arequipa. 

En  España  fué  Capellán  del  Presi- 
dente del  Consejo  de  Indias  y  á  sii  re- 
greso fué  incorporado  en  el  Cabildo  de 
lyima. 

Por  sus  conocimientos  lo  nombra- 
ron Examinador  Sinodal  del  Arzobispado  de 
Lima  y  del  de  Sigüenza.  Abascal  lo  liizo 
Rector  de  San  Fernando. 

Como  Jefe  del  Partido  republicano 
exaltado  sufrió  destierros  3^  persecuciones. 
Fué  Dean,  Obispo  de  Alalia  3"  Arzobispo. 
En  1843  desempeñó  la  cartera  de  Hacien- 
da. Sostuvo  con  D.  J.  G.  Paz-Soldán 
polémicas  notables  sobre  cá,nones,  seme- 
jando esta  lucha  interesante,  el  torneo 
de  dos  titanes  del  talento, 

Francisco  García  Calderón  nació  el 
1832.  A  los  26  años  de  edad  publicó 
su  Diccionario  de  Legislación  Peruana, 
Cjue  no  necesita  comentarios. 

La  reputación  del  joven  autor  es 
casi  mundial.  El  Académico  español  Vi- 
cente Barrantes  hizo  un  merecido  elogio 
de  la  obra  arequipeña,  declarando  que 
en   cada    una  de  sus  páginas    se     encuen- 


-  70  - 

tran  erudición  exquisita  y  conocimientos 
muy  vastos.  En  su  género,  es  el  libro 
de  mayor  aliento  publicado  entre  noso- 
tros 3^  en  gran  parte  de  la  América.  Antes 
de  darlo  á  la  publicidad  quiso  García  Calde- 
rón conocer  la  opinión  de  los  juriscon- 
sultos más  notables,  cuando  se  dirijió  á 
Lima.  "Con  este  objeto  (dice)  presenté  á 
mi  llegada  el  Diccionario  á  los  SS.  DD. 
Benito  Laso,  José  Gregorio  y  Mariano 
Felipe  Paz-Soldán;  quienes  tuvieron  la 
dignación  de  verlo  con  detenimiento,  y  de 
hacerme  algunas  indicaciones  de  que  he 
aprovechado  esmeradamente."  Dice  tam- 
bién: "Debo  al  Sr.  Lazo  una  exacta  y  fiel 
apreciación  de  las  instituciones  que  prece- 
dieron á  nuestra  independencia"  D.  J. 
G.  Paz^Soldán  escribió  ocho  artículos 
insertos    en  la    obra    iTicncionada. 

En  el  Colegio  de  la  Independencia 
de  Arequipa,  García  Calderón  atraía 
multitud  de  jóvenes  con  sus  correctas 
lecciones  sobre  Frenología,  Fisolofía,  Ma- 
temáticas, Astronomía  y  Derecho,  asig- 
naturas de  las  que  fué  profesor.  La  Real 
Academia  Española  de  la  Lengua,  lo  nom- 
bró su  socio  correspondiente.  Poseía  el 
latín,  italiano,  francés  é  inglés.  Fué  teólo- 
go, canonista,  economista  y  político  no- 
table. En  los  más  difíciles  momentos  de 
la  guerra  del  79  se  puso  al  frente  de  la 
Presidencia  de  la  República,   habiendo    si- 


-  71  - 

do    llevado   como   prisionero   á     Santiago. 

Su  vida  pública  es  muy  conocida. 
Los  que  ponen  en  duda  la  superiodidad 
intelectual  de  hombres  de  la  talla  de 
García  Calderón,  revelan  poca  elevación 
de  espíritu. 

Con  Nicolás  Piérola,  (padre)  catedrá- 
tico de  la  Real  Universidad  de  Madrid,  con- 
cluimos esta  primera  falange  de  celebridades. 

En  nuestro  concepto  debe  colocarse 
en  la  categoría  de  eminentes  á  los  si- 
guientes: D.  Andrés  Martínez.  Nació  en 
1,795  3^  murió  en  1856.  Sus  padres 
fueron  el  Crnl  Francisco  Antonio  Martí- 
nez 3^  D^  Petronila  Origuela  j  Olazaval, 
dama  de  una  de  las  familias  más  respe- 
tables \^   antiguas  de  Arequipa. 

Su  inteligencia  fué  muy  poderosa  y  su 
corazón  muy  noble.  Arrastraba  á  las  mul- 
titudes con  la  elocuencia  de  su  palabra 
y  la  fogosidad    de  sus  sentimientos. 

Su  talento  fué  vivo  y  profundo. 
Sirvió  á  su  patria  como  Diputado  y  Se- 
nador. Fué  también  Ministro  en  dos 
épocas  diversas.  El  haber  sido  secretario 
de  Salaverry  fué  la  causa  de  que  Santa 
Cruz  pretendiese  victimarlo. 

Desempeñó  el  papel  más  importan- 
te en  la  Junta  Calificadora.  Apesar  de 
que  era  un  dechado  de  virtudes  cívicas, 
la  política,  que  incuba  mezquindades,  lo 
arrojó   de  la   Corte  Superior    á      pretexto 


72 


déla  reforma  judicial.  Se  distinguió  como 
filósofo  Y  jurisconsulto.  Cuando  contaba 
26  años  de  edad  pronunció  el  Elogio  del 
Sr.  Cliavez  de  La  Rosa.  Se  refiere  que 
conmovió  hondamente  al  auditorio  que 
le  escuchaba  y  cj[ue  lloró  é  hizo  llorar 
arrancando  dolorosos  gemidos  á  los  niños 
huérfanos,  cuando  les  dijo:  ''Hijos  des- 
graciados! que  no  gurtaréis  la  leche  de 
vuestras  madres,  sus  cuidados  ni  caricias; 
Cjue  nacisteis  para  perecer  en  el  momento, 
C|ue  habéis  visto  la  luz  para  perderla  lue- 
go: sólo  felices  en  exhalar  vuestro  último 
suspiro,  antes  C[ue  conservar  una  vida 
de  la  que  habéis  hecho  tan  amargo  en- 
sa^'o;  pues  que  vuestro  primer  llanto  no 
ha  enternecido  las  entrañas  que  os  con- 
cibieron,   ¿para  qué  habéis  de  vivir?  '' 

El  Elogio  es  una  pieza  de  gran  mérito 
literario.  El  58  se  escribía  lo  siguiente: 
''El  Perú  pierde  en  el  Dr.  Martinez,  el  ge- 
nio más  vasto,  el  talento  más  profundo 
que  ha  producido  en  la  última  época; 
quizás  la  primera  de  sus  ilustraciones  con- 
temporáneas." 

D.  Toribio  Pacheco,  D.  Manuel 
Toribio  Ureta,  D.  José  M^  Corvacho, 
D.  Juan  G.  Valdivia,  D.  Mariano  Fe- 
lipe Paz— Soldán,  D.  Benito  Lazo,  los  her- 
manos Quiróz,  D.  Pedro  José  Bustamante, 
D.  Evaristo  Gómez  Sánchez,  D.  Hipólito 
Sánchez,      D.       M.      Garaicochea,       el      D. 


-  73  — 

Rosas,  D.  Juan  de  Dios  Salazar,  el 
Canianejo  D.  Diego  Martínez  de  Rivera, 
inmortalizado  por  Cervantes,  D.  Nicolás 
de  Aranivar,  el  camanejo  D.  Lorenzo 
Llamosas,  a^'^o  de  nn  príncipe  de  Espa- 
ña, D.  Alfonso  Eduardo  Salazar  3^  Ce- 
vallos  y  D.  José  Ignacio  Castro  nacido  en 
Tacna,  D.  José  Simeón,  D.  Antenory  D.  Ger- 
mán Tejed  a  son  también    eminentes. 

Todos  los  demás  nombres  que  la 
tradición  conserva  como  notables,  deben 
ser  considerados  entre  los  ilustres,  porcjue, 
indudablemente,  sobresalieron  entre  el 
vulgo  consciente  ó  ilustrado  de  su  época, 
imponiéndose  por  su  talento  y  distinguida 
versación    científica. 

En  las  enumeraciones  precedentes, 
no  se  ha  incluido  ninguno  de  los 
nombres  de  personajes  que  hoy  sostie- 
nen el  brillo  de  la  intelectualidad  are- 
quipcña,  porque  nos  hemos  propuesto 
juzgar  ligeramente  sólo  á  los  que  han 
terminado  su  misión,  sellando  nuestros 
labios  ante  las  figuras  del  presente, 
que  no  han  ganado,  todavía,  la  cumbre. 

Si  en  el  momento  histórico  de  la 
gestación  republicana  la  mentalidad  se 
desbordó  sobre  las  estrecheces  del  me- 
dio, es  innegable  que  en  la  evolución 
democrática  actual  de  mejores  delinea- 
mientos y  consistencia  se  conserva  el 
fuego      sacro      del      pensamiento     en    las 


—  74  - 

lámparas  inextinguibles  ele  cerebros 
qtie  si  numéricamente  han  perdido  de 
modo  notable,  no  ha  sucedido  lo  mis- 
mo, en  cuanto  á  su  fuerza  poderosa, 
á  la  intensidad  de  sus  destellos  y  á 
sus    méritos    indiscutibles. 

Arequipa,  Julio  15   de  1908. 


JS 


©arlos  ©liirimis  ^adícío 


(Trabajo  que  obtuvo  el  segundo 

premio ) 


^L^.  í.>-i^  ^L^.  i.:*'-tP«C.  4,  i..:-lFi^C-C  í.;=-1f>' 


Al  estudiar  Augusto  Comte  el  desa- 
rrollo de  la  cultura  humana,  al  través 
de  tantas  y  tan  vanadas  civilizaciones 
ha  concebido  la  existencia  de  tres  estados 
ó  modalidades  espirituales  que,  en  sínte- 
sis harmónica  y  definida,  condensan  no 
sólo  la  acción,  sino  también  el  pensa- 
miento de  la  raza  humana  en  su  evolu- 
ción continua,  persistente  y  amplia.  Esos 
estados-tipos  son:  el  teológico,  el  metafi- 
sico  3^  el  positivo,  hijos  todos  de  la  mane- 
ra supernatural  ó  científica  con  que  el 
hombre  ha  mirado  los  fenómenos  natura- 
les 3'  los  grandes  desenvolvimientos  his- 
tóricos. Para  llegará  esta  concepción,  el 
eminente  filósofo  francés  é  iniciador  de 
los  estudios  sociológicos,  al  contemplar, 
en  el  lil)ro  del  pasado,  los  fenómenos,  á 
veces  contradictorios,  á  veces  homologa- 
dos y  casi   siempre      fatales,   de      la      vida 


—  78  — 

colectiva,  ha  tratado  de  conocer  el  espí- 
tu  que  los  informaba,  mejor  dicho,  el 
substrátum  intelectual  que  los  constituía, 
presidiéndolos;  y  corolario  de  esas  investi- 
gaciones de  supremo  interés  es  este 
principio:  el  progreso  humano  tiene  por 
base  el  adelanto    intelectual. 

Así,  los  hombres  de  las  edades  pri- 
mitivas, queriendo  explicar  las  cosas  con 
un  criterio  en  concomitancia  con  su  es- 
caso desarrollo  mental, — veían  en  los  acon- 
tecimientos más  vulgares  del  mundo  físi- 
co la  manifestación  inmediata  de  la  divi- 
nidad y  de  lo  sublime;  era  el  estado  teo- 
lógico. En  él,  los  cometas,  el  rayo  la  som- 
bra, las  nubes,  las  lluvias,  las  tempesta- 
des, las  plantas  y  los  animales  eran  ob- 
jeto de  la  admiración  más  burda  é  incons- 
ciente, del  entusiasmo  místico,  fetiquista; 
porc[ue  como  el  hombre,  en  esas  épocas, 
no  tenía  ni  experiencia  ni  rica  receptividad 
intelectiva,  al  encontrarse  ante  la  presen- 
cia de  algo  que  no  podía  resolverse 
dentro  de  los  límites  de  una  inteligencia 
entonces  caótica,  como  se  hallaba  domi- 
nado por  el  terror  y  como  se  sentía  débil 
en  contacto  con  los  maravillosos  estre- 
mecimientos naturales,  acudía  á  lo  divino, 
á  lo  sobrenatural;  originando  así,  en 
consecuencia,  el  carácter  esencialmente 
religioso,  pero  de  religiosidad  politeísta, 
de  la  antigüedad.     Poseído   por  la     duda, 


-  79  - 

animado  por  el  miedo  j  acosado  por  la 
facultad  investigadora  que  encierra  su  ce- 
rebro, tuvo  el  hombre  que  echarse  en  brazos 
de  los  conceptos  misteriosos,  de  las  ideas 
ultraterrestres.  La  inteligencia  no  razo- 
naba, ni  el  entendimiento  lucía  sus  alas 
iDrillantes  3^  proteicas:  era  la  imaginación, 
herida  por  la  hermosura  del  firmamente 
por  la  excelsa  magestacl  del  mar  y  por 
la  suma  belleza  de  los  paisajes  naturales 
la  que,  gastando  la  enorme  riqueza  ex- 
pansiva j  creadora  de  que  se  hallaba 
dotada  el  alma  de  los  primeros  hombres, 
formaba  organizaciones  célicas  y  constituía 
paraísos  é  ideaba  c[ue  el  universo,  á  se- 
mejanza de  una  estructura  viva,  se  halla- 
ba animado  por  un  espíritu  superior,  in- 
tangible— Más  tarde  y  merced  á  un  len- 
to proceso  de  integración  psicológica,  se 
comprendió  c[ue  esos  fenómenos  que  tan 
bruscamente  despertaran  el  sentimiento 
religioso  eran  epifonemas  de  las  fuerzas 
cósmicas  en  perpetuo,  hondo  3^,  á  la  xqz, 
rítmico  movimiento.  La  audacia  humana, 
— siempre  insatisfecha  y  animada  siempre 
de  las  rebeldías  del  Prometeo  griego, — 
buscaba,  en  su  anhelo  de  esclarecer  los 
misterios  j  vislumbrar  las  incógnitas,  un 
criterio  menos  idealista  y  menos  nebuloso 
y  sombrío.  La  ignorancia  y  el  terror 
hicieron  que  el  hombre  concibiera  el  mun- 
do  como   escenario  inmediato  de  los  dioses: 


—  so- 
la ciencia,  hija  de  la  penetración,  iba,  len- 
tamente es  cierto,  levantando  su  cetro 
para  imponerlo  más  tarde  como  soberana 
omnída,  como  renegadora  de  mentidas 
hipótesis  y  como  incubadora  de  osados 
avances.  Se  buscó  la  oscuridad  del  pro- 
blema dentro  de  la  estructura  del  pro- 
blema mismo;  y  entonces  nació  el  cono- 
cimiento de  la  cosa  por  la  cosa,  del  he- 
cho por  el  hecho.  Variada,  como  se 
ve,  la  base  intelectual,  la  idea  acerca  de 
origen  de  las  cosas  sufrió  una  diferencia- 
ción lógica  y  compleja.  En  vez  de  dioses 
innumerables,  con  funciones  antitéticas, 
con  psicologías  multiformes  y  con  simbo- 
lismos oscuros  y  anbiguos,  concibióse  la 
existencia  de  una  serie  de  ideas  abstrac- 
tas é  imprecisas  para  explicar  los  fenóme- 
nos humanos.  Pensóse  cjue  el  hombre 
está,  férreamente,  ligado  á  Dios,  entidad 
infinita  é  incomprensible,  que  sus  actos 
obedecen  á  la  determinación  de  la  volun- 
tad eterna  cjue  su  progreso  es  secreción 
de  la  inteligencia  suma  y  que  su  fin  se- 
cular,—negro  abismo  de  las  concepciones 
religiosas,  acicate  cjue  destroza  las  con- 
ciencias, infiltrándolas  oscuro  pesimismo, 
—era  c[ue  el  autor  augusto  de  todas  las 
existencias  cjuisiera  darle.  El  hombre  se 
movía  dentro  de  un  círculo  limitado.  Su 
acción  se  derivaba  de  algo  superior.  La 
vida,   considerada    en    su   aspecto    biológi- 


-  81  — 

co,  en  su  característica  económica,  en  su 
sentido  de  orientación  social,  dependía  del 
querer,  sustancialmente  sagrado,  de  una 
entidad  que  cernía  su  espiritual  3"  misterio- 
sa organización  en  los  horizontes  estériles 
de  lo  insondable  y  de  lo  oscuro.  ¿Para 
qué  vive  el  hombre?  La  lucha  por  los 
ideales  santos,  el  sacrificio  sublime  por 
la  salvación  de  los  demás  y  la  terrible 
y  ciega  inclinación,  más  mecánica  que 
informada  por  el  principio  libertario,  de 
procurar  un  avance,  no  obedecían  á  un 
impulso  nativo  de  la  especie.  Sometida 
ésta  al  influjo  directo  de  un  motor  im- 
palpable, todos  los  esfuerzos  perdían  su 
hermasa  y  sugestiva  significación  antro- 
pológica. La  humanidad,  parece,  en  el 
concepto  comtiano,  que  aún  necesitaba 
de  las  ideas  sobrenaturales  ó  metafísicas, 
las  cuales  venían  á  constituir  el  aliento 
del  estado  calificado  con  este  último  epí- 
teto. Y  la  evolución  intelectual  seguía 
desenvolviéndose.  Cuando  la  mente  huma- 
na puede  dar  solución,  al  menos  aparente, 
á  los  enigmas  que  le  ofrecen  la  materia 
y  la  fuerza  en  marital  consorcio,  se  dibu- 
ja el  período  positivo.  Como  las  creencias 
en  lo  absoluto  3^  en  la  providencia  no  pue- 
den ser  depuradas  en  la  crisol  de  la  vida 
real,  todos  los  sabios  las  abandonan;  y 
uno  que  otro  como  Spencer,  no  reñidos 
completamente  con  el    pasado,  las  releo-an 


82 


á  las  regiones  de  lo  incognoscible.  En 
tal  situación,  los  hechos  humanos  reciben 
una  interpretación  física.  El  hombre  jun- 
to con  sus  modalidades  intelectuales  y 
volitivas,  obedece  á  los  influjos  qtie  de- 
terminan la  herencia  j  el  medio  ambien- 
te. La  humanidad  va  perpetuándose  á 
fuerza  de  irse  bifurcando  en  el  tiempo  y 
en  el  espacio.  Se  educa  por  sí  misma;  la 
realidad  es  su  maestra  severa;  la  historia, 
la  testigo  implacable  j  la  ley  darwiniana, 
el  principio   del  progreso. 

En  una  obra  tan  demoledora  como 
''El  Misticismo  Moderno",  Troilo,  ha 
escrito  estas  líneas  que  condensan,  casi 
sintéticamente,  el  pensamiento  de  Comte. 
"Cuando  la  mente  se  hunde  en  el  mis- 
terio de  los  siglos,  para  sorprender  el 
secreto  de  la  evolución  psicológica  humana 
parece  que  se  asiste  á  una  grandiosa  aurora, 
primero  tiniebla  alta  y  densa,  después 
una  tenue,  indistinta  indicación  de  clari- 
dad, después  aún  matices  ligeros,  ondean- 
tes, fantásticos,  de  luz  más  bien  páli- 
da que  rosada,  después  estremecimientos 
amplios  y  decididos,  chispas  y  rajaos  de 
luz,  una  fantasmagoría  de  fuego,  derra- 
mándose de  una  gran  vorágine.  Después 
todo  aquel  confuso  torbellino  se  extiende 
á  través  del  horizonte  á  lo  largo,  á  lo 
alto,  en  un  campo  de  luz  difusa,  tranqui- 
la y  segura''. 


—  83  - 

No  queremos  entrar  en  el  examen 
del  positivismo,  pero  en  lo  qne  se  refie- 
re á  la  comprensión  de  la  psicología  hu- 
mana, pensamos  que,  por  derivarse  la 
interpretación  científica  de  ésta,  de  premi- 
sas de  carácter,  más  experimental  que 
teórico,  merece  amplia  aceptación.  El 
grande  hombre  no  es  el  mito  de  antes. 
El  hombre  ilustre,  por  su  capacidad  in- 
telectual, por  el  hercúleo  vigor  de  su 
carácter  3"  por  la  notable  dosis  dé  reno- 
vación social,  no  es  el  enviado  de  los 
dioses  para  llenar  una  labor  extraordina- 
ria y  fecunda  en  ricas  \^  prodigiosas 
oleras.  El  hombre  eminente-síntesis  de  en- 
tendimiento Y  de  acción  persistente  y  pic- 
tórica de  vitalidad,— nace  cuando  la  raza 
es  fuerte,  moral  3"  orgánicamente,  cuando 
el  medio  fauorece  el  desarrollo  de  las  cua- 
lidades nativas  3^  cuando  el  momento, 
que  simboliza  la  suprema  necesidad  de 
las  patrias  3^  ele  los  tiempos,  parece  que 
llamara,  con  frases  de  deseo  inextingui- 
do,  á  algiín  guía,  á  algún  superhombre, 
como  diría  Nietzche,  el  filósofo  de  las 
energías. 

La  raza,  como  factor  de  sangre,  con 
todos  los  fatalismos  de  la  herencia;  el 
medio,  como  factor  físico  3^  social,  con- 
densando las  diferenciaciones  que  impri- 
men el  suelo,  el  clima,  los  alimentos,  las 
costumbres,    las  religiones,     los     idiomas, 


-  84  — 

las  normas  políticas;  y  el  momento,  como 
factor  de  preparación, — en  hermosa  euca- 
ristía,— serviránnos  para  emitir  nuestra 
opinión  sobre  la  atrevida  y  sugeridora 
interrogación  sociológica  hecha  por  el  *'Cen- 
tro   de    Instrucción". 


ííiifliaflffSíR-^^^^*^^ 


-riSJrifir«#ii-riS-ríiJrTi4rtj-r«-rtsirti-^ 


Lsl  Hazsi 


La  especie  humada  es  una;  pero, 
dentro  de  la  uniformidad  orgánica,  sur- 
gen diferenciaciones  más  ó  menos  concre- 
tas. Muchas  de  éstas,  forman  varieda- 
des, matices  hgeros,  que  nunca  afectan 
el  indisoluble  analogismo,  de  origen  y  de 
caracteres  orgánicos,  intelectuales  y,  mo- 
rales,, que  se  observan  en  los  hombres, 
sean  cuales  fueren  los  continentes  en  que 
ha^^an  aparecido  (teoría  poligenista)  ó 
las  perturbaciones,  no  muy  hondas,  que 
han  creado  en  el  homo  sapiens,  nacido 
en  un  sólo  punto  del  globo  (teoría  mo- 
nogenista), — desigualdades  relativas,  por 
lo  cjue  al  color,  á  las  costumbres  j  á  la 
manifestación  de  los  sentimientos  se  re- 
fiere. 

La  ciencia  antropológica  se  ha  en- 
cargado de  definir  lo  que  es  la  raza. 
Así  el  sabio  fracés  Quatrefages  ha  dicho: 
"La  raza  es  el    conjunto   de  individuos  se- 


—  se- 
mejantes  que   pertenecen     á      mía      misma 
especie  y  que   han    recibido   y      trasmitido 
por  generación  los   caracteres   de   tina    va- 
riedad   primitiva". 

Y  al  través  de  los  siglos, — cjue  en 
las  grandes  eras  evolucionistas  son  mo- 
mentos fugaces, — las  razas  van  perpetuán- 
dose con  todas  sus  cualidades  de  adap- 
tación, con  todas  sus  inclinaciones  de 
progreso,  con  todas  sus  pasiones  morbo- 
sas, sombrías  ó  regeneradoras.  El  tiem- 
po las  hace  vivir  y  las  multiplica,  La 
herencia  las  continúa  en  sus  expansiones 
psicológicas.  Y  los  individuos,  siguiendo 
la  trayectoria  fatal,  ofrecen  los  carac- 
teres atávicos  y  engendran,  cuando  son 
agentes  de  vida  intensa  y  rica,  modali- 
dades que  significan  cambios  de  renova- 
ción, de  esfuerzo  de  lucha  y  de  sacrificio. 
Es  el  idividuo  tratando  de  imponer  su 
soberanía  espiritual  3^  fisiológica. 

Para  explicar  los  hechos  de  los  pe- 
ruanos, para  comprender  las  aberraciones 
á  que  han  dado  vida,  para  entrever  el 
porvenir  que  ha  de  tocarles,  hay  c|ue 
estudiar  las  cuaHdades  de  los  progenito- 
res; porque  así  como  éstos  trasmiten  el 
color  y  los  rasgos  más  saltantes  de  la  fi- 
sonomía, así  también  legan  las  cualida- 
des intelectuales  y  eticas  que,  en  la  gene- 
ralidad de  los  casos,  presiden  é  imprimen 
carácter  al   movimiento   social. 


87 


En  la  evolución  de  la  cultura,  lia 
tocado  á  los  pueblos  europeos  diferentes 
maneras  de  actuar  respondiendo  así  á  los 
mandatos  derivados  de  las  influencias  ex- 
ternas clima  alimentación  abundancia  de 
elementos  vitales,  herencia  imitación 
sugutión.  Al  paso  que  á  los  ingle- 
ses puede  llamárseles  industriales;  á  los 
alemanes  metafísicos  3^  poetas;  á  los 
franceses,  creadores  de  nuevas  y  más 
igualatarias  orientaciones  políticas:  á  los 
españoles  se  les  debe  comprender  bajo  la 
denominación  genérica  ele  guerreros.  No 
se  quiere  decir  con  esto  c|ue  el  glorioso 
pueblo  que  arranea  su  ilustre  genealogía 
<le  los  iberos  3^  celtas,  no  ha3^a  dado 
pruebas  elocuentes  de  poseer,  en  su  es- 
tructura espiritual,  notables  facultades  de 
orden  estético  é  intelectual.  Caso  de 
afirmarlo,  el  libro  genial  de  Cervantes, 
el  talento  maravilloso  ele  Lope  ele  Vega, 
las  odas  pindáricas  de  Herrera,  el  numen 
de  Luis  de  León  3^  Argensola  3^  los  cuadros 
de  Murillo,  Yelásquez  3"  Ge)3^a,  reclama- 
rían la  gloria  que  merecen  3^  que  la  humani- 
dad civilizada,  hace  muchos  siglos,  les  dis- 
cerniera. Indicamos  con  nuestra  afirma- 
ción que  todos  los  pueblos  tienen  una 
característica  sociológica  que  les  distingue, 
que  los  separa  3^  c[ue,  en  cualquier  mo- 
mento, sería  bastante  para  diferenciar- 
los. 


—  88  — 

Pueblo  guerrero  el  español,  tiene  un 
bautismo  de  sangre.  No  bien  los  iberos 
hubieron  invadido  la  península,  euando 
los  celtas,  por  opuesta  dirección,  también 
lo  hacían;  y  al  encontrarse  esas  dos  ra- 
zas ])rimitivas,  antitéticas  en  sus  tenden- 
cias, las  luchas  más  encarnizadas  y  los  com- 
tes  más  fieros,  decidieron  Cjue  ambas  á  dos, 
no  pudiendo  conocerse  por  ser  fuertes  y 
heroicas,  deberían  unirse  para  elaborar 
los  primeros  agregados  de  una  nación. 
Más  tarde,  griegos,  cartagineses  3^  roma- 
nos sembraron  nuevamente  la  discordia; 
3^  fruto  de  ésta  fué  la  guerra  que  con- 
cluyó por  determinar  el  predominio  de 
la  ciudad  del  Capitolio — Vienen  en  segui- 
da visigodos  3^  vándalos,  que  encienden 
una  nueva  horrible  lucha.  Luego  los  ára- 
bes interrumpen  la  dominación  godo — cris- 
tiana; 3^  entonces,  el  fanatismo  religioso 
3^  nacional,  fuertemente  excitado,  lánzase 
á,  la  pelea  homérica  de  ochocientos  años, 
conocida  con  el  nombre  de  la  reconquis- 
ta. Al  fin  la  raza  hispana  logra  expul- 
sar á  los  invasores,  constitu3"endo  así  la 
hegemonía  de  su  sangre,  de  su  religión 
3'   de   su    rey. 

Pero  ese  pueblo,  educado  en  una  es- 
cuela de  guerra,  animado  por  ideales  de 
sangre  3^  de  triunfo,  ardoroso  cre3^ente  de 
una  religión  que  c|uería  extender  por  los 
confines  del   universo,— careciendo   de      her- 


-  89  - 

mosos  escenarios  para  lucir  sus  cualida- 
des,—buscó  un  nuevo  mundo,  en  el  cjue, 
sus  hazañas  j  sus  victorias,  pudieran 
proporcionarle,  al  par  que  fortuna,  el  lus- 
tre de  la  fama.  Fué  entonces  que  dos 
aventureros,  Hernán  Cortés  y  Francisco 
Pizarro,  conquistaron  los  imperios  de  Mé- 
jico 3^  del   Perú. 

Prescindiendo  de  la  cualidad  guerre- 
ra,—que  en  el  espíritu  del  español  consti- 
tuye una  modalidad  palpitante  y  robusta, 
—entremos  ahora  en  el  análisis  de  los 
defectos  virtudes  que  informaban  su  ser. 
La  herencia  trasmitió  á  los  españoles 
la  desunión  y  la  desconñanza,  el  ardor 
poético^  el  fanatismo  religioso,  la  verbo- 
sidad  y  el  afecto  á  las  formas  jurídicas, 
así  como  el  valor  de  que  los  hijos  de  la 
península  han  dado  señales  y  el  poco 
apego  a  los  estudios  ñlósoñcos  y  cientí- 
ñcos.  La  desunión  y  la  desconfianza  les 
venía  de  los  iberos  y  celtas;  el  ardor  poé- 
tico, de  los  hijos  del  desierto  y  de  las 
influencias  de  la  cultura  latina;  el  fana- 
tismo, de  los  visigodos,  celosísimos  de 
su  personalidad  y  de  sus  creencias;  la 
verbosidad  y  la  inclinación  á  las  cuestio- 
nes forenses,  de  los  griagos  j  romanos, 
los  primeros  creadores  de  la  oratoria  y 
los  segundos  padres  de  la  jurisprudencia; 
el  valor  indiscutible  y  siempre  ardiente, 
había    crecido   ardoroso    á    mérito    de    un 


—  90  — 

proceso  constante,  de  ideales  uniformes, 
V  de  la  frecuencia  con  que  las  guerras 
se  verificaban;  3^,  ])or  último,  el  poco  ape- 
go a  los  estudios  filosóficos  y  científi- 
cos, nacía  de  lo  preocupados  C]ue  CvStu- 
vieron  en  las  colosales  guerras  sostenidas 
durante  largas  centurias,  así  como  del 
carácter  insustancial  y  ligero  de  las  gen- 
tes. El  español  es  soñador,  porcjue  el 
ensueño  es  lujo  3^  derroche,  es  imagina- 
ción    cristalizada. 

La  raza  española  es  inteligente^ 
pero  no  con  una  inteligencia  profunda 
é  incisiva  como  la  de  los  pueblos  teutó- 
nicos, sino  con  una  inteligencia  pronta 
fugaz  y  viva  en  concomitancia  en  su  es- 
píritu ligero  y  movedizo.  De  aquí  Cjue  un 
ilustre  joven  peruano  haya  dicho  "que 
la  raza  española  es  explosiva"  (1).  Pe- 
ro donde  se  nota  la  superficialidad  del 
español,  es  al  considerar  cjue  las  ciencias 
naturales,  sociológicas  y  filosóficas  no  le 
deben  ninguna  orientación  renovadora. 
Fanáticos  como  católicos  y  como  vasa- 
llos, perdieron,  en  gran  parte,  el  altivo 
sentimiento  de  libertad  cjue  herederan  de 
Yiriato.  Acostumbrados  á  la  guerra,  las 
industrias  que  son  el  principal  motor  de 
adelanto  en  la  vida  colectiva,  si  nacieron, 
en  cambio  no  pudieron  progresar.  I  para 
ma3^()r  desgracia, — en  el  desenvolvimiento 
del   factor  económico,-cometieron  la  torpe- 


—  91  — 

za  ele  expulsar  á  los  moros,  que  eran  el 
alma  de  la  agricultura  y  del  comercio. 
Ese  funesto  paso  fué  dado  porque  la  de- 
mencia religiosa  así  lo   aconsejó. 

En  resumen,  España  era  una  colec- 
tividad de  valientes  y  de  audaces,  infor- 
mados, de  una  manera  fatal,  por  creen- 
cias religiosas  que  los  convertían  en 
juguete  de  los  caprichos  de  un  clero 
ambicioso,  j  por  ideas,  no  menos  malé- 
ficas, en  el  orden  político,  que  ante  la 
consideración  de  un  re}^  representante 
según  ellos,  de  la  majestad  divina,  rendían 
sus  vidas  Y  sus  fortunas.  El  hombre 
enérgico  era    una  concreción  extraña, 

Como  quiera  cjue  desde  los  primeros 
siglos  de  la  conquista,  la  alianza  entre 
las  razas  española  y  quecha  fué  una  rea- 
lidad tangible  conviene  á  todos 
los  que  intenten  conocer  el  alma  nacional 
de  los  peruanos,  estudiar,  con  los  pocos 
datos  que  existen  3^  escasas  observacio- 
nes que  se  han  realizado,  las  cualidades 
de  los  indios. 

Un  imperio  poderoso,  rico  en  alto 
grado,  inmenso  en  extensión,  era  el  pa- 
trimonio de  los  incas.  Estos,  con  la 
perspicacia  que  acompaña  á  los  meneurs 
políticos,  lograron  dominar  á  las  tribus 
indígenas,  presentándoseles  como  envia- 
dos de  la  divinidad  para  hacer  la  felicidad 
éstas.     Los  indios   se  sometieron,     porque 


-  92  - 

se  les  hablaba  en  nombre  del  sol  que, 
para  ellos,  era  el  principio  de  la  vida. 
Los  incas  enseñáronles  varios  secretos  de 
la  civilización  en  permuta  de  la  sumisión 
que  exigían.  Una  moral  estrecha, — cuyos 
dogmas  eran  tan  poco  numerosos  que  su 
aprehensión  intelectual  se  hacía  sumamen- 
te facíil, — presidía  el  desarrollo  del  pueblo 
quechua. 

Pero  si  es  indemostrable  el  progreso 
que  alcanzaron  los  indios  en  el  régimen 
incaico,  es  también  cierto  que  los  frutos 
ele  ese  adelanto,  que  debían  redundar  en 
su  beneficio,  convergían  casi  en  su  tota- 
lidad en  favor  de  los  incas,  los  que,  a 
la  vez  que  querían  servilismo  en  materia 
religiosa,  exigían  pasividad  material  j 
política.  Sólo  así  puede  concebirse  el 
establecimiento  del  comunismo,  que  vino 
á  matar  á  todo  ideal  de  independencia, 
todo  anhelo  de  mejoramiento  individual, 
todo  avance  revolucionario.  Era  el  impe- 
rio de  los  incas  una  máquina:  el  subdito, 
el  indio,  á  semejanza  de  una  rueda  en  el 
gran  mecanismo,  se  movía;  llenaba,  fatal- 
mente, la  función  que  se  le  había  impues- 
to; pero  la  conciencia,  que  es  el  más  su- 
blime atributo  del  hombre,  habíase  atro- 
fiado, derivándose  de  esa  atrofia  la  más 
triste  y  desventurada  perdida  de  la  per- 
sonalidad. 

Los    indios  como    entidad  social    al- 


—  93  - 

canzaron  brillantes  iiormavS  de  civilización. 
La  agricultura,  la  principal  entre  éstas, 
llegó  á  tin  estado  de  adelanto,  insupera- 
do,  por  las  generaciones  posteriores.  Las 
ideas  religiosas,  por  cuA^a  monstruosidad 
puede  venirse  en  conocimiento  de  la  índole 
científica  3"  de  la  percepción  mental  de 
cada  raza,  eran  no  muy  burdas.  En  las 
artes,  son  tan  numerosos  los  vestigios 
de  notable  valor  estético  que  nos  han 
legado  los  indios,  que  admira  así  el  ta- 
lento que  presidió  su  génesis,  como  la 
fecundidad  que  ofrecen.  Fijándonos  en  el 
factor  político  que,  eu  la  vida  de  los 
pueblos,  sirve  de  termómetro  apreciador 
del  instinto  social,  tendremos  que  con- 
cluir afirmando  que  la  colectividad  pe- 
ruana llegó  á  concreciones  avanzadas, 
mucho  más  perceptibles  si  se  dirige  la 
invertigación  hacia  el  lado  económico. 
Veremos  que  en  el  imperio  no  existían 
las  clases  proletarias,  que  constituyen 
la  espada  de  Damocles  de  la  vida 
contemporánea. 

Las  sustancias  alimenticias  eran 
abundantes:  el  ideal  de  la  escuela  marxia- 
na  se  cumplía,  el  m'i^terialismo  histórico 
se  realizaba.  Pero  el,  imperio  incásico  era 
como  una  tumba.  No  sentía  las  grandes 
palpitaciones  de  la  vida,  ni  su  alma,  me- 
dio tímida  y  medio  esclava,  jamás  se  ha- 
bía estremecido   ante  el  beso  generador  de 


-  94  — 

ningún  anhelo  3^  de  ninguna  ambición. 
Siglos  tras  siglos,  conG|uista  en  pos  ele 
conquista,  emperador  tras  emperador,  ge- 
neraciones en  pos  de  generaciones;  3^  la 
sociedad  india,  cual  un  lago  muerto, — des- 
preciado por  las  tempestades,  engrendra- 
doras  del  movimiento  y  de  la  pasión,— 
seguía  vegetando.  Ante  la  admiración  del 
sol  3^  de  la  luna,  ante  el  amor  al  inca, 
ante  el  respeto  á  la  instituciones  del  pa- 
sado, ante  el  goce  de  una  tranquilidad 
musulmánica,  el  indio  se  había  adorme- 
cido en  lina  nostalgia  indefinible,  vaga, 
vaporosa.  El  indio  era  tm  instrumento. 
El  indio  era  un  motor  que  se  movía  por 
los  impulsos  trasmitidos  desde  épocas  pre- 
téritas y  sombrías.  El  indio,  incapaz  de 
dar  origen  á  cosas  nuevas,  vivía  de 
acuerdo  con  la  trodición  3^  el  pasado. 
Era,  en  c(m secuencia,  un  ser  que  á  vir- 
tud de  los  grandes  males  á  que  da  ex- 
istencia la  servidumbre,  había  perdido 
toda  iniciativa,  todo  estímulo  de  pro- 
greso. 

Una  sumisión  tan  absoluta  como 
la  que  hemos  señalado  en  los  indios,  tie- 
ne explicación  racipnal.  Es  sabido  que  la 
especie  humana,  en  todas  las  familias 
que  la  constitu3'en,  se  halla  sometida  al 
influjo  de  los  sentimientos  de  afecto  3^  de 
bondad.  Las  grandes  luchas  tienen  por 
punto   de  partida  las  terribles    injusticias, 


-Go- 
las iniquidades  nionstrosas.  Conocedores 
de  este  apotegma  *  sociológico,  los  incas 
hicieron  que  el  amor  y  la  mansedumbre 
fueran  el  dinamismo  que  alumbra  á  su 
imperio.  Y  para  que  la  religión  les  sir- 
viera de  apoj'O  en  su  deseo  de  predomi- 
nio, se  presentaron  como  hijos  de  Dios. 
Veía  el  indio,  en  ellos,  al  padre,  al  sa- 
cerdote, á  la  divinidad;  y  resultado  de 
sus  naturales  temores  fué  ese  respeto  que 
mató  la  conciencia  personal  y  el  alma 
de  esa  raza,  tan  noble  como  desgracia- 
da. El  único  objetivo  del  indio  era  el 
servicio  de  su  señor,  de  su  inca;  á  la  vez 
maestro  y,  á  la  vez,  juez  y  pontífice. 
Pizarro,  al  matar  á  Atahualpa,  produjo 
en  la  psicología  indiana  un  movimiento 
de  estupor  3^  desesperación:  el  monarca, 
el  ungido,  el  c[ue  condensaba  las  aspira- 
ciones de  un  pueblo,  el  símbolo  viviente 
de  muchas  almas  y  la  piedra  angular  de 
muchas  generaciones  y  de  innumerables 
anhelos,  pereció  por  la  alevosía  de  un 
aventurero  audaz  y  despiadado.  Desde 
entonces,  los  indios,  huérfanos  de  entu- 
siasmo y  de  amor,  penetrados  del  ma- 
yor de  los  rencores,  oprimidos  por  el 
más  hondo  pesimismo,  van  desaparecien- 
do en  perpetua  peregrinación.  Y  para 
que  sus  lamentos  tengan  intensa  reso- 
nancia, buscan  el  alcohol,  que  agita  sus 
nervios  3'  electriza   su   cerebro,     debilitado 


—  96  — 

por  tantas  y  tan  bruscas  como  clolorosas 
impresiones. 

El  ilustre  intelectual  arequipeño,  doc- 
tor clon  Jorge  Polar,  ha  escrito,  entre 
otros,   estos  hermosos  renglones: 

«Y  no  por  ser  larga  fué  lenta  esa 
decadencia;  al  contrario,  fué  rápida,  fué 
violenta:  todo  entró,  al  mismo  tiempo, 
en  descomposición  en  España.  Sólo  que 
como  la  gloriosa  nación  caía  de  tan  al- 
to, tardó  mucho  en  caer:  dos  intermina- 
bles   siglos. 

«Y  los  españoles  de  la  decadencia, 
los  de  los  siglos  diecisiete  y  dieciocho, 
fueron  los  que  colonizaron  la  América; 
ellos  la  formaron  casi  enclusivamente, 
porque  los  brillantes  tercios  conquistado- 
res pasaron  pronto;  hiciéronse  pedazos 
ellos  mismos.  La  turba  heroica  no  tu- 
vo tiempo  de  dejar  profunda  huella  en  los 
vencidos  imperios  americanos. 

«Y  eso,  el  haber  sido  colonizados 
por  una  raza  que  decaía,  fué  la  inmensa, 
la  irreparable  desgracia  de  la  América». 

Estudiando  á  los  indios,  el  mismo 
escritor    dice: 

«Lo  que  al  quechua  le  faltaba  era, 
sobre  todo,  carácter.  Su  larga,  su  se- 
cular indiferencia  por  todo  lo  que  fuera 
independencia  individual,  habíale  produci- 
do  atrofia  profunda  de  la  libertad». 

Hablando  del    carácter    de    España, 


-  97  - 

el   sociólogo   peninsular    Manuel  Sales   Fe- 
rré, ha  evScrito   lo  que  sigue: — «En  dos  oca- 
siones se  ha  mostrado   la    conciencia    so- 
cial   española    falta    del    vigor    recju  crido 
para  elevarse   á   un  grado    de    cultura    3^ 
de   organización  social  superior  al  del  an- 
tiguo régimen:    el  reinado   de    Carlos    III 
y  el    de    Isabel    II.      En  el  dichoso  reina- 
do  de   Carlos  III,  España  pareció  desper- 
tar   de   su   sueño   sesular,    al    choque    con 
las  ideas  de  la  nueva    filosofía    social...... 

El  triunfo  pareció  entonces  defi- 
nitivo; pocos  fueron  los  contemporáneos 
que  no  crej^eran  ver  surgir  una  nueva 
España  libre,  culta  y  progresista.  La 
decepción  ha  sido  terrible.  Hoy  todo  lo 
social  ha  muerto  entre  nosotros;  sólo 
queda  vivo  lo  individual.  (2)  «Esto  sig- 
nifica que  España  es  un  pueblo  que  de- 
genera á  paso  rápido. — La  raza  madre, 
la  progenie  heroica  y  púgil,  la  gente  lu- 
chadora Pela^^o:  todo  va  debilitándose. 
Y  nosotros  los  peruanos,  seres  en  cuyas 
venas  late  la  gloriosa  sangre  ibérica,  te- 
nemos que  sufrir  las  mismas  consecuen- 
cias, la  misma  inercia.  Esa  laxitud  del 
carácter  que  vá  infiltrándose  en  la  con- 
ciencia social,  así  como  en  la  individual, 
es  signo  de  decadencia  3^  promesa  de 
próxima  desaparición.  Como  herederos 
de  españoles  y  de  quechuas,  nuestras  as- 
piraciones no  tienden  á  encarnarse  en   he- 


—  98  — 

chos  palpitantes  de  energía  y  pletórica 
pujanza:  amamos  el  ideal  vacío  j  vago, 
queremos  la  felicidad  medio  nebulosa  y 
medio  intocable.  Somos  hijos  del  pasa- 
do: la  tradición  es  nuestra  rutina.  Va- 
no es  el  movimiento  propulsor  é  inútil  y, 
sobre  todo,  estéril  el  aliento  ele  genera- 
ción y  de  vida  nueva;  solo  nos  gusta  lo 
que  fué:    no    lo    que  será. 

Hemos  hablado  de  la  raza  peruana, 
asistiendo  á  su  nacimiento.  ¿Qné  cuali- 
dades tiene?  ¿Qtié  defectos  posee? — «La 
herencia  en  su  ascención  genérica, — ha 
escrito  Ribot, — es  la  ley  biológica  por  la 
cual  todos  los  seres  dotados  de  vida 
tienden  á  repetirse  en  sus  semejantes» 
Los  actuales  peruanos  y  los  que  les  han 
antecedido,  poseen  las  condiciones  ya 
buenas,  ya  malas,  que  lucieron  en  el  es- 
píritu de  los  primeros  individuos  los  cua- 
les por  un  lento  proceso  fisiológico,  han 
ido  reproduciéndose  hasta  aumentar  con- 
siderablemente el  número  de  los  descen- 
dientes. Si  las  razss  española  y  quechua 
han  sufrido  diversas  combinaciones  en 
sus  carectéres  étnicos,  es  natural  que  esas 
combinaciones,  resultado  de  la  unión,  ofrez- 
can los  relieves  más  importantes  de  los 
elementos  orgánicos  C[ue  las  han  consti- 
tuido. La  raza  peruana  es  la  síntesis 
resultante. — Por  lo  mismo,  ha}^  Cjue  ver 
si  los  lincamientos    psíquicos    de    españo- 


—  99  — 

les  y  quechuas  reviven  ó  han  revivido 
en  el  alma  ele  los  peruanos.  ¿Cuál  es 
el  substrátum  intelectual,  moral  y  voliti- 
xo  de  éstos?  Podemos  decirlo  en  pocas 
palabras.  A  una  inteligencia  despierta 
3'  ligera,  á  un  temperamento  excitable  X' 
melancólico,  á  una  voluntad  sin  firmeza, 
sin  persistendia.  sin  lastre  que  la  conten- 
ga, sin  robustez  biológica  que  la  haga 
respetable,  sin  concatenación  en  sus  ma- 
nifestaciones, une  el  alma  peruana  una 
verbovsidad  vacía,  una  inclinación  á  la 
oratoria  emotivista,  un  tono  de  tristeza 
3'  de  misticismo  en  la  poesía,  un  apego 
á  la  discusión  hiriente  del  foro,  una  ines- 
tabilidad acerca  de  la  ilusión  ó  deseo 
concebidos  y,  sobre  todo,  una  debilidad 
enfermiza  enemisfa  del  carácter  v  del 
aliento  soberano,  acompañada  de  prema- 
turo y  fatal  pesimismo.  Así  como  so- 
mos inciertos  en  nuestro  modo  de  obrar, 
así  como  nos  sentimos  poseídos  de  un 
estigma  de  indiferencia,  así  también  la 
desunión  y  el  ergotismo,  resabios  de  los 
íberos  3^  celtas,  nos  aislan  3^  nos  sepa- 
ran. 

Los  españoles  nos  han  legado, — por- 
que ellos  también  lo  heredaron, — la  ver- 
bosidad, la  imaginación  sensiblera,  el 
afán  de  los  pleitos,  la  desunión,  el  egoís- 
mo, el  fanatismo  3'  la  ambición  á  veces 
sublime,     frecuentemente     rastrera     nunca 


—  100  — 

perdurable  y  eficaz.  En  cambio  debemos 
á  los  quechuas  el  escepticismo,  el  acento 
plañidero  3^  excesivamente  triste  de  la 
poesía  nacional;  la  paciencia  para  resis- 
tir, en  el  orden  político,  los  más  inicuos 
sistemas  de  administración;  la  humilla- 
ción cjue  nos  acompaña  cuando  nos  ha- 
llamos ante  un  individuo  que  ha  sabido 
imponerse  ó  por  su  audacia  ó  por  nues- 
tra inercia;  3^,  más  que  todo,  la  falta  de 
carácter  y  la  carencia  de  iniciativa,  que 
son  las  más  terribles  enfermedades  mora- 
les. Estos  atributos  que  significan  de- 
generación de  la  especie,  nos  han  sido 
trasmitidos  por  la  raza  vencida,  por  la 
raza  muda  3-  estéril,  por  la  raza  sin  Dios, 
sin  Patria,  3^  sin  hogar.  También  ha 
contribuido  en  este  orden  de  cosas,  el 
clima  cjue  enerva  nuestro  organismo  sin 
educación  y  sin  finalidad  trascendente, 
quizá  si  también  las  facilidades  económi- 
cas que  antaño  brindara  nuestro  suelo 
fecundo. 

Los  españoles  además  de  las  cuaH- 
dades  que  hemos  indicado,  nos  han  tras- 
mitido la  tenue  3',  á  veces,  funesta  3^ 
ponderable  irritabilidad  política.  Las  ciu- 
dades antiguas,  entre  las  cuales  contare- 
mos á  Atenas,  Esparta  3^  Roma,  cu3'o 
influjo  internacional  fué  decisivo,  vivían 
vida  enteramente  política.  Los  asuntos 
del  estado  no   tenían,  como   ho3',   una   se- 


—  101  — 

ríe  de  profesionales.  En  esas  épocas,  los 
adultos  3'  los  viejos,  sin  distinción  de 
clases  y  de  oficios,  interveníí^n  por  medio 
del  voto  personal  en  la  marcha  de  la  so- 
ciedad. Un  tanto  extinguido  ese  ardor 
por  la  cosa  pública,  ha  venido  á  formar 
parte  integrante, — al  menos  entre  las  mul- 
titudes inconscientes, — de  nuestra  persona- 
lidad ciudadana:  díganlo,  si  no,  esas  in- 
numerables revoluciones  de  principios  de 
la  anterior  centuria.  Valientes  como  po- 
cos, despreciadores  de  la  existencia  3"  fá- 
ciles de  someterse  á  las  influencias,  no 
siempre  sanas,  de  políticos  audaces,  los 
españoles  nos  dejaron  el  deseo  de  la  lu- 
cha civil,  junto  con  el  sentimiento  nega- 
tivo de  estabilidad  social.  Lejos  de  lucir 
las  inteligencias  privilegiadas  de  Newton, 
Descartes  3^  Gutemberg,  los  hijos  de  la 
península  vSe  enorgullecían  al  presentar  ca- 
pitanes como  Gonzalo  de  Córdova  y  hé- 
roes como  Guzmán  el  Bueno.  El  atraso 
de  su  cultura,  tiene  así  una  explicación 
racional.  La  norma  militar  superaba  á 
la  norma  ineelectual,  que  es  fuente  de  vi- 
da intensa  3^  progresiva. 


fl  íi  WÍí  WÍl  ^  W  WM 


El    Medio 


¿Qué  es  el  medio?  El  sabio  Qua- 
trefages  lo  ha  dicho:  «es  el  conjunto  de 
condiciones  ó  de  influencias  cualesquiera 
que  sean,  físicas,  morales  ó  intelectuales 
que  pueden  obrar  sobre  los  seres  organi- 
zados.» 

Nuestra  inteligencia  no  vá  a  dirigir 
sus  miradas  á  un  mundo  en  el  que  las 
maravillas  de  lo  industria,  hubieran  con- 
tribuido al  desarrollo  económico  y  mer- 
cantil. No  van  á  estimular  su  atención 
la  brillantez  de  las  ciencias  y  el  apogeo 
de  las  artes  3^  letras.  La  amplia  liber- 
tad política,  madre  del  resurgimiento  de 
los  pueblos,  no  ha  de  herir,  con  sus  re- 
lampagueantes matices,  nuestras  retinas. 
La  instrucción,  vehículo  de  ideas  regene- 
radoras, portavoz  de  los  descubrimientos 
civilizadores,  no  desparramará  ante  noso- 
tros sus  preciados  dones.  Vamos  á  en- 
trar en  horizontes    de    brumas,     rara    vez 


—  104  — 

desvanecidos  por  un  rayo  de  luz  intensa 
3^  esplendorosa-  La  época  del  coloniaje, 
etapa  de  tristeza  y  laxitud,  de  esclavi- 
tud y  oscurantismo,  nos  demostrará  que 
los  gobiernos  que  buscan  únicamente  la 
explotación  de  las  gentes,  conducen  á 
éstas  á  la  miseria,  así  como  á  la  estul- 
ticia, acortando  en  consecuencia  el  cami- 
no que  conduce  á  los  pueblos  para  lle- 
gar a  la  senectud,  cuando  no  á  la  de- 
saparición. 

¿Qué  sistema  de  colonización  empleó 
España?  A  la  tisanza  de  un  minero  que, 
sin  procedimientos  científicos,  piensa  tan 
sólo  en  extraer  el  metal  para  locupletar 
sus  arcas,  la  corona  española  halló  en 
el  Perú  im  filón  de  inapreciable  valor, 
que  debía  explotar  inmediata,  rápida- 
mente. Todo  su  empeño  consistía  en  sa- 
car oro  3^  más  oro,  sin  fijarse  en  los  de- 
rechos que  se  hollaban,  sin  meditar  en 
los  odios  que  lentamente  se  iban  forman- 
do, como  sedimento  aterrador;  y  sin  com- 
prender que  ese  pueblo  peruano,  que  ha- 
bía salvado  las  penurias  del  erario  his- 
pano, merecía  que  siquiera  una  parte  de 
sus  riquezas  se  transformara  en  elemento 
civilizador  de  sus  gentes.  Para  lograr 
su  intento  no  hubo  valla  que  respetasen, 
ni, obstáculo  que  no  salvavSen.  En  vano 
el  evangélico  verbo  de  Las  Casas  protes- 
tó   de    las   iniquidades   de   que    los    indios 


—  105  — 

eran  objeto,  en  vano  los  re3^es  españoles 
y  sus  representantes  dictaron  quizá  por 
un  fenómeno,  explicable,  ele  simulación — 
numerosas  ordenanzas  para  aliviar  las 
cargas  que  pesaban  sobre  la  raza  venci- 
da en  vano  el  inmortal  Pumacaliua,  sin- 
tiendo los  dolores  de  muchos  siglos,  le- 
vantó el  pendón  de  la  revuelta,  en  vano 
el  conde  de  Aranda  aconsejó,  sabiamen- 
te, la  libertad  de  América.  Todo  fué  en 
vano:  España  y  los  hombres  que  expor- 
taba á  nuestro  suelo  no  tenían  otra  mi- 
ra que  exprimir  nuestras  riquezas  para 
obtener  el  mayor  rendimiento.  La  jus- 
ticia era  una  ficción:  sólo  la  iniquidad 
irritante  pesaba  sobre  las  almas  esclavi- 
zadas. 

Para  justificar  los  renglones  que 
acabamos  de  escribir  trascribimos  lo  que 
sigue;  «Si  se  tratase  de  investigar  los 
principios  económicos  que  prevalecían  en 
España  hasta  fin  del  siglo  antepasado, 
por  las  leyes  fiscales  que  dictaban  los  mo- 
narcas españoles,  cuando  menos  hasta  el 
advenimiento  ele  las  cortes  generales  de 
1812,  habría  que  concluir  que  no  regía 
principio  alguno  de  los  ya  entonces  cono- 
cidos por  la  ciencia  económica,  ni  se  pre- 
curaba  fomentar,  ni  siquiera  conservar 
los  elementos  de  riqueza  que  brotaban 
espontáneos  ele  la  exuberante  tierra  de 
América"     (3). 


—  106  — 

La  importancia  del  factor  económi- 
co no  puede  ponerse  en  duda,  ni  su  in- 
fluencia en  el  desenvolvimiento  de  la  cultu- 
ra colectiva  será  jamás  bien  comprendida. 
De  ambos,  se  deriva  el  célebre  dicho: 
Primo  yivere,  deinde  philosoohare;  pri- 
mero vivir,  después  ser  bueno,  artista,  sa- 
bio, ciudadano,  apóstol  y  hasta  mártir", 
en  el  estilo,  de  Buixó  Monserdá.  Corro- 
borando esta  afirmación  poco  idealista 
para  ciertos  espíritus  alados,  Alfonso  As- 
turaro,  eminente  sociólogo  italiano,  ha 
escrito  estos  renglones:  '^Es  evidente  que 
al  menos  en  su  estado  mínimo,  la  pro- 
ducción humana  y  las  relaciones  econó- 
micas, pueden  surgir  y  subsistir  por  la  sola 
acción  de  las  necesidades  más  fundamen- 
tales del  animal — hombre,  que  son  las  de 
nutrirse  y  resguardarse  del  ambiente  exte- 
rior, independientemente  de  cualquier  otro 
fin  humano.  Así,  dadas  estas  necesidades, 
estas  cualidades  y  estos  circunstancias, 
podemos  deducir  el  fenómeno  económico^ 
al  menos  en  su  estado  mínimo,  como  si 
no  existiesen  los  demás  fenómenos  socia- 
les   humanos"     (4). 

Es,  pues,  el  factor  económico  el  ner- 
vio de  toda  sociedad.  Si  se  le  prestan 
los  auxilios  que  la  ciencia  prescribe,  si  se 
le  imprime  una  dirección  conveniente  para 
que  su  misión  sociológica  se  realice,  la 
sociedad  en   la   que  aquél    actúe      progre- 


-  107  — 

sará  de  una  manera  flefinida  3^  cohorente, 
como  diría  Spencer.  Mas,  si  como  lo  hi- 
cieron los  españoles,  se  prefiere  el  aprove- 
chamiento inmediato,  el  consumo  rápi- 
do al  consumo  lento,  entonces  el  mecanis- 
mo colectivo  sufrirá  hondas  convulsiones 
j  su  potencia  tendrá  al  fin,  que  sucumbir. 
— Sin  dinero  bien  monejado,  la  sociedad  ó 
parece  ó  se  degrada:  fatal  dilema  que  de- 
be ser  la  pesadilla  de  los  gobiernos.  Las 
escuelas,  los  colegios,  las  industrias,  los 
ferrocarriles,  los  caminos  y  la  distribución 
de  la  iusticia,  han  de  ser  alimentados 
por  el  capital,  para  producir,  según  sus 
condiciones  entitativas,  el  progreso  de  que 
son  origen  y  fuente.  Con  sólo  fijarnos 
en  la  conducta  económica  de  España,  de- 
duciremos los  enormes  daños  que,  nos 
ha  causado,  ya  en  el  desarrollo  de  la 
cultura  intelectual,  va  en  la  marcha  de 
las  instituciones,  jr  en  los  hábitos  que 
lentamente  se  han  ido  infiltrando  en  la 
psicología  de  las  gentes.  Para  ciertas 
personas  que  animadas  por  el  misoneís- 
mo más  risible,  enzalsan  la  colonización 
española,  vamos  á  insertar  las  opiniones 
de  varios  esclarecidos  intelectuales.  Esos 
espíritus  que,  de  seguro,  hubieran  queri- 
do nacer  en  los  tiempos  medioevales,  creen 
que  la  dominación  española  fué  no  sólo 
buena,  sino  óptima;  porque  no  mató  á 
flechazos    á   los    indios,   como  lo    hicieron 


^  108  — 

los  ingleses  con  los  ])ieles  rojas;  sin  te- 
ner en  cuenta  que  la  mita  ha  traído  la 
destrucción  de  la  raza  india.  Si  esto  se 
llama  magnífico  sistema  de  gobierno,  se- 
ría menester  cambiar  el  léxico  del  len- 
guaje. 

^'Como  ya  dejo  nianifestado,  en  la 
época  del  coloniaje  no  lia1:)ía  libertad,  no 
se  diga  política,  puesto  que  ésta  no  podía 
existir,  sino  lil^ertad,  de  pensamiento  que 
hubiera  sido  un  crimen  proclamar.  Con 
el  propósito  de  mantener  la  dominación 
española  v  la  influencia  de  la  religión  en 
todo  su  vigor,  se  estableció  la  incomuni- 
cación más  absoluta  entre  los  dominios 
españoles  y  el  mundo  civilizado;  por  eso 
mientras  en  Europa  se  sucedían  grandes 
revoluciones  en  las  ciencias  filosóficas,  la 
América  española  las  ignoraba  casi  por 
completo.  Mientras  c|ue  Bacón  preconi- 
zando el  método  experimental,  establecía 
el  verdadero  fundamento  de  las  especula- 
ciones filosóficas  y  Descartes,  alumbrado 
por  su  genio,  proclamaba  su  duda  tan 
célebre  en  el  mundo  de  la  ciencia,  y  los 
principios  de  su  método  traían  por  tie- 
rra el  edificio  de  la  escolástica;  la  Uni- 
versidad de  San  Marcos  seguía  la  comen- 
tación aristotélica  de  las  escuelas  de  la 
edad    media^'     (5). 

Siguiendo  el  lento  caminar  de  Espa- 
ña,  las  colonias  hubieran  llevado   una   vi- 


—  109  - 

da  de  raquitismo  y  de  miseria:  sus  insti- 
tutos hulíieran  sido  semilleros  de  ignoran- 
cia y  corrupción.  Pero  España  fué  tan 
egoísta  que  ni  siquiera  su  civilización  en- 
fermiza y  retrógada  nos  la  trasmitió  to- 
da entera:  sólo  nos  mandó  lo  pésimo 
entre  lo  malo.  Nos  dio,  es  cierto,  una 
universidad  3^  algunos  colegios;  pero  bajo 
la  condición  de  que  no  se  enseñase  la  po- 
lítica ni  los  adelantos  con  c[ue  la  filoso- 
fía enciclopedista  había  iluminado  la  Eu- 
ropa. Sólo  se  explicaba  en  esos  centros 
un  poco  de  filosofía,  matemáticas  j  de- 
recho romano  j  algunos  aforismos  de  la 
medicina  de  Galeno  j  de  Hipócrates;  dan- 
do una  preferencia  bastante  marcada  al 
estudio  de  latín,  que  venía  á  constituir 
algo  así  como  un  vínculo  con  las  socieda- 
des estáticas  de  la  antigüedad.  Era  una 
instrucción  medioeval  y  caótica  y  mons- 
truosa y  bárbara.  ¿Podría  iniciar,  3'a 
que  no  producir,  la  transformación  de  la 
sociedad  una  cultura  tan  anticuada?  Le- 
jos de  ello.  Se  acostumbró  así  á  los  pe- 
ruanos á  la  imbecilidad  y  se  les  hizo 
aptos  para  la  vida  de  servidumbre.  ¿La 
teología,  el  latín  y  la  filosofía  tomista 
engendrarían  la  independencia  del  Perú  y 
el  luminar  de  los  hermosos  conceptos  del 
presente  y  el  crepitar  de  las  grandes  orien- 
taciones  del   futuro? 

Un   autor  nacional    ha    pensado    del 


-  IIG  — 

coloniaje  lo  que  sigue:  ''Para  despertar 
de  su  letargo  á  las  universidades  de  Amé- 
rica y  hacer  c[ue  el  genio  de  sus  hijos 
se  iniciase  en  los  misterios  de  la  vida 
pública,  fué  necesario  nada  menos  que 
ese  sacudimiento  prodigioso  que  con  el 
nombre  de  revolución  francesa  rompió  los 
hierros  de  la  feudalidad;  3^  proclamando 
los  derechos  del  hombre,  paseó  su  bandera 
gloriosa  por  toda  la  superficie  de  la  tie- 
rra y  puso  á  la  humanidad  en  la  ancha 
vía  por  donde  hoy  se  dirige  a  realizar 
sus  grandes  y  elevados  destinos".  (6) 

"El  gobierno  español  prohibió  en  to- 
das sus  posesiones,  con  el,  mayor  rigor, 
la  introducción  y  lectura  de  libros  de  po- 
lítica, historia  y  alta  lituratura.  Se  te- 
mía que  al  penetrar  la  luz  en  las  colo- 
nias todo  el  edificio  se  derrumbara.  La 
inquisición  completaba  lo  que  los  cancer- 
beros de  las  aduanas  iniciaban:  la — pros- 
cripción del  libro  y  la  persecución  contra 
el  introductor  y  el  lector"  (autor 
anónimo.) 

Siendo  la  instrucción  mala,  todas 
las  instituciones  que  de  ella  derivan  su 
apogeo  y  la  brillantez  de  su  estructura 
orgánica,  tenían  que  sufrir  funestas  per- 
turbaciones. La  instrucción  es  la  más 
amplia  norma  de  vida,  así  individual 
como  colectiva;  es  la  experiencia  de  in- 
menso número    de    siglos:     es    el    trabajo 


-  111  — 

acumulado  de  muchas  generaciones.  Si 
se  infiltran  las  verdades  que  aquélla  pro- 
clama en  el  alma  de  las  razas,  modifica- 
ránse  éstas,  contemplando  nuevas  orienta- 
ciones, viendo  al)rirse  nuevas  tronchas, 
en  cu3^a  meta  se  dibujará  la  más  esplén- 
dida apoteosis.  España  no  nos  dio  una 
instrucción  que  tuviera  virtudes  dinámi- 
cas 3^  renovadoras.  Como  una  ironía, 
fundó  seminarios  que  eran  invernáculos 
de  sofistas,  mudos  sacerdotes  de  una  or- 
ganización estática  j,  por  lo  mismo,  pe- 
trificada De  aquí  cjue  el  clero  fuera  corrom- 
pido y  estéril  en  grado  sumo.  Nadie  podrá 
negar  la  importancia  socoilógica  que  la 
doctrina  cristiana  encierra,  en  su  moral, 
probablemente  la  más  elevada  concepción 
en  este  orden  de  cosas.  Por  lo  mismo,  la 
sublimidad  de  las  ideas  evangélicas,  exige 
en  quien  ha  de  comprenderlas  é  incrus- 
trarlas  en  el  complejo  j  móvil  espíritu 
de  las  muchedumbres,  una  preparación 
vSelecta,  tanto  en  la  instrucción  que  ha  de 
poseerse, — cuanto  en  el  constante,  como 
difícil  proceso  de  adaptación  á  una  doc- 
trina que  ordena  la  cercenación  de  varios 
de  los  instintos  de  que  la  naturaleza  nos 
ha  dotado.  Y  cuando  el  clero  es  igno- 
rante, las  pasiones  se  abren  ancho  cau- 
ce; y  entonces  la  labor  civilizadora,  el 
destino  de  redención  van  dejando  lagunas 
insalvables.     Ese  clero  de  la  época  del  co- 


-  112  - 

loniaje,  tan  corrompido  por  la  falta  de 
instrucción,  como  por  las  condiciones  ma- 
terialistas del  medio,  fué  un  obstáculo 
para  el  progreso  de  la  colonia.  En  su 
afán  de  medrar,  ató  las  conciencias,  atro- 
fió las  inteligencias  y  anatematizó  las 
conquistas  más  hermosas  de  las  cerebracio- 
nes  europeas. 

Por  lo  C[ue  hace  á  las  costumbres, 
verémonos  en  el  caso  de  hacer  notar  cpie 
la  instrucción  no  las  suavizó,  ni  las  con- 
troló, puesto  c[ue  no  existía  tal  como 
hubiera  sido  preciso.  Desgraciadamente, 
al  Perú,  lo  mismo  que  á  los  demás  pueblos 
de  América,  España  no  mandó  contin- 
gentes étnicos  debidamente  seleccionados. 
Desde — los  primeros  conquistadores, — cu3^a 
fuerza  varonil  y  arrogante  empuje  nos 
son  conocidos, — hasta  los  últimos  penin- 
sulares que  vinieron  á  estas  tierras,  eran 
gentes  de  poca  elevación  intelectual  3^  mo- 
ral salvando  casos  c[ue  por  los  excepcio- 
nales, no  constitu3^en  regla.  No  eran  mo- 
rales, porque  ante  el  afán  de  lucro,  ante 
la  inmoderada  avaricia,  todo  lo  sacrifi- 
caban, fueran,  unas  veces,  los  afectos  de 
humanidad,  fueran,  otras,  el  verdadero 
prestigio  3^  la  sólida  virtud  de  los  espíri- 
tus meritorios,  aunque  escasos  de  fortu- 
na. Pobres  en  su  patria,  dirigíanse  con 
una  fé  ardiente  en  busca  de  riquezas  3- 
honores   que    en     España,   por    su     ínfima 


—  113  - 

posición  social,  6  por  su  conducta  poco 
arreglada,  no  podían  alcanzar.  Explíca- 
se así  la  explotación,  verdaderamente 
inicua,  realizada  con  respecto  a  los  indios 
y  negros,  reputados  como  razas  inferió 
res.  Aclárase  así  la  necia  pretención  c|ue 
abriga1}an  sus  pedios  en  orden  á  las  ge- 
rarquías  sociales:  miembros  de  una  por- 
ción de  dominadores,  sentíanse  todo  lo 
orgullosos  cjue  se  sienten  ora  los  adve- 
nedizos, ora  los  que  habiendo  perdido 
una    situación   brillante,   la   recuperan. 

La  elevación  intelectual  de  los  espa- 
ñoles que  se  establecieron  en  el  Perú  es 
algo  así  como  uua  fábula  irónica  y  san- 
grienta. No  puede  negarse, — porque  tal 
cosa  sería  una  aberración, — que  la  raza 
europea,  como  educada  en  un  medio  de 
lucha,  como  poseedora  de  notables  instin- 
tos, y  como  dotada  de  energías  podero- 
sas y  fecundas  constituiré  la  agrupación 
étnica  más  inteligente  y  denodada.  En- 
tre españoles,  indios  y  negros, — conside- 
rados mentalmente, — vistos  á  través  del 
prisma  antropológico  ha\"  un  abismo. 
Al  paso  que  el  español  posee  talento  y 
penetración  naturales,  y  una  audacia  de- 
moledora y,  muchas  veces,  titánica  el 
indio  ostenta  cualidades,  más  de  artista 
que  de  pensador  3^  el  negro,  con  sus  ner- 
vios quemados  y  sumamente  irritables,  lu- 
ce condiciones   para  la  poesía,  3^    para  los 


—  114  — 

placeres  lúbricos,  así  como  para  los  gran- 
des crímenes,  antes  que  para  las  virtndes 
eminentes.  Si  al  Perú  se  hubieran  diri- 
gido los  españoles  ilustrados  del  siglo  de 
oro,  el  progreso  intelectual,  muy  relativo 
desde  luego,  no  se  hubiera  hecho  esperar 
largas  centurias:  Pero  esta  frase  resulta 
salpicada  de  sarcasmos.  Los  soberanos 
españales  no  permitían  la  introducción  de 
libros:  el  Róbinson  Crusoe"  fué  decomi- 
sado y  las  obras  de  Rousseau,  Locke, 
Leibnit^  y  demás  sabios  europeos  eran 
completamente  desconocidas.  Por  lo  que 
hace  á  la  agricultura,  cuyo  florecimien- 
to en  la  época  de  los  incas  ofrece  hoj^ 
mismo  hermosos  vestigios,  sufrió  lamen- 
tables atrasos  y  enormes  pérdidas,  por- 
C[ue  los  dominadores  en  su  sed  ele  oro 
dedicaban  los  brazos  existentes  al  labo- 
reo de  las  minas,  abandonando  los  terre- 
nos cultivables. 

El  aspecto  económico  ofrece  aún 
mayores  contrastes.  Fijémonos,  tan  só- 
lo, en  el  comercio.  ¿Qné  criterio  traje- 
ron los  conquistadores?  Las  guerras  de 
Carlos  V  y  Felipe  II,  dictadas  por  el 
fanatismo  místico,  determinaron  la  crea- 
ción de  gabelas  anicpiiladoras.  El  co- 
mercio libre,  que  abre  los  puertos  á  to- 
dos los  pabellones,  consultando  las  lej^es 
de  la  demanda  3^  de  la  oferta  3^  del  libre 
cambio,   procura   el    abaratamiento   de  los 


-  115  — 

productos  industriales.  Lejos  de  aca- 
tar tales  mandatos,  la  metrópoli  im- 
pidió, bajo  las  penas  más  severas  el  co- 
mercio con  otras  naciones;  y  llevó  á  tal 
extremo  su  demencia  que  sólo  permitía 
tal  operación  con  la  casa  de  contrata- 
ción de  Sevilla.  Si  temerario  era  el  he- 
cho de  impedir  el  comercio  de  América 
con  los  estados  de  ultramar,  la  circuns- 
tancia de  no  tolerarse  el  comercio  siquie- 
ra con  todos  los  pueblos  españoles  en 
general,   era  una  monstruosidad. 

Con  el  propósito  de  completar,  en 
lo  posible,  el  estudio  que  del  medio,  nos 
hemos  propuesto  hacer,  trascribimos  los 
siguientes  acápites  debidos  á  la  pluma 
galana  del  doctor  J.  Prado  y  Ugarte- 
che.     (7) 

((Pero  la  verdadera  síntesis  general 
de  este  sistema  es  que  él  favorecía  en 
religión  el  fanatismo;  en  gobierno,  una 
mezcla  funesta  de  debilitamiento  y  ex- 
tralimitación  del  poder  civil;  en  política, 
el  sistema  de  la  intriga  y  de  las  denun- 
cias secretas;  en  el  orden  moral  contri- 
buía á  la  perversión  de  costumbres;  y  en 
el  orden  económico  sostenía  el  más  fu- 
nesto sistema  de  exclusivismo,  monopo- 
lio 3^  xDrivilegio,  que  produjo  la  ruina  de 
España,  desplomada  aún  dentro  de  las 
riquezas  de  América,  que  inconscientemen- 
te había  aniquilado». 


-116  — 

((La  temperatura  general  del  Perú, 
por  su  posición  geográfica,  es  la  de  los 
países  meridionales,  y  bajo  la  influencia 
inmediata  del  sol,  la  raza  es,  física  y 
moralmente,  débil.  El  calor  impide  la  fir- 
me unión  de  los  elementos  que  componen 
la  parte  sólida  del  cuerpo;  los  movimien- 
tos del  sistema  circulatorio  son  entonces 
más  lentos  y  penosos;  la  traspiración 
abundante  relaja  la  cutis,  que  recibe  un 
aire  falto  de  elasticidad;  la  asimilación 
de  los  alimentos  se  hace  laboriosa,  difí- 
cil é  imperfecta;  y  así  en  fin,  la  sangre 
no  tiene  en  arterias  y  venas  el  curso 
igual  y  vivo  que  extiende  la  fuerza  y  la 
vida  por  todos  los  miembros  y  el  vigor 
muscular  se  abate  y  debilita.  De  aquí 
ser  la  pereza  iin  vicio  inherente  á  los  ha- 
bitantes de  estos  climas.  El  cuerpo  ener- 
vado desea  el  reposo  y  los  placeres.  La 
pubertad  es  precoz,  así  como  el  desarro- 
llo intelectual;  la  sensibilidad  es  exagera- 
da y  las  pasiones  son  violentas  pero  pa- 
sajeras. La  imaginación  se  desarrolla  fo- 
gosa y  rica,  pero  vive  de  ensueños,  de 
teorías,  de  alucinaciones  y  de  perjuicios. 
El  carácter  es  suave,  indolente,  expansivo 
y  sumiso;  en  sus  resoluciones  los  indivi- 
duos no  son  firmes,  ni  consecuentes;  se 
pasa  de  tin  extremo  al  otro;  los  hombres 
son  retrógrados  ó  radicales,  héroes  ó  muy 
cobardes  y,  con  frecuencia,  ambas  cosas». 


-  117  — 

El  egregio  criminalista  Cesare  Lom- 
broso  dice:  «La  inercia,  efecto  necesario 
del  calor  excesivo  é  inspirada  por  el  senti- 
miento habitual  de  debilidad,  vuelve  la 
economía  más  sujeta  á  espasmos,  favore- 
ce las  tendencias  á  la  contemplación  ocio- 
sa, á  la  admiración  exagerada  3',  por 
consecuencia,  al  fanatismo  religioso  y  des- 
pótico». 

Conclusión: — Si  no    hubo     grandes 

INTELECTUALES  EN  LA  ÉPOCA  DEL  COLO- 
NIAJE FUÉ  PORQUE  EN  MEDIO,  CON  SUS 
MALÉFICAS  INFLUENCIAS,  IMPIDIÓ  EL  DESA- 
RROLLO Y  EDUCACIÓN  DE  LA  INTELIGENCIA 
Y  DE  LOS  SENTIMIENTOS  NATURALES  DE  LOS 
peruanos:  a  ello  contribuyeron  LOS 
SISTEMAS  RELIGIOSOS,  PEDAGÓGICOS,  ECO- 
NÓMICOS   Y    POLÍTICOS. 


íjíiaaaflfiaafiaíía] 


El  Momento 


Aisladas  las  colonias  del  influjo  de 
la  civilización  europea,  privadas  del  co- 
mercio amplio  3^  liberal  de  cosas  ó  ideas, 
sin  otra  suerte  que  la  de  servir  de  fin  á 
la  explotación,  sin  más  ideal  que  imitar 
á  una  nación  tan  atrazada,  •  tan  intole- 
rante, tan  ávida  de  riquezas  como  Espa- 
ña ¿era  posible  el  adelanto  de  América, 
habría  de  brotar  el  resurgimiento  del 
Perú?  ¿Las  ciencias  saldrían  de  las  ti- 
nieblas en  que,  estériles  3^  mudas,  vege- 
taban? ¿Los  hombres  llegarían  á  la3 
cumbres  de  la  intelectualidad? — Nó. — En 
una  sociedad,  cu^^o  cretinismo  es  eviden- 
te, ni  se  lucha  ni  se  vence,  ya  moral,  ya. 
mentalmente.  Los  espíritus  de  estructura 
superior  se  asfixiaban,  los  caracteres  ele- 
vados padecíati  funestas  depresiones:  todo 
acusaba,  en  las  colonias,  la  laxitud  de  la 
decadencia.     Clases  sociales,   clero,   instruc- 


—  120  — 

ción,  instituciones,  costumbres,  en  una 
palabra,  cuanto  constituj^en  el  substrátuní 
de  las  colectividades  morbosas  sufrían  in- 
toxicación es  en  una  atmósfera  tan  satu- 
rada de  odios,  de  corrupciones,  de  intran- 
sigencias, de  esclavitudes.  La  libertad  la 
santa  liberal  de  los  principios,  el  subli- 
me aliento  de  las  almas,  j  la  hermosa 
conciencia  de  los  pueblos  no  había  logra- 
do aún  imponer  su  fuerza  altiva  é  inven- 
cible. 

Vino,  felizmente,  la  revolución  fran- 
cesa; 3^  con  ese  movimiento  de  redención 
humana,  la  faz  del  mundo  político  y  so- 
cial trasformóse.  Napoleón,  inconsciente- 
mente es  cierto,  hizo  volar  sus  águilas, 
portadores  de  ideas  fecundas,  por  el  mun- 
do civilizado,  para  que  predicaran  un 
evangelio  de  libertad  de  igualdad  y  de  fra- 
ternidad. Toda  una  glotificación  del  hom- 
bre. Una  resurrección  violenta  3^  sagrada, 
de  sus  derechos.  Una  explosión  de  ener- 
gías. 

A  impulsos  de  los  nuevos  precep- 
tos, nacidos,  como  la  ley  mosaica,  en 
medio  de  truenos  3^  relámpagos,  las  cos- 
tumbres se  depuran  y  las  injusticias  se 
disipan;  3^  allí  donde  hubo  esclavos  nacen 
ciudadanos.  La  América,  humillada  du- 
rante tres  siglos,  despertó  para  luchar  por 
la  grandiosa  autoridad  de  sus  derechos. 
Es  el    gran   momento.     El   momento  soña- 


-  121  - 

do  por  la  poderosa  inteligencia  de  Hipó- 
lito Taine  que  en  consorcio  con  la  raza 
3^  el  medio,  explica  la  aparición  de  las 
civilizaciones,  el  crecimiento  de  los  ]DLieblos 
y  la  apoteosis  de  los  individuos. 

Estamos  á  fines  del  siglo  dieciocho 
y  es  llegada  la  oportunidad  de  entrar,  de 
lleno,  en  el  estudio  del  tema  propuesto 
por  el    «Centro    de  Instrucción». 


Íl_l^í^gl^fLírfL_©~fl^fL^'P^fl^~ÍL^|L«|L^ 


Ccnsecuencias 


Se  lia  analizado  los  caracteres  mora- 
les  é  intelectuales  ele  la  raza  peruana.  De 
esa  labor,  podemos  sacar  la  conclusión 
siguiente:  la  gente  es  sentimental,  politi- 
quera, ardiente  con  intermitencias  débil  de 
carácter  é  inclinada  á  la  verbosidad  pró- 
diga é  insustancial.  La  hemos  visto  do- 
tada de  sobresalientes  cualidades  para  el 
foro  3^  de  tina  inteligencia,  si  bien  valio- 
sa no  honda  ni  mu3''  reflexiva  y  de  pa- 
siones inestables  c[úe  acreditan  la  niovili- 
dad  j  perpetuo  cambio  de  las  impresio- 
nes  cerebrales. 

La  raza  peruana  hubiera  consegui- 
do progreso  3'  cultura  pero  como  todo 
organismo  en  embrión,  necesitaba  que 
las  condiciones  exteriores  la  favorecieran 
en  su  labor  de  crecimiento.  Lejos  de  ello 
España  procuró  el  rebajamiento;  moral 
é  intelectual  de  las  colonias  y  sólo  cuan- 
do  el   genial   emperador  francés    hirió      su 


—  124  — 

soberbia,  quiso  otorg'ar,  en  el  paraxísmo 
de  la  caída,  derechos  que  antes  hubiera 
considerado  como  ambiciones  extremas  é 
imposibles.  La  falta  de  previsión  deriva- 
da de  la  insustancialidad  3^  ]:)oco  fondo 
científico  de  la  raza,  aceleró  la  indepen- 
dencia de  las  tierras  americanas  las  cua- 
les, respondiendo  al  descontento  y  alodio 
que  engendrara  la  metrópoli,  rompieron 
con  ésta  los  vínculos  de  sangre  que  son 
tan  sagrados  y  tan  intensamente  sim- 
páticos. 

Independizada  la  América,  sus  puer- 
tos se  abrieron  á  las  influencias  mercan- 
tiles j  sus  instituciones,  de  carácter  de- 
mocrático, se  vaciaron  en  los  moldes  jíi 
ensa^^ados  por  naciones  más  adelantadas. 
En  vez  de  la  intransigencia,  empezó  á 
esbozarse  la  libertad  de  pensamiento  3^ 
de  acción.  La  imprenta  trajo  el  desarro- 
llo 3^  propagación  ele  las  ciencias  é  ideas^ 
de  las  artes  y  de  las  industrias.  Los 
hombres  cobraron  afecto  á  la  forma  re- 
publicana, sugerente  norma  política.  Las 
clases  sociales  desaparecieron,  junto  con 
los  privilegios  de  obolengo:  ni  nobles,  ni 
plebe3^os,  todos  los  asociados  estarán  com- 
prendidos bajo  la  denominación  de  hom- 
bres libres.  Las  naciones  crecerán,  por- 
c[ue  sus  rentas,  absorbidas  antes  por  la 
corona  española,  destinadas  a  subvenir 
los    gastos  de  una    corte  de  sibaritas,   se- 


—  125  — 

rán  aplicadas  á  satisfacer  las  necesida- 
des propias  3'  exclusivas.  La  instruc- 
ción será  la  trompeta  de  resurrección  de 
una  raza.  Y  el  trabajo  libre,  amparado 
por  le3^es  liberales  é  igualatarias,  lanza- 
ráse  á  la  conquista  de  ricjuezas  cjue, 
junto  con  el  bienestar  del  individuo,  ha 
de  traer  la  evolución  de  las  patrias,  en 
un  porvenir  venturoso,  aunque  desgracia- 
damente lejano. 

¿Y   en   tanto,    qué  era   de    Arequipa? 

Reducida  esta  población  á  una  ca- 
tegoría bastante  secundaria  durante  la 
vida  colonial,  no  ha  dejado  huellas  lumi- 
nosas y  profundas,  ni  acontecimientos  de 
trascendencia  cpie  pudieran  relievar  las 
condiciones  psicológicas  de  sus  gentes. 
Parece  C]ue  éstas  auduvieron  un  tanto 
retrasadas  en  el  camino  del  progreso,  á 
virtud  de  algunas  circunstancias  desfavo- 
rables. Desgraciadamente,  ni  la  Socio- 
logía, que  es  la  moderna  sibila  c|ue  to- 
do lo  interpreta  \^  anuncia,  ni  la  Psico- 
logía, cjue  estudia  las  condiciones  espiri- 
tuales de  las  masas,  han  sentado  sus 
reales  en  nuestro  caótico  mundo  intelec- 
tual. La  explicación  científica  de  los  fe- 
nómenos tiene  c[ue  ser  apriorística:  las 
deducciones  algo  movedizas,  inciertas  v 
atrevidas.  ¿Dónde  está  la  historia  que 
abra  á  nuestros  ojos  las  pasadas  edades 
de  este   ])ueblo,    C|ue    haga     vislum])rar    la 


—  126  — 

palpitante  6  dormida  alma  de  nuestros 
ma^^ores,  la  sabia  ó  no  cultivada  inteli- 
gencia de  las  generaciones  madres,  de  las 
familias  troncos? — Ni  Sociología,  ni  Psi- 
cología, ni  Historia:  este  pueblo  es  una 
esfinge.  ¿Quién  será  el  Edipo  feliz  que 
descubra  los  enigmas  3^  anule  los  miste- 
rios? 

No  podrá  ponerse  en  duda,— porque 
tal  cosa  sería  una  aberración  de  pésima 
factura, — que  el  arequipeño  es  inteligente 
para  toda  clase  de  labores  intelectuales 
y  artísticas;  si  bien  la  facultad  discursi- 
va en  el  mayor  niimero  de  ejemplares  no 
entra  ni  muy  hondo,  ni  tiene  virtud  de 
constancia,  de  serenidad  y  paciencia.  Es- 
to, en  términos  generales  ó  absolutos, 
no  será  extraño  para  los  que  somos  ha- 
bitantes de  esta  ciudad.  De  una  parte, 
el  legado  nativo  de  los  españoles,  bajo 
el  aspecto  mental,  no  fué  de  lo  más  se- 
lecto, ni  preparado:  los  españoles  que  co- 
lonizaron Arequipa  ni  sabios  ni  artiastas 
fueron;  de  otro,  las  influencias  del  clima, 
— un  clima  esencialmente  eléctrico  j  laxan- 
te,— debilitan  las  neuronas  cerebrales,  exci- 
tándolas tan  fuertemente  que  antes  que 
á  la  labor  de  análisis  y  de  síntesis,  hi- 
ja de  la  meditación,  inclínanse  á  la  ob- 
sesión maravillosa  del  ensueño  y  del  ima- 
ginar brillante.  A  ello  contribuyen  la 
l)elleza    de    la    campiña,    la    claridad     del 


—  127  — 

cielo  3^  la  tranquilidad  de  las  gentes,  en 
las  diversas  modalidades  de  su  existen- 
cia. 

Los  arequipeños  no  eran  estudiosos, 
ni,  por  lo  tanto,  ilustrados.  De  aquí 
que  si  no  tuvieron  poetas  de  estro  ins- 
pirado, carecieron,  en  lo  absoluto,  de  fi- 
lósofos, políticos  Y  oradores.  Lejos  de 
ser,  lo  que  acabamos  de  indicar,  un  vi- 
tuperio para  Arequipa,  es  más  bien  mo- 
tivo de  alabanza,  himno  de  salutación  y 
anunciación  de  futuros  adelantos.  Des- 
de que  España  miró  á  este  pueblo  con 
marcada  indiferencia,  toda  vez  c[ue  no  le 
dio  ni  universidad,  ni  colegios, — salvo  el 
seminario,  que  por  sus  mismas  condicio- 
nes, no  podía  contribuir  al  desarrollo  de 
la  cultura, — era  natural  que  sus  hijos,  por 
hábiles  que  fuesen  j  por  enérgicas  que  se 
presentasen  sus  inclinaciones  artísticas  y 
sus  condiciones  científicas  no  habiendo  re- 
cibido instrucción,  vegetaran  en  la  igno- 
rancia. Agregúese  á  esto  el  aislamiento 
de  Arequipa:  estaba  situada  á  enormes 
distancias  de  los  centros  que,  como  Li- 
ma j  el  Cuzco,  sintieron  siquiera  parpa- 
dear la  luz  de  una  civilización  que  todo 
lo  medioeval  que  fuera,  significaba,  al  fin, 
un  avance.  El  atraso  intelectual,  tan 
anhelado  por  los  peninsulares  para  con- 
solidar sus  sistemas  de  explotación,  era 
profundo,   á   tal  punto   c[ue    la  vida    indi- 


—  128  — 

vidual  se  ecHpsaloa  ante  la  omnímoda 
autoridad  del  pater  familias  y  la  colec- 
tiva, sin  horizontes  en  que  ampliarse  3^ 
sin  orientaciones  que  seguir,  sufría  una 
inacción    mortal. 

Refiriéndonos  al  estado  social,  dire- 
mos que  en  la  cumbre  se  ostentaba  una 
alta  clase  estática  y  formalista, — algo 
así  como  las  castas  brahamánicas— que 
no  tenía  otro  pensamiento  que  la  con- 
cepción religiosa  ora,  que  las  ideas  de  la 
prosapia  ora:  no  era  un  espíritu  expan- 
vsible  ni  abierto  el  que  informaba  á  los 
arequipeños  de  alcurnia  distinguida.  Ha- 
bía también  clases  populares,  más  cerra- 
das aún  á  las  concepciones  libertarias  y 
de  movimiento  y  de  vida. — Las  clases, 
en  conjunto,  eran  ociosas,  en  razón  de 
Cjue  la  lucha  por  la  vida  se  hacía  sen- 
cilla, por  la  abundancia  de  los  elementos 
materiales.  Agregúese  á  esto  que,  las 
aspiraciones  artísticas  no  eran  mu}^  exi- 
gentes: los  delicados  productos  de  las  in- 
dustrias, no  se  conocían  en  la  referida 
]3oblación;  y,  por  lo  mismo,  su  existen- 
cia, que  siempre  estimula  la  aprehensión, 
no  se  hacía  necesaria.  Sin  grandes  ne- 
cesidades que  satisfacer,  el  ingenio  mecá- 
nico, la  actividad  estética,  el  talento  del 
obrero,  tuvieron  que  sufrir,  forzadamente, 
una    paralización    completa. 

Para    vislumbrar    el     estado     intelec- 


—  129  — 

tual  (le  Arequipa,  nos  venamos  en  la 
tarea  de  trazar,  con  pálidos  colores,  el 
cuadro  que  liemos  hecho  ya  de  tal 
norma  sociológica  al  ocuparnos  de 
las  perversidades  del  coloniaje;  indicando 
c|ue  en  vez  de  C|ue  los  estigmas  señala- 
dos, hubieran  tenido  en  esta  ciudad,  to- 
nos atenuantes,  la  incapacidad  adminis- 
trativa de  los  españoles  hizo  aumentar 
su   intensidad. 

Felizmente  para  Arequipa,  vino  a 
ocupar  la  sede  episcopal  el  egregio  obis- 
])o  señor  Chaves  de  la  Rosa.  A  seme- 
janza de  los  papas  del  renacimiento,  el 
esclarecido  varón  á  cjuien  acabamos  de 
nombrar,  dirigió  sus  miradas  á  la  cul- 
tura intelectual,  con  cuyo  objeto  reformó 
radicalmente,  el  seminario;  procurando  po- 
nerlo al  corriente  de  la  renovación  men- 
tal de  la  época.  Desde  ese  momento,  la 
vida  intelectual  de  Arecjuipa  sufrió  una 
evolución  rica  en  consecuencias.  Los  glo- 
riosos tiempos  de  este  pueblo  empezaron, 
y  su  historia,  entenebrecida  durante  lar- 
gos años,  surgió  para  alumbrar  á  tnia 
patria  y  á  una  raza;  determinando  con- 
creciones nuevas,  alimentando  ideales  de 
regeneración  é  imponiendo  á  la  nación  en- 
tera su  voluntad  republicana,  junto  con 
sus  nobles  sentimientos  políticos.  Para 
ello  fué  hasta  el  sacrificio:  la  tea  revolu- 
cionaria no   se    extinguía  en     sus    manos. 


—  130  — 

Para  ello  cultivó  las  ciencias:  su  cerebro 
fué  antorcha  inextinguible.  Para  ello  las 
artes  le  brindaron  sus  secretos  j  sus  in- 
cógnitas: catedrales  y  puentes,  campanas 
y  prensas  nacerían  apenas  la  inteligencia 
de  sus    hijos  lo   deseara. 

Para  tener  una  idea,  más  ó  menos 
cabal,  del  estado  espiritual  de  Arequipa, 
leamos  estas  palabras  memorables: — «Ya 
habían  pasado  para  la  mayor  parte  de 
la  Europa  los  tenebrosos  tiempos  en  que 
la  superstición  proscribía  las  verdades 
cjue  se  dignaba  revelar  al  hombre  la  na- 
turaleza: los  tiempos  en  que  un  tribunal 
intruso,  con  una  autoridad  usurpada,  en- 
carcelaba á  Galileo  y  condenaba  la  teo- 
ría sublime  de  Copérnico.  Ya  iba  per- 
diendo Aristóteles  su  antiguo  imperio  en 
las  escuelas  de  los  teólogos  y  no  podía 
disponer,  como  antes,  en  favor  de  su 
doctrina,  de  los  anatemas  de  la  religión. 
Ya  algunos  destellos  de  la  nueva  luz, 
que  crecía  cada  día  más,  habían  penetra- 
do en  España  y  en  las  capitales  del  Pe- 
rú, rompiendo  las  vallas  cjue  nunca  de- 
jan de  oponer  la  ignorancia  y  las  pa- 
siones á  la  ilustración  de  los  pueblos. 
Ya  el  humano  entendimiento,  rotas  las 
prisiones  que  le  habían  cautivado  por 
tantos  siglos,  osaba  descorrer  el  velo  c{ue 
cubre  á  la  naturaleza,  contemplar  sus 
misterios,   robarle   sus   secretos;   ya  se   oía 


—  131  — 

resonar  del  uno  al  otro  hemisferio  el 
himno  de  alabanza  que  entre  las  dulzu- 
ras de  su  nueva  libertad,  dirigía  al  autor 
de  tantas  maravillas.  Entre  tanto,  Are- 
quipa que,  por  su  feliz  posición,  parece 
debía  disfrutar,  entre  las  primeras  ciuda- 
des, de  las  nuevas  influencias  de  la  nue- 
va luz,  permanecía  en  la  antigua  noche 
y  parecía  pertenecer  al  siglo  de  las  Cjui- 
meras.  Ami  no  había  sucedido  para  no- 
sotros esa  feliz  reunión  de  la  autoridad 
y  del  saljQr  en  un  mismo  sujeto,  que  es- 
tablece entre  los  hombres  el  reino  de  la 
verdad  y  de  la  virtud,  pero  ya  estaba 
cerca  de  suceder»,      (8). 

Vamos  á  entrar  en  la  parte  más 
difícil  del  presente  trabajo.  Antes  de  aho- 
ra, hemos  querido  esbozar,  — sin  c[ue  pro- 
bablemente hayamos  logrado  nuestro  in- 
tento,— el  carácter  sociológico  de  Arequi- 
pa, de  esta  histórica  ciudad  ele  las  revo- 
luciones sangrientas,  3^  libertarias.  Por 
él  se  habrá  visto  que  era  imposible  la 
aparición-  de  hombres  de  gran  empuje  in- 
telectual y  de  cerebros  Cjue  lucieran  una 
ilustración  maravillosa,  si  se  tiene  en 
cuenta,  como  es  natural,  que  en  esos 
tiempos  el  reinado  del  intelectualismo  era 
una  ficción.  Los  libros  hacen  á  los  hom- 
bres: faltando  ese  medio  civilizador,  no 
podían  existir  capacidades  ilustres.  Los 
maestros  engendran   los  sublimes   momen- 


—  132  — 

tos  de  un  pueblo,  las  orientaciones  ele 
tina  raza  3^  los  ideales  de  la  especie:  sin 
maestros  ¿era  posible  la  aparación  de 
hombres  mentalmente  superiores? — No.  Na- 
ce de  aquí,  pues,  precisamente,  el  cúmu- 
lo de  razones  c|ue  explicando  el  intrinca- 
do problema  propuesto,  hace  ver,  con  ca- 
racteres inobjetables,  el  por  c|ué  de  la  no 
existencia  de  eminencias  intelectuales  an- 
tes del  final  del    siglo   diociocho. 

Pero  ¿ha  habido  grandes  hombres 
en   Arequipa?  * 

Aún  cuando  la  consulta  á  que  se 
contrae  la  presente  labor,  parece  que  pre- 
supone la  presencia  de  notabilidades  ba- 
jo el  aspecto  intelectual,  en  otros  lejanos 
y  memorables  tiempos,  queremos  sin  em- 
bargo insistir  sobre  este  punto.  Nues- 
tras investigaciones,  si  huérfanas  de  in- 
ducción científica,  responderán  á  ciertos 
estados  de  conciencia.  En  efecto,  para 
algunas  personas, — animadas  de  negro  es- 
cepticismo,— los  grandes  arequipeños  bri- 
llan con  el  resplandor  fugaz  que  les  presta 
una  fama  jamás  depurada  y  nunca  con- 
trolada. Son  algo  así  como  planetas  que 
brillan  y  lucen  hermosos  matices,  porque 
un  sol, — el  sol  de  las  edades  pasadas,  que 
siempre  fué  mejor  que  el  de  las  presentes, 
— les  da  fulguraciones  consagradas  por 
la  tradición  y  el  recuerdo. 

Desde  luego,  la  pregunta   que  hemos 


—  133  — 

hecho  es  de  difícil  sokicióii.  El  grande 
hombre  ó  crece  ó  se  empec|iieñece  con  el 
trascurso  del  tiempo,  ó  se  agiganta  ó 
desaparece  ante  el  andar,  lento  ó  ace- 
lerado, de  la  cultura.  Pero  la  cualidad 
predominante  en  todo  hombre  superior, 
es  que  él  significa  algo  raro,  lo  anor- 
mal dentro  de  los  normal.  Es,  como  ya 
lo  dijimos  en  otra  ocasión,  el  desequili- 
brado positivo;  porque  todo  lo  que  sale 
de  los  lincamientos  comunes  ó  inarcados 
para  la  generalidad  de  las  gentes,  signi- 
fica desequilibrio,  rompimiento  de  las  le- 
yes, anulación  de  los  principios  que  in- 
forman á  los   agregados  humanos. 

El  hombre  no  por  ser  raro,  no  por 
constituir  una  genialidad  viviente  y  pic- 
tórica de  riquezas  psicológicas,  deja  de 
ser  influenciado  por  el  medio,  ó  sea,  por 
el  conjunto  de  agentes  exteriores. — Es  tan 
profunda  esa  influencia  del  medio,  que  á 
veces  inclina  á  los  hombres  á  la  poesía, 
á  veces  los  hace  artistas,  a  veces  los 
transforma  en  sabios.  ¿Son  tan  pode- 
rosas las  virtudes  de  que  se  halla  dota- 
do el  medio,  que  éste  puede  formar  al 
grande  hombre?  El  hombre  que  se  ele- 
va, ha  de  tener  un  cerebro  no  común, 
un  corazón  no  vulgar,  una  voluntad  «per- 
sistente 3^  continua»:  ha  de  ser  un  cere- 
bro, un  corazón  3^  una  voluntad,  cuan- 
titativa   ó     cualitativamente,     anormales, 


—  134 — 

pero  de  anornialidacl  progresiva,  de  anor- 
malidad que  cree  evolueiones  de  luz  y  de 
gloria. 

Piensan  nincho  que  si  los  hombres 
CUYO  recuerdo  nos  ha  trasmitido  la  his- 
toria arequipena,  han  alcanzado  prestigio 
después  de  varias  generaciones,  es  porque, 
figurando  en  un  medio  burdo, — orillado 
aún  por  los  insanables  defectos  que  here- 
dara,— era  natural  c[ue  se  alzaran  gigan- 
tescos. No  puede  negarse  cpie  en  esta  re- 
flexión haj^  palpitante,  un  átomo  de  ver- 
dad. Así  como  las  estrellas  parecen  más 
hermosas,  de  luz  más  intensa,  de  titilar 
más  rápido  en  una  noche  oscura;  así 
los  seres  humanos  que  ostentan,  dentro 
de  una  sociedad  primitiva,  cualidades  so- 
bresalientes, se  presentan  como  entidades 
de  un  orden  sobrenatural.  De  aquí  ha 
nacido  la  categoría  soñada  por  Tomás 
Carlyle.  El  insigne  escritor  inglés,  sos- 
tiene que  las  multitudes,  en  su  estrecha 
capacidad  pensante  y  en  su  amplia  recep- 
tividad imaginativa  \^  soñadora,  han  cla- 
sificado á  los  hombres  notables,— siguien- 
do el  desenvolvimiento  natural  de  las 
ideas, — como  dioses,  como  héroes,  como 
i:)rofetas,  como  poetas,  como  oradores  y 
como  guerreros.     (9). 

El  gran  genio  de  la  antigüedad, 
Aristóteles,  fué  un  sabio  para  su  época, 
de  lamentable  oscurantismo.       Pero    1103% 


13i 


que  la  cultura  se  halla  tan  dilatada  que 
apenas  existe  puel^lo  que  no  lia\^a  recibi- 
do su  beso  fecundo  3'  ardoroso,  el  ilustre 
filósofo  de  Estagira,  el  glorioso  padre  de 
todas  las  ciencias,  c|uedaría  anodadado 
ante  la  instrucción  c[ue  se  da  á  los  ni- 
ños y  ante  los  soberbios  progresos  que 
han  alcanzado  las  ciencias,  soñadas  por 
su  cerebro,  indudablemente,  prodigioso. 
Lo  mismo  podría  repetirse  acerca  de  los 
otros  sabios  de  ki  civilización  helénica  \' 
romana.  Idéntica  observación,  se  hará, 
dentro  de  algunos  siglos  más,  respecto 
de  los  hombres  que  actualmente  nos  pa- 
recen  la  síntesis  del   intelecto. 

Queremos  decir  cjue  lo  anterior,  que 
por  lo  que  hace  á  nuestros  hombres  ilus- 
tres, les  fué  más  fácil  c[ue  á  las  genera- 
ciones actuales,  la  adquisición  del  presti- 
gio histórico;  sin  que  la  inducción  c[ue 
hemos  hecho,  nos  lleve  á  la  hipótesis  de 
que  la  gloria  alcanzada  por  los  ilustres 
arequipeños  cuyo  nombre  -palpita  en  es- 
tas épocas  de  debilidad,  se  debe  á  cjue 
sus  coetáneos  fueron  poco  menos  Cjue 
cretinos.  La  cultura  intelectual,  por  po- 
co desarrollada  C[ue  estuviera,  permitiría 
á  las  gentes  de  entonces  admirar  á  los 
hombres  que,  por  su  talento  3^  virtudes 
cívicas,  ^  habrían  de  ser,  más  tarde,  las 
piedras  angulares  de  la  historia  local;  pe- 
ro  no   con   una     admiración    estnpida,   no 


136 


con  un  fanatismo  necio,  no  con  iin  vSer- 
vilismo  abyecto.  Prueba  de  ello  es  que 
supieron  aquilatar  sus  méritos,  medir  sus 
diferencias,  calcular  su  acción  en  pro  de 
los  intereses  sociales  3^  sobre  todo,  llo- 
rar, con  lágrimas  de  sangre,  la  postra- 
ción intelectual  de  las  genaraciones  pos- 
teriores, debilitadas  por  los  vicios  ya  in- 
dividuales, ya  colectivos. 

En  el  supuesto  ele  cjue  la  fama  de 
nuestros  hombres  ilustres  hubiera  nacido 
de  la  ignorancia  de  las  gentes  y  de  su 
escaso  desarrollo  mental,  jamás  podrían 
explicarse  ciertos  fenómenos,  de  cuya 
existencia  sería  temerario  dudar.  Una  de 
las  ma3'ores  glorias  de  Arequipa,  el  sa- 
bio Mariano  Eduardo  de  Rivero  lució 
las  galas  de  su  talento, — incomprensible 
para  las  inteligencias  vulgares, — más  que 
en  su  ciudad  natal,  en  los  pueblos  euro- 
peos; habiendo  logrado  conseguir  un  re- 
nombre envidiable  entre  las  celebridades 
del  viejo  mundo,  cuales  en  ese  entonces, 
brillaba  el  ilustre  Ga\^  Lussac.  Otros  sa- 
bios naturalistas  don  Nicolás  Fernández 
de  Piérola  3'  don  Mateo  Paz— Soldán  me- 
recieron elogios  altísimos,  no  en  su  pa- 
tria que, — como  apunta  Raimondi, — «no 
ha  sabido  justipreciar  el  mérito  de  sus 
hijos,))  sino  en  naciones  de  cultura  tan 
avanzada  como  Francia  é  Inglaterra. 
Pretender  estudiar  la    labor  de  estos  tres 


—  137  — 

eminentes  intelectuales,  sería  tarea,  al  par 
que  pesada,  bastante  difícil,  toda  vez  que 
los  datos  pertinentes  andan  aislados  y 
sin  nexo  que  los  una  3^  les  de  vida. — 
¡Qué  medio  tan  favorable,  tan  propicio 
para  que  crezcan  las  famas  de  los  hom- 
bres grandesl — En  otros  países,  conocedo- 
res del  mérito  y  reconocidos  á  los  hom- 
bres c[ue  han  servido  para  prestigiar  a 
la  patria,  los  monumentos  se  multipli- 
can pí^ra  perpetuar  la  memoria  de  los 
hijos  notables.  ¿En  Arequipa,  se  ha  es- 
crito siquiera  una  historia  de  nuestros 
hombres  eminentes?  Y  entonces  ¿en  dón- 
de se  halla  esa  prodigiosa  receptividad 
de  los  arequipeños  para  ensalzar  la  glo- 
ria,  para  tener  persistente  el  recuerdo? 

Si  los  Rivero,  los  Piérola  3^  los  Paz- 
Soldán  no  hubieran  valido  ¿por  qué  ha 
consagrado  sus  nombres  la  Europa  civi- 
lizada? Nosotros  apenas  si  los  conoce- 
mos; 3^  por  lo  mismo,  aquellos  émulos 
de  Eratóstenes  que  quieren  destruir  lo 
que  no  podrían  imitar,  ni  sobrepasar, 
son  los  cretinos,  los  ignorantes,  los  aprio- 
ristas. 

Otro  tanto  pudiera  decirse  del  juris- 
consulto 3^  estadista  don  Toribio  Pache- 
co. Educado  en  Europa,  logró  atraer 
las  miradas  del  mundo  intelectual,  cuan- 
do, al  recibirse  de  doctor  en  Ciencias  Po- 
líticas y    Administrativas,     en    la    célebre 


—  138  — 

iiniversiclad  de  Bruselas,  presentó  una  te- 
sis que,  por  su  estructura,  la  riqueza,  de 
conceptos,  la  robustez  doctrinaria,  mere- 
ció de  periódicos  ultramarinos  ele  insos- 
pechable independencia,  calurosos  aplau- 
sos. ¿Significa  esto  talento  nativo,  con- 
diciones intelectuales  de  empuje?  Más 
tarde  vino  al  Perú,  escribió  el  .  ((Derecho 
Civil»  obra  cjue,  no  obstante  su  relativa 
antigüedad,  es  consultada  actualmente; 
y  al  ocupar  el  Ministerio  de  Relaciones 
Exteriores,  consciente  de  su  noble  misión, 
elevó  el  prestigio  de  la  patria  con  bri- 
llantes trabajos  de  carácter  internacional 
cuya  inserción  y  análisis  efectuaban  las 
publicaciones  más  serias  delniundo  diplo- 
mático. La  guerra  contra  España,  que 
nos  dio  el  triunfo  del  2  de  Ma^^o, 
fué  declarada  á  instancias  suj^as.  Muere 
á  los  cuarenta  años:  podría  decirse  que 
en  la  plenitud  de  la  vida;  3'  sin  embargo 
es  tanta  la  inmensa  reputación  de  que 
goza  entre  los  peruanos  que  al  pronun- 
ciar su  nombre,  los  epítetos  de  eminente, 
ilustre  y  grande  surgen  como  llamados 
por  la  vara  mágica  de  Moisés.  Sin  em- 
bargo su  patria  reconocida,  su  pueblo 
que  aprechi  el  verdadero  mérito  y  que  no 
sólo  lo  aprecia  sino  que  lo  fomenta  y  lo 
desarrolla,  no  han  hecho  nada  para  per- 
petuar esa   admiración. 

Ante    el   soberbio   talento   de     Luna— 


—  139  — 

Pízarro,  — el  discípulo  continuador  de  la 
obra  de  Chaves  de  la  Rosa,— creemos  que 
nadie  osará  verter  palabras  de  desprecio, 
ni  de  incredulidad  audaz.  Político  de 
alta  talla  3'  de  aspiraciones  inmaculadas, 
tuvo  la  audacia  de  hacer  la  guerra  á  Bo- 
lívar, el  ídolo  y  el  señor  absoluto  de  los 
peruanos;  orador  de  decisiva  elocuencia, 
discutía  en  el  seno  del  parlamento,  en 
ese  cenáculo  de  sempiterna  fama,  con  hom- 
bres tan  notables  como  los  Mariátegui, 
los  Vigil  y  los  Sánchez  Carrión.  Entre 
las  figuras  arequipeñas  es  una  de  las  que 
más  asombro,  mezclado  de  gratitud,  des- 
piertan. Es  el  tributo  que  la  inferiori- 
dad ofrece  al  hombre  eminente  y  glo- 
rioso. 

Podríamos  también  hablar  de  los 
méritos  indiscutibles  de  don  Andrés  Mar- 
tínez 3'  de  don  José  Gregorio  Paz— Soldán. 
Podríamos  indicar  que,  refiriéndose  al  pri- 
mero, alguien  dijo:  «que  si  hubiera  naci- 
do en  Europa  hubiera  sido  un  segundo 
Mirabean»  (10)  3"  que  un  distinguido  pe- 
ruano lo  calificó  como  «al  re3'  del  pensa- 
miento» (11).  Podríamos  decir  que  Mar- 
tínez no  solo  fué  conocido  en  Arequipa  y 
en  Lima,  3'  en  general  en  todos  los  pue- 
blos del  Perú  sino  que  en  Chile  fué  ad- 
mirado por  el  gran  Diego  Portales.  Po- 
dríamos reclamar  para  Martínez  el  pri- 
mado  de  la  oratoria  3'  del  hondo   pensar. 


—  140  — 

Y  contríU'éndonos  á  Paz— Soldán  ¿quién 
no  ha  oído  haular  de  las  famosas  vistas 
fiscales,  documentos  acabados  de  la  cien- 
cia jurídica  más  profunda  y  más  liberal? 
¿quién  no  sabe  Cjue  como  ministro  fué  to- 
da una  capacidad?  Arequipa  vio  nacer 
á  Paz— Soldán,  pero  la  metrópoli  peruana 
lo  elevó  á  las  cumbres  del  recuerdo  inex- 
tinguido,  imborrable   y  justiciero. 

Es  tan  fecunda  la  historia  de  x\re- 
quipa  en  hombres  de  valer  intelectual  cjue 
nos  que  nos  quedan  por  citar  los  nom- 
bres,— confirmados  ya  por  la  historia, — -de 
M.  Toribio  Ureta,  M.  F.  Paz-Soldán,  Ma- 
riano Melgar,  J.  M.  Químper,  Pedro  José 
Bustamante,  F.  García  Calderón  é  Flipóli- 
to  Sánchez  y  otros  como  Garaicochea,  Sa- 
lazar,  Ibáñez  y  Vargas,  La  grandeza  de 
estos  hombres,  como  la  de  todos  los  pe- 
ruanos, en  general,  es  relativa,  Está  en 
concomitancia  con  la  virtud  orgánico-ce- 
rebral  de  la  raza.  No  hemos  producido 
ni  un  Copérnico  ni  un  Galileo,  ni  han  res- 
pirado nuestro  ambiente  un  Napoleón  ó 
iin  Darwín.  Es  cj[ue  la  nuestra  es  una 
raza  débil,  una  raza  envejecida  por  la  lu- 
cha militar  ó  por  el  servilismo  incásico, 
Pero  puede  resurgir:  que  tenga  fé  en  sus 
energías,  que  las  encauce  y  las  oriente, 
que  las  eduque  \^  fortifique  en  la  labor 
constante  de  adaptación  y  lucha.  El 
progreso,  biológico,  como  el  sociológico,  es 


—  141  — 

hijo   del   esfuerzo    3^   de   la   constancia.      El 
carácter  es  su  exponente  más  luminoso. 

Y  los  arecjuipeños  ilustres,  siguiendo 
las  leyes  fatales  de  la  herencia,  han  veni- 
do en  medio  de  la  complejidad  de  sus 
vidas  3'  en  medio  del  vacilante  3-  aún 
no  estable  espíritu  del  pueblo,  á  cumplir 
una  determinación  de  la  raza.  Decíamos 
al  principio  de  esta  exposición  c|ue  los 
peruanos,  eran  como  los  españoles,  incli- 
nados á  la  oratoria  3'  a  la  jurispruden- 
cia, 3^  c|ue,  á  semejanza  de  los  indios, 
sentíanse  animados  por  tendencias  poéti- 
cos de  melancólica  progenie.  En  efecto, 
haciendo  ini  estudio  de  las  inclinaciones 
de  los  hombres  de  alto  relieve  intelectual, 
verémonos  en  la  necesidad  de  concluir 
afirmando  cjue  ellos  fueron  ó  jurisconsul- 
tos ú  oradores  ó  poetas.  El  análisis  de 
nuestras  disposiciones  positivas  en  mate- 
rias civiles  ó  penales,  la  idea  renovadora 
por  lo  que  hace  á  nuevas  le3^es  ó  la  asi- 
milación de  las  extranjeras  3^  la  defensa 
judicial  de  los  derechos  privados,  han  lle- 
vado á  las  cumbres  ideales  y  nunca  vie- 
jas de  la  inmortalidad  á  los  Paz-Soldán, 
Químper,  Pacheco,  Tejeda,  Bustamante,  3' 
Gacía  Calderón.  El  verbo  delicado  3'  he- 
lénico, la  expresión  ardiente  é  incisiva,  el 
retumbar  de  las  palabras  en  torrentes 
demosténicos  v  la  ira,  la  ira  santa  de 
ios  dioses,  condensada  en   oraciones   subli- 


—  142  — 

mes,  prontas  á  defender  la  integridad  de 
la  patria,  la  honra  del  ciudadano  y  el 
ejercicio  de  los  derechos,  han  cubierto  de 
gloria  los  nombres  de  Luna-Pizarro,  \^ 
Martínez.  Y  la  honda  emoción  estética,, 
la  frase  nítida  y  alada  y  el  verso  de  rit- 
mos palpitantes  de  sentimiento,  han  co- 
ronado, con  corona  de  luz,  la  frente  mís- 
tica y  sincera  de  Melgar,  Bonifaz,  Noboa^ 
Castillo,    Quiroz  y  Velarde. 

Sólo  unos  pocos  ingenios  rompieron 
la  inflexibilidad  del  atavismo,  para  dedi- 
car sus  energías  al  cultivo  de  las  ciencias 
3^  de  las  artes  mecánicas.  Tan  notable 
ha  sido  el  vigor  de  los  arequipeños,  tan 
amplia  su  inteligencia  y  tan  marcada  su 
aristocracia  espiritual,  que  la  historia  de 
la  ciudad  mistiana,  ostenta,  en  sus  más 
sugerentes  páginas,  nombres  de  envidiable 
fama. 

Pensamos  que,  con  lo  manifestado 
en  los  renglones  anteriores,  hemos  demos- 
trado la  existencia  de  hombres  ilustres 
en  Arequipa,  de  hombres  que  supieron ^ 
en  gracia  á  sus  facultades  propias,  ele- 
varse sobre  las  multitudes,  no  con  un 
prestigio  simulado,  no  por  la  miopía  de 
las  gentes,  ni  menos  por  la  oscuridad  del 
medio,  sino  por  el  uso  metodizado  de  sus 
grandes  energías  cerebrales,  de  su  enorme 
fuerza  voluntaria.  Si  así  no  hubiera  su- 
cedido, si  nuestras  argumentaciones  fueran 


—  143  - 

tan  pobres  que  no  han  llevado,  apareja- 
do, el  convencimiento,  no  significaría  es- 
to sino  la  insuficiencia  del  autor  de  es- 
tas líneas,  nunca  afectaría  la  capacidad 
de  los  personajes  que  hemos  citado;  de 
esos  personajes  que  sin  aparatos  científi- 
cos, sin  los  libros  necesarios,  sin  institu- 
tos educadores,  sin  alientos  de  parte  de 
los  gobiernos,  alcanzaran  ilustraciones  tan 
vastas  y  tan  profundas  que  muchos  de 
ellos  lograron  ser  sabios  en  la  genuina 
y  hermosa  significación  de  la  palabra. 
Aun  cuando  no  se  aduzcan  pruebas,  aún 
cuando  no  se  citen  obras,  esos  persona- 
jes han  conquistado  la  inmortalidad;  j 
ésta,  que  es  la  más  elevada  j  sugerente 
de  las  ambiciones  humanas,  sólo  acom- 
paña á  los  seres  privilegiados.  Hay  en 
las  muchedumbres  un  instinto  que  las 
obliga  á  la  admiración,  consciente  ó  in- 
consciente, de  los  hombres— cerebros,  de 
los  hombres— corazones  j  de  los  hombres- 
voluntades:  es  el  culto  á  los  entes  que 
se  apartan  de  la  senda  por  donde  las 
vulgaridades  anónimas  van  acabando  su 
vida.  Si  no  sólo  las  muchedumbres, — 
que  en  mérito  de  su  escasa  retina  inte- 
lectual, admiran  lo  brillante  más  que  lo 
útil, — sino  las  clases  civilizadas,  las  gen- 
tes cultas,  sienten  por  los  arequipeños 
notables  un  fervor,  mezclado  de  religioso 
respeto,   un   anhelo,   hijo   de    la    pequenez, 


—  144  — 

un  afán,  producto  de  la  imitación  tar- 
deana;  lógico  es  deducir  cjue  esos  hom- 
honibres  son  grandes  y  que  la  altitud 
de  sus  espíritus  pesa,  como  Ycrclad  in- 
dudable, sobre  la  conciencia  de  la  patria 
peruana,  sobre  el  alma  de  las  razas  que- 
cbua  y  española,  produciendo  un  conven- 
cimiento  hondo   é  inborrable. 


Con  lo  apuntado,  bien  podemos  en- 
trar en  otros  géneros  de  investigaciones. 
¿Por  qué  hubo  hombres  ilustres  en  tan 
abundante  número? 

La  raza,  el  medio  j  el  momento 
nos  responderán.  La  raza,  indicándonos 
que  era  virtud  de  ella  la  inteligencia.  El 
medio,  haciéndonos  saber  que  el  contin- 
gente de  sólida  ilustración  que  trajera  un 
prelado  español,  favoreció  la  existencia 
de  hombres  de  mérito.  El  momento  di- 
ciéndonos  c[ue  esos  hombres  vinieron,  pre- 
cisamente, cuando  la  nación,  libre  en  Ju- 
nín  y  A^^acucho,  empezaba  la  vida,  acci- 
dentada j  difícil,  de  una  democracia 
nueva,  llena  de  ideales  y  anhelante  de 
victorias  y  pictórica  de  virtudes  públi- 
cas. 

Con  estas  i)remisas,  ofrecemos  las 
siguientes  razones: 

1^ — Ln   novechid  de  los  estudios. — En 


145 


el  hombre  peruano,  como  derivación  ét- 
nica de  razas  soñadoras  y  poco  activas, 
las  cosas  se  ven  á  través  del  prisma, 
inquietante  y  oscuro,  de  la  ilusión,  casi 
nunca  en  armonía  con  las  conveniencias 
ó  con  los  principios  c|ue  la  ciencia  ha 
creado  en  pasmosa  abundancia.  Así, 
cuando,  á  virtud  del  movimiento  intelec- 
tual-político de  la  época, — anunciador  de 
transformaciones  en  el  mundo  social, — los 
libros  aparecieron  y  las  artes  y  los  co- 
nocimientos todos,  en  su  riqueza  orgáni- 
ca y  expansiva,  se  dieron  á  conocer,  los 
arequipeños  sufrieron  una  electrización 
tan  brusca  y  una  sugestión 'tan  intensa, 
c|ue  las  inteligencias  de  no  común  abo- 
lengo surgieron  con  características  decisi- 
vas y  salientes.  Tal  vez  creerían  que 
con  el  estudio  y  la  fácil  experiencia  de 
las  cosas,  la  vida  había  de  presentarse 
más  llana,  quizá  si  supondrían  c|ue  la 
raza  crecería  en  prestigio  moral  3^  en 
robustez  biológica  y  Cjue  la  evolución  co- 
lectiva habría  de  abarcar  enormes  zonas 
de  progreso:  es  lo  cierto  que  los  arequi- 
peños estudiaron  3^  se  dedicaron,  con  tan 
buena  voluntad,  á  las  labores  mentales, 
de  su3^o  dolorosas,  que  llegaron  á  con- 
Cjuistar  famas  aún  no  borradas  3^  renom- 
bres cada  vez  más  brillantes  3^  respeta- 
bles, no  obstante  de  que  el  tiempo,  el 
sublime  nivelador   de  las  generaciones,  hu- 


—  be- 
biera querido  que  Jas  sombras  del  olvido, 
echadas  sobre  la  historia  arequipefía, 
cnbrieran  las  páginas  de  luz,  los  renglo- 
nes de  heroísmo  3^  las  cumbres  ocupadas 
por  la  gloriosa  falange  de  grandes  inte- 
lectuales, que  esa  historia  ostenta  con 
singular  fecundidad.  Hoy  no  sucede  lo 
mismo.  Con  el  barniz  de  cultura  Cjue  se 
nos  enferma  el  alma,  porque  se  le  corten 
los  ideales  que  son  sus  alas,  más  puras 
y  más  diáfanas  y  se  nos  atrofia,  casi, 
ese  carácter  viril,  ardiente  y  lozano  de 
nuestros  progenitores.  Muerta,  pues,  la 
energía,  perdida  la  iniciativa  batalladora 
y  laxada,  en  gracia  á  funestos  desencan- 
tos morales,  la  conciencia,  la  raza  ha  en- 
trado de  un  período  de  ruina.  Pensa- 
mos que  los  libros,  abriendo,  enormemen- 
te, nuestros  ojos,  nos  llevan  á  la  indife- 
rencia al  ensenarnos  que  el  hombre,  den- 
tro de  la  soberbia  inmensidad  del  Univer- 
so, comparado  con  las  maravillas  estela- 
res, es  un  punto  imperceptible,  una  célu- 
la cu3^o  movimiento  se  pierde  sin  dejar 
huella,  sin  legar  recuerdos.  Esa  ciencia, 
que  se  nos  presenta  en  alto  grado  elo- 
cuente y  severa,  va  cercenando  nuestras 
más  cariñosas  tradiciones,  va  matando 
nuestros  más  puros  sentimientos  3^  va 
agobiándonos  con  el  peso  abrumador  de 
ciertas  verdades,  por  desgracia,  niU3'  evi- 
dentes.     Y   esa   ciencia   nos  dice  que  la  vi- 


—  147  — 

da  es  una  finalidad  sin  fin,  parodiando 
así  á  Kant,  el  evocador  de  las  antino- 
mias. Pero  el  hombre  quiere  perdurar; 
3'  es  ésta,  precisamente,  la  causa  eficien- 
te de  la  poca  simpatía  c[ue  la  ciencia 
ejerce.  La  raza  no  gusta  mucho  del  es- 
tudio contemporáneo:  éste  lleva,  como 
incrustación,  un  síntoma  de  debilidad  cjue 
se  traduce  en  cansancio  A^que  florece,  pá- 
lidamente, en  mística  obsesión.  Es  que 
somos  imaginativos,  antes  C|ue  pensado- 
res; es  que  amamos  el  ideal  antes  que  la 
verdad  descarnada  y  casi  siempre  som- 
bría; es  Cjue  nos  sentimos  con  alas  de 
ángel,  sin  fijarnos  en  nuestra  ascendencia 
orgánica.  La  ciencia,  que  no  se  hace  de 
ilusiones,  repugna  generalmente,  mucho 
más  á  nosotros  que  decaemos.  Los  are- 
quipeños,  que  á  jDcsar  de  las  inclinacio- 
nes de  la  sangre,  consiguieron  las  primi- 
cias de  la  sabiduría  y  de  la  aristocracia 
mental,  rompieron  el  molde  impuesto  por 
la  herencia;  3^  esta  circunstancia,  en  con- 
secuencia, relie  va  sus  nombres  con  sobe- 
ranos   matices. 

2^ — La  emulación. — La  vida,  en  sín- 
tesis perfecta,  es  conmoción  de  energías 
3'  choque  de  esperanzas.  Dominado  el 
hombre  por  el  deseo,  nunca  satisfecho, 
de  sobresalir  3'  de  alcanzar  los  lauros  de 
una  fama  inmortal,  lucha  con  el  propó- 
sito  de  conseguir    la    altitud     que    sueña. 


—  148  — 

Nace  entonces  la  ambición,  esa  noble  am- 
bición en  Yirtnd  de  la  cual  se  han  gene- 
rado las  evoluciones  más  rápidas  y  más 
decisivas  que  registra  la  historia;  esa 
hermosa  ambición  c[ue,  atormentando  el 
espíritu  del  individuo,  lo  impele  hacia  los 
sacrificios,  precursores  de  apoteosis  ó  de 
sangrientos  desengaños.  Y  entre  las  glo- 
rias que  el  hombre  puede  conseguir,  nin- 
guna más  adecuada  á  la  índole  de  su 
ser  que  acjuello  que  tiene  su  origen  en  la 
labor  cerebral,  porque  es  el  hombre  j  no 
otro,  el  organismo  verdaderamente  inte- 
lectual. 

La  emulación,  surge  de  la  ambición. 
Una  vez  que  el  cultivo  del  intelecto  atra- 
jo las  voluntades,  una  vez  que  se  vio 
que  los  hombres  ilustrados  merecían  ho- 
nores y  conquistaban  los  más  altos  pues- 
tos en  el  orden  político,  social  y  econó- 
mico, las  personas  dotadas,  naturalmen- 
te, de  talento,  sufrieron  algo  así  como 
un  contagio  de  ideas  j  de  anhelos  y 
prendieron  que  el  estudio  metodizado  era 
la  fuente  de  donde  manaban,  en  corrien- 
te continua  y  relampagueante,  esos  triun- 
fos de  bella  trascendencia.  Entonces  na- 
ció el  vivo  deseo  de  cultivar  las  faculta- 
des mentales,  las  cuales  después  del  lar- 
go descanso  á  que  las  sometió  la  noche 
del  coloniaje,  cobraron  mayor  empuje  3^ 
florecían  en   un  campo  de  vitalidad   y  es- 


—  149  — 

fuerzo.  La  imitación,  soñada,  como  le\^ 
sociológica,  por  el  ilustre  pensador  Ga- 
briel Tarde  en  forma  de  moda  ó  de  sim- 
patía, egerciendo  su  influencia  en  un 
medio  nuevo  }'  apropiado  para  el  desen- 
volvimiento de  las  inteligencias,  estableció 
un  crecimieto  admirable  en  la  capacidad 
pensante;  así  como  el  número,  verdadera- 
mente notable,  de  grandes  intelectuales 
que  alumbraron  la  aurora,  medio  sangrien- 
ta, de  la  patria  peruviana.  Por  la  emu- 
lación, los  hombres  de  verdadero  alcance 
pretendían  que  nadie  los  superitara;  3^  al 
efecto,  fué  admirable  la  actividad  que  des- 
plegaron, enorme  la  ilustración  cj^ue  adqui- 
rieron y  fecunda  la  acción  que  realizaron 
en  pro  de  los  intereses  colectivos.  En  el 
foro,  en  la  tribuna,  en  la  diplomacia,  en 
la  poesía  y  en  la  política,  sólo  podían  al- 
canzar figuración  distinguida  los  hombres 
que  unieran  á  una  inteligencia  no  común, 
una  ilustración  sólida  3^  pujante.  A  prin- 
cipios de  la  vida  independiente,  las  me- 
diocridades no  tenían  asiento  ni  en  la  ma- 
gistratura, ni  en  el  periodismo,  ni  en  el  cle- 
^'^1  Ji  por  lo  tanto,  todos  los  que  preten- 
dían una  posición  espectable,  tenían,  for- 
zosamente, que  lucir  méritos  intelectuales 
de  sobresaliente  linaje.  Ho\'  casi  la  emu- 
lación no  existe,  por  lo  mismo  c[ue  los 
estudios  andan  tan  descuidados.  Esa 
cualidad,   que   puede    originar  la    aprición 


—  150  — 

de  entidades  de  empuje,  no  es  conocida 
ni  aun  en  los  centros  docentes,  en  los 
cuales,  teniendo  en  cuenta  que  las  apti- 
tudes ofrecen  una  riqueza  virginal  y  vi- 
gorosa, es  útil  que  crezcan  esos  sentimien- 
tos de  elevación  y  de  glorificación  á  la 
vida,  en  forma  de  himnos  palpitantes  y  de 
orientaciones  progresistas  de  amplia  re- 
percución. 

3^ — La  opinión  pública. — La  concien- 
cia colectiva,  inclinada  este  ó  en  otro 
sentido,  merced  á  las  influencias  del  me- 
dio, del  agente  y  del  momento,  favorece 
ó  no  determinadas  pretenciones  de  un  or- 
den espiritual  ó  económico.  Es  el  alma 
vibrante  é  inocente  de  las  muchedumbres 
la  que  da,  á  veces  con  pródiga  mano, 
los  laureles  de  una 'fama  inmaculada  é 
histórica.  Por  lo  tanto,  las  individuali- 
dades que  ansian  alcanzar  prestigios  de- 
ben fascinar  á  los  pueblos,  haciendo  ad- 
mirar por  éstos  todas  las  virtudes  y  to- 
dos los  talentos  que  ostentan.  Entonces 
cuando  las  multitudes  se  sienten  cohibi- 
das bajo  el  peso  augusto  de  una  gran- 
deza intelectual,  la  apoteosis  del  hombre 
se  esboza,  con  rasgos  brillantes,  en  el  ho- 
rizonte de  una  eternidad  humana  y,  en 
consecuencia,  deleznable.  Hay  que  elevar- 
se con  esfuerzos  hercúleos  y  crepitantes  y 
lucir,  al  mismo  tiempo,  cualidades  de 
ilustre  prosapia:   la  opinión   pública,  siem- 


—  151  — 

pre  intranquila  3^  jamás  decidida,  sufre, 
una  dirección  .mecánica  en  el  sentido  de- 
terminado por  el   agente. 

Es  indudable  c[ue  la  grandeza  ad- 
quirida por  los  hombres  del  mérito,  está 
en  razón  directa  de  la  ma3^or  ó  menor 
ilustración  de  las  masas.  A  una  colectivi- 
dad de  elevada  educación  mental,  habrá 
de  corresponder  una  conciencia  serena, 
libre  de  prejuicios,  ajena  á  las  sugestio- 
nes de  cepa  imaginativa.  Por  el  contra- 
rio, cuando  el  pueblo  se  halla  en  un  es- 
tado no  mu3^  evolucionado,  como  quiera 
que  su  inteligencia  se  presenta  caótica  3^ 
burda,  el  raciocinio  3^  el  juicio  3^,  en  ge- 
neral, todas  las  normas  del  conocimien- 
to lógico,  tienen  que  ser  defectuosos.  En 
estos  pueblos,  domina  la  fantasía,  más 
que  la  verdad   científica. 

Las  consideraciones  anteriores,  nos 
llevan  á  declarar  que  la  opinión  pública 
que  reinaba  en  Arequipa,  hasta  hace  po- 
cos años,  en  concomitancia  con  la  po- 
breza intelectual  de  las  gentes,  tomadas 
en  sentido  colectivo,  contribu3^ó  podero- 
samente al  endiosamiento  de  muchos  de 
los  titulados    "hombres  ilustres". 

Al  presente,  no  pasa  lo  mismo.  De 
un  lado,  las  aptitudes  espirituales  de  Are- 
quipa han  sufrido  nna  evolución  prove- 
chosa. De  otro  lado,  la  relativa  igualdad 
de   conocimientos, — igualdad    c[ue    no    per- 


-  152  - 

mite  la  formación  de  una  élite  consti- 
tuida por  capacidades  de  un  valor  raro 
y  admirable, — que  se  observa  en  las  clases 
ilustradas  de  la  sociedad,  ha  originado  la 
existencia  de    grandes  intelectuales. 

No  habiendo  un  cerebro  que,  con 
poderosos  resplandores  é  intensa  agitación 
nerviosa,  atraiga  las  miradas,  que  haga 
converger  hacia  él  el  cúmulo  de  las  sim- 
patías y  que  simbolice  la  robustez  men- 
tal de  la  colectividad,  todas  las  perso- 
nas que,  con  más  ó  menos  fundamento, 
ansian  un  predominio  de  dificil  ascención, 
— porque  los  pretendientes  equilibran  sus 
fuerzas,— se  destrozan  y  desprestigian  si- 
multáneamente. 

No  sucedía  lo  mismo  en  la  época 
gloriosa  de  Arequipa.  Tratándose  de  hom- 
bres de  ciclópea  organización  mental,  com- 
prendieron que  sería  difícil  superar  ú  opa- 
car el  prestigio  subjetivo  de  los  demás; 
cada  uno  escogió  un  ramo  diferente  pa- 
ra ejeixitar  sus  actividades  psicológicas. 
Las  pequeñas  colinas  se  hacen  sombra: 
sólo  las  grandes  montañas  se  elevan  has- 
ta el  cielo  sin  interrumpirse  y  sin  que 
sus  proyecciones  de  oscuridad  puedan 
ocultar  su  belleza.  Consiguiendo  verdade- 
ra supremacía,  se  estimulaban.  La  opi- 
nión de  las  demás  gentes, — no  teniendo 
motivos  de  interés  personal, — contribuía 
á  la  solidez  de  las  famas    y  de  las  inma- 


—  153  — 

culadas  glorias  que  iban  naciendo  á  su 
lado,  mucho  más  cuando  veían  que  los 
arequipeños  de  ilustre  renombre  deban 
honra  á  la  ciudad  que  les  sirviera  de  cu- 
na y  de  escenario  de  iniciación  y  de  es- 
fuerzo  fecundo. 

4^ — La  menor  bifurcación  de  la  cien- 
cia.— En  el  siglo  diecinueve,  siglo  del  va- 
por y  de  la  electricidad  como  se  le  ha 
llamado  por  antonomasia,  las  ciencias,  en 
su  sugerente  genealogía,  físicas  ó  químicas, 
filosóficas  ó  jurídicas,  sociales  ó  morales, 
tomaron  un  vuelo  gigantesco.  Una  cien- 
cia imeva,  tan  importante,  tan  llena  de 
encantos,  tan  saturada  de  amplias  y  sal- 
vadoras enseñanzas,  como  la  Sociología, 
arranca  su  existencia  de  la  citada  centu- 
ria, cuvos  adelantos  intelectuales  son  la 
apoteosis  de  la  edad  contemporánea.  Al 
mayor  crecimiento,  de  las  ciencias  a  la 
fecundidad  renovadora  y  de  honda  tras- 
cendencia de  muchas  y  al  nacimiento  fe- 
liz de  otras,  hubo  de  corresponder,  har- 
mónicomente,  una  fiebre  devoradora  por 
alcanzar  las  nuevas  normas  en  que  se 
cristalizaba  el  empuje  gigantesco  de  varias 
generaciones  y  el  consiguiente  desgaste 
mental  que,  proporcionado  á  la  Ccintidad 
exorbitante  de  energías  empleadas,  vse  deja 
sentir  en  el  mundo  europeo  de  cierto 
tiempo   atrás. 

Esa  vibración      de    las  almas    en    el 


—  154  — 

sentido  de  la  cultura,  tuvo  resonancia  en 
los  parajes  de  América.  La  vida  tran- 
quila V,  generalmente,  estática  que  ob- 
servauan  los  indo — latinos,  dejóse  impresio- 
nar por  las  corrientes  de  agitación  que 
venían  de  la  Europa  civilizada;  3^,  siguien- 
do el  impulso  recibido,  en  vista  de  la 
simpatía  que  '  despierta  todo  lo  nuevo  y 
maravilloso,  las  mentalidades  dormidas, 
los  caracteres  deprimidos  después  de  una 
larga  esclavización  y  las  agrupaciones  so- 
ciales qtie  vegetaran  en  tin  período  de  cri- 
sis histórica,  se  levantaron,  con  un  grito 
de  angustia  y  un  esfuerzo  de  lucha,  para 
reivindicar  sus  derechos  legítimos  y  sagra- 
dos. La  ciencia  vino  á  un  campo  aún  no 
explotado.  Y,  por  lo  mismo,  una  vez  que 
su  rica  simiente  penetró  en  los  espíritus, 
la  evolución  de  la  raza  empezó  y  fué  rea- 
lidad tangible.  Los  americanos  estudia- 
ron: el  triunfo  homérico  coronó  sus  la- 
bores de  redención. 

Es  dogma  sociológico  que  todo  agre- 
gado debe  estar  preparado  para  que  el 
dinamismo  de  las  ideas  pueda  ocasionar 
la  evolución.  En  Arequipa,  lo  mismo  que 
en  el  mavor  número  de  reo:iones  del  con- 
tinente,  la  cultura  intelectual  era  im  mito: 
la  ciencia,  tal  como  Iioa-  se  la  concibe, 
sin  los  errores  con  que  la  intransigencia 
sectarista  quiso  dañarla,  no  existía.  El 
movimiento  intelectual  era  tenue  vibración, 


—  155  — 

débil  estremecimiento.  Así,  pues,  apenas 
el  germen  de  la  revolución  penetró  en  los 
países  que  el  genio  de  Colón  descubriera, 
todo  fué  penetrado  por  un  aliento  de  vi- 
da vigorosa  é  intensa.  Las  ciencias  na- 
cieron, junto  con  las  artes  más  variadas 
y  las  más  atrevidas  normas  de  la  demo- 
cracia igualataria  y  libertaria.  Pero  no 
obstante  el  crepitar  de  las  nuevas  doc- 
trinas no  fué  muy  amplio.  Había  que 
vencer  inveteradas  resistencias,  había  que 
aniquilar  atavismos  de  ignorancia  y  atra- 
so, había  que  extirpar  odiosidades  de  cas- 
ta y  había  que  demostrar  que  nada  ha}^ 
tan  noble  como  el  imperio  de  la  inteli- 
gencia. Se  luchó  con  esos  obstáculos, 
alcansando,  al  fin,  un  triunfo  ni  previsto,  ni 
soñado.  La  América  antes  envuelta  en  las 
tinieblas  del  error  y  presidida  por  clases 
que  oprimían  3'  por  un  clero  y  una  co- 
rona que  absorbían  inavaluable  parte 
de  las  ric[uezas  naturales,  se  ilustró,  con- 
siguiendo, al  propio  tiempo,  la  libertad. 
Numerosos  fueron  los  hombres  que,  por 
sus  cerebraciones  brillantes  y  perdurables 
á  través  de  los  tiempos,  consiguieron  una 
inmortalidad  para  sus  nombres  \^  un 
nimbo  de  gloria  para  sus  patrias.  Es 
indudable  que  esos  hombres,  en  el  ma3'or 
número  de  los  casos,  no  podrían  medir- 
se con  los  de  ultramar,  tanto  porcjue  la 
cultura   en    el   continente  americano  inicia- 


—  156  — 

ba  recién  su  reinado  de  luz,  cuanto  por- 
que el  medio,  apenas  variado,  no  podía 
favorecer  un  desenvolvimiento  maravillo- 
so. 

Si  es  cierto  que  la  Europa,  desde 
principios  del  siglo  diecinueve,  alcanzó  l)ri- 
llantes  progresos  en  el  orden  mental,  es 
tambiém  cierto  que  en  América  esos  cam- 
bios saludables  eran  lentos.  La  ciencia 
no  tuvo  en  este  continente  la  agitación 
febril  y  enloquecedora  que  ostentara  en 
las  ciudades  europeas.  Y  la  razón  es 
sencilla.  En  ese  entonces  el  comercio  em- 
pezaba á  favorecer  estas  regiones;  y,  por 
lo  mismo,  el  contagio  y  comunicación  de 
ideas  era  tan  poco  activo  como  lo  exigía 
la  distancia  de  los  centros  de  cultura. 
Estos  irradiaban;  pero  la  irradiación  lle- 
gaba á  otras  pla3"as  débil  y  paulatina- 
mente, sin  que,  en  consecuencia,  el  cúmu- 
lo de  sus  anhelos  salvadores,  pudiera  flo- 
recer con  prodigiosa  abundancia  y  menos 
con  tonos  enérgicos  y  enteramente  revo- 
lucionarios. El  cultivo  del  intelecto,  era 
para  las  olvidadas  colonias  que  España 
hizo  nacer  en  América,  misión  inadecuada 
para  la  vida  de  servilismo  político  y  de 
intolerancia  religiosa  en  que  vegetaban. 
Merced  á  leyes  sociológicas  de  fatal  cum- 
plimiento, la  característica  de  .las  nuevas 
colectividades  sufrió  un  cambio  de  fisono- 
mía 3^^  de  rumbos.     Se   pensó   que    el    estu- 


—  157  — 

(lio  de  las  ciencias,  por  ser  indispensable 
para  orientar  a  las  multitudes  en  la  sen- 
da de  una  innovación  racional  y  saluda- 
ble ,  debía  merecer  la  atención  de  los  po- 
deres y  la  completa  devoción  de  las  in- 
teligencias, vírgenes  atin  del  beso  de  la 
verdad  y  del  arte.  Entonces  nació  aquel 
herbor  de  las  facultades  mentales,  de  las 
energías  volitivas  y  de  los  impulsos  es- 
pontáneos del  corazón:  corolario  de  ese 
triple  aspecto  del  alma  peruana  3^  del 
alma  arequipefía,  fué  el  núcleo,  varonil, 
eminente  y  glorioso,  de  grandes  intelec- 
tuales con  que  nuestra  historia,  llena  de 
justo  orgullo,  lia  iluminado  sus  páginas 
y  ha  sintetizado  sus  epope3^as  políticas  y 
mentales. 

Por  lo  mismo  c[ue  las  ciencias  no 
se  presentaron  ante  los  ojos  atónitos  de 
los  arecjuipeños  con  toda  su  deslumbran- 
te belleza  y  con  todos  sus  infinitos  arca- 
nos 3^  con  tocias  sus  inmarcesibles  conquis- 
tas, su  florecimiento  relativo  ofreció  apre- 
ciables  tonos  de  luz.  Las  ciencias  en 
Arequipa  tenían  una  bifurcación  mucho 
menos  amplia  que  la  que  ho3^  nos  pre- 
sentan. Esto  de  una  parte  3^  de  otra, 
los  restringidos  Ciue  eran  los  estudios  en 
los  comienzos  del  enunciado  siglo  dieci- 
nueve, felicitó  el  encumbramiento  de  mu- 
chos individuos  que,  tal  vez  ho3',  por  el 
exorbitante   progreso   intelectual  3'  la    gran 


—  158  - 

zona  de  materia  prima  que  sirve  de  me- 
ta á  las  investigaciones,  no  habrían  con- 
seguido, una  elevación  iiiuv  eminente  ni 
muy  envidiable.  Además,  el  enciclopedis- 
mo cjue  devora  á  las  generaciones  de  los 
tiempos  presentes,  no  tenía  en  esa  época 
de  gestación  y  de  ensayo,  la  pujanza  y 
el  triste  influjo  que  ofrece  en  la  edad  ac- 
tual, dominada,  desgraciadamente,  por  la 
palabrería  retumbante,  por  el  giro  audaz 
3^  por  el  prurito  de  lucir  erudiciones  pres- 
tadas. H03'',  la  ambición  inmoderada  que 
destroza  el  espíritu  individual,  inclina  á 
éste  á  la  consecución  de  un  contingente 
ele  conocimientos  por  demás  abrumador: 
queremos  saberlo  todo,  penetrarlo  todo, 
comprenderlo  todo.  Somos,  pues,  lleva- 
dos por  una  senda,  si  sumamente  lumi- 
nosa y  atrayente,  terriblemente  estéril  j 
hondamente  pesimista.  Lejos  de  conten- 
tarnos con  ser  medianos  abogados,  pre- 
tendemos ser  oradores,  políticos,  sociólo- 
gos, químicos  y  filósofos,  y  frecuentemen- 
te no  descollamos  en  nada  y  no  logra- 
mos jamás  imponer  nuestra  personalidad 
con  relieve  púgil  j  soberano,  por  lo  mis- 
mo que  nuestra  receptividad  espiritual  es 
estrecha  y  anémica;  y  más  aún,  porque 
el  legado  volitivo  que  heredamos  ha  ido 
perdiendo,  lenta  y  constantemente,  la  vir- 
tud de  la  energía  invencible  y  del  anhelo 
nunca  satisfecho.     En   los   años   pasados, — 


—  159  — 

cuando  las  ciencias  no  lucían  las  fulgu- 
raciones Cjue  nos  sugestionan  ahora  y 
cuando  el  enciclojiedismo,  á  semejanza  de 
una  huracán,  no  había  producido  deso- 
lación en  nuestro  medio  ambiente, — los 
hombres  se  dedicaban  á  una  ciencia  ó 
arte,  de  terminados,  concretos,  circuns- 
critos a  un  límite  conocido.  Y  la  apa- 
rición de  las  verdaderas  competencias 
dentro  de  cada  norma  de  conocimientos 
no  se  dejaba  esperar  largas  décadas  de 
tiempo.  Sin  afanes  por  conocer  las  múl- 
tiples, variadas  y  aún  misteriosas  manifes- 
taciones del  universo  en  sus  formas  orgáni- 
cas, inorgánicas  y  superorgánicas,  cada 
hombre,  midiendo,  como  condición  previa,  la 
intensidad  de  su  intelecto  3"  la  fuerza  de  su 
voluntad,  escogía  el  tema  apropiado  pa- 
ra el  triunfo  individual,  generador  de  la 
apoteosis  colectiva.  Y  la  fama,  hija  de 
la  gloria  y  del  recuerdo  santo,  orlaba 
sus  frentes, — las  de  los  vencedores  inte- 
lectualmente, — con  los  laureles  cjue  sim- 
bolizan el  sacrificio  doloroso  3"  la  pasión  sin- 
cera 3'   ardiente,    siempre   vibrante. 

5^ — Lr  sanidad  de  costumbres. — Co- 
mo una  ironía  sangrienta  3^  como  un 
reproche  doloroso,  se  ha  establecido  por 
los  eruditos  cjue  á  medida  que  la  civili- 
zación avanza  las  costumbres  se  pervier- 
ten, estableciéndose  así  una  correlación 
entre  la  cultura    v  la  falta   de   moralidad. 


—  160  — 

El  hombre,  inclinado,  tristemente,  por 
sus  instintos  naturales,  hacia  una  pen- 
diente de  placeres  insanos  3^  perturbado- 
res de  su  desarrollo  natural,  busca,  á 
medida  cjtie  evoluciona,  nuevos  motivos 
de  satisfacer,  con  más  lujo,  con  más  de- 
rroche de  energías,  con  más  voluptuosi- 
dad en  las  sensaciones,  los  anhelos  de 
la  materia  viva,  explosiva  y  ardiente 
c|ue  constituiré  su  ser  orgánico.  Para 
excitar  su  sensibilidad  cansada,  para  es- 
timular sus  apetitos  un  tanto  adormeci- 
dos después  de  las  orgías  y  después  de 
las  bruscas  3^  horriblemente  dañinas  im- 
presiones que  el  adelanto  contemporáneo 
ofrece  á.  cada  momento,  el  hombre  estu- 
dia su  estructura  3^  la  de  los  objetos  ex- 
traños para  sacar  á  ella  3"  á  éstos  el 
elixir  de  un  goce  cada  vez  más  intenso 
3^  delicado.  La  instrucción  que  ha  reci- 
bido,— una  instrucción  pesimista  é  incu- 
badora de  los  desengaños  más  demole- 
dores,— enséñale,  por  otra  parte,  lo  des- 
preciable que  es  en  sí  la  vida  en  sus  tres 
modalidades:  pasado,  presenta  3^  porvenir, 
despreciable  el  uno,  incierto  el  otro  3'  ne- 
líuloso,   sombríamente   oscuro,  el  último. 

Examinando  las  costumbres  de  prin- 
cipios de  la  pasada  senturia,  para  lo 
cual  habremos  de  contemplar  no  sólo  las 
virtudes  que  lucían  en  el  hogar  domésti- 
co,  no   sólo   la   seiiedad   3'  hermoso   respe- 


—  161  — 

to  que  eran  el  distintivo  del  verdadero 
arequipeño,  no  sólo  la  diáfana  ])ureza  \' 
singular  donaire  de  las  damas,  sino  tam- 
bién la  rectitud  que  se  observaba  aún  en 
los  asuntos  meramente  políticos  y  el  sin- 
cero anhelo  por  el  bien  público,  habre- 
mos de  concluir  afirmando  que  de  la  com- 
paración entre  el  a^^er  y  el  hoy,  resulta 
una  pérdida,  no  enteramente  despreciable, 
en  el  legado  de  virtud  colonial.  A  la  in- 
moderada autoridad  paterna,  á  cu\"o  in- 
flujo santo  debióse  esa  pureza  de  cuerpo 
y  espíritu,  ese  afán  por  el  cumplimiento 
del  deber,  esa  inclinación  al  estudio,  ese 
higiénico  comportamiento  j  esa  placidez 
de  las  imaginaciones  y  esa  arrogancia  3^ 
virilidad  de  las  inteligencias,  nunca  ani- 
cpiiladas  por  la  sensación  enfermiza  y 
laxante, — ha  sustituídose  una  independen- 
cia que  espanta.  Merced  á  ella,  las  cos- 
tumbres han  cambiado  radicalmente;  3" 
ese  cambio  funesto  lia  engendrado  mul- 
titud de  trastornos  en  el  orden  moral,  en 
el  orden  intelectual  3-,  lo  c[ue  es  ])eor, 
en  el  desarrollo  de  la  vida.  Ya  casi  no 
se  estudia.  Por  el  contrario,  los  mo- 
mentos C|ue  antes,  bien  aprovechados, 
servían  para  ilustrar  á  las  jóvenes  inte- 
ligencias,  se    disipan   en  frivolos  goces 

Así  el  organismo  A^a  debilitándose,  el  al- 
ma va  degenerando  3^  la  raza,  sin  robus- 
tez 3"   sin  fuerza  creadora,   ha   de  declinar 


—  162  — 

aún  más.  De  esta  ]30stración  no  se  le- 
vantará si  la  ecliicaeión  moral,  religiosa 
y  civil  no  acucie  con  solicitud  cariñosa, 
con  amor  ele  madre  c[ue  ve  un  precipicio 
cerca  del  hijo  querido,  pronto  á  abrir  sus 
fauces  devorad  o  ras. 

El  amor  á  la  ciencia  se  eclipsa,  el 
afán  por  saber  se  pierde  y  el  ideal  de 
vida  y  esfuerzo  y  sacrificio,  único  resorte 
que  puede  dar  sentido  á  la  existencia,  de- 
saparece. Y  las  gentes  que  nacen,  llevan- 
do su  organización  material  un  estigma 
de  degeneración, — locura  ó  histerismo, — 
imbecilidad  ó  idiotismo, — ofrecen  para  la 
frivolidad  y  la  involución.  Las  sensa- 
ciones j  emociones  fuertes  reemplazan  á 
todo  lo  que  de  hermoso  y  varonil  tiene 
la  vida  y  el  anhelo  de  curiosidad  j  fer- 
vor c[ue  acompaña  al  hombre  siempre  que 
los  misterios  naturales  excitan  el  intelec- 
to, es  idea  pasajera,  volátil,  incierta.  No 
luchas  por  el  bien,  no  combates  por  la 
ciencia,  no  dolores  por  el  triunfo  augus- 
to de  la  voluntad:  sólo  encantos  de  car- 
ne palpitante,  sólo  miserias  de  relajación 
moral,  sólo  manchas  de  atávicos  peca- 
dos. 

Nadie,  poi'  cretino  que  sea,  pondrá 
en  duda,  ni  aún  por  un  instante,  que  la 
inteligencia  exige  para  su  desarrollo  de 
ima  organización  material,  robusta  y  vi- 
gorosa.    Sólo  las  1)uenas   costumbres  cpie. 


—  163  — 

lejos  (le  traer  degeneraciones  naturales, 
tonifican  el  cuerpo  y  avivan  el  espíritu 
que  en  él  se  anida,  son  eficaces  para  el 
desenvolvimiento  progresivo  de  las  razas 
y  de  los  pueblos  y,  por  ende,  al  que  se 
refiere  al  adelanto  de  la  cultura  literaria, 
científica  ó  artística.  El  hombre  se  ha- 
lla dotado  de  órganos  de  placer  3^  de  lu- 
jo, ]3ero  para  que  éstos  no  se  perviertan 
3^  pierdan  su  virtud  propia,  se  hace  ne- 
cesario que  el  ejercicio,  que  es  función, 
sea  normal.  El  exceso,  sea  en  el  orden 
mental,  sea  en  el  físico,  sea  en  el  religio- 
so, sea  en  el  estético,  es  signo  de  hon- 
das 3"  tenebrosas  perturbaciones  3'  de  tris- 
tes anomalías.  Mientras  tanto  cuando 
las  costumbres  son  buenas, — en  el  hogar, 
santuario  de  la  pureza  3^  del  afecto  sin- 
cero; en  la  sociedad,  núcleo  de  prestacio- 
nes honradas  3'  levantadas;  3"  en  la  hu- 
manidad, síntesis  c[ue  integra  harmónica- 
mente todas  las  inclinaciones  altruistas 
del  hombre, — la  raza  se  conserva,  física 
espiritualmente,  robusta  y  amplia  3^  en 
alto  grado  activa,  pose3xndo  ensueños  en 
los  que  se  cristaliza  la  fuerza  expansiva 
3^  el  anhelo  fecundo.  La  audacia  es  su 
compañera,  la  energía  es  su  agitación 
perenne  3'  misteriosa  3^  la  voluntad,  nun- 
ca amilanada,  más  siempre  invencida,  es 
el  eje  de  todos  los  cambios  sociológicos 
que   opera   á   través   de     la     historia.       El 


—  164  — 

progreso  de  la  cultura,  entra,  Ijajo  tales 
condiciones,  en  sn  más  floreciente  génesis. 
La  corrupción  mata  las  facultades  psico- 
lógicas y  éstas  son  las  únicas  que  tie- 
nen en  sí  la  virtu:!  del  progreso,  la  cua- 
lidad del  porvenir  brillante  3^  repleto  de 
orientaciones   positivas. 

6^ — La  aplicación. — Al  cúmulo,  casi 
exhorbitante,  de  materias  que  se  ense- 
ñan en  colegios  3^  universidades,  ha  teni- 
do que  corresponder,  no  un  brotamiento 
de  capacidades  salientes  3"  superiores,  si- 
no, más  bien,  tina  esterilidad  que  anona- 
da. Este  fenómeno  puede  explicarse  por 
falta  de  bueuos  maestros,  como  piensan 
unos,  ó  por  carencia  de  métodos  apro- 
piados, como  pretenden  otros.  Pero  no- 
sotros creemos,  gracias  á  la  experiencia, 
que  aún  cuando  los  maestros  3^  los  mé- 
todos sean  malos,  la  cultura  individual 
y  colectiva  se  difundirá  con  tal  de  que 
los  discípulos  sean  contraídos  3^  serios. 
Así,  al  menos,  parece  haberlo  demostra- 
do el  renombrado  catedrático  de  la  uni- 
versidad de  Lima,  doctor  don  Alejandro 
O.  Deustua,  cuando,  con  ocasión  del  es- 
tudio del  último  libro  de  García  Calde- 
rón Re3^,  decía  que  este  joven  sabio  to- 
do lo  ha  conquistado,  desde  el  renom- 
bre de  distinguido  intelectual,  hasta  la 
fama  de  encumbrado  3^  profundo  literato, 
merced   á   su   constancia     3-  á   su    talento, 


165 


indudablemente,  ijrodigioso.  Prueba  de 
ello,  es  que  en  Arequipa  hemos  eontado 
con  verdaderos  sabios,  antes  de  tener 
grandes  maestros.  Sólo  por  la  aplica- 
ción decidida,  por  la  labor  continua  3' 
siempre  intencionad ¿1,  se  explica  la  apa- 
rición de  eminencias  mentales  dentro  de 
un  medio  que  carecía,  como  todo  medio 
burdo,  de  anhelos  renovadores.  ¿Qué 
maestros  tuvieron  los  Luna-Pizarro,  los 
Ureta,  los  Paz-Soldán?  No  debieron  su 
prestigio  3"  las  imponderadas  dotes  de  su 
intelecto  sino  a  la  energía  de  su  volun- 
tad, al  místico  entusiasmo  que  despertara 
en  sus  almas  la  verdad  j  la  belleza,  el 
derecho  y  la  libertad  .  Era  enorme  su 
fuerza  volitiva  j  virginal  y,  por  lo  tan- 
to, rica,  su  virtud  intelectual.  Los  li- 
bros eran  escasos,  el  palpitar  de  la  cien- 
cia era  tenue  j  el  fulgor  de  la  cultura 
europea  llegaba  apenas  después  de  mu- 
chos años;  pero  se  asimilaban  tan  bien 
los  principios,  se  establecía  una  relación 
tan  estrecha  entre  el  deseo  del  intelec- 
tual y  la  evidencia  que  luce  siempre  la 
verdad  y  el  bien,  que  bastaba  un  núme- 
ro reducido  de  obras  para  que  las  inte- 
ligencias superiores  de  esa  época  escala- 
ran cumbres  excelsas.  Ho\'  existen  mi- 
llares de  libros  en  los  que  el  adelanto 
intelectual  de  la  edad  contemporánea  se 
condensa   admirablemente,    porción    de    re- 


—  166  — 

vistas  pregonan  el  desenvolvimien-to  dia- 
rio de  la  humanidad  é  innumerables  pe- 
riódicos dan  idea  del  modo  de  pensar, 
diario  3^  constante,  de  las  diversas  na- 
cionalidades; 3^  sin  embargo  de  tantas  3' 
tan  favorables  condiciones  ¿dónde  está 
el  sabio  eminente  que  ])ueda  opacar  la 
gloria,  no  simulada,  sino  real  ante  los 
ojos  de  la  Historia,  de  Rivero  3^  Vigil? 
¿dónde  alienta  el  jurisconsulto  que  surja 
y  desafíe,  con  arrogante  empuje,  la  me- 
moria veneranda  de  Ureta  3'  Químper? 
¿dónde  está  el  verbo  sagrado  que  haga 
enmudecer  esa  fama,  ponderada  3^  exal- 
tada á  través  de  los  tiempos,  de  Luna-Pi- 
zarro  3^  Martinez,  inmortales  oradores? 
Gente  equilibrada  la  antigua, — en  sus 
modalidades  orgánicas,  sentimentales,  in- 
telectuales 3'  morales, — la  hermosa  cuali- 
dad del  carácter  3^  la  circunspección  la 
informaba.  Nada  de  palabrerías  c[ue, 
cuando  más,  dicen  ruido  ó  vaciedad,  na- 
da de  petulancias  atrevidas,  nada  de  fan- 
farronadas seniles  ni  de  arrogancias  im- 
petuosas 3^  fugaces:  los  antiguos  eran  so- 
brios, moderados,  serios,  activos,  lucha- 
dores, ardientes  en  sus  anhelos  3^  arrai- 
gados, profundamente  arraigados  en  sus 
convicciones.  Por  eso  vencieron,  por  eso 
sus  noml^res  viven  en  la  memoria  de  los 
descendientes  3^  por  eso  sus  virtudes,  cual 
refulgentes   montanas,    salvan   la     pobreza 


—  167  — 

(le  nuestra  vida  independiente  y  atraen, 
eon  impulso  irresistible,  las  miradas  de 
curiosidad  y  admiración  de  los  póste- 
ros. 

7^ — Lr  libcrtRcI  del  Perú.  — ^s  el  prin- 
cipal momento  de  la  elevación  intelectual  de 
Arequipa.  Sometida,  antes,  la  nación  á  un 
tutelaje  que  le  impidió  el  adelanto  material 
3'-  moral,  la  mentalidad  no  pudo  expandir- 
se y  no  pudo  tampoco  florecer  en  forma 
amplia  y  púgil,  porque  le  faltaba,  preci- 
samente, el  medio  adecuado.  Padecía  la 
colectividad  peruana,  bajo  el  nefando  régi- 
men del  coloniaje,  una  fatal  indiferencia 
])or  todo  lo  que,  en  sí  ó  sus  consecuencias, 
significara  avance,  movimiento  progresis- 
ta: en  su  mutismo  las  ftierzas  iban  sufrien- 
do lamentable  atrofia.  Felizmente,  des- 
pués de  un  largo  período  de  laxitud,  el 
movimiento  libertario  de  la  revolución 
francesa  sacudió,  de  su  secular  modorra, 
á  las  razas  esclavas  3'  las  impulsó  á  la 
actividad  en  forma  de  lucha  armada  con- 
tra los  sistemas  de  dominación  con  que 
España  pretendía  ejercer  su  soberanía  en 
las  colonias.  La  formidable  rebelión  fué 
santa  en  sus  motivos  3"  consecuencias,  en 
las  ideas  levantadas  c[ue  la  informaron 
3^  en  el  brío  cjue  los  independientes  pu- 
sieron de  su  parte  para  lograr  el  triunfo 
de  aquéllas.  Fué  sublime,  con  sublimidad 
homérica  y  fué  civilizadora    3^^    redentora, 


—  168  — 

con  cultura  j  redención  manifiestas,  por- 
que los  héroes, — que  todos  los  soldados 
lo  fueron — conquistaron  con  su  sangre  la 
independencia  y  la  excelsitud  de  muchas 
patrias,  al  mismo  tiempo  que  la  eleva- 
ción de  éstas,  ya  moral,  jr  social,  3^a 
política,  jR  intelectualmente.  A  virtud 
del  estado  de  sacudimiento,  las  energías, 
antes  tranquilas,  sufrieron  una  conmoción 
maravillosa,  de  resultados  tanto  más  fe- 
cundos cuanto  que,  por  ellas,  operóse  la 
cristalización  de  multitud  de  aspiraciones. 
En  vez  de  la  intransigencia  sectarista,  en 
lugar  del  monopolio  odioso,  en  cambio  de 
la  necia  y  en  alto  grado  desoladora  pre- 
tensión de  restringir  los  límites  de  la 
ciencia  y  del  arte  y  en  sustitución  de 
ese  régimen  de  oprobio,  fundado  en  la  de- 
sigualdad de  clases  y  de  castas,  que  se 
implanta.ra  en  el  Perú,  tratando  de  hu- 
millar á  los  débiles,  convirtiendo  a  la  so- 
ciedad en  turba  de  opresores  y  de  infelices 
3^  llevando  á  los  peruanos  á  los  linderos, 
]:)or  suerte  nunca  alcanzados,  de  estable- 
cer como  doctrina  el  odio  y  como  evan- 
gelio el  antagonismo  de  sangre,  vinieron 
la  libertad  de  conciencia,  con  todos  sus 
atributos  demoledores  \^  enérgicamente 
revolucionarios;  el  comercio  libre  que 
abarátalos  elementos  de  subsistencia  y 
que,  tra\^endo,  de  medios  más  evolucio- 
nados las   obras  é  inventos,     las   artes    é 


—  169  - 

iiidustrias  que  son  el  polen  de  la  cultura, 
contnbu3^e  el  resurgimiento  de  lovS  pue- 
l)los  inferiores  ó  de  caótica  civilización; 
la  brillante  soberanía  del  saber,  la  tínica 
que  puede  engendrar,  entre  los  hombres, 
desigualdades,  bastante  realtivas  es  cier- 
to; 3^  la  democracia,  norma  política  ver- 
daderamente humana,  a  cuyo  influjo  se 
borran,  para  no  reaparecer  jamás,  las  di- 
ferenciaciones que  el  orgullo  de  alguno  ha 
c[uerido  establecer  entre  los  hombres,  sien- 
do así  que  por  ser  común  su  origen,  una 
la  labor  que  les  toca  en  el  mundo  é  idén- 
tico el  fin  de  sus  desenvolvimientos,  la 
igualdad  se  impone.  Al  oscurantismo  co- 
lonial sucedió  el  reinado  ele  la  indepen- 
dencia política.  Al  unísono,  las  concien- 
cias de  los  antiguos  oprimidos  se  levanta- 
ron con  bruscas  sacudidas.  Entonces  los 
hombres  dotados  de  inteligencia, — y  los 
arequipeños  lo  son  por  virtud  natural, — 
se  pusieron  á  la  cabeza  del  cambio  regene- 
rador y  determinaron,  en  consecuencia,  el 
noble  y  siempre  fecundo  apogeo  de  las  ca- 
pacidades. La  ciencia  grande,  robusta  y 
victoriosa,  se  impuso  con  soberanía  inven- 
cida;  y  el  hombre  eminente,  ya  con  una 
patria,  á  la  que  podía  dedicar  sus  esfuer- 
zos y  por  la  que  debía  educar  sus  facul- 
tades, nació,  creció  y  vivió  como  una  en- 
tidad superorgánica  de  relieve  imponde- 
rado. 


—  170  - 

8^ — La  forma  de  gobierno. — En  la 
época  del  coloniaje  la  administración  pú- 
blica era  dirigida  por  el  gobierno  penin- 
sular, el  cual,  en  su  deseo  de  procurar 
C|ue  los  peruanos  estuvieran  siempre  so- 
metidos al  más  funesto  tutelaje,  al  más 
inicuo  sistema  político  y  (i  la  miseria  in- 
telectual más  escandalosa  j  sombría,  sólo 
ejercía  sus  atribuciones  legales  mediante 
funcionarios  que,  ante  la  idea  de  la  pa- 
tria hispana  y  ante  el  anhelo  de  conse- 
guir el  mayor  rendimiento  posible,  eco- 
nómicamente hablando,  cometían  atenta- 
dos de  lesa  civilización. — Sin  esa  simpa- 
tía c|ue  crea,  fecunda  y  vigorosa,  la  idea 
de  la  comunidad  de  origen  y  la  identidad 
de  fines  colectivos,  los  gobernantes  espa- 
ñoles, ávidos  de  ricjuezas,  c[ue  no  podían 
lograr  sino  mediante  una  explotación 
cruel,  venían  al  Perú  con  el  ñn  de  ma- 
tar cualquiera  iniciativa  salvadora  que, 
espontáneamente  y  por  virtud  natural, 
])udiera  surgir  y  alimentarse  en  ese  me- 
dio. Querían  algo  más.  No  sólo  el  ani- 
quilamiento de  la  conciencia  social,  no 
sólo  la  destrucción,  en  germen,  de  cual- 
quiera manifestación  de  progreso,  no  só- 
lo la  muerte  de  los  ideales  sociales  ó  co- 
munales: pretendían,  también  que  el  es- 
fuerzo individual, — 3^a  que  la  existencia 
de  éste  no  ])odían  im]:)edirla  ])or  circuns- 
tancias   comi)lejas, — fuera   estéril   en    re]:íer- 


—  171  — 

elisiones  y  en  concreciones  orientadoras. 
Ni  el  sentir  de  los  pueblos,  ni  el  pensar 
de  los  hombres  convenía  al  sistema  inqni- 
sitorial  c|ue  España  estableció  para  el  go- 
bierno de  las  colonias.  Los  peruanos  se 
hallal3an  incapacitados  para  dirigirse  por 
sí  mismos.  Estaban  privados  de  ejerci- 
tarse en  las  faenas  de  la  vida  pública,  por- 
que la  metrópoli,  mirando  sus  intereses 
estrechos  y  exclusivistas,  pensaba  que  la 
participación  de  aquéllos  en  la  vida  admi- 
nistrativa, podía  alimentar,  en  unos  casos, 
ó  nacer,  en  otros,  los  ideales  de  indepen- 
dencia. 

Libertado  el  Perú,  las  condiciones 
cambiaron  j  los  medios  de  ilustrarse,  an- 
tes tan  sistemáticamente  ocultos,  pusiéron- 
se al  alcance  de  todos.  La  ciencia,  sin 
restricciones  Cjue  la  deprimiesen,  allanó  el 
camino  de  vida  intensa  y  hondamente 
sentida  por  donde  la  nación  que  acababa 
de  brotar,  después  de  terribles  sacudidas, 
conduciría  su  augusta  personalidad  auto- 
nómica. Y  la  civilización  vano  toda  ínte- 
gra j  luminosa.  Tiranías  religiosas  ó  po- 
líticas, científicas  ó  libertarias,  eran  una 
aberración  en  un  mundo  ihiminado  por  los 
esplendores  de  la  libertad  democrática, 
del  pensar  sin  cortapisas,  del  actuar  sin 
límites  convención  alistas. 

Si  esos  cambios  sociológicos  impul- 
saron  la  creación   de  nuevas  modalidades 


—  172  - 

aún  no  conocidas  bajo  el  aspecto  social 
3^  mental, — la  forma  que  las  nuevas  enti- 
dades políticas  adoptaron  en  su  existen- 
cia independiente,  determinó  el  reinado,  no 
despótico,  sino  humano,  de  los  intelectua- 
les. Ya  no  había  ante  la  kn^  clases  socia- 
les. Ya  no  existían  diferenciaciones  funda- 
das en  legados  históricos.  Ya  no  valían  los 
hombres  por  lo  que  sus  antepasados,  auda- 
ces siempre,  honrados  pocas  veces,  ha- 
bían valido  entre  sus  coetáneos.  Cada 
])ersonalidad, — actuando  en  un  medio  cpue 
significal^a  lucha  diaria  3^  resurgir  cons- 
tante,— merecía  según  lo  que,  orgánica  ó 
mentalmente,  significaba  su  propio  ser. 
El  gobierno  se  daba  á  los  capaces.  La 
soberanía  de  las  inteligencias  era  una  rea- 
lidad tangible.  Así,  pues,  los  humildes, 
á  quienes  se  exigía  únicamente  sólida  pre- 
paración, merced  al  estudio  metodizado, 
á  la  experiencia  diaria  3'  dolorosa  3^  al 
talento  de  rica  estructura,  se  hallaban 
en  condiciones  de  elevarse  á  los  primeros 
cargos  sociales.  Esa  analidad  de  la  so- 
ciedad peruana,  á  los  comienzos  de  la  vi- 
da independiente,  estimulaban  la  virtud 
individual,  haciendo  cpie  éste  fuera  fecun- 
da para  las  labores  más  difíciles  3^  desco- 
nocidas en  un  núcleo,  recién  abierto  á 
las  tendencias  contemporáneas,  en  el  cual, 
en  consecuencia,  se  hacían  sumamente  di- 
fícil la  introducción  de  nuevos  rumbos  pa- 


17 


o 


ra  la  marcha  de  la  colectividad.  Con  el 
soberano  respeto  que  despertaban,  por 
doquiera,  los  cerebros  amplios  y  poderosos, 
abrióse,  en  loeneficio  de  éstos,  magníficas 
sendas  en  las  C]ue,  fúlgidos  y  expansivos, 
derramaban  todas  sus  energías. 

El  ideal  republicano,  por  sí  y  porcjue 
trajo  el  desarrollo  de  las  normas  educati- 
vas, creó  ese  innumerable  grupo  de  sa- 
bios, filósofos,  jurisconsultos  j  poetas  cjue 
habían  de  elevar  el  prestigio  de  nuestra 
ciudad. 

9^ — La  robuztez  de  ¡a  raza. — En  el 
desenvolvimiento  de  la  cultura  humana, 
en  lento  proceso  histórico  y  en  el  perpe- 
tuo movimiento  de  las  ideas,  la  raza  la- 
tina,— más  idealista  Cjue  pensadora,  más 
artistas  C|ue  sabia,  más  noble  que  egoísta 
3^  más  valiente  y  heroica  c[ue  calculadora, 
— ha  tenido  parte  mu}-  enérgica,  fecunda 
y  amplia.  Raza  incansable,  ha  luchado 
centenares  de  siglos  por  imponer  el  cetro 
augusto  del  Idealismo  y  por  conseguir 
Cjue  éste,  bello  en  sí  y  hondamente  tras- 
cendental, dominara  entre  los  hombres 
como  luz  eterna,  como  fuente  de  vida  ar- 
diente é  intensa  y  como  panacea  universal. 
Sucesora  de  la  civilización  helénica,  si  és- 
ta, con  legítimo  orgullo,  ostenta  las  su- 
blimes obras  de  Esquilo  y  Homero,  si  su 
magnifidencia  crece  con  las  oraciones  de- 
mosténicas  y   esquinianas,    si   su    lustre   se 


—  174  - 

abrillanta  con  las  concepciones  profundas 
de  Platón  3^  Aristóteles,  de  Epicuro  y  Ze- 
non,  si  su  fama  es  pregonada  por  el  ver- 
bo inmortal  de  Herodoto  y  Tucídides; 
en  cambio  Roma,  conquistadora  y  justi- 
ciera, si  no  llegó  á  superar  el  mérito, 
hasta  ahora  no  alcanzado,  de  los  griegos, 
tuvo  también  sabios,  artistas,  poe- 
tas; 3^  tuvo  lo  que  nadie  ha  tenido:  ora- 
dores forenses,  jurisconsultos  y  ciudada- 
nos. Así  si  Virgilio,  si  Horario,  si  Ovi- 
dio, si  Séneca  salvaron  el  prestigio  de  la 
raza,  consiguiendo  imitar,  con  toda  faci- 
lidad, el  instinto  estético  3^,  la  vez,  filosó- 
fico de  los  helenos,  Cicerón  y  Julio  César, 
cultivando  nuevos  temas  de  CvStudio,  hi- 
cieron ver  que  el  talento  de  los  latinos 
era  poliédrico  3-  notablemente  poderoso. 
Después  de  Roma,  cu3^o  progreso  es,  bas- 
ta ho3^,  la  admiración  de  las  generacio- 
nes, el  alma  latina,  cansada  de  animar 
a  un  organismo  tan  hercúleo  como  lo  era 
el  imperio,  se  fraccionó,  se  dislocó,  se 
rompió  en  fragmentos.  Nacieron  enton- 
ces Francia,  España,  Portugal  é  Italia. 
Estas  naciones,  siguiendo  las  le3'es  genera- 
les que  determinan  la  evolución  social,  no 
han  podido  eliminar  de  su  estructura  psi- 
cológica el  germen  del  Ideal.  Y  que  han 
luchado  por  él  3^  que  sus  esfuerzos,  á  ve- 
ces estériles,   pero  siempre   sentidos,  se  han 

dirigido   á    la   consecusión     de    lo   noble   3^ 


io  — 

generoso  3^  que  la  inclinación  nativa  3^  es- 
])ontánea  ha  querido  traducirse  en  fórmu- 
las de  vitalidad  y  ensueño,  pruébalo, — á 
quien  audazmente,  lo  ignore, — esa  historia 
de  las  edades  modernas  que  luce  en  sus 
páginas  los  nombres  del  Galileo  3^  Cer- 
vantes, de  Racine  y  Pizarro,  de  Colón  3^ 
Descartes,  de  Miguel  Ángel  y  Yelásquez, 
esa  historia  en  cu3^as  páginas  se  ha  cris- 
talizado el  más  hermoso  fervor  por  las 
libertades  y  por  la  cultura,  esa  historia  que 
hace  ver  que  la  humanidad,  á  despecho  de 
hábitos  feroces  3"  sanguinarios,  ha  decla- 
rado 3'a,  como  dogma  indubitable  3^  sa- 
;>'rado,  cpie  la  inteligencia  y  la  verdad, 
junto  el  bien  individual  3"  colectivo  son  las 
normas  á  las  que,  arrebatada,  se  dirige  la 
conciencia  humana. 

Y  á  esa  lucha  por  el  Ideal,  ha  te- 
nido que  corresponder  un  cansancio.  La 
raza  latina,  en  el  colosal  fragor  de  sen- 
timientos y  de  pasiones  C[ue  se  conoce 
con  el  nombre  de  Revolución  Francesa, 
agotó  casi  el  elixir  maravilloso  de  su  di- 
namismo. Los  héroes  se  multiplican, 
las  campañas  se  hacen  cada  vez  más  san- 
grientas, los  apóstoles  se  sacrifican  ante 
la  salvación  de  los  principios;  pero,  feliz- 
mente, la  conquista  de  los  derechos  es 
una  realidad  3^  una  esperanza. — Luego  el 
movimierito  francés  no  queda  encerrado 
dentro    de    un   círculo   de  hierro,   sino   que 


—  176  — 

la  espada  de  Napoleón,  humillando  á  los 
soberanos  de  extirpe,  á  los  re3'^es  del  de- 
recho divino,  va  sembrando  la  idea  que, 
convertida  en  realidad  n^ás  tarde,  reivin- 
dicaría el  prestigio  de  los  libres,  con  vir- 
tiendo á  éstos  en  entidades  capaces  de 
contribuir  con  sus  esfuerzos  á  la  rápida 
adquisición   de   la   cultura. 

Las  energías  cerebrales,  después  de 
lui  prolongado  trabajo,  generación  tras 
generación,  siglos  tras  siglos, — si  bien  pue- 
den conseguir  el  máximum  de  desarrollo 
orgánico,  se  hallan  en  la  posibilidad  de 
sufrir  una  paralización  á  ñn  de  conse- 
guir un  descanso,  una  tranquilidad,  una 
inercia  salvadores.  La  raza  latina  c[ue, 
desde  tiempos  seculares  3^  heroicos,  viene 
desempeñando  un  papel  de  decisiva  im- 
portancia en  la  marcha  de  los  aconteci- 
mientos humanos,  se  halla  agotada,  tal 
vez  si  en  plena  j  triste  decadencia:  la 
virtud  de  la  especie  se  está  acabando,  el 
carácter  impetuoso  3^  soberbio  se  va  ])er- 
diendo,  el  arranque  audaz  va  cobrando 
síntomas  degenerativos  v  la  inteligencia, 
tan  creadora  y  activa  de  españoles,  fran- 
ceses é  italianos,  sufre,  desde  hace  tiem- 
po, algo  así  como  una  anemia.  Se  ha 
hecho  ligera  é  inestable  y  superficial;  más 
(]ue  honda  y  reflexiva,  es  imaginativa, 
artistica,  superficial,  vaga.  Es  una  raza 
heml)ra:   la   sensibilidad    la  trastorna   v  la 


-  177  - 

atrae  con  impulsos  magnéticos.  Y  más 
que  tocio  su  papel  desde  hace  un  siglo 
parece  C[ue  ya  uo  es  el  programa  de  los 
humanos.  Antes  esa  raza  imprimía  orien- 
taciones en  el  mundo  estético,  político, 
moral  y  religioso.  Sus  poetas,  estadis- 
tas, filósofos  y  sacerdotes  dirigían  las 
elucubraciones  y  consagraban  los  adelan- 
tos. Ho3^  el  latinismo,  perdida  su  fuer- 
za primitiva,  agobiada  su  conciencia  por 
el  peso  de  tantos  años,  no  es  estrella  que 
guíe  ni  verbo  Cjue  reclima.  Ha  pasado 
la  época  en  c^ue  podían  cristalizarse  los 
sentimientos  latinos.  La  lucha  surge  ca- 
(!a  vez  con  más  bríos  y  más  hambrien- 
ta. Esa  raza  soñadora, — ante  el  concep- 
to utilitario  del  siglo, — va  perdiendo  su 
importancia.  Cansada,  débil,  sin  los  ins- 
tintos c[ue  estimulan  al  combate  por  la 
vida  y  por  la  idea,  la  raza  latina  va. 
ca3^enclo,  lentamente  es  cierto  y  alumbra- 
da por  la  aureola  de  luz  brillante  con 
que  las  edades  han  orlado  su  frente  in- 
maculada. 

Así  degenerado,  y  deprimido  por  la 
milenaria  y  gigantesca  lal3or  en  guerríis 
sempiternas,  en  creación  de  nuevas  3^  más 
intensas  civilizaciones,  en  concepción  de 
obras  de  maravillosa  estructura  3^  hon- 
do, mu3^  hondo  concepto  científico,  en  po- 
blar inmensos  desiertos  con  su  sangre 
impetuosa     en     los    climas    ibéricos,    pero 


—  178  — 

atacada  de  laxitud  en  nuestras  yermas 
soledades, — fué  el  contingente  étnico  que 
España  mandó  á  las  tierras  americanas 
para  que  ''su  cultura  reviviese  en  una 
inmensa  floración  de  pueblos"  (12).  Gen- 
tes intelectualmente  cansadas,  homlDres 
moralmente  desvirtuados,  lejos  de  reac- 
cionar contra  la  terrible  enfermedad,  vie- 
ron aumentar  sus  estragos  con  el  siste- 
ma de  gobierno  introducido  por  la  mo- 
narquía española.  Y  se  juntaron,  para 
mayor  desgracia  con  los  quechuas,  ene- 
migos del  cultivo  de  las  ciencias  y  de  la 
visión  lúcida  de  orientaciones  redentoras 
y  liedlos,  merced  á  los  imperativos  de 
la  herencia,  al  despotismo,  si  paternal, 
no  por  eso  menos  duro  j  oprimente,  de 
los  incas. — Los  quechuas  eran  artistas, 
tenían  notables  cualidades  para  la  agri- 
cultura, pero,  en  cambio,  la  conciencia 
individual  y  mucho  menos  la  colectiva 
habían  animado  su  espíritu,  sometido  á 
un  perdurable  despotismo,  ya  religioso, 
ya  político.  Las  razas  se  unieron:  el 
polen  de  la  vida  las  fecundó  3^  las  ge- 
neraciones crecieron  llevando  en  el  orga- 
nismo los  hábitos,  los  pecados  y  las  do- 
lencias de  las  razas  madres.  Vivieron, 
antes  cjue  la  vida  del  pensamiento  y  de 
la  acción  y  del  esfuerzo,  la  vida  calma- 
da y  ti])ia  de  las  ]3iidistas.  La  raza,  en 
ese  lapso   de  tiempo  que  se  conoce  con  el 


—  179  ~ 

nombre  del  coloniaje,  recuperó,  en  algo, 
sus  perdidas  facultades:  descansó  3^  re- 
surgió. Fué  entonces  c[ue  la  América 
dio  el  grito  de  libertad.  Los  peruanos 
se  hallaron  pictóricos  de  energías  y  de 
entusiasmos:  el  despertar  se  presentaba 
maravilloso.  La  intelectualidad  les  brin- 
daba sus  secretos  para  cjue  pudieran  ele- 
varse como  ciudadanos  de  naciones  aún 
no  enteramente  evolucionadas.  La  vida 
política  les  ofreció  los  mejores  puestos  á 
condición  de  que  fuesen  capaces, — c[ue  lo 
fueron  dignamente, — de  desempeñar  con 
brillo  y  altura  de  concepción  la  misión 
c[ue  se  les  encomendaba  en  las  nacientes 
sociedades,  las  cuales,  por  lo  tanto,  ne- 
cesitaban de  hombres  superiores  educa- 
dos en  la  escuela  del  deber,  experimenta- 
dos en  todos  los  asuntos  de  la  vida  co- 
lectiva, y  hábiles  para  procurar,  dentro 
de  un  caótico  medio,  el  resurgir  de  pasa- 
das grandezas  y  el  palpitar  de  entusias- 
mos tal  vez  dormidos,  ó  tal  vez  atrofia- 
dos. La  libertad, — rompiendo  las  vallas 
que  la  intransigencia  del  régimen  ante- 
rior pusiera,  usando  así  de  los  recursos 
Cjue  su  instinto  de  conservación,  burdo  y 
egoísta,  le  aconsejaba, — les  permitió  la 
adcjuisición  de  cuanto,  factible  3'  útil,  her- 
moso 3'  progresista,  pudiera  tender,  con 
eficacia,  al  avance  de  la  cultura  v  á  la 
creación   del   alma  nacional,    varonil  3'  al- 


—  180  — 

tíva.  La  raza,  que  descansó  de  sus  an- 
tiguas congestiones  y  que  recuperó  sus 
fuerzas  agotadas  é  incapaces  de  generar 
la  vida,  se  halló,  súljitamente,  vigorosa ^ 
activa,  repleta  de  ideales,  animada  por 
las  energías  más  violentas  y  audaces  y 
poseedora  de  un  espíritu  entusiasta  3^  le- 
vantado; y  respondiendo  á  esa  necesidad 
orgánica,  en  cuya  virtud  los  seres  tien- 
den al  goce  material  cuando  vSe  encuen- 
tran fuertes  y  expansivos,  los  peruanos— 
Y  dentro  de  esta  síntesis  internacional, 
los  arequipeños, — se  lanzaron  á  la  con- 
quista ele  las  sugestivas  concreciones  á 
que  la  humanidad  civilizada  halDÍa  llega- 
do ya.  Se  la  exigió  que  fuer^i  intelec- 
tual,— invocándose  para  ello  los-  intereses 
de  la  comunidad  que  para  su  realización 
necesitíi»ban  de  hombres  capaces,  ele  enti- 
daeles  talentosas  y  aptas,  ele  vereladeros 
sabios  si  fuese  posible,  ele  grandes  pen- 
saelores  para  e[ue  fueran  guías  ele  las 
muchedumbres  del  nuevo  mundo, — y  las 
inteligencias,  aprecianelo  el  mérito  y  la 
trascendencia  de  la  invitación  cjue  reci- 
bían, consiguieron  triunfos  que  aún  per- 
duran, glorias  ejue  aún  se  recuerdan,  y 
evangelios  ele  libertad  c]ue  son  aún  el  ampa- 
ro de  las  garantías  inelividuales.  Pro- 
dujo vereladeras  eminencias  en  el  orden 
científico,  dio  á  luz  oradores  de  ilustre 
recordación,   concibió     A^ereladeros   artistas 


—  181  — 

de  amplio  sentido  estético  y  de  honda 
penetración  imaginativa,  creó  estadistas 
tan  discretos,  serenos  y  dignos,  como 
honrados,  laboriosos  y  enérgicos:  fné  su 
apoteosis  de  madre.  Desgraciadamente, 
para  esta  hermosa  producción,  para  este 
revivir  de  pretéritas  famas,  para  este  re- 
sucitar de  pasados  méritos,  tuvo  esa  ma- 
dre,— la  familia  arequipeña,— que  gastar 
toda  la  fuerza  acumulada  después  de  tres 
siglos  de  infecundidad.  Nada  importa 
que  la  ciudad  mistiana,  rodeada  de  poé- 
ticos paisajes,  colocada  á  las  faldas  de 
un  volcán  3^  beneficiada  por  la  naturale- 
za con  hermosos  dones,  se  halle  inclina- 
da, por  sus  mismas  condiciones  de  ais- 
lamiento y  por  la  falta  de  estímulo  pa- 
ra las  industrias,  á  la  vida  intelectual, 
si  la  fortaleza  mental  de  las  gentes,  gas- 
tada ya  por  haber  animado  á  tantos  3' 
tan  poderosos  cerebros,  va  declinando  á 
tal  punto  c[ue  una  decadencia  psicológica 
se  viene  notando  con  caracteres  irrefu- 
tables por  lo  salientes  \"  claros.  No  sig- 
nifica esto,  como  cjuizá  se  suponga,  que 
la  capacidad  genésica  del  pueblo  arccjui- 
peño  ha^^a  desaparecido,  tra^^endo,  como 
consecuencia,  la  desaparición  total  de 
hombres  hábiles,  de  inteligencias  pene- 
trantes \^  de  intelectos  raros.  Se  cjuiere 
decir,  únicamente,  c[ue  una  regresión  ó 
involución,   en   la  norma  intelectiva,  se  ha 


—  182  — 

impuesto  con  síntomas  fatales.  Sin  inia 
resistencia, — cualidad  de  los  agregados 
nuevos, — susceptible  de  continuidad  per- 
sistente,— como  quieren  los  psicológicos 
modernos  para  adivinar  la  presencia  de 
los  característicos, — sin  voluntad  serena 
para  la  lucha  por  el  Ideal  amado,  sin 
inclinaciones,  perfectamente  definidas,  pa- 
ra las  tareas  científicas,  sin  estimulantes 
poderosos, — ya  C[ue  el  medio  ele  nuestra 
ciudad  es  horriblemente  hosco, — las  gen- 
tes se  han  hecho  escépticas,  ajenas  al 
trabajo,  enemigas  de  todo  esfuerzo  c[ue 
no  se  traduzca  en  adquisición  positivista. 
Así  la  vicia  intelectual,  que  es  derroche 
de  sentimientos  y  de  esperanzas,  que  es 
hoguera  de  cerebros  y  cristalización  de 
ideas,  ha  perdido  en  Arccjuipa,  esa  espon- 
taneidad, acompañada  de  fe  3^  de  orgu- 
llo, C[ue  brotara  de  las  almas  soñado- 
ras  de  nuestras  pasadas  grandezas. 

No  hay  sabios  porque  no  existen 
caracteres  firmes  y  laboriosos,  aparte  de 
Cjue  condiciones  económicas  3^  degenera- 
ciones orgánicas,  ele  innegable  influjo,  no 
permiten  el  estudio  meditado  3'  tenaz,  el 
esfuerzo  gigantesco  é  irresistible,  genera- 
dor de  la  prosapia  intelectual.  La  lucha 
por  la  vida  vSe  presenta,  cada  vez,  con  ca- 
racteres más  alarmantes:  las  inteligencias 
especulativas,   los  modernos     idealistas    3' 


—  183  — 

los  artistas  por  sólo  la  satisfacción  clel 
sentimiento  estético,  perecerán,  su  obra  no 
rendirá  frutos  materiales,  si  no  tienen 
el  espíritu  de  adaptación  al  medio  que  ro- 
dea, ho\'  en  día,  á  todas  las  clases  so- 
ciales, sean  cuales  fueren  sus  inclinaciones 
nativas  ó  sus  vagas  tendencias  adquiri- 
das. Deberán  amoldarse,  mal  que  les 
pese,  á  ese  medio  que  exige  c|ue  toda  ac- 
tividad, c]ue  todo  ser,  cjue  todo  anhelo 
se  dirija,  sin  vacilaciones  3^  ensoñaciones, 
á  la  adquisición  materialista,  á  ese  dine- 
ro cjue,  no  obstante  el  desdén  cjue  inspi- 
ra á  las  almas  superiores,  es  el  substrá- 
tum  de  la  vida  actual,  individual  3-  social. 

El  pesimismo,  que  se  lia  convertido 
en  la  racha  esterilizadora  de  las  energías, 
ha  invadido  taml3Íén  á  nuestras  masas, 
haciéndolas  ver  que  los  esfuerzos  del  hom- 
bre, por  bi^n  intencionados  que  sean, 
por  fecundos  que  parezcan,  se  pierden  en 
la  noche  del  olvido,  en  la  destrucción  de 
la  muerte.  Cuando  en  el  espíritu  del  lu- 
chador no  reviven,  á  cada  momento,  el  ger- 
men de  la  audacia  3'' la  cristalización  clel  sen- 
timiento ardiente  y  expansivo,  á  la  la- 
bor c]ue  pudiera  ser  provechosa  3'  bené- 
fica, se  sustitu3^e  la  desconfianza  en  la 
acción.  Entonces,  el  progreso  de  los  pue- 
blos— careciendo  éstos  de  la  conciencia  co- 
lectiva,   que   es   guía  y  pensamiento    á    la 


184 


vez, — se  hace  imposible.  El  pesimismo  ma- 
ta. La  raza  pesimista  es  raza  degenerada: 
he  ahí  por  qué  hemos  afirmado,  á  trueque 
de  parecer  retardatarios  y  animados  del 
amor  á  las  edades  pasadas,  que  la  raza 
peruana,  y  dentro  de  ésta  al  agregado 
arequipeño,  esta  en  decadencia.  No  sólo 
ho3^  se  estudia  menos  cjue  antes,  no  sólo 
hoy  se  carece  de  los  ideales  que  antaño 
eran  la  razón  de  la  vida,  no  sólo  hoy 
se  nota  menos  inclinación  al  cultivo  de  las 
letras  y  de  las  ciencias  3^  de  las  artes, 
cultivo  que  ha  dado  á  Arecjuipa  el  cetro 
de  la  cultura  nacional,  sino  cjue,  desgra- 
ciadamente, no  somos  tan  fuertes,  orgá- 
nica y,  por  consiguiente,  mentalmente, 
como  lo  eran  nuestros  antepasados,  llenos 
de  vigor,  anhelantes  de  combates,  ávidos 
de  luchas  v  de  hieráticas  contiendas.  Ni 
revolucionarios  son  siquiera  los  arecjuipeños 
de  ahora:  han  perdido  todas  sus  hermo- 
sas cualidades  de  energía  y  de  empuje  ti- 
tánico: no  son  los  característicos  de  la 
historia  patria,  como  lo  fueran,  glorio- 
sos y  eminentes,  en  los  comienzos  de  la 
forma  republicana  3^   libertaria. 

El  problema  de  lucha  por  la  vida, 
no  exige,  en  la  actualidad,  que  cada  ente 
se  convierta  en  una  sabiduría.  A  virtud  de 
las  tendencias  actuales,  la  instrucción  uti- 
litaria,  lo   más    breve,    pero    lo   más  coni- 


—  185  - 

])leta,  lo  más  sintética,  pero  lo  más  sus- 
tanciosa, se  ha  impuesto  ya  como  aforis- 
mo pedagógico.  Los  grandes  enciclope- 
distas á  lo  Spencer  3^  los  geniales  filóso- 
fos á  lo  Kant  no  convienen,  en  el  sen- 
tido materialista  del  momento  presente,  á 
ia  felicidad  del  hombre.  Se  pide  fábricas 
3'  descubrimientos  que  abaraten  la  subsis- 
tencia, se  ansia  la  prédica  de  los  socia- 
listas para  ir  educando  el  modo  de  pen- 
sar de  las  colectividades  3^  se  mira,  con 
ojos  de  simpatía,  cualquier  esfuerzo  del 
proletario  por  aniquilar  las  injusticias  tra- 
dicionales: sólo  se  busca,  en  buena  cuen- 
ta, el  pan,  como  medio  eficaz  de  satis- 
facer las  necesidades  vegetativas.  La  so- 
ciedad actual  se  contenta  con  la  existen- 
cia de  individuos  cpie  puedan  surgir  en 
la  vida  3^  que,  en  consecuencia,  dejen  de 
ser  los  parásitos  de  sus  semejantes.  Pa- 
ra el  desarrollo  de  este  evangelio,  la  ins- 
trucción, felizmente,  se  ha  ampliado  en  la 
generalidad  de  los  países  cultos.  En  el 
Perú  no  brillan  casi  eminencias  de  com- 
pleja organización  3'  de  estructura  cicló- 
pea; pero  en  cambio,  la  instrucción  rela- 
tiva, da  armas  para  cpie,  pudiéndose 
usar  de  ellas,  se  logre  la  victoria  econó- 
mica. Lo  cjue  se  ha  perdido  en  intensi- 
dad, se  ha  ganado  en  expansión.  La. me- 
cánica, fuente  de  las  le3^es  sociológicas, 
produce  tal  modalidad. 


—  186  — 

La  sabiduría  es  planta  exótica. 
Trátase  de  extirpar  la  ignorancia  y  la 
estulticia. 


¡Qué  grande  y  qué  sublime  es  toda 
labor  que  encarna  justicia  y  gratitud! 
Hacen  bien  las  generaciones  presentes  en 
admirar  á  los  hombres  ilustres  C[ue  Are- 
quipa, como  madre  fecunda  y  amorosa, 
produjera  hace  ya  más  de  una  centuria. 
Pero  esa  actitud  que  significa  reconoci- 
miento, ese  gesto  cjue  traduce  el  más  sin- 
cero afecto,  debe  convertirse  en  recuerdo 
santo  é  imborrable.  Algo  más  aun.  An- 
te los  hombres  eminentes  y  ante  los  héroes 
de  la  voluntad,  las  multitudes  ignaras  es- 
tán obligadas  no  sólo  á  inclinarse  con  el 
propósito  de  venerar  y  de  querer.  Un 
pensamiento  más  elevado,  más  hondo, 
más  humano  ha  de  animarlas:  la  imita- 
ción de  las  virtudes  de  los  antepasados 
y  el  anhelo,  si  no  de  igualar  á  éstos,  por 
lo  menos  la  ambición  de  ser,  á  mérito  de 
la  pureza  de  sentimientos  3^  de  la  noble- 
za de  las  almas,  dignos  descendientes 
suyos. 


187 


Entonces  cnnipliráse,  con  intcnsíi 
repercusión  y  herniosa  fin^ilidad,  la  frase 
aquella  de  Gustavo  Le  Bon: 

"Los  muertos  son  los  maestros  indis- 
cuti])les  de  los  vivos". 


Arequipa,  Julio   15   de  1908. 


Carlos   Chirixos   Pachebo. 


—  189  — 


(1). — Francisco   García  Calderón  Rey. 

(2). — Manuel  Salas  Ferré. — Honis  crí- 
ticas de   España. 

(3). — Anales  de  la  Hacienda  Publica 
del   Perú. — P.     E.     Dancuart. 

(4). — El   Materialismo   Histórico. 

(5). — Mariano  Prado  y  Ugarteche. — 
Filología   Peruana. 

(6). — Eugenio  C.  Sosa. — Breves  apun- 
tes sobre  la  enseñanza  de  las  Ciencias 
Políticas  3^  Administrativas  en  la  Univer- 
sidad  de   Lima. 

(7).— Javier  Prado  3^  Ugarteche. — 
Discurso   sobre  el   Coloniaje. 

(8) — Doctor  Don  Andrés  Martíiiez. — 
Célebre  discurso  sobre   Chaves   de  la  Rosa. 

(9).  — El  Culto  de  los   Pléroes. 

(10). — Doctor  Don  Pedro  José  Busta- 
mante. 

(11), — Don  Ignacio    Noboa. 
(12). — J.   M.    Vargas    Vila. — Discurso 
en   el   Ateneo   de   Madrid. 


// 


piríor  ^amirra  ñú  ^ílhix 


(Trabajo    que    obtuvo    el  tercer 

premio ) 


Resiéntese  el  trabajo  que  piilDlicamos 
de  varios  defectos  que  somos  los  prime- 
ros en  reconocer.  A  consecuencia  de  di- 
versas circunstancias,  entre  las  cuales  no 
fué  la  menor,  la  estrechez  del  tiempo  da- 
do para  el  concurso  del  Centro  de  Ins- 
trucción— tiempo  invertido  en  su  ma\'or 
parte  en  en  adcjuirir  datos  y  fuentes  de 
estudio — nuestra  monografía  comenzada 
con  toda  la  amplitud  necesaria  al  tema, 
tuvo  que  ser  acortada,  disminuida  \'  sin- 
tetizada por  fin,  en  las  últimas  partes, 
precisamente  en  las  cjue  estudiábamos  el 
problema  propiamente  dicho.  Y  por  esto, 
asuntos  distintos  é  interesantes,  han  que- 
dado sin  desarrollarse  como  su  impoi'- 
tancia  lo  reclamaba,  á  parte  tandoién  de 
un  cierto  desorden  3^  falta  de  unidad  que 
se   observa   en  nuestro   escrito. 


II 

Hubiera niOvS  querido  corregir  y  am- 
pliar nuestro  estudio,  como  lo  han  hecho 
los  demás  autores  premiados,  pero  desis- 
timos de  este  sano  propósito,  pensando 
por  nuestro  parte,  que  nuestro  trabajo, 
como  laureado,  dejaba  ya  de  estar  al  al- 
cance de  nuestra  absoluta  despendencia, 
pudiendo,  toda  modificación  que  introdu- 
jésemos, aumentar  ó  también  disminuir 
su  mérito,  no  correspondiendo  entonces 
este  á  la  mente  del  jurado  examinador. 

Pero  aparte  de  estas  faltas  que  ano- 
temos y  que  pueden  ser  consideradas  co- 
mo de  detalle,  otro  orden  de  considera- 
ciones nos  lleva  á  declarar -igualmente  y 
con  toda  sinceridad,  la  deficiencia  funda- 
mental de  nuestra  monografia;  por  más 
que  se  nos  imagine  que  aquella  falta  no 
es  exclusiva  de  nosotros.  El  problema, 
en  efecto,  por  su  extenso  campo,  por  sus 
variadas  faces  \^  por  stL  novedad  indis- 
cutible, requería  serías  y  delicadas  inves- 
tigaciones históricas,  psicológicas  y  psi- 
quiátricas y  con  las  cuales  tau  solo  se 
hubiera  resuelto  por  entero  las  complejas 
cuestiones  acerca  de  la  psicología  y  neu- 
ropatía del  pueblo  arequipeño,  que  se  re- 
lacionan tan  directamente  con  el  tema 
del   concurso. 

Obligados,  por  las  razones  anterio- 
res, á  dar  á  la  luz  nuestro  estudio  con 
todos  sus  defectos,  no   nos  queda  sino  supli- 


m 

car  que  la  benevolencia  dellector  cubra  esas 
incorrecciones,  por  los  motivos  expuestos 
á  los  que  habría  que  añadirse  la  conside- 
ración de  que  la  presente  es  nuestra 
obra  primera:  ó  sea  la  de  un  simple 
estudiante  que  comienza  a  iniciarse  tan 
solo,  en  los  amplios  y  hermosos  estudios 
histórico — sociológicos,  cuyos  apotegmas 
deducidos  por  el  método  positivo  y  apli- 
cados— con  las  reservas  necesarias — al  co- 
nocimiento y  estudio  científico  del  desen- 
volvimiento del  grupo  humano,  han  ad- 
quirido tan  grande  á  la  par  que  lógica 
importancia. 

Arequipa   Octubre  de   1908. 

H.     R.     del    Y. 


Causas   por    las    cuales   Arequipa    á   fines 
del    siglo  XVIII     y    principios    del 
XIX,     produjo     tantos 
hombres    ilustres. 


En  un  llamamiento  hermoso  á  la 
intelectualidad  areqnipeña,  ha  iniciado  el 
^'Centro  de  Instrucción"  una  enquete,  en 
la  que  se  estudien  y  diluciden  las  causas 
por  las  cuales  x\requipa,  á  fines  del  siglo 
XVIII  \^  principios  del  XIX,  produjo  ese 
cúnuilo  de  hombres  ilustres,  que,  desco- 
llando por  su  saber,  admirados  por  su 
ciencia  y  asombrando  por  su  talento,  le 
dieran  tanta  fama  v  la  cubrieran  de  «"lo- 
ria. 


.     —  198  — 

Ante  tema  tan  sugestivo,  nos  deci- 
dimos á  tomar  parte,  más  por  lo  atra- 
yente  de  aquel  que  por  la  creencia  de 
resolverlo;  una  vez  que,  dado  lo  insufi- 
ciente de  nuestras  aptitudes,  los  múltiples 
escollos  del  problema,  la  carencia  de  da- 
tos históricos,  la  complejidad  de  los  estu- 
dios sociológicos,  en  los  que  no  existe  lo 
que  Kant  consideraba  de  primordial  con- 
dición: ''la  orientación  del  espíritu  en  me- 
dio de  las  diferentes  doctrinas",  hemos 
de  creerlo  tan  solo  hacedero  para  los 
que,  poseyendo  profundidad  de  conoci- 
mientos, tengan  asi  mismo  exquisito  y 
sutil  talento    analítico. 


Excluj^endo  el  cúmulo  de  historiado- 
res que  desde  Herodoto  hasta  Oncken, 
han  narrado  los  actos  humanos,  en  la 
inmensa  evolución  de  los  tiempos,  sin  es- 
píritu inquiridor,  ha  habido  también  otro 
gran  número,  que  sobre  la  base  cierta  de 
los  hechos,  han  pretendido  analizar  las 
causas  de  su  sucesión,  y  demostrarlos  por 
le\TS  lógicas  explicatorias. 

Los  hechos  de  la  historia  presentá- 
banse como  los  efectos  de  algo  en  un 
principio  desconocido;  era  pues  preciso, 
tomándolos  por  base    y  aplicando   la  filo- 


-  199  — 

Sofía,    hallar   sus   causas   y    demostrar    su 
génesis   y   evolución. 

''La  historia  estudia  los  hechos,  y 
estos  pueden  analizarse  bajo  dos  puntos 
de  AHsta:  1^  el  elemento  permanente  que 
es  la  idea,  el  principio,  la  esencia  que  el 
hecho  manifiesta;  2°  el  hecho  mismo,  la 
determinación  de  la  idea,  del  principio,  de 
la  esencia  mediante  la  actividad.  La  de- 
termJnación  que  pasa  es  el  asunto  de  la 
historia.  El  estudio  de  la  esencia,  de  la 
idea,  del  principio  corresponde  á  la  filo- 
sofía. Y  como  hecho  é  idea  se  relacionan 
d^'be  existir  y  existe  una  tercera  ciencia: 
la  filosofía  de  la  historia.  La  filosofía  es 
por  lo  tanto  la  ciencia  de  los  principios; 
la  historia  la  ciencia  de  los  hechos,  j  la 
Filosofía  de  la  Historia  la  ciencia  de  los 
hechos  en  relación  con  los  principios.". 
(R.   Beltrán    Rózpide]. 

Fué  Bossuet  el  primero  que  anali- 
zara la  historia,  en  su  famoso  "Discurso", 
con  criterio  más  ó  menos  filosófico;  pero 
deslumhrado  ante  las  manifestaciones  de 
aquella,  sorprendido  por  las  transforma- 
ciones de  los  pueblos  los  que,  naciendo 
miserablemente  llegaban  á  un  gran  pode- 
río para  desplomarse  m¿LS  tarde,  surgien- 
do en  seguida  otros  nuevos,  3^  como  no 
podía  abandonar  sus  hábitos  3-  creencias 
religiosas,  tuvo  que  hacer  intervenir  á  Dios 
en  la  historia,   para  que    fuese     la    causa 


—  200  - 

que  razonablemente  explicara  "los  mila- 
gros sorprendentes  que  han  obligado  a 
la  naturaleza  á  salir  de  sus  leyes  más 
constantes". 

Más  tarde  Vico,  á  cj^uien  Quinet  ca- 
lifica como  "el  primero  en  asentar  las  le- 
yes universales  de  la  humanidad",  en  sit 
"Ciencia  nueva"  hizo  también  actuar  a 
Dios  en  la  historia,  declarando  cjue  "to- 
do viene  de  Dios,  vuelve  á  Dios  y  está 
en   Dios". 

Yoltaire,  contemplando  burlonamen- 
te  al  mundo,  viendo  sus  miserias  3^  ridicu- 
leces Y  analizando  los  actos  humanos  al 
través  de  sus  bromas,  no  pudo  concebir 
que  aquel  estuviera  gobernado  por  un  Dios 
y  declaró  la  ciega  casualidad  como  el 
punto  de  partida  tle  los  sucesos  histó- 
ricos. 

Lentamente,  á  medida  del  avance 
de  los  conocimientos  humanos,  de  los  da- 
tos aislados  que  :  aportaban  multitud  de 
hombres  ilustres,  se  han  ido  borrando  los 
conceptos  errados  y  fatalistas  que  domi- 
naban en  la  historia,  en  cu3'0  desarro- 
llo háse  comprendido  que  no  domina  un 
solo  factor,  ni  una  sola  idea  pura,  sino 
un  cúmulo  de  circunstancias  numerosas  y 
complejas,  que  obrando  todas  en  conjun- 
to v  corresDondiendo  á  unas,  en  deter- 
minados  casos,  mayor  influjo  que  á.  otras, 
varían     asimismo,   imprimiéndoles   su  rum- 


—  201  — 

bo.  los  sucesos  3^  manifestaciones  múlti- 
ples y  vanadas  de  las  sociedades  huma- 
nas. 

En  este  punto  la  Filosofía  de  la 
Historia  ha  confundídose  con  la  Sociolo- 
gía, siendo  esta  para  muchos  autores  la 
misma  ciencia  más  amplia,  como  cree 
Carlos  Barth,  ó  según  la  opinión  de  otros 
pensadores  ''el  origen  de  la  Sociología  no 
es  otro  sino  la  Filosofía  de  la  Historia, 
siendo  esta  a  aquella  lo  c|ue  la  alquimia 
á  la  química  y  lo  cjue  á  la  astronomía 
la   astrología  primitiva"    [1]. 

Considérese  la  ciencia  de  Comte,  co- 
mo subordinada  á  la  Metn física,  á  esa 
Metafísica  á  la  que  Ribot  ha  negado  su 
carácter  científico  [2],  ó  como  parte  in- 
tegrante de  la  biologia  tal  como  la  con- 
sidera Spencer,  su  objeto  "no  es  el  fin  de 
las  eosas,  sino  la  extructura  y  las  fun- 
ciones del  cuerpo  social"  [3],  siendo  des- 
de      luego      su     método     aposteriorístico. 

El  problema  que  nos  ocupa  es  un 
problema  social,  y  por  lo  tanto  debemos 
ocuparnos  de    los    factores    C[ue    le  dieron 


(1)  A.    Fouille. — La     ciencia     social 
contemporánea. 

(2)  Th.    Ribot. — La    psicología    in- 
glesa  contemporánea. 

(3)  A.  Fouille.— Op.  cit. 


—  202  — 

origen,  estudiando  también  la  génCvsis  de 
estos  y  las  transforniaeiones  que  sufrieron 
bajo   el   influjo  de   diversas    condiciones. 

En  primer  término,  pues,  nos  ocu- 
paremos, previas  ciertas  consideraciones 
necesarias,  de  la  raza  en  cpie  se  desarro- 
lló esa  transformación  social,  para  lo  c{ue 
estudiaremos  primero  la  española  cjue  le 
dio  origen  y  la  influencia  C[ue  sufrió  bajo 
la  india,  el  cambio  de  medio  y  momento, 
ocupándonos  en  seguida,  lo  c[ue  se  des- 
prenderá de  lo  anterior,  como  consecuen- 
cia lógica,  de  la  cuestión  propuesta  pro- 
piamente  dicha. 


El  problema  ele  las  razas,  por  la  di- 
ficultad de  resolverlo,  las  consecuencias 
religiosas  y  sociales  que  entrañaba,  ha 
preocupado  inmensamente  la  atención  de 
los  sabios  y  hasta  en  nuestros  días  es 
objeto  de   apasionados  j  arduos    debates. 

Aristóteles  en  una  de  sus  obras  sos- 
tenía la  existencia  de  razas  superiores  é 
inferiores;  en  cambio  J.  J.  Rousseau,  tan 
prolijamerte  analizado  últimamente  por 
Julio  Lemaitre,  sostuvo  que  la  desigual- 
dad de  las  razas  provenía  de  su  estado 
social  [1]   y   Montesquieu   atribuía  esa  de- 


(1)     Rousseau.  — Discurso   sobre  la  de- 
sigualdad  entre   los   hombres. 


—  203  — 

sigualdad  á  la  acción  del  medio  ambien- 
te    [2]. 

Descartando  de  nuestro  estudio  las 
diversas  doctrinas  sobre  el  origen  y  for- 
mación de  las  razas,  c[ue  entrañan  consi- 
go la  génesis  del  hombre  3"  las  varias 
teorías  acerca  de  este  punto,  desde  la  bí- 
Ijlica,  defendida  por  Cuvier,  Ouatrefages, 
Pricliard,  ó  el  poligenismo  de  Agazzis,  ó 
el  trasformismo  de  Lamarck,  Saint-Hilai- 
re,  y  el  de  Darwin,  reformado  últimamen- 
te por  el  célebre  botánico  contemporáneo 
Yries  bajo  la  forma  de  ^'la  mutuación  de  la 
especie"  y  cjue  parece  confirmado  con  el  des- 
cubrimiento del  *'Phitecantropus  erectus" 
que  ideara  Haeckel,  nos  ocuparemos  tan  so- 
lo de  la  importancia  concedida  por  aigunos 
sabios,  á  la  influencia  de  las  razas  en  las 
sociedades  y  los  elementos  cjue  aportan 
consigo   en  la    formación   de   aquellas. 

Para  muchos  sociólogos  aún  con- 
temporáneos, todos  los  fenómenos  del 
nnmdo  social  y  manifestaciones  de  los 
asociados  humanos,  tienen  por  punto  de 
])artida  la  raza.  La  diferencia  de  esta  im- 
plica también  la  de  aquellos.  La  raza  es 
el  principio  generador,  la  causa  determi- 
nante de  la  diversa  conducta  de  los  pue- 
blos.    Ha3^   naciones   superiores,    porque  su 


(2). — Montesquieu. — El  espíritu  de  las 
lej^es. 


—  204  — 

raza  tiene  tanil^ién  distintivos  3^  cualida- 
des de  alto  relieve,  y  pueblos  inferiores 
porque  las  razas  que  los  forman  carecen 
de  un  cumulo  de  condiciones  necesarias 
])ara   su   ])rogreso. 

Convertida  la  acción  de  las  razas 
en  un  fatalismo,  el  fatalismo  más  espan- 
toso de  todos,  ¡Dues,  como  dice  Laurent  (3) 
la  sangre  que  corre  por  nuestras  veníis 
no  depende  de  nuestra  elección^  se  preten- 
día hallar  en  ella  la  explicasión  de  los  fe- 
nómenos de  todo  orden,  determinando  el 
destino  de  los  pueblos  con  un  poder  irre- 
sistible, una  vez  cjue,  como  producto  de 
la  naturaleza,  se  sustraía  a  toda  acción 
modificatoria  cpie  quisiera  imponer  el  hom- 
bre. 

En  un  principio  los  sostenedores  de 
la  acción  de  las  razas  basaban  las  dife- 
rencias de  aquellas  en  los  caracteres  físi- 
cos. Ap03^ados  en  los  diversos  datos  cpie 
la  Antropología  y  Paleontología  les  su- 
ministraban de  mediciones  de  distintos 
pueblos,  adjuntaron  á  cada  raza  un  con- 
junto de  caracteres  diferenciales.  Las  ra- 
zas cu3^o  índice  cefálico  está  por  debajo 
de  70  °,  cu3^o  ángulo  facial  es  no  menor  de 
85  °  y  que  reúnen  otras  condiciones,  son 
las  elegidas,   las    únicas  capaces     de    pro- 


(3). — Laurent. — Filosofía  de  la  Histo- 
ria. 


-  205  — 

greso  y  perfección.  Y  fué  de  este  modo 
como  apareció  el  ])redominio  exclusivo  y 
sorprendente  que  ciertos  antropólogos  da- 
ban á  los  dolicocéfalos  sobre  los  braqui- 
céfalos. 

Gobieneau  y  sus  discípulos  redujeron 
entonces  la  historia  á  una  simple  lucha 
de  pueblos  que  poseían  esas  cualidades, 
características,  en  la  cj[ue  desde  luego, 
siempre  triunfaban  los  dolicocéfalos.  [1]. 
En  la  antigüedad  estos  estaban  represen- 
tados por  los  arios  3^  esa  ha  sido  la  cau- 
sa del  grandioso  papel  de  este  pueblo; 
y  si  la  India  3'  la  Galia  fueron  someti- 
das \^  humilladas  fué  á  causa  de  su  po- 
blación braquicéfala.  Así  también  la  doli- 
cocefalia  de  los  ingleses  \^  germanos  es  la 
causa   de   su    poderío  y   explendor. 

Pero  todo  este  edificio  de  la  supe- 
rioridad de  los  ]nieblos  ])or  la  sola  for- 
ma de  su  extructura  cerebral,  tan  conba- 
tido  por  Juan  Finot  [2]  hubo  de  de- 
rrumbarse al  verse  que  la  dolicocefalia 
no  era  tan  sola  característica  de  los  pue- 
blos superiores  y  que  los  inferiores  no 
todos  eran  brac^uicéfalos;  aparte  de  que 
en  una   misma    nación    encontrábanse    los 


[1]. — Gobineau. — Ensayo  sobre  la  de- 
sigualdad  de  la  razas  humanas. 

[2]. — Juan  Finot. — El  ])rejuicio  de 
las  razas. — Part.     I. 


—  206  — 

más  variados  caracteres  físicos.  I  avan- 
zando aún  más  en  otro  orden,  se  com- 
prendió que  la  superstición  aria  basá])ase 
en  datos  falsos  [3]  y  que  ni  aún  siquie- 
ra los  datos  físicos  bastan  para  diferen- 
ciar las  razas.  El  color  de  la  piel,  la 
forma  y  el  volumen  del  cráneo,  como  3'a 
lo  hal3Ía  dico  Laurent,  no  dan  sino  di- 
visiones groseras. 

Era  pues  preciso  añadir  ó  sustituir 
los  caracteres  físicos  con  otros  que  pro- 
porcionacen  medios  más  seguros  para  la 
división  y  conocimiento  de  las  razas.  Se 
ha  recurrido  entonces  á  la  psicología,  al 
estudio  de  los  fenómenos  de  conciencia 
(4-),  que  "proporcionan,  al  decir  de  Le  Bon, 
caracteres  más  fijos  que  la  constitución 
anatómica.', 

Disminu^^endo  la  decisiva  importan- 
cia que  algunos  autores  conceden  á  la  ra- 
za, creemos,  sin  embargo,  que  su  influen- 
cia es  cierta  j  evidente.  Por  un  conjunto  de 
circunstancias  que  han  ol^rado  con  fijeza 
sobre  un  pueblo,  puede  este  haber  adqui- 
rido asimismo,  tanto  una  condición  físi- 
ca determinada,  como  ciertos  sentimien- 
tos morales,  de  que  otros  pueblos,  no 
hallándose  sometidos  á  idénticas    influen- 


[3].— Juan   Finot.— Op.   cit.— Par.  I  Y. 
[4]. — Toulouse.— Técnica    de    psicolo- 
gía experimental. — 


—  207  — 

cia.s,  carecen  ó  los  poseen  en  grado  me- 
nor. Más  tarde  trasmitidos  á  través  de 
la  herencia  3"  por  el  ejemplo,  á  las  gene- 
raciones sucesivas,  se  conservan  en  la  ra- 
za como   estigmas  diferenciales. 

En  los  comienzos  de  la  humanidad, 
aislados  unos  pueblos  de  otros,  sin  inter- 
cambios continuos,  obrando  la  herencia 
con  todo  su  rigor,  era  suponible  y  sa- 
tisfactoria la  explicación  de  que  el  origen 
de  sus  instituciones  se  derivara  de  lo  que 
para  ellos  era  instinto  de  raza.  Ahora, 
en  la  agitación  del  mundo  moderno,  con 
las  inmigraciones,  la  educación  3^  tantos 
(tros  factores,  no  cabe  suponer  que  la 
diferencia  de  los  pueblos  sea  efecto  tan 
solo  de  la  diferencia  de  razas,  una  vez  que, 
como  han  demostrado  algunos  antropó- 
logos, ya  no  existen  ni  siquiera  razas 
cuteramente  puras,  [1]  solamente,  por 
efecto  de  variadas  circunstancias,  unos 
pueblos  poseen  una  constitución  mental 
distinta,  por  la  preponderancia  de  unos 
caracteres  sobre  los   demás. 

Con  la  atenuación  consiguiente  3^ 
tomando  la  raza  como  uno  de  los  varios 
factores  que  determinan  la  evolución  de 
los  pueblos,  hemos  pues  de  aceptar  las 
palabras  del  famoso  autor  de  la  "Psico- 
logía del  Socialismo": 


[1). — Juan   Finot. — Op.   cit. — 


—  208  — 

"Los  caracteres  morales  é  intelec- 
tuales— dice  (1) — ,por  la  asociación  for- 
man el  alma  de  un  pueblo,  representan 
la  síntesis  de  todo  su  pasado,  la  heren- 
cia de  sus  antecesores,  los  móviles  de  su 
conducta.  Se  observa  comunmente  muy 
variadas  diferencios  en  los  individuos  de 
una  misma  raza,  pero  ki  observación 
prueba  que  la  mayoría  de  los  individuos 
de  esta  raza,  poseen  cierto  número  de 
caracteres  psicológicos  comunes,  tan  es- 
tables camo  los  caracteres  anatómicos 
que  permiten  diferenciar  las  especies.  Co- 
mo estos  "ultimps,  los  caracteres  psicoló- 
gicos se  reprocTucen  por  la  herencia  con 
regularidad  y  constancia.  Este  agregado 
de  elementos  psicológicos,  observable  en 
todos  los  individuos  de  una  misma  raza, 
constituye  lo  cjue  se  llama  el  carácter 
nacional". 

Ya  dijo  Laurent  que  para  compren- 
der la  evolución  de  un  pueblo,  era  precio- 
so conocer  su  historia  y  cpie  la  explica- 
ción del  presente  se  encuentra  en  el  pa, 
sado.  Esta  verdad  la  explica  Le  Bon- 
hermosa  3-  originalmente  en  las  siguien- 
tes frases  (2):  "Puede  considerarse  la  ra- 
za  como  las   numerosas    células   cjue  cons- 


(1). — Gustave  Le   Bon. — Lois      psico- 
logiques  de    V   evolution   des  ]:)euples. 
(2).— G.     Le   Bon.— Op.    cit.— 


—  209  -  ' 

titu3^eii  un  ser  viviente.  Esas  células  tie- 
nen una  duración  muy  corta,  pero  la  del 
ser  formado  por  su  reunión  es  mu\^  lar- 
ga; ellas  tienen  á  la  vez  una  vida  perso- 
nal: la  sujv^a,  3^  una  vida  colectiva:  la 
del  ser  cuva  sustancia  componen.  Cada 
individuo  de  una  raza  tiene  también  una 
vida  individual  muy  corta  y  una  colecti- 
va mu3"  larga.  Esta  última  es  la  de  la 
raza  en  la  que  él  nace,  que  contri- 
buiré á  perpetuar  3'  de  la  que  dependerá 
siempre." 

Pero  la  raza  no  solamente  está 
compuesta  de  los  individuos  vivientes,  si- 
]iO  también  de  la  larga  serie  de  muertos 
que  fueron  sus  antecesores.  Estos-,  mucho 
más  numerosos,  son  también  mucho  más 
poderosos.  Es  por  los  muertos,  mucho 
más  que  por  los  vivos,  por  los  que  un 
pueblo  es  conducido.  Las  generaciones 
pasadas  no  solamente  nos  imponen  su 
constitución  física,  nos  imponen  también 
sus  pensamientos.  Los  muertos  son  los 
maestros  indiscutibles    de  los   vivos." 

Sentado  lo  anterior  veremos  rápida- 
mente como  se  formó  la  nacionalidad  es- 
pañola, madre  de  la  peruana,  por  la  reu- 
nión de  muchos  pueblos,  cada  uno  de 
los  cuales  aportaba  un  contingente  dis- 
tinto de  caracteres;  3'^  que  la  fusión  de 
esos  pueblos  3^  al  cabo  de  cierto  tiempo, 
por  la    herencia  3''    la  acción      idéntica    3' 


—  210  — 

continua  del  medio,  se  formó  un  pueblo 
con  una  suma  de  condiciones  morales  é 
intelectuales  distintas  y  perfectamente  de- 
terminadas. 

Los  Iberos  que  llegaron  á  Esi^aña 
6,000  años  antes  de  la  fundación  de  Ro- 
ma, han  sido,  según  parece,  los  más  an- 
tiguos pobladores  y  estableciéronse  en 
las  costas  mediterráneas.  Mas  tarde,  1400 
años  antes  ele  Jesucristo,  llegaron  los  cel- 
tas, pueblo  salvaje,  semi — nómade,  beli- 
coso, que  encastillado  en  las  montañas, 
conservaba  sus  costumbres  antes  de  fu- 
sionarse con  los  Iberos,  más  ocultos  á 
consecuencia  de  sus  tratos  con  los  demás 
pueblos  del  Mediterráneo.  Inmigraciones 
sucesivas  de  Fenicios,  sus  sucesores  los 
cartagineses,  griegos  insulares  y  asiáticos, 
fueron  transformando  el  carácter,  costum- 
bres   y  vida  de  los  celtíberos. 

Sometida  España,  apesar  de  la  ruda 
resistencia  del  lusitano  Viriato  á  provin- 
cia romana,  no  pudo,  á  consecuencia  del 
carácter  altivo  de  sus  habitantes,  adap- 
tarse al  método,  orden  3^  rígidas  costum- 
bres de  los  que  derrotaran  á  Anibal. 
Prueba  elocuente  de  ello  sería  la  corrup- 
ción de  la  lengua  latina,  que  como  cau- 
sa principal  tiene,  según  Canalejas,  el  es- 
píritu  de  la  raza. 

Sin  embargo,  ni  aiin  después  de  la 
invaisón   visigoda,   España    formaba     una 


-  211  — 

nación  unificada.  Esparcidos  en  su  rela- 
tivamente extenso  territorio,  vivían  los 
diferentes  ]:>neblos  aislados,  tanto  por  el 
régimen  de  independencia  mnnicipal  que 
les  diera  Roma,  como  por  el  espíritu  pro- 
pio c|ue  habían  heredado  de  los  celtas, 
indomables  al  sostenimiento  de  ningún 
Aaigo,  é  incapaces  de  perder  su  autono- 
mía individual.  Y  ni  las  asambleas  visi- 
godas, ni  la  religión  c[ue  les  predicara  el 
apóstol  San  Pablo,  y  á  la  C]ue  se  convir- 
tiera Recaredo,  ]:>udo  unificar  a  aquellos 
caracteres  opuestos,  fanáticos  por  su  li- 
lícrtad  y  terribles  en  sus  pasiones  y  odios, 
en  que  vivieron  los  antiguos  españoles  y 
visigodos,  odios  provenientes  de  razas  y 
religiones,  que  la  tardía  conversión  de  su 
último   rey   no    pudo    contener. 

Fué  más  tarde  con  los  árabes  que 
llevara  el  Conde  Don  Julián,  con  esos 
seres  sensuales  y  ardientes  Cjue  desploma- 
ron el  carcomido  imperio  visigodo  en  una 
sola  batalla,  mediante  los  c[ue  se  efectuó 
la  imificación,  como  consecuencia  lógica 
de  aquellas  uniones  3^  mezclas  de  las  que 
resultaban  los  mozárabes  y  mudejares,  de 
ac[uellas  luchas  sangrientas  3^  continuas 
Cjue  duraran  ocho  siglos,  en  que  se  libra- 
ron tres  mil  batallas  3'  que  terminaron 
con  la  toma  de  Granada  3'  las  melancó- 
licas  lágrimas   de   Boaljdil. 

Fué  pues  bajo   el   imperio    de   Carlos 


-  212  — 

V,  el  hijo  glorioso  de  re\'es  ilustres,  cuan- 
do la  raza  española  quedó  claramente 
determinada.  Valiente,  herencia  de  todos 
los  pueblos  C[ue  la  formaron,  en  especial 
de  los  celtas,  bárbaros,  indómitos,  que 
preferían  el  suicidio  á  la  perdida  de  la  li- 
bertad; tan  conocidos  de  los  romanos  que 
significaban  como  algo  imposible  "hacer 
volver  las  espaldas  á  un  cántabro";  au- 
daz, codiciosa,  cruel,  herencia  de  esos  car- 
tagineses y  fenicios  cjue  atra vezaban  los 
océanos  en  débiles  barcas  3^  cjue  guiados 
por  su  Dios  Melcarte  iban  en  busca  del 
misterioso  Ofir,  no  trepidando  en  hacer 
perecer  á  seis  mil  hombres,  abandonándo- 
los en  Osteocles,  la  isla  solitaria  en  me- 
dio del  Océano,  donde  perecieron  ele  ham- 
bre todos  ellos;  sensual,  imaginativa,  he- 
rencia de  los  moros;  inteligente,  una  vez 
que  cjuedaban  en  ella  rasgos  de  esos  ro- 
manos asombrosos,  fanáticos  por  su  Cris- 
to y  su  fé,  en  mérito  del  deslumbramien- 
to que  había  producido  en  su  psiquis 
emo  ti  vista  aquella  religión  tan  llena  de 
misterios,  ele  mártires  ensangrentaelos  3^ 
que  prometía  goces  infinitos  en  mundos 
maravillosos;  y  monarquía  por  admiración 
y  gratitud  hacia  sus  reyes  que  la  habían 
llevado  ele  triunfo  en  triunfo,  humillanelo 
razas    3^   pueblos. 


21^ 


o 


Rápidamente  acabamos  de  bosquejar 
el  carácter  de  la  raza  española,  haciendo 
abstracción  de  nn  número  diverso  de  fac- 
tores que  han  entrado  en  su  formación, 
tanto  por  hallarse  aún  poco  estudiados, 
como  por  la  índole  sintética  de  nuestro 
estudio. 

En  un  acto  de  singular  audacia, 
mu3"  digno  de  los  seres  por  cujeas  venas 
corría  sangre  de  los  fnndadores  de  Tiro, 
los  españoles  lanzáronse  á  los  mares  en 
busca  de  la  fortuna  y  á  la  conquista  de 
la  gloria.  Y  gloria  y  fortuna  consiguie- 
ron aquellos  cientos  de  hombres,  que,  ca- 
pitaneados por  Hernán  Cor  tez,  derrum- 
baron el  adelantado  imperio  Azteca,  ó 
por  Pizarro  desplomaron  el  inmenso  j  flo- 
recient2  Tahuantisu\^o,  ó  C[ue  con  Valdivia 
lucharon  heroicamente  en  la  sujeción  de 
esos  indomables  araucanos,  en  combates 
épicos,  magistral  mente  descritos  en  estro- 
fas vibrantes   por    el  gran   Ercilla. 

Pero  el  cambio  de  medio  y  de  vida 
que  siguió  al  triunfo,  y  la  plétora  de  ri- 
quezas que  como  corolario  inmediato  de 
sus  audacias  consiguieran,  unidas  á  otras 
circunstancias,  |)rodujeron  en  ellos  inia 
transformación  bastante  profunda  y  que 
es   preciso    examinar. 

Así  como  en  el  orden  físico  y  bio- 
lógico, para  Cjue  se  conserve  un  efecto  es 
condición    primera  que  las    causas   c[ue  los 


-  214  - 

produzcan  contiiuien  obrando  del  mismo 
modo,  así  también  en  las  sociedades,  or- 
ganismos superiores,  según  la  concepción 
original  del  enciclopédico  de  Briglion,  es 
preciso  que  sus  factores  se  conserven  los 
mismos  al  través  de  los  tiempos;  esto  es 
que,  entre  otr¿is  circinistancias,  su  medio 
no  se  modiíic]ue,  pues  de  otro  modo  trans- 
formaríase  el  proceso  de  su  evolución, 
una  vez  cjue  se  desequilibran  las  fuer- 
zas C[ue   mantenían   la    estabilidad. 

Ya  dos  griegos,  Hipócrates  y  Platón, 
comprendieron  la  influencia  del  medio, 
mejor  si  se  quiere  c|ue  los  filósofos  del 
siglo  XVIII,  que  discutieron  este  proble- 
ma apasionadamente.  El  prirnero  en  ima 
de  sus  obras  (1)  fué  el  primero  en  consig- 
nar cjue  á  la  naturaleza  del  país,  corres- 
pondía la  forma  del  cuerpo  y  la.  natura- 
leza del  alma.  Y  adelantando  notable- 
mente decía,  que  los  asiáticos  son  menos 
belicosos  y  de  iin  carácter  más  dulce  que 
el  de  los  europeos  á  causa  de  las  esta- 
ciones cjue  no  tienen  grandes  vicisitudes 
ni  de  calor,  ni  de  frió  sino  qtie  son  cons- 
tantemente iguales. 

Cuando  el  famoso  fundador  de  la 
escuela  de  Cóos,  rival  de  la  Cnido  ha- 
blaba   de    la     cobardía    de  los     asiáticos, 


(1)     Hipócrates. — De    las   aguas,     ai- 
res   y   lugares. 


—  215  - 

pensaba  sin  duda  en  las  luchas  que  sos- 
tenían los  griegos  con  los  ejércitos  de 
Jerjes.  Pero  pasan  los  años,  el  valor  de 
la  raza  helena  se  extingue,  al  paso  que 
los  ]}ersas  resisten  a  las  legiones  romanas 
que  han  derrotado  al  Mundo.  Preciso 
es  pues,  como  cree  Laurent,  que  aparte 
del  clima,  hayan  otras  causas  que  influ- 
yen en  los  pueblos.  Plipócrates  las  cono- 
ce y  acepta  también,  al  decir  que  las  ins- 
tituciones pueden  hacer  nacer  en  los  hom- 
l^res  la  aptitud  j  el  valor  para  el  tra- 
bajo. 

Aparte  de  Platón  que  en  uno  de  sus 
diálogos  (1)  y  Bodin  (2)  que  han  cono- 
cido la  influencia  del  clima  y  aconsejado 
al  legivslador  "que  trate  de  capitular  con 
las  influencias  de  la  naturaleza  que  no  es- 
tán en  su  mano  destruir",  el  autor  que 
más  nota  ha  adquirido  al  estudiar  esta 
cuestión  ha  sido  Montesquieu,  quien  redujo 
la  acción  del  medio  á  un  solo  factor:  el 
clima,  en  el  cjue  encontraba  la  explicación 
de  todos  los  fenómenos  sociales,  en  sus 
diversos   órdenes   (3). 

Poseído   de  ese  fatalismo,   no  trepidó 


[1]  Platón. — De  las  IcA^es. 
[2]  Bodin. — La  República. 
[3]      Montespuieu. — Op.    cit. 


—  216  — 

en  asegurar  que  si  en  el  Oriente  la  reli- 
gión, las  costumbres,  las  maneras,  las  le- 
yes, son  inmutables  es  á  consecuencia  del 
clima.  El  calor  excesivo — dice — enerva  la 
fuerza,  disminu3^e  la  actividad  del  cuerpo, 
el  abatimiento  trasciende  al  espíritu,  ha- 
ciendo todas  sus  inclinaciones  pasivas  y 
constituyendo  la  i)ereza  su  felicidad.  Lo 
contrario  sucede  en  los  ]3ueblos  del  Norte, 
c[ue  habitan  en  países  fríos,  siendo  los 
tínicos  que  poseen  hábitos  de  libertad  y 
de  trabajo. 

Pero  esa  inmovilidad  'leí  Oriente, 
que  Ballanche  consideraba  nsc-^saria  mía 
vez  que  era  "el  origen  de  nuestros  desti- 
nos progresivos,  no  debiendo  ser  move- 
dizo el  terreno  sobre  el  qus  s¿  va  á  edi- 
ficar", no  ha  sido  como  dice  Laurent 
más  cpie  una  ficción  sobrepuesta  á  otra 
ficción.  En  el  Oriente  han  habido  luchas 
de  razas,  religiones,  pueblos,  castas  y  ac[uel 
ha  estado  sometido  al  dinamismo  que  es 
ley  universal.  Aparte  también  de  cjue  ese 
despotismo  en  que  se  cree  han  vivido  los 
pueblos  del  Mediodía,  cae  desde  su  base 
al  considerar  que  un  piie]3lo  de  esa  región, 
llevó  a  los  del  Norte,  el  sentimiento  de  la 
lil)ertad,  que  habían  ])erdido  no  obstante 
de   ser   sus   iniciadores. 

Colocándonos,  pues,  en  el  verdade- 
ro punto  de  vista,  consideramos  el  cli- 
ma   tan     sólo   como     uno   de    los    factores 


-  217  - 

que  Herdcr  (1)  encerraba  en  el  amplio 
concepto  de  la  naturaleza,  3'  que  más 
tarde  ha  sido  sustituido  por  el  de  medio 
físico  ó  sea  la  ''reunión  de  circunstan- 
cias físicas  que  rodean  una  situación  ó 
estado";  existiendo  además  un  medio  mo- 
ral que  consiste  en  la  influencia  de  las  insti- 
tuciones establecidas,  la  religión,  las  tradi- 
ciones  &.   &. 

Enrique  Hipólito  Taine,  en  una  de 
sus  mejores  obras  (2)  en  cjue  ha  analiza- 
do las  le3^es  ele  la  producción  artística, 
con  ac[uel  estilo  sencillo  3"  elegante  que 
]^()sée  3^  c[ue  cubre  pensamientos  vigoro- 
sos 3"  profundos,  ha  puesto  de  manifiesto 
la  influencia  clara  3^  determinante  del  me- 
dio, no  solamente,  en  las  transformacio- 
nes que  sufre  aquella  bajo  el  cambio  de 
éste  sino  en  todos  los  actos  3^^  fenómenos 
sociales.  Spencer  en  sus  "Fundamentos  de 
la  Sociología",  ha  demostrado  también  la 
influencia  de  los  medios,  que  el  denomina 
factores  externos  é  internos  originarios. 
Siguiendo  esas  hermosas  teorías,  veamos 
primeramente,  aunque  con  rapidez,  los 
cambios   que    sufrieron   la   raza   3'    civiliza- 


(1). — Herder.— Ideas  sobre    la  filosofia 
de  la  historia. 

(2). — Taine. — Filosofía  del  arte. — Véa- 
se también  "Orígenes  de  la  francia  con- 
temporánea. 


—  218  — 

ción  españolas,  al  trasplantarse  a  Aniériea; 
medio  distinto,  que  modificó  tanto  la  ra- 
za como  las  costumbres  y  vida  de  aque- 
lla. 


En  tesis  general,  la  temperatura  del 
Peni  es  elevada  como  corresponde  á  los 
países  meridionales,  y  la  raza  que  vino 
de  misteriosos  lugares,  abandonada  á  la 
inclemencia  de  la  naturaleza,  hubo  de  su- 
frir su  acción  que  la  moldeó  con  caracterís- 
tica propia.  Bajo  un  sol  abrasador  que 
debilitaba  los  músculos,  en  un  país  fe- 
cundo y  rico,  donde  la  vida  era  fácil  y 
llevíidera,  habieron  de  vivir  los  indios 
pasiva  y  trancjuilamente.  Más  tarde  con 
la  fundación  del  Tahuantisuyo  y  sancio- 
nado aquél  régimen,  continuaron  su  vida 
sin  grandes  sobresaltos,  sin  intensas  emo- 
ciones, rara  vez  modificada  por  concjuis- 
tas  de  monarcas  ambiciosos  á  las  que  só- 
lo apelaban  en  tiltimo  extremo.  Absorbi- 
da su  personalidad  en  aquel  inmenso  co- 
munismo, arrastrando  una  vida  rutina- 
ria, los  indios  perdieron  toda  iniciativa 
abrumadas  por  el  peso  de  las  costumbres 
y  el  tradicional  estar,  y  el  carácter  y  la 
energía    "bajo   un     monarca    cuya    misión 


—  219  — 

se  coiisicleral^a  como  divina"  (3),  que  ve- 
lalDa  por  la  conversación  de  ese  estado 
social,  no  atreviéndose  á  variar  sino  min- 
escasas  costumbres  ó  á  dictar  disposicio- 
nes   de  orden    secundario. 

Desde  su  trabajo  metódico  y  conti- 
nuo, su  legislación  y  costumbres  Cjue  con- 
servábanse intactas  al  través  de  los  tiem- 
pos, hasta  su  arquitectura  3^  miisica  mo- 
nótonas y  sin  vida,  todos  sus  actos  y 
manifestaciones  sociales  llevaban  impresos 
el  espíritu  de  la  raza.  Pero  acaso  tam-  , 
bien  por  ese  modo  de  vivir  pasivo  y  sin 
sobresaltos,  la  raza  tenía  un  fondo  melan- 
cólico que  se  traduce  en  su  poesía  triste  3^ 
carácter  contemplativo. 

El  choque  de  dos  razas  tan  diferen- 
tes, la  española  3^  la  india,  por  las  con- 
diciones especiales  en  cjue  se  efetuó,  sólo 
produjo  el  debilitamiento  ele  la  primera 
y  la  degeneración  3^  anicjuilamiento  de  la 
segunda.  Es  un  principio  sociológico  cjue 
para  c|ue  el  cruzamiento  de  dos  razas 
produzca  benéficos  resultados,  ellas  no 
han  de  ser  totalmente  diferentes  3^  de  ci- 
vilizaciones demasiado  opuestas,  pues  de 
otro  modo  la  inferior  será  abatida,  hu- 
millada por  la  otra,  máxime   si    se    enta- 


3). — Alzamora. — Historia   del  derecho 
peruano 


-  220  - 

ulan  luchas  como  en  el  caso  que  estu- 
diamos. 

Esto  no  obstante,  por  necesidad,  una 
vez  que  los  españoles  llegaban  solos,  las 
razas  se  cruzaron,  resultando  el  criollo 
americano,  producto  genuino  de  ese  cruce 
qué  hasta  el   mismo   Pizarro    efectuara. 

El  clima  cálido  de  la  costa,  donde 
se  establecieron  los  hispanos  de  lui  lado, 
y  su  cruzamiento  con  los  indios,  por  otro, 
determinaron  la  constitución  de  los  habi- 
'  tan  tes  del  Perú,  que  no  tienen  ni  la  au- 
dacia y  el  vigor  de  los  conquistadores,  ni 
la  apatía  é  indolencia  incaicas.  I  esa  ra- 
za cruzada  obtuvo  su  vijeza  con  el  régi- 
men del  coloniaje,  época  desastroza  en 
todo  orden,  desoladora  en  si  misma  3" 
fecunda    en     consecuencias  desgraciadas. 

A  las  tristes  voces  de  piedad  de 
Las  Casas,  vino  para  suplicar  á  los  in- 
dios ya  diezmados,  una  población  negra, 
de  facciones  toscas,  cabello  ensortijado, 
que  apesar  de  su  constitución  de  esclava, 
penetró  profundamente,  en  determinadas 
regiones,  en  la  constitución  de  la  raza 
peruana. 

Bajo  el  cúmulo  de  vicios  Cjue  traje- 
ron en  su  sangre,  de  sus  numerosos  de- 
fectos y  corrompidas  costumbres,  los  ne- 
gros trajeron  también  alguna  cualidad 
que  quizás  es  la  C[ue  he  determinado  en 
parte  el   espíritu    de     ciertos    pueblos    del 


—  221  - 

Peni.  El  negro,  si  Ijien  es  un  ser  sensual, 
superstieioso,  falto  de  energías  para  el  tra- 
bíijo,  posee  sin  embargo  á  menucio,  clara  in- 
teligencia, frivola,  pero  no  por  ello  menos 
notable.  Y  quién  sabe  si  acaso  á  este  factor 
étnico  se  debe  el  carácter  limeño,  inge- 
nioso, superficial  la  gran  ma^^oria  de  las 
veces,  T  que  tan  desemejante  es  con  el  de 
cualcjuier  otro  pueblo  del  Perú,  una  vez 
que  en  Lima  fué  donde  en  mayor  núme- 
ro se  establecieron  esos  seres  que  arran- 
cados de  su  lejana  patria,  fueron  traídos 
á  América,  para  cubrirlos  de  cadenas. 
Desde  luego,  habría  que  añadir  á  la  influ- 
encia del  negro  y  su  resultante  el  mulato, 
el  menor  influjo  en  la  población  limeña 
del  factor  indio,  el  clima  distinto  &,  &, 
Que  los  negros  influj^eron  poderosamente 
en  las  masas  coloniales,  nos  lo  prueban 
multitud  de  historiadores;  entre  otros  el 
General  Mendiburú,  quien  dice  en  uno  de 
sus  interesantes  artículos  (1)  que:  loses- 
pañoles  libertaron  y  favorecieron  a  un 
gran  número  de  negras  y  de  sus  relacio- 
nes con  ellas  resultó  la  abundancia  de 
mulatos,  que  las  familias  de  Lima  acom- 
pañaron con  entrañable  afecto  y  criaron 
en  medio  del  lujo  3^  del  engreimiento  más 
escandaloso.  No  hay  ])or  cjué  dudar  que 
asociada  la  descendencia  española,     en    su 


(1)     Mendil^urii. — Revista  de  Lima. 


tierna  edad,  en  roce  continuo  con  nna 
multitud  de  domésticos  de  ambos  sexos, 
y  entregada  en  gran  parte  á  nodrizas  ne- 
gras, recibió  impresiones  dañosas  que  al- 
teraron su  carácter  3^  tomó  costumbres 
de   que  resultaron  más    tarde  tristes  y  ver- 


gonzosas consecuencias", 


Lo  que  ha  sido  el  coloniaje — cjue  X3recí- 
sa  cpie  estudiemos  para  conocer  el  medio — 
nos  lo  lian  contado  multitud  de  historiado- 
res en  páginas  tristes  y  dolorosas.  Uno  de 
ellos,  el  ilustrado  Dr.  J.  Prado  y  Ugarteche 
ha  escrito  al  respecto  tni  importante  traba- 
jo (2)  en  cjue  poseído  de  espíritu  socioló- 
gico, lo  ha  anolizado  prolijamente,  mos- 
trando sus  llagas  é  imperfecciones.  En 
páginas  sinceras,  saturadas  de  erudición, 
ha  puesto  de  manifiesto  la  influencia  de 
numerosos  factores  que  determinaron  ese 
estado  social  ''cuya  verdadera  síntesis  es 
el  que  favorecía  en  religión  el  fanatismo, 
en  gobierno  una  mezcla  funesta  de  debi- 
litamiento y  extralimitación  del  poder 
civil,  en  política  el  sistema  de  la  intriga 
V  las  denuncias  secretas;   en    el   orden  mo- 


(2)  J.  Prado  y  Ugarteche. — Estudio 
social  del  Perú  bajo  la  dominación  espa- 
ñola. 


-  223  - 

ral  contribuía  á  la  perversión  de  las  cos- 
tumbres, en  el  orden  económico  sostenía 
el  más  funesto  sistema  de  exclusivismo, 
monopolio  j  privilegio,  C[ue  produjo  la 
ruina  de  España,  desplomada  aún  dentro 
de  las  riquezas  de  América  C[ue  inconcien- 
temente había    aniquilado". 

I  solo  así  se  explica  que  al  través 
de  la  enorme  distancia  cjue  separa  al  nue- 
vo Mundo  de  España,  el  monarca  siguie- 
ra imperando  de  un  modo  absoluto  sobre 
aquel,  tanto  por  esa  razón  de  carácter 
general  como  por  la  política  astuta  que 
desplegara  al  colocar  en  las  colonias  dos 
poderes  rivales  y  ecjuilibrados,  como  fue- 
ron la  Audiencia  j  el  Virre}^,  que  se  en- 
contraban en  continua  discordia,  Cjue  fa- 
llaba sienijDre  el  monarca,  teniendo  que 
l)rociu'ar  de  este  modo  las  anteriores  au- 
toridades, hallarse  en  la  mejor  armonía  con 
éste,  cjue  en  iiltimo  análisis  era  "el  centro 
de  la  \'iáa  j  el   origen   del  derecho    (1). 

Y  ni  aún  así,  bajo  aquella  vigilancia 
mutna,  en  aquel  continuo  chocar  de  au- 
diencias y  virrcA^es,  ni  el  gobierno  de  la 
gran  mayoría  de  estos  fué  puro,  ni  la 
conducta  de  acjuellos  correcta.  El  colonia- 
je ha  sido  una  época  de  profunda  desmo- 
ralización, v^a  en  e.  orden  económico  ó  en 
el    administrativo,   de  relajamiento    desme- 


[1}     F.   C.    Coronel  Zegarra. 


—  224.  — 

elido  de  lavS  costumbres,  de  crueldad  inau- 
dita para  con  los  naturales  del  país  que 
perecían  á  millares,  y  de  fanatismo  reli- 
gioso  absorvente. 

Mal  organizado  el  coloniaje  con  las 
numerosas  leyes  cpie  se  encuentran  en  las 
Ordenanzas  y  Recopilaciones  y  conside- 
rando desde  el  rey  hasta  los  corregido- 
res a  la  América  "como  un  feudo  propio" 
pueden  comprendei^se  los  numerosos  abu- 
sos C|ue  practicaran  las  autoridades  codi- 
ciosas, con  el  poder  inmenso  que  poseían 
y  sin  sanción  y  responsabilidad  de  sus 
actos.  Los  fraudes,  las  injusticias  de  las 
que  al  través  de  los  tiempos  nos  ha  lle- 
gado noticia  [2]  nos  dan  ligera  idea  ele 
ese  estado  lamentable  de  las  sociedades 
de  acjuellos  tiempos,  en  cpie  hasta  se  re- 
legaba al  olvido,  gran  número  de  veces, 
las  disposiciones  j  lej^es  bien  intenciona- 
das que  dictaran  algunos  monarcas,  po- 
seídos tan  solo  los  encargados  de  cum- 
plirlas, del  deseo  ilimitado  de  conseguir 
riquezas,  aunc[ue  pisoteando  derechos  y 
haciendo   caso   omiso   del  deber. 

La  necesidad  de  oro  de  las  cortes 
corrompidas  de  España;  para  sostener  su 
lujo  v^  boato,  la  separación  de  gobernan- 
tes y    gobernados,  el   omnímodo   poder  de 


[2]     Véase  "Noticias  secretas  de  Amé- 
rica"  por  Juan   y   Ulloa. 


—  225  — 
» 

las  autoridades,  la  ignorancia  y  el  temor 
de  las  masas,  fueron  las  cansas  por  las 
en  ales  se  sostuvo  ese  estado  social  c[ue  se 
caracterizaba  por  la  "explotación  de  lo 
más  valioso,  por  su  inmediato  resultado 
con   ex.^lusión   de    extraños"    [3]. 

En  medio  de  esa  sociedad  relajada 
cu3^a  "enfermedad  dominante  era  una  hi- 
dropesía de  riquezas  bien  ó  mal  habidas" 
el  factor  religioso  na  marcado  con  tintes 
sombríos  su  influencia  profunda  y  deso- 
ladoramente    dañina. 

El  catolicismo  no  solamente  es  una 
institución  religiosa,  sino  también  política: 
aspira  ho}^  como  a3"er,  a  la  supremacía  ó 
principal  influencia  cerca  de  las  coronas, 
y  como  quiera  pue  la  nobleza  tenía  igua- 
les pretensiones,  se  estableció  una  lucha 
entre  ambos  poderes,  llevando  inmensa 
ventaja  el  primero,  por  su  sello  divino, 
del  C[ue  se  supo  obtener  opimos  frutos, 
aprovechando  del  fanatismo  é  ignorancia 
de  re3^es  y  pueblos. 

Debido,  pues,  al  inmenso  influjo  de 
os  religiosos,  de  sus  numerosas  premi- 
nencias, de  su  número  Cjue  pasaba  de  seis 
mil*  3^  del  respeto  con  c]ue  eran  mirados, 
fué  lógico  cjue  ese  poder  abusase  de  sus 
prerrogativas  3^  degenerando,  se  convir- 
tiese en   una    agrupación   de  individuos  di- 


[3]     Prado   3'  Ugar teche. — Op.   cit' 


226 


solutos  y  codiciosos,  que  sancionaban  sus 
irregularidades  con  su  omnímodo  poder 
de  origen  divino,  hasta  el  punto  que  el 
rey  bubo  de  prevenir  "seriamente  al  Con- 
de de  Superunda,  contuviese  los  desmanes 
de  los  clérigos  Cjue  ofendían  la  jurisdic- 
ción  real"    [1]. 

La  civilización  de  un  pueblo,  como 
se  sabe,  depende  del  progreso  de  la  socie- 
dad y  del  progreso  del  individuo,  El  ca- 
tolicismo en  el  Perú  impedía  el  desarro- 
llo general  de  la  colectividad  y  el  particu- 
lar individual;  de  acjuí  que  su  infiujo  ha- 
3"a  sido  pernicioso  y  de  fatales  consecuen- 
cias. Al  fanatismo  y  superstición  que 
desarrolló  en  los  habitantes,  hay  que  aña- 
dir la  pereza  y  ausencia  de  moralidad  c[ue 
produjo,  tanto  por  el  excesivo  número  de 
fiestas  j  procesiones  como  por  los  escán- 
dalos con  que  estas  concluían,  la  falta  de 
todo  movimiento  intelectual,  entregados 
los  colegios  á  los  religiosos  y  la  persecu- 
ción que  hacía  á  los  herejes  el  Santo 
Oficio,  el  abarrotamiento  de  las  propieda- 
des é  industrias  á  consecuencia  de  las 
manos  muertas  ''c[ue  eran  causa  de  que 
se  encontrase  inmensamente  abatido  el  va- 
lor de  las  fincas,  el  mejoramiento  de  ellas 
y   el   comercio   sobre    bienes  raíces"     (2]. 


[1]     Memorias   de  virrey-es. 

[2]     Prado  y  Ugarteche.— Op,   cit. 


—  227  — 

Viviendo  en  esa  atmósfera  eorrompi- 
cla  Y  disoluta,  entregados  á  los  placeres 
y  fiestas  que  alcanzaban  á  cubrir  medio 
año  [3]  fácilmente  se  comprende  Cjue  los 
criollos  habían  de  adcjuirir  liál3Ítos  de 
excesiva  pereza,  Cjue  arraigaron  en  ellos 
intimamente.  Ricos  6  con  inmensas  faci- 
lidades para  conseguir  sus  subsistencia, 
sin  estímulo  ni  necesidad  ])ara  el  trabajo, 
ignorantes  auncjue  de  notable  3^  claro  ta- 
lento, vivían  en  medio  del  más  deslum- 
brante lujo  y  boato.  Entregados  por  en- 
tero á  las  aventuras  amorosas  de  todo 
linaje,  que  la  época  y  costumbres  de  los 
tiempos  les  permitían  y  disculpaban,  eran 
indolentes,  caprichosos  é  impresionables, 
por  la  acción  moldeadora  que  ejercía  la 
mujer  en  el  hogar  3^  que  no  contrarres- 
taba ninguna  otra  educación  más  seria  y 
superior. 

Y  llegamos  aquí  al  punto  más  ca- 
pital é  importante:  la  instrucción  en  el 
coloniaje. 

Si  se  considera  Cjue  apenas  pasados 
algunos  anos  del  sometimiento  del  Peni 
a   España,   se  fur.cló  á   pedido      de      Fra^- 


[3]  Mendiburu.— Apuntes  históricos. 
—Cap.  XXIV.  (Editados  por  la  Bibliote- 
ca   Nacional   de  Lima). 


-  228  — 

Tomás  de  San  Martín,  por  real  cédula 
fechada  en  YalladoHd,  en  12  de  Mayo  de 
1551,  la  Universidad  de  San  Marcos,  con 
todos  los  privilegios  déla  de  Salamanca, 
creeríase  que  la  instrucción  mereció  espe- 
cial cuidado  de  los  monarcas  3^  autorida- 
des españolas.  Pero  en  ese  medio  de  pe- 
reza, de  fraudes  continuos,  no  pudo  ni 
organizarse  medianamente  aquella,  tarito 
por  la  carencia  de  voluntad,  como  por 
la  insuficencia  de  las  rentas  C]ue  se  desti- 
naron para  tal  objeto.  Eu  medio  de  al- 
ternativas variadas,  de  cambios  continuos, 
vivió  la  Universidad  de  Lima  estéril  é 
improductivamente,  entregada  á  los  reli- 
giosos "cuya  conducta  estaba  al  nivel  de 
la  de  los  corregidores'^  (1)  y  cuyo  plan 
de  estudios  se  reducía  á  la  enseñanza 
dogmática  y  aristotélica  de  la  Teología, 
Prima,  Filosofía,  Vísperas,  Escrituras  y 
Cánones.     (2). 

Aparte  de  la  Universidad  se  instruía 
también  en  los  conventos  y  un  historiador 
(3)  nos  ha  pintado  lo  Cjue  era  ella  en  los 
siguientes  renglones: 

"La  instrucción  se  atendía  por  los 
eclesiásticos,   y  en    ella,  mediante    un      ré- 


(1).— Juan   y  Ulloa. — Op.   cit. 
(2).— J.   C.    Paz  Soldán.— Anales  Uni- 
versitarios.— Yol.   I. 

(3). — García  del  Río. 


—  229  - 

gimen  de  castigos  infan^atorios,  que  fo- 
mentaban la  hipocresía  y  relajaban  el  ca- 
rácter ele  los  jóvenes,  se  perdía  un  tiem- 
po precioso  en  aprender  multitud  de  cosas 
inútiles  3'  cuestiones  frivolas.  El  latín, 
rara  vez  suficientemente  bien  aprendido, 
era  la  base  de  los  estudios.  Aprendíamos 
bajo  el  nombre  de  lógica,  dice  un  escri- 
tor c[ue  filé  educado  en  ese  régimen,  á 
porfiar  más  que  á  racionar,  á  jugar  con 
la  razón  más  que  á  fortalecerla.  Cual- 
quier hombre  sensato  que  hubiera  entra- 
do á  nuestros  claustros,  habría  juzgado 
por  los  gritos  descompasados,  el  fervor 
y  empeño  que  se  tomaba  por  el  ergotis- 
mo  ridículo,  c[ue  se  hallaba  en  medio  de 
una  multitud  de  locos.  El  resultado  era 
que  se  recargaba  nuestro  cerebro  de  entes 
de  razón,  de  cualidades  ocultas  y  otras 
mil  ridiculeces,  sólo  propias  para  engen- 
drar confusión  3'  arrancar  toda  semilla 
de  aficción  al  estudio.  La  lógica  escolás- 
tica, tan  intitil  3^  fatal  para  el  género 
humano,  algo  de  las  matemáticas  3^  una 
jurisprudencia  netamente  facciosa,  embro- 
llada 3^  agena  á  nuestras  costumbres,  ce- 
rraban la  carrera  á  nuestros  estudios. 
Un  velo  impenetrable  nos  encubría  de  los 
idiomas  extrangeros,  la  cjuímica,  la  histo- 
ria de  la  naturaleza  3'  la  de  las  asocia- 
ciones civiles;  una  sombra  oscura  nos  se- 
paraba  de  la    historia  de  nuestro    propio 


--  230  - 

país,  de  nuestro  planeta,  de  la  meeáuíca 
general  del  Universo;  no  teníamos  la  me- 
nor idea  de  las  relaciones  qne  ligan  al 
hombre  en  sociedad  y  á  las  sociedades 
entre   sí.'^ 

Fácilmente  se  comprende,  pues,  qu_' 
seméjate  sistema  de  instrucción  no  había 
de  producir  ning'ún  resultado  bienhechor 
é  influencia  alguna  modificatoria  de  aquel 
estado  social.  I  no  de  otro  modo  se  ex- 
plica la  ignorancia  de  los  habitantes  3^  la 
improductibilidad  absoluta  en  talentos 
que  caracteriza  el  régimen  colonial,  dejan- 
do sin  cultivo  la  inteligencia  característi- 
ca de  la  raza  española.  Y  así  ha  sido, 
tan  sólo  consecnencia  de  la  época,  esen- 
cialmente poética  de  Lima  en  aquellos 
tiempos,  la  causa  de  la  abundancia  rela- 
tiva de  poetas,  que  con  motivo  de  cual- 
quier suceso  público  aparecían,  pero  sin 
revelar  ninguno  cualidades  muy  notables. 
Los  cerebros  extraordinarios  de  tin  Juan 
de  Caviedes  escribiendo  el  ''Diente  del 
Parnaso"  y  de  Don  Diego  de  Peralta  y 
Barnuevo,  c[ue  al  decir  de  Fe3^jóo,  era  el 
hombre  más  sabio  de  su  tiempo,  no  pu- 
dieron resultar  sino  de  una  instrucción 
profunda,  que  se  la  dieron  asimismos  por 
su  ])ropio  esfuerzo,  trabajo  y  constancia^ 
separándose  en  lo  absoluto  de  su  medio 
y   sobreponiéndose  á  su  tiempo. 

Tal   ha  sido  el   virrejmato  en   el   Pe- 


--  231  - 

rn  ''que  descansalja  sobre  Ijases  que  con- 
dena la  ciencia  en  nombre  de  la  dignidad 
humana,  de  la  libertad  del  individuo  y  del 
i:)rogreso  ele  las  naciones"    [1]. 


Con  pocas  diferencias  ciue  modifica- 
ban los  detalles,  sin  alterar  el  fondo,  el 
coloniaje  fué  tan  desastroso  en  Lima 
como  en  el  resto  del  Perú.  En  Arec[uipa 
la  vida  fué,  si  se  quiere,  más  pasiva  3" 
silenciosa,  tanto  por  el  carácter  del  pue- 
blo como  por  el  menor  número  de  di- 
versiones  y  fiestas.  Ese  pueblo,  en  cuj^a 
composición  étnica,  habían  entrado  tam- 
l^ién  la  raza  española  y  la  india,  siendo 
mu}^  escaso  la  negra,  y  cjue  habitaba  tm 
]iaís  hermoso,  tuvo  siempre  un  carácter 
más  profundamente  meditativo,  un  espí> 
ritu  de  análisis  mas  severo  3"  por  consi* 
guierite  más  serio.  En  él  palpitaba  el  ta- 
lento indiscutible  de  esa  raza,  tan  bien 
personificada  en  don  Alfonso  el  Sabio,  en 
los  representantes  á  las  Asambleas  Visi- 
godas cjue  produjeron  el  famoso  Fuero 
Juzgo,  3^  más  tarde  en  las  famosas  Cor- 
tes de   Cádiz  de   1812. 

Atenuado   ese  brusco    temperamento 


(1). — Prado  3^  Ugarteche. — Op.  cit. 


—  232  - 

español  con  el  indio,  más  silencioso  3^  me- 
lancólico, en  nn  país  bello  y  c[ue  convida- 
ba á  la  la  vida  contemplativa,  pero  en 
nn  medio  físico  qne  desorganizaba  sus 
nervios,  electrizándolos,  y  qne  actuaba  po- 
derosamente sobre  su  cerebro,  lo  predis- 
ponía al  genio,  que  como  ha  dicho  Lasé- 
gue,  es  una  neurosis.  Pero  el  arecjuipeño 
padece  de  abulia,  abulia  crónica,  la  en- 
fermedad mortal  de  toda  la  raza.  Y  co- 
mo ésta,  posee  también  los  hermosos  en- 
sueños, las  aspiraciones  idealistas,  pero 
atenuados  y  encubiertos  bajo  la  reconcen- 
tración y  apatía  incaicas.  Y  es  sin  duda 
á  la  presencia  de  estos  caracteres,  á  los 
que  se  debe  el  estacionarismo  de  la  pobla- 
ción, cjue  permanece  intacta  al  través  de 
los  tiempos,  sin  ser  acariciada  por  vien- 
tos reformadores  más  c{ue  en  débil  escala. 
Y  sólo  algunos  de  los  habitantes,  en  úl- 
timo caso,  cuando  es  atacada  su  libertad 
que,  como  los  celtas  no  se  resignan  á  per- 
der, sienten  que  renacen  en  sus  venas,  la 
sangre  de  los  Riego  y  Tu  pac  Amaru  y 
entonces  soñando  en  quimeras,  rompen 
eslabones  3^  colocan  sobre  ruinas  3'  enhies- 
to sobre  cadáveres  el  pabellón  enrrojecido 
de  sus   deseos. 

Sea  por  su  medio,  ^nedio  de  cam- 
panario" ó  por  la  menor  influencia  del 
negro   3^  la  mayor  del   indio,   el      carácter 


-  233  - 

no  es  ni  frivolo  ni  satírico  [1].  Su  psi- 
qiiis  contemplativa  lo  arrastra  á  la  me- 
ditación, ésta  al  aaalisis,  3^  de  aquí  su 
temperamento  y  disposiciones  para  la  j)o- 
lítica  y  la  ciencia,  que  también  se  revelan 
en  un  canciller  como  José  Gregorio  Paz 
Soldán,  3^  su  hermano  Mateo,  Hipólito 
Sánchez  3^  Salazar,  enfrascados  en  serias 
discjuisicioiies  científicas,  el  análisis  mate- 
mático 3^  la  investigación  del  Universo. 
De  allí  también  sus  escasas  disposiciones 
]3oéticas,  cpie  ni  las  conmociones  múltiples 
d:  su  inquieta  vida  republicana  han  lo- 
grado producir  ni  un  lírico  ni  épico  de 
talla  considerable,  teniendo  que  reempla- 
zanse  la  poesía,  como  lo  ha  indicado  el 
notable  escritor  Mostajo  [2],  por  la  lucha 
periodística,  ó  sea  por  la  batalla  de  las 
razones    sobrepuesta    á   la  fantasía,    á    la 


(1). — El  Sr.  Francisco  Mostajo,  que 
con  el  Dr.  Carlos  D,  Gibson,  son  los  úni- 
cos que  en  Arequipa  han  escrito  juicios 
literarios  netamente  científicos,  en  un  ma- 
gistral estudio  sobre  Samuel  Yelarde  (Ju- 
ventud n^  6]  indica  c[ue  a  causa  del  me- 
dio "de  aldea",  este  poeta  no  desarrolló 
su  talento  satírico,  que  hubiera  impedido 
quizás  que  Juan  de  Arona  se  llevara  la 
palma   en   ese  género. 

[2].— F.  Mostajo.— Prólogo  de  "Plie. 
gos   al   viento".    [1908]. 


—  234  — 

loca    de    la     c¿isa    como    la    llanial3a  Ala- 
lebranche. 

En  el  estudio  del  problema  propues- 
to, debemos  partir  pues,  de  la  base  in- 
cuestionable del  talento  de  los  arequipe- 
ños.  Y  no  es  ni  ni  un  espíritu  provincia- 
no, ni  amor  á  nuestro  terruño  el  que 
nos  hace  asegurar  semejante — aserto;  éste 
se  deduce  como  consecuencia  lógica  al  ab- 
servar  las  maravillas  de  ese  pueblo  en  el 
orden  intelectual,  al  contemplar  descarna- 
damente los  hechos,  aparte  de  halagado- 
res juicios   emitidos   por  extraños. 

Al  talento  indiscutible  de  la  raza 
española,  hecha  meditativa  por  el  cruce 
con  la  india,  hay  que  añadir  en  Arecpii- 
pa  la  infiuencia  dominante  del  clima,  ó 
mejor  dicho  del  medio  físico.  Sea  á  cau- 
sa de  la  sec]uedad  del  aire,  por  efecto  de 
que  su  vapor  de  agua  se  pierde  al  atra- 
vesar los  áridos  desiertos  de  Islay  y  La 
JoA^a,  en  total  una  extensión  de  80  mi- 
llas [1],  Y  que  los  vientos  del  EvSte  son 
incapaces  para  contrarrestar,  lo  c]ue  im- 
pide cjue  la  electricidad  de  las  nubes  y 
la  de  la  tierra  estén  en  completo  contac- 
to,  quedando      la     atmósfera    sumamente 


(1).  — Dr.  J.  Dickson  Hunter.— Are- 
quipa como  punto  de  sanidad. — (El  Cos- 
mos n"   3). 


—  235  — 

cargado  de  aquella  [1]  ó  por  efecto  del 
aumento  de  los  feíiómenOvS  de  radioacti- 
vidad del  suelo  3^  de  la  atmósfera 
(2)  es  lo  cierto  que,  como  han  demos- 
trado distinguidos  científicos,  existe  en 
Arecjuipa  un  estado  particular,  la  '^neva- 
da" c|ue  se  caracteriza,  bajo  el  punto  de 
vista  patológico,  ])or  un  estado  atmosfé- 
rico cjue  ataca  á  un  gran  número  de  ha- 
bitantes de  la  ciudad  produciéndoles  una 
secousse  [conmoción]  cjue  se  traduce  por 
ima  depresión  del  sistema  nervioso"  [3]. 
A  la  causa  directa  del  clima,  como 
indica   el   inteligente   Dr,    Escomel,  hay  que 


(1). — Experimentos  hechos  por  el  Dr, 
T.  Costa  demuestran,  sin  embargo,  que  la 
cantidad  de  electricidad  atmosférica,  en  los 
días  de  nevada  se  conserva  más  ó  menos 
igual  á  ki  de  los  días  cjue  no  lo  son, 

[2] — El  autor  de  esta  teoría  es  el 
mismo  Dr.  T.  Costa.  No  creemos  demás 
advertir  que,  en  un  interesante  estudio  so- 
bre la  geología  de  la  provincia  de  Are- 
Cjuipa,  hecho  por  el  Br.  Emilio  Lisson,  y 
Cjue  consérvase  aún  inédito,  se  demuestra 
que  el  terreno  sobre  el  que  está  edificada 
la  ciudad  es  de  aluvión  [ccMiglomerado 
torrencial]  lo  que  comprueba  en  alguna 
parte  la   anterior   teoría. 

[3]  Edmundo  Escomel. — Arequipa  et 
sa  phisionomie  medicale-climatérique.  1908. 


—  236  — 

añadir  otras  varias,  como  los  temblores 
de  tierra,  tan  frecuentes  en  Arequipa,  los 
cohetes,  toques  de  campana  [dobles]  Cjue 
determinan  el  carácter  '^neuropático"  de 
los  arequipeños,  cuya  resnltante  inmediata 
[sabida  es  la  relación  estrecha  del  talen- 
to y  del  desequilibrio]  sería  quizás  su  in- 
teligencia, por  acjuella  continua  inc[uietud 
de  su  sistema  nervioso,  anuella  movilidad 
de  su  espíritu,  en  transición  variada  a  los 
estados  más  distintos,  cjue  lo  invitan  á 
la  meditación  j  abstraimiento,  c|ue  dege- 
nera en  tristeza  y  adinamia,  haciéndole 
aclc[uirir,  como  3^a  hemos  indicado  un  ca- 
rácter serio,  pero  sin  lograr  borrarle  los 
quijotismos  cjue  de  herencia  de  su  raza 
tiene  en  sí.  Los  temblores  de  tierra  los 
han  vuelto  impresionables,  cre3^entes  exa- 
gerados hasta  fanáticos  (1),  pues  ''los  re- 
petidos fenómenos  seísmicos  los  ha  hecho 
volver  los  ojos  al  cielo  en  busca  de  ima 
fuerza  superior  amparatriz'^   (2). 

Pero   por   más  notable  c[ue  fuera  ese 
talento   reconocido    por    todos  en     los  are- 


(1)  Véanselos  hechos  ridículos  que, 
bajo  el  rubro  ele  milagros  sorprendentes, 
se  relatan  en  "El  suelo  de  Arequipa  con- 
vertido en  cielo' \  por  Travada  y  ''Tradi- 
ciones de  mi  tierra''  por  el  señor  Francisco 
Ibáñez. 

(2)  F.   Mostajo. — Samuel  Yelarde. 


237 


quipeños,  un  medio  como  el  coloniaje,  que 
jíi  hemos  estudiado,  era  el  más  inapa- 
rente  para  el  desarrollo  y  cultivo  de  esa 
preciada  facultad.  Abandonados  por  en- 
tero á  los  corregidores  é  intendentes,  lle- 
vando una  vida  pasiva,  bajn  una  igno- 
rancia absoluta,  c|ue  a  España  le  convenía 
conservar  en  todo  el  Perú,  los  habitantes 
de  Arequiya  vivieron  en  el  más  completo 
estancamiento  de  energías  en  todo  orden, 
en   medio  de   la   religiosidad   imperante. 

Arequipa,  ha  dicho  un  escritor,  [1] 
fué  uno  de  los  lugares  del  Perú  á  los  que 
el  Gobierno  español  consagró  menos  cuida- 
dos. Apesar  de  haber  sido  fundada  por 
Garci  de  Carbajal  en  1540,  solamente  en 
1616,  por  obligación,  como  lo  prescribe 
el  Concilio  Tridentino,  se  fundó  el  primer 
colegio,  en  mérito  de  hal^er  sido  erigida 
la  ciudad  en  Obispado.  Antes  y  después 
de  la  fundación  del  Seminario  la  instruc- 
ción se  había  dado  en  los  conventos,  tal 
como  lo  hemos  visto  anteriormente;  edu- 
cación c[ue,  desde  luego,  era  incapaz  de 
producir   ningún   efecto   saludable. 

Los  numerosos  obispos  que  se  su- 
cedieron en  Arequipa,  poco  se  ocuparon 
del    Seminario,    ó     si   lo     hicieron  fué  "solo 


(1)  F.  García  Calderón. — Estado  y 
progresos  de  la  instrucción  en  Arecjuipa. 
1840. 


-  238  — 

para  la  fiel  recaudación  de  las  rentas^''^ 
ningaino  introdujo  reformas,  nadie  dejo 
gratos  recuerdos,  "sea  porque  no  tuvieron 
tiempo  para  ocuparse  de  ello,  sea  porque 
no  cre\^eron  que  era  asunto  digno  de  llamar 
su    atención". 

En  medio  de  esa  vida  de  molicie  y 
letal  sopor,  c[ue  ahogaba  toda  energía  é 
impedía  todo  desarrollo,  vivieron  los  are- 
Cjuipeños  ''en  la  antigua  noche,  pertene- 
ciendo al  siglo  de  las  c]uimeras"  (1).  Y 
era  preciso  un  excesivo  talento  natural 
que  sobrepasara  á  su  tiempo  j  á  su  me- 
dio para  que  apareciese  una  personalidad 
de  algún  relieve,  como  Diego  Martínez  de 
la  Rivera,  de  cpie  habla  Cervan- 
tes. 

Para  el  que  estudia  con  algún  dete- 
nimiento el  desarrollo  de  la  instrucción 
en  Arequipa,  tiene  cj[ue  presentársele  con 
caracteres  colosales,  la  labor  ardua,  difí- 
cil y  profundamente  bienhechora  del  Iltmo, 
Obispo  Mons.  Pedro  José  Chavez  de  la 
Rosa.  Es  á  él,  casi  exclusivamente,  á  c]uien 
Arecjuipa  debe  sus  hombres  ilustres,  que 
han  escrito  sus  mejores  y  más  gloriosas 
páginas.  De  la  reforma  íntima  cpie  efec- 
tuó en  el  Seminario,  con  paciencia  y  cons- 
tancia benedictinas,   arranca   todo  el  movi- 


(1)      Andrés    Martínez. — Elogio    del 
Iltmo.   Chaves   de   la    Rosa. 


—  239  — 

miento  intelectual,  toda  esa  avalancha  de 
homl3res  vigorosos,  de  atletas  intelectua- 
les, c(ue  reformaron  al  Perú,  le  dieron  le- 
yes 3'  lo  orientaron  hacia  mejores  regio- 
nes. 

Aquel  varón  ilustre,  que  en  Córdova 
había  dado  muestras  de  su  piedad,  3"  en  la 
Universidad  de  Osuna  de  su  privilegiado 
cerebro,  no  pudo  permanecer  indiferente 
ante  el  atraso  de  su  gre}-:  y  emprendiendo 
la  reforma  de  la  juventud  en  el  Seminario, 
cultivó  sus  inteligencias,  educó  su  volun- 
tad con  el  ejemplo  y  la  palabra  3^  les  en- 
í  eñó  á  ser  virtuosos  en  aquella  sociedad 
corrompida.  Y  después,  luchando  contra 
toda  clase  de  obstáculos,  acosado  por  la 
maledicencia  3^  la  envidia,  rompiendo  con 
todo  prejuicio  3^  odiado  por  particulares  3^ 
dignidades  con  quienes  no  había  entrado 
en  complacencias,  puso  un  dicpie  a  la  co- 
rrupción de  su  época,  un  freno  á  todas 
las  inmoralidades,  3'  im  remedio  eficaz  á 
todos  los  excesos  que,  bajo  la  pantalla  de 
la  religión  se  cometian  por  docjuier.  Es- 
tableciendo severos  reglamentos  para  los 
oficios  de  la  Iglesia,  prohibiendo  en  lo  ab- 
soluto vergonzosas  prácticas,  pudo  de  al- 
gún modo  hacer  entrar  en  carril  á  todo 
aquel  clero  "cu3'0  distintivo  no  era  ni  el 
fervor,  ni  la  humildad,  ni  la  abnegación 
evangélicas.      De   entonces    no    se     ven   ya 


—  240  — 

dice  1111  historiador  (1)  ni  penitentes  en 
semana  santa,  ni  banquetes  en  los  atrios, 
ni  procesiones  nocturnas,  ni  eclesiásticos 
omisos  en  el  cumplimiento  de  sus  deberes, 
ni  párrocos  ausentes  de  sus  doctrinas,  ni 
regulares   fuera   de   sus   conventos". 

Pero  apartándonos  de  su  labor  mo- 
ral, de  la  caritativa  3^  benefactora  como 
la  fundación  ele  la  Casa  de  Huérfanos, 
nos  ocuparemos  tan  solo  de  la  reforma 
del  Seminario.  Durante  160  años  había 
llevado  este  plantel  una  vida  inactiva, 
sin  reglamento  alguno,  sin  disciplina  ni  en 
los  maestros  ni  en  los  escasos  alumnos; 
reducida  su  enseñanza  al  latín  mal  apren- 
dido y  á  un  poco  de  teología  trasnocha- 
da. El  inteligente  obispo  que  había  ob- 
servado en  Europa  el  asombroso  movi- 
miento intelectual,  que  engendró  la  revo- 
lución de  1789  y  c[ue  más  tarde  aplau- 
diera las  famosas  cortes  de  Cádiz  de  1812, 
hubo  ele  emprender  necesariamente  su  com- 
pleta  transformación. 

Mejorando  desde  el  edificio  para  lo 
que  hubo  de  vender  una  de  sus  propieda- 
des en  España,  restableciendo  el  orden  3- 
la  moral  entre  profesores  y  alumnos,  dio 
un  excelente  plan  de  estudios  y  estableció 
normas   de  conducta   que  ()rodujeron  inme- 


(1)     M.  A.    Cateriano. — Recuerdos  del 
Iltmo.   Mons.  Chaves   de  la   Rosa. 


241 


jorables  resultados.  La  enseñanza  encasa 
é  insnfieiente  se  siistituA^ó  por  easi  todo 
lo  que  constituía  el  saber  humano  en 
aquellos  tiempos;  consistiendo  en  serios 
estudios  de  Gramática  latina,  castellana, 
griega,  hebrea,  arábiga,  filosofía,  mate- 
máticas, física,  astronomía,  sagrada  escri- 
tura, disciplina,  historia,  ritos,  derecho 
canónico,  civil,  natural  y  de  gentes.  El 
re\^  al  aprobar  ese  plan  de  estudios,  su- 
IH'imió  los  tres  últimos  cursos,  pero  no 
obstante  se  continuaron  enseñando  estos 
en  el  Seminario,  educándose  asi  los  futu- 
ros juristas  de  la  patria  peruana.  Esa 
transformación  fué  fecunda  en  beneficios 
Cjue   solo    ho_y   en    día  podemos  apreciar. 

Comparativamente,  si  además  se  tie- 
ne en  cuenta  la  diferencia  de  épocas,  la 
instrucción  c[ue  estableciera  Chaves  de  la 
Rosa  fué  superior  á  la  actual  por  las  si- 
guientes ra^-ones:  1^ — Organización  más 
apropiada,  2^ — Ma^^or  estudio,  3^ — Maes- 
tros que,  cpiizás  inconscientemente,  fueron 
superiores. 

La  instrucción,  que  al  decir  de  Leo- 
poldo Alas,  refiriéndose  á  las  ideas  de 
ciertos  pedagogos,  "es  un  gran  descubri- 
miento de  nuestros  días",  fué  si  se  quiere 
mejor  comprendida  por  el  Obispo  de  la 
Rosa  C[ue  por  nuestros  educacionistas. 
Exceptuando  las  gramáticas,  que  desde 
hiego   ningún    alumno  las  estudiaba  todas. 


-  242  - 

y  la  historia,  í3e  vé  que  en  su  plan  de 
estudios  ])redominan  las  ciencias  de  aná- 
lisis, que  desarrollan  el  cerebro  sin  atro- 
fiarlo bajo  el  cúmulo  de  datos  3^  lieclios 
qae  reúne   la    memoria. 

El  sabio  joven  Dr.  F.  García  Cal- 
derón Re3%  en  su  libro  "Le  Perou  Contem- 
porain",  del  c|ue  el  profesor  de  la  Sorbona, 
Seailles,  dice  que  "es  digno  de  llamar  la 
atención  por  los  problemas  cpie  plantea 
y  las  soluciones  c|ue  propone",  lia  estu- 
diado entre  otros  asuntos  el  de  la  ins- 
trucción en  nuestros  días  y  él  con  su  pro- 
fundo y  extraordinario  talento  y  su  asom- 
brosa ilustración,  nos  dirá  sus  faltas  é 
inconvenientes     [1]. 

"Los  mismos  defectos  Cjue  Le  Bou 
encuentra  en  la  educación  francesa  [2], 
el  culto  de  la  memoria,  el  olvido  de  la 
observación  y  de  la  práctica  se  encuentran 
todavía     en     la  instrucción    peruana.      Ni 


[1]. — El  libro  en  referencia  publicado 
en  París,  á  principios  del  año  c[ue  cursa 
aún  no  lo  conocemos.  Los  datos  cpie  in- 
sertamos, son  tomados  de  la  larga  expo- 
sición y  crítica  Cjue  de  dicha  obra  escribió 
el  notable  profesor  Dr.  Deustua  y  cjue  fué 
])id)licada  en  "La  Prensa"  de  Lima  y  en 
la  Revista  de  la  Universidad  de  San  Marcos. 
(2)  G.  Le  Bou. — Psicología  de  la 
educación. 


—  243  — 

el  sentido  de  la  historia  ni  la  lenta  3^  minu- 
ciosa observación,  ni  el  elan  de  nna  filosofía 
fuerte  v  profunda  existen  en  los  cuadros 
monótonos  de  nna  educación  bizantina, 
que  no  se  separa  de  los  hábitos  escolásti- 
cos del  período  colonial,  sino  que  pertenece 
en  el  medio  inflexible  del  clasicismo,  de  la 
retórica  envejecida  y  del  filosofismo  caduco" 

La  instrucción  dada  por  de  la  Rosa 
no  comprendía,  ni  los  numerosos  y  varia- 
dos cursos  que  abarca  la  actual,  que  can- 
san al  alumno  sin  ilustrarlo,  ni  los  defec- 
tos memorísticos  que  hoA^  son  corrientes. 
Comprendiendo  ciencias  de  análisis  y  de 
discurso  formaban  en  la  conciencia  y  ra- 
zón del  estudiante  hábitos  de  análisis, 
facultad  de  comprensión  viva,  al  mismo 
tiempo  que  un  estudio  serio,  metódico, 
continuado  y  profundo  de  las  diversas  li- 
teraturas, lo  hacía  aptos  para  la  oratoria, 
como  para  la  redacción,  que  también  se  re- 
velan en  Luna-Pizarro,  Martínez  ó  Pacheco. 

No  es  este  el  momento  más  oportu- 
no para  demostrar  las  imperfecciones  de 
nuestro  actual  sistema  de  educación;  ellas 
se  revelan  al  hojear  las  ^'Informaciones 
sobre  la    2^     enseñanza''    (1)   en   que  han 


(1). — Editadas  por  el   Ministerio   del 
Ramo  en   1906. 

Entre    los    profesores   arequi peños   que 
han   colaborado     en    dichas    informaciones 


-       ■     —  244  — 

colaborado  nmchos  inteligentes  profesores, 
los  que  están  unánimes  en  declarar  cjue 
ella  no  corresponde  á  nuestras  necesida- 
des,  ni  á   las    aspiraciones,  de  la    nación. 

Otros  factores  importantes  C|ue  determi- 
naron la  superioridad  ele  los  educados  en 
el  Seminario  fueron,  como  ya  hemos  di- 
cho, el  mayor  estudio  3^  los  maestros  que, 
inconscientemente,  fueron  más  apropiados. 
Caracterizáronse  acjuellas  épocas  por 
mía  efervescencia  intelectual  asombrosa. 
,Esos  cerebros  que  tenían  en  sí  tantas 
energías  contenidas,  ■  al  descorrerse  ante 
ellos  un  panorama  como  el  que  la  instruc- 
ción les  ofrecía,  hubieron  de  cjuedar  des- 
lumbfaclos  y  procurar  aprovechar  de  acjue- 
llos  iDcneficios.  Fué  pues,  por  decirlo  así, 
upa  explosión  de  energías  el  florecimiento 
intelectual  de  fines  del  siglo  XYIII  y  prin- 
pipios  del  XIX.  A  esta  consideración  ha3^ 
que  añadir,  la  de  cjue  todos  esos  talentos 
salieron,  si  nó  de  las  clases  bajas  del  pue- 
blo, por  lo  menos  de  la  clase  media,  esto 
es  de  aquellos  cjue  sin  bienes  de  fortuna 
y  sin  medios  de  sobresalir,  previeron  cjui 
zas  que  el  estudio  podría  contrarrestar 
lo  que  con  su  nacimiento  modesto  no  ha- 
bían   adquirido. 


se  encuentra  el  distinguido  intelectual  Dr. 
F.  Gómez  de  la  Torre,  quien  presentó  un 
interes^ante  informe   al   respecto. 


—  245  — 

A  la  influencia  benenca,  tal  conio:  la 
que  ejercía  Chavez  de  la  Rosn,  que  j^a- 
saba  largas  Tioras  en  el  Seminario  esti- 
mulando á  los  estudiantes,  ha^^  que  aña- 
dir la  serÍR  disciplina,  el  medio  ar equipe- 
ño  en  esos  tiempos  apropiado  al  estudio; 
á  consecuencia  de  la  sencillez  de  la  vida, 
por  la  falta  de  diversiones  que  distraen 
la  atención  de  los  educados,  la  conside- 
ración que  en  la  ciudad  obtenían  los  pre- 
miados y  la  inñuencia  inconmensurable  de 
los   maestros. 

El  profesor  moldeal  al  alumno;  le 
impone  desde  sus  ideas  hasta  sus  liabi- 
tos;  es  á  él,  cuando  sabe  atraerse  á  los 
discípulos,  a  cpiien  estos  respetan  y  aman 
más.  Su  influencia  es,  pues,  decisiva, 
máxime  si  se  trata  de  niños  fáciles  de 
dominar. 

El  gran  Gu3'au,  en  uno  de  sus  más 
hermosos  libros  (1)  ha  establecido  cjue  la 
sugestión  debe  considerarse  conio  "medio 
de  educación  j  modificador  de  la  heren-. 
cia".  Eünda  su  teoría  en  la  semejanza^ 
de  la  sugestión  con  el  in^stinto,  siéndola* 
primera  "un  impulso  cjue  empieza  a  inponer- 
se en   la   voluntad"    ó   una   "voluntad   ele- 


(1). — Guyau. — Educación       };      heren- 
cia. 


^  246  -■ 

mental  que  se  fija  en  el  seno  de  la  vo- 
luntad". Esa  sugestión  desarrollada  has- 
ta el  extremo  del  instinto,  obligará  al 
individuo  á  obrar  indefectiblemente  como 
este,  le  hace  criar  hábitos,  tendencias,  in- 
clinaciones naturales  que  lo  obligarán  á 
actuar  bajo  una  norma  determinada.  El 
profesor  debe,  pues  sugCvStionar  al  alumno, 
sugerirle  ideas  que  lo  dirijan  á  determina- 
dos fines. 

Esta  misma  teoría  desarrollada  ba- 
jo otra  forma  y  con  algunas  diferencias, 
es  la  defendida  por  Le  Bon,  cjuien  sienta 
que  la  educación  debe  basarse  en  el  si- 
guiente principio:  ^'transformar  lo  cons- 
ciente en  inconsciente".  Las  voliciones  3^ 
actos  enteramente  conscientes,  que  se  obli- 
ga al  alumno  á  practicar,  deben  por  di- 
versos mecanismos,  ser  transformados  en 
instintos,  que,  desde  luego,  involumtaria- 
mente  practicjue  aquel.  Imbuida  la  idea 
ele  un  acto  debe  practicarlo  instintivamen- 
te, para  de  este  modo  librarlo  de  las 
modificaciones  varias  que  pudiera  efectuar 
la  voluntad. 

Los  profesores  de  aquellos  tiempos 
practicaron,  como  hemos  dicho,  inconscien- 
temente este  fenómeno.  Deslumhraron  a 
los  alumnos,  los  sugestionaron,  ya  por 
los  secretos  que  les  revelan  y  jamás  ha- 
bían imaginado,  ya  por  su  conducta  ejem- 
plarísima  ó  ya  por  la  palabra  y  las  ideas 


—  247  - 

que  les  hacían  adquirir,  que  en  aquellos 
cerebros  dúctiles,  caían  como  gérmenes  de 
voliciones,  pues  sabido  es  como  han  de- 
mostrado psicólogos  de  la  talla  de  Feré 
y  otros  [1]  cjue  la  idea  es  el  principio 
del  movimiento  y  más  aún,  es  el  movi- 
miento  que  comienza. 

Y  solo  así  se  explican  dos  impor- 
tantes fenómenos:  aquella  pasión  por  el 
estudio  de  que  han  estado  poseídos  esos 
arequipeños  ilustres,  en  mérito  del  ejí^m- 
])lo  3^  prédica  de  sus  maestros,  3''  el  cari- 
ño estrañable  que  tuvieron  por  los  últi- 
mos. Ejemplo  de  lo  primero  serían  todos 
los  hombres  que  descollaron,  desde  el 
erudito  Paz — Soldán,  hasta  Juan  Gualber- 
to  Valdivia,  que  apesar  de  sus  88  años 
enfermedades  y  dolores  murió  con  los  li- 
bros en  las  manos.  Ejemplo  de  lo  segun- 
do sería  desde  las  manifestaciones  de  ca- 
riño C]ue  le  tributaran  á  Luna  Pizarro 
sus  alumnos,  hasta  el  mismo  Valdivia, 
que  ha  muchos  años  fuera  entusiastamente 
ovacionado  y  coronado  de  laurel,  en  una 
fiesta  que  sus  discípulos  dieran  en  su  ho- 
nor. 

Ho3^  en  día,  en  la  ciudad  del  Rimac, 
al  rededor  de  inteligentes  profesores,  á  la 
cabeza  de  los  cuales  se  encuentran  c\  Dr. 


[1]. — Ch.     Feré,— Sensación    3^    movi- 
miento. 


—  248  -    -    ^ 

Alejandro  O.  Deiistua,  k  quien  uno  ele  sus. 
discípulos,  el  intelig"entísi,mo  autor  "De 
Literas",  califica  como  el  Lavisse  peruano, 
bajo,  su  educación  y  sus  enseñanzas  está 
irgnqéndose  toda  una  juventud,  vigorosa, 
c[ue  -Con  facilidades  especiales  para  el  es- 
tudijO,  con  maestros  orientadores  y  esti- 
mulados por  toda  la  sociedad,  está  sur- 
guiendp  deslumbrante,  cond,ensado  en  sí 
hermosas  esperanzas  para  la  patia  perua- 
na.^ Semejante  á  ese  florecimiento  fué  el 
c[u^  ocurriera  en  Arecjuipa,,  perp  siendo 
est,e.  más  amplio,  por  las  razones  que  des- 
pués expondremos. 

,  .    Con   lo   didho   anteriormente  ,  no      es 
iitjestro   ánimo   reducir   á   la  educación  su-    ' 
pqínorj    relativamente^    las.    tínicas    causas 
d^.. la,  procíucción   intelectual   de  la  ciudad    ' 
mistiana    en   las    póstremicrías     del      siglo 
XYÍn^:ios  albores  del  XIX. 

],.,  'Gu3^au,  cóliientando,  por  Fouillé  (1), 
l^a  determinado  el  verdadei'Q  concepto  de  • 
la  .educación  en'  las  simientes  líneas:  "Hav 
capacidades  c  incapacidades  nativas,  sea 
cualesquiera  sñ  órioen  t  de  ello  resulta' 
que  el  cerebro  de  un  niño  no  es  indifini- 
daniente,  variable  v  modificable  como 
jCijeía  .lielvécío.  La  educación  ^debe  desa- 
rrollar  arnidniosamente  ]as  facilidades  na- 


,.•..'..   ^.  (l).-^A.  -  Fóuillé.— La  :  moral,  la    reli- 
gión' 3^  ér  arte'  ^s'egún.  Guyau. 


~    ^    '^   —  249  - 

ti  vas  del  cuerpo  y  del  espíritu,  ,sca  desde 
el  punto  de  vista  físico,  sea  desde  el  pun- 
to de  vista  moral".  En  el  estudio  del  pro- 
Ijlema.  creemos  haber  diseñado  yá  la  ca- 
])acidád  nativa  de  los  arequi¡)enos;  ])ero 
antes  de  continuar  nuestro  estudio,  debe- 
mos' decir  algunas  palabras  sobre  el  con- 
cepto ^  que  nos  merecen  esos  hombres, 
cu\^as'  causas  ,c|ue  los  produjeron  se  pre- 
gunta. 

Acaso'  por  un  exagerado  amor  á  Are- 
quipa, acaso  también  por  la  importan.cia 
de  esta  ciudad  en  otros  tiempos,  el  mé- 
rito dé  los  hombres  notables  que  produ- 
jera ha  sido  demasiado  elevado,  conside- 
rándolos por  algunos,  .en  los  tiltimos  tiem- 
pos, como  talentos  excepcionales,  poco 
menos  que  genios.  Su  cictuacíón  brillante 
en  éh  foro,  la'  política,  y  la  ciencia,  las 
elevadas  posiciones  á  que  se  encumbraban 
no  pose^^endo  en  su  origen  ninguna  ó 
mediana  colocación  social,  ni  tampoco 
bienes  de  fortuna,  por  la  fuerza  tan  solo 
de  su  talento,  han  contribuido  á  asentar 
esos  xonceptos.  Y  hemos  dicho  que  en  los 
últimos  tiempos  es  cuando  se  han  arrai- 
gado esas  ideas,  3^  prueba  de  ello  son  las 
siguientes  .frases:  de    Rajnnondi     (1);     "En 


(1)  '  Antonio  Raymondi. — El  estudio 
de  las  ciencias  naturales  en  el  Perú. — 
Anales  Universitarios. — Yol.    I. 


—  250  — 

el  Perú  no  se  tiene  fe  en  los  compatrio- 
tas, se  desconocen  sus  méritos  y  no  se 
aprecian  sus  trabajos".  Parece  que  los 
contemporáneos  de  esos  hombres,  mejores 
conocedores  de  estos  que  cualesc|uiera  otros 
individuos,  comprendieron  en  su  verdadero 
sentido,  su  valor,  salvo  que  esa  falta  de 
reconocimiento,  vse  debiera  á  odios  perso- 
nales, ó  enemistades  partidaristas,  tan  fre- 
cuentes en  aquellos  tiempos  de  profunda 
efervescencia  política. 

Pero  ni  aún  así  las  palabras  de  Ra}^- 
niondi  y  también  de  Paz-Soldán  y  que 
alguna  vez  emitió  conceptos  semejantes, 
podrían  generalizarse.  Es  evidente  que  un 
Eduardo  de  Rivero  fué  mejor  comprendido 
en  Europa  que  en  su  país,  quizá  por  la 
índole  de  sus  trabajos,  pero  en  cambio 
¡cuantos  nombres  hanse  elevado  sin  me- 
recerlo, cuántas  glorias  baratas  ó  acaso 
tan  solo  de  insignificantes  cualidades! 
Las  generaciones  posteriores  no  miran  bien 
los  hombres:  al  través  de  los  tiempos  y 
de  muchos  detalles,  las  cosas  se  idea- 
lizan, suaví^anse  los  contornos  y  en  cam- 
bio cualidades  insignificantes  adquieren 
proporciones  notables.  Ya  lo  decía  el  cáus- 
tico Brunetiere;  ^'para  canonizar  á  los 
hombres  solo  se  espera  que  mueran  los 
coetáneos  que  vieron  sus  miserias".  Con 
el  cambio  de  escenario,  de  medio,  en  pre- 
sencia  de  las    consecuencias,  y  excluja^ido 


—  251  — 

factores  individuales  qite  no  se  conocen, 
los  hechos  \'  los  hombres  son  pues  inmen- 
samente  difíciles   de  juzgar. 

Refiriéndonos  á  los  arequipeños  ilus- 
tres, no  es  posible  negar  que  poseían  una 
inteligencia  nativa,  tanto  de  herencia  de 
su  raza  como  por  la  acción  del  medio 
físico,  Cjue  también  los  desequilibraba  un 
tanto,  transformándolos  en  neuróticos  (1). 
Con  esas  condiciones  naturales,  una  edu- 
cación excelente  para  su  época,  surgieron 
á  causa  del  medio  y  momento  como  va- 
mos  á   examinar. 


Una  causa  de  capital  importanciat 
que  se  presenta  al  estudiar  el  problema 
propuesto  es  la  del  cambio  de  estado  so- 
cial. De  todas  esas  inteligencias  Cjue  for- 
mara Chaves  de  la  Rosa  en  el  Seminario, 
hubieran   c[uedado,  muchas  de   ellas,  anula- 


(1). — En  una  incompleta  auto-bio- 
grafía que  hemos  tenido  ocasión  de  ver 
del  Dr.  Pedro  José  Bustamante,  declara 
cjue  su  estado  dominante  era  la  melanxo- 
lía,  siendo  además  demasiado  excitable  y 
sensible  (hiperestesia).  Conocidos  son  tam- 
bién los  caracteres  despreocupados  y  anor- 
males de  Martínez,  y  patológicos  de  Güi- 
ros  V    otros. 


—  252  -^ 

das,  oscurecidas,  si  el  medio  ó  sea  el  es- 
tado social  hubiera  continuado  siempre 
el  mismo.  Bajo  el  régimen  colonial  que 
ya  liemos  descrito,  é[)oca  de  intrigas  y  de 
fraudes,  cerrado  por  completo  el  camino 
á  los  crilolos,  excluidos  de  todas  ]as  fun- 
ciones públicas,  ninguno  ó  muy  pocos  hu- 
bieran logrado  sobrescdir.  Pero  la  ])ro- 
funda  transformación  cjue  la  Independen- 
cia trajera  consigo,  hubo  de  producir  un 
candjio  no  mer.os  notable  en  los  estrntos 
sociales. 

Sales  y  Ferré,  uno  de  los  mejores  so- 
ciólogos pue  posee  España,  ha  escrito  las 
siguientes  líneas: 

"Las  transformaciones  sociales — dice 
— tienen  por  punto  de  j^artida  el  cambio 
de  ideas  y  aspiraciones,  ó  como  habría 
dicho  Gabriel  Tarde,  de  creencia  y  deseos; 
á  este  cambio  corresponde  una  alternati- 
va en  el  sistema  de  valores  sociales  y  es- 
ta alternativa  lleva  consigo  la  sustitución 
de   clases". 

Estas  palabras  tienen  su  completa 
confirmación  en  la  Independencia  del  Pe- 
rú. Las  ideas  de  libertad  que  habían  ger- 
minado, apesar  de  los  esfuerzos  de  Espa- 
ña para  contenerlas,  produjeron  la  eman- 
cipación 3^  esta  trajo  consigo  la  renovación 
de  clases;  á  la  aristocracia  que  hasta  en- 
tonces había  dominado,  sucedió  el  gobierno 
de  los  intelectuales,    siendo  CvSte  el  momen- 


—  2oo  — 


to  en  que  estos  aparecieron  3'  tocándoles 
á  los  arequipeños,  en  un  gran  número, 
ese   honroso    puesto. 


Analizando  las  vidas  de  los  Mistia- 
nos  ilustres,  se  vé  en  ellas  el  predominio 
absoluto  de  la  política,  a  la  que  vivían 
entregados  por  completo.  Ese  medio  mo- 
vedizo de  nuestra  vida  republicana  ha  si- 
do su  cuna  j  su  ambiente;  separados  de 
éste  muchas  glorias  hubieran  caído  desde 
su  base.  Pero  la  intranquilidad  de  la  po- 
lítica, sus  continuos  cambios  y  modifica- 
ciones varias,  los  hizo  surgir,  no  para 
erigirse  en  caudillos,  a  lo  C|ue  los  intelec- 
tuales rara  vez  llegan,  sino  para  dirijir 
á  estos.  Prueba  elocuente  é  irrefutable 
de  ello  sería  toda  nuestra  vida  republica- 
na, desde  el  Dr.  José  María  Corvacho, 
dirijiendo  á  Orbegozo,  Andrés  Martínez 
como  secretario  de  Salaverry,  liasta  Gre- 
gorio Paz-Soldán  y  Pedro  José  Bustaman- 
te,  actuando  poderosamente  sobre  Castilla, 
el  primero  como  ministro  y  el  segundo 
como   secretario  &,    &. 

Y  este  fenómeno  tiene  su  explicación 
lógica  al  considerar  el  predominio  abso- 
luto del  militarismo  en  aquellos  tiempos: 
solo  se  erguían  personalidades  por  el  po- 
der  de  las  batallas;  junto   con   un     candi- 


—  254  — 

lio  triunfante  surgían  un  cumulo  de  nom- 
bres, que  después  caían  arrastrados  j^ior 
acjuel  mismo.  Pero  como  cjuiera  cjue  los 
militares  que  generalmente  escalaban  el 
l)oder  por  actos  de  audacia  3'  valor,  no 
eran  los  más  aptos  i)ara  el  gobierno  de 
la  Nación,  llamaban  al  rededor  de  sí  á 
los  intelectelectuales,  para  que  los  clirijie- 
sen  tanto  por  su  ciencia  como  por  su 
consejo. 

Sobre  un  medio  inculto,  sobre  una 
inmensa  colectividad  C[ue  tenía  su  cerebro 
atrofiado  j  ancjuilosados  sus  músculos  y 
que  muy  lentamente  se  iba  desenvolvien- 
do, los  intelectuales  hubieron  de  ejercer  un 
influjo  sorprendente,  ciue  al  considerarlo 
las  generaciones  posteriores  los  ha  eleva- 
do á  alturas  desmedidas,  sin  tener  en  cuen- 
ta la  diferencia  de  momentos. 

Y  es  cjui^rás  á  esta  causa  de  la  in- 
fluencia de  los  arequipeños  sobre  los  cau- 
dillos y  en  la  política,  aparte  de  la  im- 
]3ortancia  de  Arequipa  como  ciudad,  más 
que  al  espíritu,  de  la  raza  como  se  ha 
atribuido,  la  continua  inquietud  de  ac|ue- 
11a  sublevándose  á  cada  ]:>aso.  Los  caídos 
V  apkivStados  por  el  partido  cjue  gober- 
naba, eran  los  cjue  por  medio  de  la  pren- 
sa y  de  la  prédica  excitaban  al  pueblo, 
que,  en  líltimo  análisis,  era  tan  solo  ins- 
trumento pasivo.  Los  verdaderos  revo- 
lucionarios han  sido   pues  esos  intelectua- 


—  255  — 

les,  que  eoii  el  influjo  poderoso  de  su  nom- 
bre y  la  palabra,  tenían  más  faeilidades, 
para  trastornar  la  repúbliea,  encubiertos 
por  un  pueblo  que  decía  celoso  y  aman- 
te de  la  libertad  y  de  la  justicia.  Y  de 
allí  cjue  la  disminución  del  militarismo, 
que  traía  consigo,  la  menor  influen- 
cia de  los  intelectuales  sobre  los  jefes,  ha 
traído  asimismo,  la  disminución  de  las 
revoluciones,  aparte  también  ele  una  relati- 
va  educación  de  las  masas  populares. 


Hemos  visto  ya  que  muchos  arequi- 
peños  de  los  llamados  ilustres  adquirieron 
celebridades  3^  surgieron  tan  sólo  por  la  polí- 
tica, pero  ¿cómo,  habiendo  sido  el  cambio  de 
estado  social,  C[ue  engendrara  esa  políti- 
ca completo  en  todo  el  Perú,  el  floreci- 
miento intelectual  se  concretó  en  Arecpii- 
pa,  siendo  sus  hombres  los  que  predomi- 
naron? Una  razón  poderosa  explica  este 
interesante  fenómeno;  la  productibilidad 
inferior  en  talentos  ó  mejor  dicho  en  hom- 
bres aptos  del  resto  del  Perú,  como  con- 
cecuencia  de  la  instrucción  nula  ó  defi- 
ciente. 

Al  comenzar  nuestro  tr^djajo  hemos 
visto  que,  auncjue  lo  han  pretendido  al- 
gunos sabios,  ni  la  raza  ni  el  medio  so- 
los ,  son  los   tínicos   capaces     de      producir 


—  256  — 

lOvS  fenómenos  sociales;  estos  son  conse- 
cuencia lógica  de  un  conjunto  ele  circuns- 
tancias armónicamente  combinadas.  He- 
mos visto  también  lo  cjue  fué  el  colonia- 
je, la  instrucción  de  acjuellos  tiempos  j 
C[ue  si  en  Arequipa  aparecieron  talentos 
fué  á  causa  de  la  instrucción  cjue  instau- 
rara La  Rosa,  aparte  de  cierta  cualidad 
nativa. 

Con  lo  dicho  c[uedaría  explicado  el 
anterior  fenómeno.  Los  demás  pueblos 
de  la  República,  ó  continuaron  en  la  ig- 
norancia en  c]ue  habían  estado  sumidos 
ó  siguieron  recudiendo  la  al^surda  instruc- 
ción c[ue  se  daba  en  los  conventos.  Los 
cerebros  vigorosos  que  surgieron  además 
de  los  arequi peños  se  formaron  asimis- 
mos,  fueron  personalidades  individuales. 
Unanue,  c]ue  recibió  las  primeras  leccio- 
nes en  Arec[uipa,  ha  relatado  los  múlti- 
ples obstáculos,  las  trabas  insuperables 
c|ue  había  cjue  vencer  en  Lima,  para  ad- 
cjuirir  una  mediana  ilustración.  Esas  in- 
teligencias han  sido,  pues,  excepciones  3- 
por  lo  mismo  no  pudieron  surgir  en 
junto  como  las  que  salieron  del  famoso 
Seminario. 


Pero  los    arequipeños     no     solamente 
dcscolhiron   en    la    [jolítica:  en    la  jurisi)ru 


—  257  — 

ciencia  hubo  también  fiiguras  notables. 
La  misma  causa  que  originó  su  aparición 
en  la  política,  la  originó  en  la  juris- 
prudencia. 

El  Perú  era  una  sociedad  en  vías 
de  constitución,  en  los  albores  y  hasta 
pasados  muchos  años  de  su  Independen- 
cia. Iba  á  constituirse  bajo  una  forma 
totalmente  distinta  de  la  que  antes  ha- 
bía tenido:  todo  er¿i  confuso  3^  caótico. 
De  aquí  c[ue  presentándose  individuos  co- 
mo los  arequipeños,  ilustrados,  conocedo- 
res de  la  legislación  y  administración  de 
otros  países,  aplicaran  esos  conocimientos 
á  su  patria,  Y  así  se  vé  en  efecto,  c[ue 
todas  nuestras  instituciones  y  le^^es,  no 
son  sino  ada])taciones  de  las  de  otros 
pueblos,  na.da  ó  poco  modificadas  tan 
solo  al  car¿icter  y  conveniencias  nacio- 
nales. 

La  confusión  de  nuestras  relaciones 
diplomáticas,  el  desconocimiento  científi- 
co absoluto  del  país,  Cjue  eran  terreno 
virgen  de  investigaciones  hizo  encumbrar- 
se á  individuos  que  ciertamente  poseían 
tino  é  inteligencia,  pero  muchas  de  cu- 
3^as  obras  son  tan  solo  de  simple  paciencia 
y  observación.  Un  talento  de  la  talla 
de  Eduardo  de  Rivero  sino  hubiera  sali- 
do de  su  país  y  educádose  en  Europa, 
con  la  simple  instrucción  del  Seminario, 
jamás  hubiera  logrado   dar  cima     á      sus 


-  258  - 

notabilísimos   traljajos,  no   superados     por 
nadie   todavía   en   la  América   del   Sur. 

Fueron  pues  los  grandes  factores 
del  Medio  j  del  Momento,  combinados 
con  ima  cualidad  nativa  nn  tanto  nota- 
ble 3^  una  educación  superior,  las  causas 
Cjue  han  determinado  la  aparición  de 
esos  hombres  ikistres.  Hubo  algunos  ce- 
rebros excepcionales  y  cjue,  por  lo  mis- 
mo, se  sustraen  á  toda  investigación, 
permaneciendo  en  los  misterios  biológicos; 
las  concepciones  de  Salazar  con  su  ''Gono- 
metria'^  y  la  oratoria  de  Luna — Pizarro, 
no  las  producen  tan  solo  las  circunstan- 
cias exteriores:  pero  en  general,  para  el 
gran  niimero,  fueron  esos  factores  el  ori- 
gen  de   su   grandeza   y  encumbramiento. 


Al  continuar  estudiando  el  problema 
propuesto,  notamos  dos  fenómenos  inte- 
resantes que  comprueban  lo  anterior:  el 
decaimiento  de  la  instrucción  en  Arequi- 
])a  al  mismo  tiempo  que  la  aparición  en 
mayor  escala  de  hom])res  notables  en  el 
resto   del    Perú. 

Después  de  la  ida  de  Chavez  de  la 
Rosa,  la  instrucción  continuó  en  el  Semi- 
nario por  espacio  de  varios  años  sin  va- 
riaciones notables;  pero  el  peruano,  como 
dice   Garcíti      Calderón     Ren^     posee      ima 


—  259  — 

''energía  explosiva,"  no  es  la  persisten- 
cia en  sus  actos  su  carácter  distintivo. 
E\  Seminario  fué  degenerado,  hasta  caer 
en  el  más  completo  abandono,  pero  esto 
no  es  abstante,  de  Arequipa  siguieron 
saliendo  notabilidades  que  eran  educadas 
en  el  colegio  de  San  Francisco,  regentan- 
do por  Fray  Juan  Calienes  y  en  de  la 
Independencia  especialmente  en  el  tiempo  que 
fué  dirijido  por  D.  Juan  Gualberto  Valdivia. 
Pero  esas  energías  concUn^éronse,  al  mismo 
tiempo  que  extendida  la  instrucción  en 
todo  el  Perú,  especialmente  en  Lima  con 
D.  Bartolomé  Herrera,  quedó  disminuida 
la  importancia  de  los  arequipeños  con  el 
surgimiento  en  otros  puel^lOvS  de  cerebros 
notables  y,  sobre  todo,  más  aptos  al 
nuevo  medio. 

Hoy  en  día,  aparte  de  la  instruc- 
ción, existen  otras  causas  á  las  que  se 
debe  nuestra  inferioridad  intelectual:  las 
dificultades  para  el  estudio  como  conse- 
cuencia del  enorme  desarrollo  3'  diferen- 
ciación de  los  conocimientos  hnmanos  que 
recjuieren  para  seguirlos  amplitud  de  me- 
dios económicos,  la  concentración  de  las 
energías  nacionales  en  Lima  y  el  consi- 
guiente decaimiento  de  las  provincias,  el 
cambio  de  medio,  momento  y,  en  suma, 
la  antítesis  de  las  diversas  condiciones  ya 
examinadas   Cjue   i:)rodujeron   el  florecimien- 


—  260  - 

to   de   fines  del    siglo     XVIII   y     principios 
del    siguiente. 


Pero  esa  inferioridad  intelectual  nues- 
tra ¿se  explica  tan  solo  por  la  diversidad 
de  las  condiciones  exteriores?  ¿acaso  po- 
dría  hablarse   de   degeneración? 

Aunque  no  liemos  analizado  los  ca- 
racteres físicos  del  pueblo  en  conjunto, 
suficiente  nos  sería  como  prueba  Norclau 
(1)  algunos  estigmas  intelectuales  c[ue 
hemos  creído  percibir,  para  declarar,  con 
evidente  restricciones  y  reservas  la  dege- 
neración de  la  raza.  El  simple  fenómeno 
de  la  abulia  crónica  y  su  consecuencia  in- 
mediata la  debilidad  de  la  atención,  cpie 
la  incapacita  para  el  estudio,  acaso  nos 
probaría  ese  aserto  (2)  del  cjue  sin 
embargo  surgen  muchas  lógicas  dudas, 
que    in:piden   cualesquiera  afirmación    cate- 


górica. 


Pero  cpieremos  ser  optimistas;  c|uc- 
remos  creer  que  esa  degeneración,  no  es 
más  c]ue  el  fenómeno  c[ue  ho}^  en  día  se 
observa  en  toda  la  humanidad,  y  en  es- 
pecial en  la  raza  latina  tan  gloriosa  y 
ho\^  ultrajada,   como    consecuencia     de    la 


[1]  Nordau. — Degeneración.— LÍI3.  I. 
Cap.    III. — Diagnóstico. 

[2]  Nordau.— Degeneración. — Lib.  II. 
Cap.   I. 


—  2G1  — 

época,  que,  como  dice  Giiyan  (1)  "es  un 
])enodo  de  tur1)ación  y  de  inquietud  para 
los  espíritus  que  no  i)oséen  la  calma  un. 
poco  triste  y  la  fría  razón  del  saljio  v 
del  filósofo".' 

Y  ¿como  lia  de  tener  esa  calma  esa 
raza  que  "vive  de  ilusiones"  no  coPii pren- 
diendo "que  si  soñar  es  dulce,  actuar  es 
mejor"?. 


Una  labor  strria  de  la  educación  de  la 
voluntad,  tal  como  la  que  ]3racticaran  Smi- 
les  y  Pa^'ot  en  sus  respectivos  ]:>aíses,  se 
impone,  y  acaso  tal  vez  así,  no  nos  queja- 
ríamos de  esa  dolorosa  inferioridad  inte- 
lectual de  Arequipa,  en  la  que  si  loien 
existen  varios  escritores  de  cerebros  no- 
tables, son  tan  solo  personalidades  ais- 
ladas, formadas  por  sí  solas,  en  mérito 
de  idiosincracias  particulares,  demasiado 
superiores   al   crimulo   de   los   mediocres. 

Reformando  la  instrucción,  educando 
seria  3'  científi-camente  las  nuevas  gene- 
raciones, enseñándoles,  sobre  todo  que  la 
abulia  mata  y  Cjue  el  dinamismo  en  nuestras 
sociedades  es  la  vida,  podría  elevarse  el  bajo 
nivel  en    que   nos  encontramos,  una  vez   que 

[1]  Guyau. — Ensayo  de  una  moral 
sin    obligación  ni   sanción. 


—  262  — 

todavía   vibra    en   esas  generaciones,  el   ta- 
lento  indiscutible  de    la  raza. 


Hemos  terminado.  Sin  las  elegancias 
del  estilo,  ni  la  profundidad  de  pensamien- 
to, acabamos  de  diseñar  lo  más  rápida- 
mente que  nos  lia  sido  ])osible,  algunas 
de  las  causas  que  han  producido  el  fenó- 
meno en  discusión.  Es  el  tema  tan  her- 
moso, interesante  y  amplio  que  hubiéra- 
mos querido  extendernos  algo  más,  pero 
ni  la  índole  sistética  ád  nuestro  trabajo, 
ni    el    carácter  del      concurso    oromovido 

L 

por  el    ''Centro    de    Instrucción"     nos    lo 
permiten. 

Todos  los  que  nos  interesamos  por 
por  Arequipa,  todos  los  que  Ir  amamos, 
hemos  de  sufrir  pues  intensamente,  al  ver 
sil  decaimiento;  pero  hoy  en  día  parece 
que  tiende  á  iniciarse  una  corriente  reac- 
cionaria en  la  dirección  C[ue  indicamos,  que 
traería  consigo,  un  renovamiento  fecundo  de 
nuestra  indolencia  musulmánica.  En  el  en- 
tretanto, para  poseer  energías,  tengamos 
siquiera  esperanzas  de  que  tal  suceda, 
pues  como  ya  lo  ha  dicho  Guyau,  el  fa- 
moso autor  de  los  "Versos  de  un  filósofo", 
melancólicamente  muerto  en  la  plenitud  de 
la  edad:  "el  hombre  vive  de  admiriación 
y   de   amor;   pero  el   que  siente    admración 


—  263  — 

y  amor  tendrá  esperanza,  y  es  ésta  tan 
solo  la  que  liaee  posibles  la  voluntad  y 
la  acción". 


HÉCTOR  Ramírez  del  Villar, 


Arequipa,  Julio  de   1908 


ídúv  %nñxéB  Sckwud^ 


Trabajo    que  obtuvo    el  cuarto 

premio ) 


£1   Movimiento    Intelectual    de    Arequipa 
á  fines  del  siglo  XVIII    y  prin- 
cipios    del     XIX 


Señor  Presidente  del  Centro  de  Ins- 
trucción. 

Arequipa 

He  leído  con  vivo  interés  la  nioti- 
vación  de  la  enquéte  que  el  entusiasta  y 
trabajador  centro  de  su  presidencia  aca- 
ba de  abrir  sobre  el  movimiento  intelec- 
tual de  Arequipa  á  fines  del  siglo  XYIII, 
y   principios   del   siglo  XIX. 

Me  lian  conferido  ustedes  gran  ho- 
nor al  solicitar  la  exposición  de  mis  ideas 
sobre  tan  importante  punto;  3'  siento  no 
poder,  por  falta  de  facultades  y  de  pre- 
paración, estudiarlo  en  forma  digna  de 
él  3^  del  simpático  centro  intelectual  are- 
quipeño. 


—  268  - 

No  es  un  estudio  serio,  no  es  una 
opinión  documentada  y  sólida  la  que  pue- 
do ofrecer  a  ustedes.  Sin  la  idea  de  con- 
tribuir en  algo  al  esclarecimiento  de  la 
materia,  allá  van  mis  impresiones  dirigi- 
das más  bien  como  homenaje  de  sim})atía, 
como  aplauso  caluroso  al  Centro  de  Ins- 
trucción. 

He  contemplado  esta  enquéte  en  lo 
que  debe  ser.  Se  trata  de  esclarecer  las 
causas  de  un  fenómeno  social  de  importan- 
cia. La  han  inspirado  razones  de  carácter 
científico,  motivo  de  aplicación  á  la  histo- 
ria de  nuestro  pueblo,  consideraciones  ele- 
vadas sobre  la  superior  justicia  en  la 
atribución  de  la  fama  y  del  renombre. 
Está  inny  lejos  de  ella  todo  móvil  de  ri- 
dículo orgullo  regional,  de  infantil  vani- 
dad retrospectiva.  No  pretende  ni  busca 
estudios  biográficos  ampulosamente  lau- 
datarios,  aislados,  inconexos,  hechos  de 
la  aglomeración  de  minucias  y  detalles 
insignificantes.  No  se  va  á  estudiar  á  los 
hombres  desde  el  punto  de  vista  perso- 
nal; sino  en  la  medida  en  que  este  estudio 
sirva  para  conocer  su  acción  social  y  la 
trascendencia  de  esta  acción.  El  proble- 
ma es  objetivo.  Colocarlo  en  otro  terre- 
no, es  decir  en  el  extrictamente  sul)jetivo, 
podría  decirse  que  su  solución  es  imposi- 
])le    \^  no   ofrece  ningima  utilidad. 

En    efecto,    la    averiguación     de    las 


—  269  - 

cansas  cjne,  con  precinclencia  de  las  ex- 
trínsicas  ó  sociales,  determinaron  ki  efica- 
cia de  la  obra  de  los  hombres  célebres, 
se  escapa  á  las  fnerzas  hnmanas.  No  nos 
es  dado  desgraciadamente  conocer  el  pro- 
ceso de  la  misteriosa  gestación  de  los 
privilegiados  cerebros.  Ni  es  menos  cierto 
Cjne  mu3^  ^poco  ó  ninguna  utilidad  tendría 
un  estudio   de  esa  especie. 

Han  tenido  ustedes  clara  visión  de 
lo  que  debía  ser  esta  etiquete  al  calificar- 
la de  sociológico-biográfica,  es  decir  prin- 
cipalmente sociológica.  La  biografía  en- 
trará en  la  parte  que  sea  necesaria  para 
esclarecer  más  el  aspecto  sociológico  del 
problema. 

Plantead c^>  ce  esta  manera  la  cues- 
tión, algún  lector  suspicaz  tal  vez  diría 
que  la  enquéte  no  corresponde  enteramen- 
te á  la  pregunta  precisa  en  cjue  ha  sido 
condensada.  Lo  cual  no  tendría  impor- 
tancia, desde  que  claramente  se  conoce  el 
espíritu  de  la  enquéte  al  leer  la  bien  fun- 
dada  motivación    que   ustedes   han  escrito. 

Y  antes  de  entrar  en  materia  me  V03' 
á  permitir  tratar  ligeramente  dos  puntos 
que  aborda  la  invitación.  Es  el  primero 
el  relativo  al  del3er  de  las  jóvenes  genera- 
ciones respecto  de  la  memoria  de  los  hom- 
bres Q\\\'c\  fama  se  trasmite,  agigantíuido- 
se,  de  o'eueración  en  o-eneración.  Es  el 
segundo,   la   influencia   de   los   hombres   cé- 


-  270  — 

lebres  en  la  historia  huiiiana;  la  conocida 
teoría   ele  los    "Héroes'^   que  ustedes  citan. 

Me  complazco  en  manifestarles  que 
merece  todo  aplauso  la  teoría  cjue  sostie- 
nen sobre  el  deber  de  las  nuevas  genera- 
ciones respecto  de  los  hombres  graudes; 
deber  que  no  consiste  en  recibir  como  te- 
soro infalible  la  sonora  tradición  de  su 
fama  y  de  su  nombre;  sino  en  estudiarlos 
profundamente  para  saber  si  merecen  ó 
no  la  celebridad  que  envuelve  su  recuerdo. 
Esta  hermosa  teoría  inspirada  en  impulsos 
de  fuerte  libertad  mental,  ele  arrogante 
independencia  de  espíritu,  es  la  condena 
vigorosa  de  acjuella  otra,  sostenedora  de 
mentiras  convencionales,  ciue  proclama  la 
intangibilidad  de  los  ilustres  muertos.  No; 
la  memoria  de  los  hombres  célebres  no 
puede  ser  intangible;  ni  su  nombre  tiene 
el  carácter  de  sagrado.  Hay  que  sacudir 
el  yugo  pesado  de  la  fama  veleidosa,  ti- 
ránica é  injusta. 

La  necesidad,  el  deber  de  reconstruir 
con  exactitud  el  pasado,  nos  obliga  á  no 
aceptar  como  hechos  indiscutidos,  sino  con 
el  carácter  de  simples  _v  comunes  proble- 
mas históricos,  los  acontecimientos  y  las 
obras  que  sirvieron  de  pedestal  á  las  feli- 
ces reputaciones;  auncjue  ellos  se  hallen  li- 
gados á  los  más  grandes  hechos  de  la  vi- 
da nacional;  aunque  ellos  hayan  entrado 
en   la  formación  de  lo   íntimo   de  el   senti- 


271 


miento  patriótico.  El  que  se  sienta  ani- 
mado de  espíritu  de  historiador,  antes  de 
emprender  su  Jabor  magna,  del3ería  des- 
prenderse de  los  prejuicios  forjados  á  fuer- 
za de  repeticiones,  de  las  ideas  nacidas 
al  calor  de  naturales  y  espontáneas  sim- 
patías ó  antipatías.  Y  siu  el  religioso 
temor  de  las  profanaciones  halaría  cjue 
emprender  con  serenidad  j  sangre  fría  la 
obra,  sacudir  el  polvo  cpie  oculta  los  he- 
chos de  los  grandes  y  seguir  implacables 
su  huella  hasta  en  los  lugares  á  cpie  dio 
el  carácter  de  sagrados,  la  fuerza  de  la 
vida  más  respetable  cjue  la  sombra  de  la 
muerte.  Tres  deberes  de  índole  distinta 
imponen  la  conducta  descrita  en  relación 
con  las  memorias  célebres.  Uno  es  el  que 
tenemos  para  con  nosotros  mismos;  es  el 
deber  de  absoluta  libertad  intelectual,  el 
deber  de  no  afirmar,  ni  creer  sino  acjue- 
11o  que  se  ha  presentado  á  nuestro  enten- 
dimiento con  las  pruebas  de  su  verdad. 
Otro,  el  deber  que  tenemos  para  con  nues- 
tro pueblo,  para  la  comunidad  de  cjue  for- 
mamos parte,  ])ara  las  futuras  generacio- 
nes cjue  reciben  por  trasmisión  tradicional 
el  conjunto  de  nuestras  ideas  3'  la  impe- 
dimenta de  nuestros  prejuicios.  No  debe- 
mos dejar  solamente  himnos  laúd  atarlos, 
sonoros  cantos  de  alabanzas  á  los  gran- 
des, á  los  representativos,  á  los  héroes; 
debemos  dejar  los    estudios    cpie    pongan 


—  272  — 

de  sil  relieve  su  persona  3^  su  obra,  los 
pacientes  análisis  ele  su  situación,  de  su 
medio,  de  su  influencia;  j  en  vez  del  nolli 
tangere  puestos  sobre  los  sepulcros  ó  so- 
l3re  los  monumentos  de  su  fama,  la  since- 
ra invitación,  el  amplio  llamamiento  á 
los  hombres  futuros  para  C{ue,  á  la  luz 
de  otras  ideas,  con  la  serenidad  de  los 
tiempos  corridos,  vajean  á  apreciar  las 
obras  de  los  héroes  y  el  juicio  de  las  pa- 
sadas generaciones.  Tal  vez  una  alma  in- 
dependiente, un  espíritu  audaz,  un  inves- 
tigador concienzudo  destruj^a  mentidos  lau- 
reles y  ponga  el  sello  de  la  aprobación  y 
de  la  gratitud,  allí  donde  otras  manos 
trazaron  el  estigma  de  condena.  ¡De  este 
vaivén  eterno,  de  esta  incesante  destruc- 
ción Y  construcción,  de  esta  perpetua  in- 
quietud, de  esta  revuelta  vorágine  de  con- 
tradictorias corrientes,  está  hecha  la  histo- 
ria humana! 

Y  por  último,  el  derecho  sagrado  de 
los  que  realmente  dejaron  en  la  vida  huella 
luminosa,  hicieron  su  obra  benéfica  ó  de- 
rramaron la  sangre  de  los  fecundos  sa- 
crificios; derecho  sagrado  á  cpie  su  nombre 
no  se  confunda  en  la  arbitraria  relación 
de  la  fama  con  los  nombres  C]ue  enalte- 
cieron la  casualidad,  las  j^asiones  ó  los 
intereses  de  un  día,  nos  impone  el  deber 
de  revisar  la  sentencia  que  la  tradición 
nos   ha   dejado,    de   comprobar   los    hechos 


-  27 


O 


y  (le  aquilatar  los  méritos,  para  destruir 
falsos  ídolos  3^  arrojar  con  ira  rnasiáiiica 
a    los  que  asaltaron  el   templo  de  la  gloria. 

No  exigirá  la  memoria  de  los  hom- 
bres realmente  grandes  que  en  nuestra 
labor  de  justicia  empuñemos  la  picota  y 
depuremos  los  panteones  que  el  orgullo 
humano  levantó  para  guardarlas  cenizas 
de  los  genios;  ni  que  derribemos  las  esta- 
tuas que  consagran  la  fama  de  mentidos 
héroes  ó  sabios.  Poco  ó  nada  vale  esta 
extereorización  material  del  culto  de  los 
grandes;  y  bien  está  conservada  en  sus 
imperfecciones,  para  que  sea  la  exacta 
imagen  de  las  injusticias  y  errores  de  la 
humanidad. 

Pero  sí  exijirá,  con  imperioso  clamor 
la  sagrada  memoria  de  los  sabios,  de  los 
grandes,  de  los  fuertes,  cjue  siempre  esté 
abierto  el  juicio  sobre  sus  obras  3^  se  re- 
nueve constantemente  el  im]:)arcial  veredic- 
to de  las  generaciones.  Y  los  bronces  3^ 
los  mármoles  silentes  3^  fríos,  nada  dirán 
á  las  futuras  generaciones  que  no  empren- 
dieron la  obra  de  conocer  á  los  que  re- 
presantan  en  su  historia  ó  en  sus  hechos, 
3^  apenas  servirán  de  interrogantes  de  la 
libre  3^  serena  curiosidad  de  la  nueva  gente. 

Pueblo  muerto  aquel  que  no  revisa 
constantemente  su  historia,  pueblo  nuier- 
to  aquel  c]ue  no  comprueba  3'  somete  á 
frío   análisis  tradiciones    aún     más    caras, 


—  274  — 

pueblo  naiierto  aquel  en  que  las  genera- 
ciones inertes  j  soñolientes  aceptan  sin  re- 
serva V  conservan  intangible,  el  legado 
misterioso  ele  ideas  grandes  y  concepcio- 
nes err¿idas,  de  nobles  sentimientos  y  tor- 
cidas inclinaciones,  que  trasmiten  los  hom- 
bres c|ue  pone  á  los  hombres  nuevos,  en 
el  orden  de  la  vida  y  á  través  del  indife- 
rente correr  de  los   tiempos. 

Felicito  vivamente  al  Centro  de  Ins- 
trucción por  su  iniciativa.  Es  necesario 
revisar  ó  hacer  por  vez  primera  la  histo- 
ria de  los  hombres  lustres  de  nuestra  tie- 
rra; hacerla  con  cariño,  pero  con  abso- 
luta independencia.  ¿Es  necesario  destruir 
estatuas?  En  buena  hora.  ¿Es  necesario 
rebajar  pedestales?  La  justicia  lo  exige. 
¿Es  necesario  sacar  de  la  sombra  un 
nombre  oscuro?  Mejor  todavía.  La  más 
hermosa  forma  de  la  justicia  es  la  justicia 
reparativa. 

No  sólo  un  problema  de  gran  im- 
portancia general  entraña  la  segunda 
cuestión  de  que  les  he  hal^lado  al  princi- 
])io,  y  que  ustedes  tratan  en  su  invita- 
ción citando  á  Carlile:  la  influencia  de  los 
grandes  hombres  en  la  historia  humana. 
Para  el  punto  que  ustedes  piensan  escla- 
recer, la  solución  de  este  grave  proble- 
ma, supone  la  determinación  del  punto 
de  vista  desde  el  cual  debe  estudiar- 
se  la   materia   de   la    enquéte:   la      fijación 


-  275  — 

del    criterio    que   debe   informar   los    tral)a- 
jos   se   emprenda. 

¿Es  cierta  la  teoría  de  Carlile?  Es 
verdad  que  la  historia  humana  está  con- 
tenida en  la  historia  de  los  hombres  cé- 
lebres, de  los  héroes,  en  el  sentido  carli- 
liano  de  la  palabra.  Los  grandes  movi- 
mientos, las  grandes  agitaciones  en  la 
historia  son  el  simple  efecto  de  la  volun- 
tad ele  los  fuertes? — ¿O,  i)or  el  contrario 
las  pujantes  individualidades,  han  surjido 
de  esos  movimientos,  se  han  revelado  y 
han  sido  determinadas  por  ellas  y  deben 
ser  consideradas  como  su  simple  exponen- 
te? ¿Dónde,  en  qué  cosas  reside  la  fuer- 
za ])opulsora  del  incesante  movimien- 
to Cjue  se  llama  el  correr  de  la  historia? 
¿Estriba  en  la  enérgica  voluntad  de  unos 
pocos;  en  la  misteriosa  virtualidad  de  las 
ideas,  de  las  grandes  concepciones;  en  el 
concurso   de   las   pequeñas   causas? 

Han  citado  ustedes  ini  párrafo  que 
condena  la  primera  de  las  teorías.  I  es- 
ta cita  me  trae  á  la  memoria,  otras  no 
menos  precisas  C[ue  condensan  las  otras 
dos  teorías;  una,  sobre  fuerza  de  las  ideas 
directoras  c[ue  mantuvieron  la  vida  y  la 
agitación  en  los  diversos  siglos  de  la  his- 
toria, otra  sobre  la  imi)ortancia  de  refe- 
rirlo todo  al  mundo  de  lo  pec|ueño,  de  lo 
infinitisimal,  de  las  causas   menudas. 

Es    la   primera   del    más  grande   ora- 


-~  276  — 

(lor  del  siglo  XIX.  3-  la  segunda  de  110- 
velistíi  tal  vez  grande  de  la  época  con- 
temporánea. 

En  una  de  8us  admirables,  aunque 
á  veces  ini  tanto  artificiosas,  síntesis  his- 
tóricas, Castelar  señaló  la  idea  determi- 
nante, la  idea  eje,  digamos,  que  resume 
los  todos  hechos  y  agitaciones  en  cada 
lino  de  los  siglos  de  la  era  cristiana.  Ei 
ideal  del  siglo  XIX.  era  para  él  "la 
unión  de  la  democracia  traída  por  todas 
las  revoluciones  j  la  libertad  traída  por 
todas   las   ciencias" 

Nadie  con  más  arte,  con  más  pa- 
sión y  con  más  honda  filosofía  ha  que- 
rido reducir  hasto  el  último  grado  la 
influencia  personal  de  los  grandes  hom- 
bres en  la  Historia,  que  el  g'ran  nove- 
lista eslavo,  Tolstoy,  pensador  profundo, 
corazón  apasionado;  cjue  á  vivir  en  otros 
tiempos  de  menor  complejidad  de  vida  y 
mayor  de  libertad  de  alma,  sintiendo  fue- 
go apostólico  en  sus  venas,  arrebatado 
y  absorbido  por  su  doctrina  de  amor  a 
los  hombres,  hubiera  recorrido  como  Pa- 
blo de  Tarso  pueblos  diferentes  y  hubie- 
ra encendido  el  alma  ele  las  turbas  con 
su  verbo  inflamado.  ¿Cual  es  la  teoría 
que  se  sostiene  en  Guerra  3^  Paz,  al  tra- 
tar de  los  acontecimientos  cpie  se  reali- 
zaron á  principios  del  siglo  XIX,  espe- 
cialmente  de    la    campaña    de    Rusia?   He 


—  277  - 

nquí  cslas  frases  qnc  escojo  del  epílogo 
(le  esa  novela,  suprimido  en  las  ineomi)le- 
tas  3'  trancas  ediciones  castellanas,  \'  cjue 
contiene  un    estudio   filosófico   de   aliento. 

"La  vie  des,  peubles  ne  se  resume 
pas  par  la  vie  des  quelques  personages, 
car  on  n'  a  pas  trouuer  les  lien  entre  ees 
queloques   personages   et  le   peuble." 

Al  principio  de  [la  undécima  parte 
de  la  novela  dice: 

''Por  etudier  le  lois  de  1'  histoire 
nous  devons  changer  tout  a'  íait  V  ojet 
de  r  obserbatión,  laisser  tranquilles  le  ro- 
is,  les  ministres,  les  generaux,  et  étuder 
les  elments  comuns,  infiniment  petis  qui 
gtiident  les  m.ases". 

El  estudio  de  los  hombres  célebres 
y  de  su  obra,  hecho  de  ima  manera  ais- 
lada, prescindiendo  de  los  antecedentes 
que  los  formaron;  del  medio  que  los  ro- 
deó, y  atendiendo  sólo  a  sus  ideas,  su 
temperamento,  su  fuerza  y  energía  de  vo- 
luntad, en  realidad  no  nos  puede  dar  la 
clave   de   la  historia. 

Un  conjunto  de  hechos  anteriores, 
un  conjunto  de  circunstancias  en  las  cjue 
figuran,  muchas  veces  detalles  que  ])are- 
cen  insignificantes  y  cjue  resultan  después 
de  gran  trascendencia,  determinan  la  con- 
ducta de  los  hombres  que  en  un  momen- 
to dado  tiercn  la  dircceicn  de  la  de  les 
])ueblos    ó   los    medios   de    irifluir   en      ella. 


-  278  - 

Alguien  piensa  que  el  medio  3^  los  heclios 
no  sólo  inflyen  en  la  eondueta  de  héroe, 
sino  que  son  la.  causa  de  su  aparición; 
hasta  el  punto  de  que,  suprimiendo  el  es- 
cenario ó  cambiándolo,  el  héroe  con  to- 
das sus  eminentes  condiciones  subjetivas, 
desaparecería  ó  tennría  un  papel  mu\^  se- 
cundario. 

Pero  es  innegable  c[ue  los  hombres 
célebres,  las  grandes  voluntades  pueden  3^ 
logran  modificar  la  situación  que  parecía 
determinada  por  hechos  anteriores.  Este 
ejemplo  evidente  de  reacción  del  efecto  so- 
bre la  causa  que  viene  á  conformar  una 
vez  más  la  lev  de  universal  reversión  no 
parece  ser  desconocido  por  el  mismo 
Tolsto3%  tan  ferviente  partidario  de  la 
que  podría  llamarse  el  ^^igunJitansmo  his- 
tórico'\ 

Hay  una  enorme  diferencia  entre  la 
teoría  que  atribu3^e  todo  á  los  héroes, 
que  los  considera  como  la  causa  deter- 
minante de  los  movimientos  históricos,  3^ 
aquella  otra  pue  los  considera  simples 
efectos  ó  exponentes  de  esos  movimientos, 
exponentes  c]ue  al  reaccionar  sobre  las 
causas  que  los  han  producido,  logran 
modificar  un  tanto  su  dirección  3^  su  fu- 
tura trascendencia. 

Debemos  atender,  pues,  de  todas  ma- 
neras, á  las  causas  externas,  á  los  hechos 
anteriores,    al    medio  ambiente.     Pero   cuá- 


—  279  - 

les  son  esas  causas  exteriores? — ¿Pueden 
ser  abarcados? — Pueden  ser  medianamente 
conocidas? — ¿Logran  sintetizarse  6  hallar 
su  expresión  en  algunos  hecho  s  determi- 
nados 3^  de  fácil  conocimiento  ó  son  irre- 
ductibles en    su  mutiplicidad? 

Tolsto\^  se  inclina  al  estudio  analí- 
tico y  detallado  de  las  pequeñas#causas. 
Aplica  á  la  historia  los  principios  del  cálcu- 
lo  infinitesimal. 

Ved    como    expresa  su    pensamiento: 

Ce  n'  est  pas  qu  en  prennant  pour 
notre  observation  V  unité  ingniment  petite- 
les  differencielles  de  1'  historie,  c'  est  á  diré 
les  aspirations  uniformes  des  hommes-et 
en  acquivant  1'  art  d'  integrer  (unir  les 
sommes  de  ees  infiniment  pétits)  c[ue  yous 
pouvons  esperer  comprendre  le  lois  de  V 
histoire". 

No  es  del  caso  entrar  en  un  estudio, 
que  sería  nnu^  difícil,  de  la  teoría  del 
gran  novelista  ruso.  He  creído  convenien- 
te esbozarla,  porcjue  ella  y  la  teoría  de 
Carlile  marcan  los  extremos  entre  los  cua- 
les se  mueven  infinidad  de  teorías  forja- 
das para  explicar  el  misterio  de  la  histo- 
ria. 

No  se  ha  ocultado  á  ustedes  la  in- 
fluencia de  la  teoría  que  se  tenga  sobre 
este  punto,  en  el  esclarecimiento  de  la  ma- 
teria de  la  enquéte.  La  diversidad  de  las 
respuestas   se  deberá,   no   á   una  diferencia 


—  280  — 

(le  apreciaciones  en  el  detalle,  sino  sobre 
todo  al  criterio  con  el  cual  se  ha  estu- 
diado el  asunto,  a  la  diferencia  de  las 
teorías  generales  que  se  profesan  sobre 
los  factores  de    la  evolución  histórica. 

Después  de  algunas  divagaciones, 
entro  en   materia. 

Es  un  hecho  incuestionable  que,  den- 
tro de  nuestra  relativa  cultura,  el  movi- 
miento intelectual  de  Arequipa  á  fines  del 
siglo  XYIII.  y  principios  del  XIX  reviste 
verdadera  importancia. 

Fuera  de  otras  consideraciones;  bas- 
tarán ])ara  llevarnos  á  ese  convencimien- 
to las  esclarecidas  figuras  de  Luna  Pizarro, 
de  inteligencia  penetrante,  audaz,  enérgico 
á  la  par  que  afable,  de  Melgar,  el  héroe, 
gran  poeta  por  su  obra  y  más  gran  poeta 
por  su  vida,  de  Martínez,  de  universal 
talento  y  arranques  geniales,  de  Valdivia 
enciclopédico,  trabajador  infatigable  y 
maestro  verdadero,  de  Paz  Soldán,  Pa- 
checo, Ureta,  los  grandes  jurisconsultos, 
de  Fernández  de  Piérola,  Rivero  }'  Paz 
Soldán  Mateo,  notables  hombres  de  cien- 
cia 3'  de  tantos  más  cu  va  lista  necrológica 
cierra  García  Calderón,  el  jurista  de  inte- 
ligencia robusta,  sólida,  de  visión  amplia, 
de   expresión    diáfana   y  breve. 

El  nunlio  físico  de  Arequipa,  su  no 
mu\'  crecida  población,  su  alejamiento  de 
los  centros   i)()lít!cos   de   la  repti1)lica  cons- 


—  281  - 

titin-en  factores  propicios  á  la  labor  in- 
telectual, a  la  aplicación  de  las  energías 
del  espíritu,  al  estudio  3'  cultivo  de  la 
ciencia   y  del   arte. 

Los  climas  fríos  3'  secos,  el  aire  pu- 
ro 3^  transparente,  la  naturaleza  plácida, 
ssrena  3^  hermosa  contribu3'en  poderosa- 
mente á  preparar  ese  estado  de  reposo, 
cjuietud  3'  dominio  de  sí  que  es  tan  nece- 
sario  en   las   labores   de  la    inteligencia. 

¡Y,  que  profundamente  podemos  apre- 
ciar todo  el  valor  de  las  causas  indicadas, 
k)s  C[ue  vivimos  en  climas  cálidos  3^  hú- 
medos, los  que  por  mía  organización  de- 
fe  jtuosa  de  trabajo,  no  podemos  gozar  de 
esa  envidiable  simplicidad  de  vida,  ni  po- 
demos dar  al  espíritu,  por  los  afanes  co- 
tidianos de  la  existencia,  por  las  múltiples 
3'  dispersas  obligaciones  de  un  medio  algo 
m.íi  complejo,  la  concentración,  el  recogi- 
miedto  que  necesita  toda  labor  seria  3' 
sentida! 

803^  mi  convencido  de  la  influencia 
poderosa  del  clima.  Creo  firmemente  que 
el  aire  de  montaña  seco  y  frío,  conserva 
mejor  las  energías,  despierta  la  actividad; 
provoca  un  saludable  3'  provechoso  ner- 
vosismo en  la  acción,  que  se  traduce  luego 
en  fecundo  entusiasmo  y  en  una  marcada 
acentuación  de  la  personalidad  en  cuanto 
se  haga.  En  los  medios  geográficos  des- 
critos, todo  es  más  definido,    más  perfilado, 


-  282  — 

más  enérgico;  el  hombre  y  la  naturaleza. 
En  cambio  en  los  medios  cálidos  y  húme- 
dos, el  hombre  es  menos  dueño  de  sí,  sus 
nervios  están  laxados,  sus  energías  aflo- 
jadas y  se  siente  venir  después  de  ejerci- 
tada la  actividad,  desagradable  y  penoso 
enervamiento.  Y  la  naturaleza,  ó  es  pobre, 
falta  de  calor,  de  vida  y  de  relieve,  ó  es 
de  una  exul3erancia  cahótica,  de  una  pu- 
janza desordenada  y  dominadora;  3^  el 
hombre  en  presencia  de  ella  se  siente  so- 
metido  y   anic[uilado. 

Contemplad  por  un  momento  el  cua- 
dro Cen  c[ue  la  naturaleza  sin  llegar  a  la 
exuberancia  de  los  trópicos,  es  variada  y 
rica;  el  cielo  despejado,  la  atmósfera  lím- 
pida 3^  transparente.  El  hombre  ejercita- 
rá mejor  sus  energías,  se  podrá  estable- 
cerse entre  él  3"  la  naturrdeza,  comunica- 
ción misteriosa,  podrá  experimentarse  la 
sensación  de  la  tierra,  la  más  grata,  la 
más  honda  de  las  sensaciones.  La  visión 
profunda  del  medio  físico,  la  colocación 
reposada  dei  espíritu  solare  un  pedazo  de 
tierra  3'  de  cielo,  es  la  mejor  de  las  pre- 
paraciones para  dirigir  luego  los  ojos  con 
acierto  al  medio  social  v  al  mismo  espí- 
ritu. Parece  que  el  ])0(ler  de  observar; 
que  la  facultad  de  visión  es  una  é  indivi- 
sible; el  que  sabe  observar  bien  en  la  na- 
turaleza,   |)0(lrá    oljservar  l)ien    en  su    csi)í- 


—  283  — 

ritu.  Es  artificiosa  y  falsa  la  diferenciación 
entre   subjetivistas   \'    objetivistas. 

Arequipíi.  posee,  pues,  un  verdadero 
tesoro  en  su  hermosa  naturaleza,  en  su 
fuerte  y  vigorizante  clima.  Este  hecho  po- 
dría esplicarnos  los  caracteres  comunes  á 
la  intelectualidad  arequipeña,  fogosa,  enér- 
gica y  entusiasta;  fanática  de  exaltacio- 
nes místicas  ó  radical  de  ímpetus  jacobi- 
nos. Este  hecho  ])()dría  d¿irnos  la  clave 
de  las  cualidades  y  defectos  de  la  menta- 
lidad de  nuestro  pueblo.  Existe  la  energía, 
existe  la  fuerza,  lo  Cjue  convieriC  es  encau- 
zarla y  educarlíi. 

Deben  las  nuevas  generaciones  apro- 
vechar las  ventajas  de  ese  medio  físico,  y  y 
siguiendo  el  ejemplo  de  los  hombres  cu\'a 
acción  ho3'  deseamos  conocer,  dedicarse 
con  fé,  con  entusiasmo,  con  modesto  re- 
cogimiento, a  la  labor  intelectual,  y  pro- 
vocar por  el  conocimiento  de  las  culturas 
avanzadas,  la  labor  de  encauce,  de  justa 
ponderación  de  las  secretas  energías  avi- 
vadas y  exitadas  por  una  naturaleza  enér- 
gica. 

No  pretendo  3^0  esplicar  el  movimiento 
intelectual  de  Arequipa  á  fines  del  siglo 
XVIII,  y  principios  del  XIX.  ¡íor  las  ven- 
tajas de  su  medio  físico  y  las  no  menores 
ventajas  de  su  medio  social  y  político. 
He  aludido  á  estos  factores  que  actuaban 
en    esa  época,  como    actúan     hoy;    porque 


-  284  — 

al  tratíir  de  un  fenómeno  realizado  en  nn 
medio;  no  se  puede  j^reseiudir  del  estiidi(; 
del  medio  desde  los  puntos  de  vista  que 
he  indicado.  Luego,  habría  que  fijar  las 
causas  determinantes  vdel  mismo  fenómeno; 
punto  más  difícil  y  que  exige  maA'or  es- 
tudio. 

Y  después  de  tantas  divagaciones 
paso  á  indicar,  según  mi  parecer  las  causas 
del  movimiento  intelectual  de  Arequipa  á 
fines   del  siglo  XVIÍl.  3^  principios  del  XIX. 

Hs  necesario  reconstruir  la  vida  in- 
telectual de  Arequipa  á  fines  del  siglo 
XVIIL    y  principios  del    XIX, 

Es  necesario  reconstruir  la  vid¿i  in- 
telectual de  la  colonia.  He  tenido  opor- 
tunidad de  revisar  algunos  documentos 
relativos  á  la  historia  de  la  Universidad 
de  Lima,  y  ellos  me  han  dado  una  idea  de 
lo  que  fué  en  el  Perú  la  intelectualidad  du- 
rante la  dominación   española. 

En  casi  todo  el  siglo  XVIIL  domi- 
naba por  entero  la  escolástica.  Las  ideas 
se  hallaban  momificadas,  híis  inteligen- 
cias debían  vivir  envueltas  en  el  letargo 
de  la  repetición  de  sutilezas  y  bizantinismos. 

No  asomaba  por  ninguna  parte  una 
idea  renovadora,  un  movimiento  de  vida, 
ima  agitación  augadora  de  progreso.  El 
lamentable  atraso,  la  denigrante  decaden- 
cia de  las  instituciones  intelectuales  de 
España,    teni¿i   que    trascender   á   América. 


—  285  — 

Y  sin  llegar  á  las  cxag'cracioncs  de  Faw, 
])()denios  afirmar  que  la  intclcctiialidi'd  de 
la  América  colonial  valía  bien  poca  cosa. 
Nos  bastaban  á  remediar  ese  estado  la 
labor  Y  brillo  de  una  que  otra  individua- 
lidad  aislada. 

Es  fácil  imaginarse  el  sombrío  cua- 
dro de  la  mentalidad  de  Arequipa  en  ple- 
no siglo  XYIII.  No  existía  allí  ningún 
centro  de  instrucción  universitaria.  x\3^a- 
cuclio  3^  Cuzco  teriían  universidades  de  se- 
gundo orden.  La  enseñanza  debía  correr 
á  cargo  de  los  jesuitas  que  en  casi  toda 
América  habían  monopolizado  la  instruc- 
ción. 

Más  á  fin. es  del  siglo  XVIIT  tras- 
cendieron á  España  ideas  revolucionarias. 
Realízase  en  1767  la  expulsión  de  los  je- 
suitas. Prepárase  la  reforma  de  la  Uni- 
versidad de  Sevilla.  En  América  laJuPita 
de  aplicaciones  de  los  bienes  de  jesuitas, 
presidida  ]3or  el  virrey  Amat,  traspasan- 
do su  misión  económica  y  administrativa 
prescrita  un  plan  de  reforma  de  la  Uni- 
versidad de  Lima,  j)lan  inspirado  en  las 
nuevas  ideas.  Se  introducía  la  enseñanza 
del  Derecho  Natural  y  del  Derecho  de  Gen- 
tes de  Heineicio;  el  estudio  de  las  ciencias 
físicas,  las  ideas  de  los  nuevos  métodos. — 
La  Universidad  continuó  no  obstante  cu 
su  atraso.  Pero  se  fu.nda  el  Convictorio 
de   San    Carlos;    llega  el    j^adre    Cisneros  al 


—  28Ü  — 

Peni  é  introduce  his  obras  de  los  encielo- 
])edistas;  la  enseñanza  en  San  Carlos  entra 
en  el  nuevo  camino,  del)ido  á  los  esfuerzos 
de  su  ilustre  rector  D.  Toribio  Rodríguez 
de   Mendoza. 

Las  nuevas  ideas,  encarnadas  ya  en 
una  institueión,  como  el  Convictorio,  o[)e- 
ran    la  gran    revolución. 

Esta  corriente  produjo  el  movimien- 
to intelectual  Cjue  tuvo  su  ex|)resión  en 
''El  Mercurio  Peruano",  llegó  á  Arequipa 
con  la  fundación  del  seminario  por  el 
obispo  Chávez  de  La  Rosa.  Las  viejas 
y  sombrías  ideas  escolásticas,  recibieron 
el  embate  de  las  nuevas  doetrinas.  Los 
espíritus  jóvenes  se  abrieron  á  la  vida, 
en  un  ambiente  intelectual  purificado  y  re- 
novado. I  fué  un  espléndido  florecer  de 
nuevas  inteligencias.  La  novedad,  el  hon- 
do sentido  de  las  doctrinas  introducidas, 
vinieron  á  despertar  de  su  letargo,  fuer- 
zas 3'  cualidades,  encadenadas,  aprisio- 
nadas   en   los  antiguos  ríg'idos  moldes. 

El  movimiento  intelectual  de  Are- 
quipa en  el  siglo  XYIII,  tuvo,  pues,  por 
causa  la  fuerza  innovadora  de  las  ideas 
filosóficas  que  lograron  penetrar  á  Espa- 
ña, que  vencieron  en  Lima  y  que  se  in- 
trodujeron por  ñn  en  la  ciudad  mis- 
tiana. 

Las  agitaciones  en  hi  vida  intelec- 
tual  son   tan   necesarias,   como   las    agita- 


-  287  — 

cioii'js  y  inoviniiciitos  en  el  miiiido  físieo. 
Ciencia  que  no  sj  renueva,  que  cons- 
tantemente no  se  revisa  y  rectifica,  es 
ciencia  muerta  3'  engendradora  de  muer- 
te. Las  ideas  nuevas  no  solo  producen 
el  l^eneficio  de  adoptar  más  elementos  á 
la  mentalidad  de  un  pueblo  ó  á¿  un  indi- 
viduo; vienen  á  realizar  una  especie  de 
higiene  intelectual,  á  proporcionar  á  la 
inteligencia  nuevas  fuerzas  v  nuevas  ener- 
gías  3'  á  darle  el  incesante  giro,  la  agi- 
tación  continua  de  la  vida. 

Realizan  un  beneficio  más;  so  n  dina 
mógenas,  si  se  me  permite  el  término; 
prjdurcMi  la  aplicación  y  el  ejercicio  de 
facultades  ignoradas,  de  energías  ador- 
mecidas. I  esas  energías,  ejercitándose,  se 
revelan,  se  enaltesen  y  forman  las  cele- 
bridades  que      después   admiramos. 

Lanzad  una  corriente  i)3derosa  de 
nuevas  ideas;  \'  veréis  que  pronto  surgen 
los  cerebros  que  se  las  asimilan,  Cj[ue  les 
encarnan  3^  que  producen  luego  su  obra 
duradera. 

Basta  el  choque  de  las  ideas  refor- 
madoras que,  aunque  atenuadas,  pene- 
traron en  nuestro  antiguo  medio  intelec- 
tual, para  explicarnos  ese  maravilloso 
despertar  del   siglo   XYIII. 

Y  en  el  siglo  XIX,  las  ideas  refor- 
mistas dieron  su  fruto,  prepararon  el  me- 
dio.    Acontecimientos   joolíticos   originaron 


—  288  — 

en  concurrencia  con  ellavS,  seductores  idea- 
les que  vienen  á  determinar  el  niaj^or  es- 
tado de  atención  a  los  espíritus,  el  ma- 
3^or  grado  de  fervor  en  las  almas,  la  ma- 
3^or  pujanza  de  las  inteligencias  3'  de  las 
voluntades. 

Las  ideas  reformistas  del  siglo  XYIII, 
engendraron  primero  el  ideal  de  la  pa- 
tria americana  cjue  se  traducía  en  aspi- 
ración á  la  ¿lutonoinía  respecto  de  Espa- 
ña. Los  ideales  de  los  hombres  grandes, 
al  llegar  á  las  masas,  al  llegar  al  cora- 
zón de  las  multitudes,  se  agigantan,  cre- 
cen, se  traspasan  así  mismas.  Del  ideal 
de  la  autononiía  surgió  el  ideal  déla  In- 
dependencia, de  la  libertad,  de  la  vida 
republicana.  Este  ideal  absorbió  los  es- 
píritus, despertó  todas  las  energías,  pro- 
dujo en  la  ])rimera  mitad  del  siglo  XIX, 
la  agitación  j  el  movimiento  3^  que  debía 
traducirse  en  el  estudio  y  en  la  dicusión 
de  las  más  encontradas  corrientes  políti- 
cas y  económicas.  La  moderna  teoría 
sobre  naturaleza  de  la  sociedad,  la  que 
ha  sustituido  á  la  doctrina  orgánica;  la 
teoría  síquica,  que  considera  á  la  socie- 
dad como  un  todo  psíquico;  han  v^¿.nido 
á  robustecer  la  ciencia  en  la  fuerza  efecti- 
va, en  la  Lcunda  virtualidad  de  los  idea- 
les en  la  marcha  de  la  Historia.  Los 
ideales  mantenidos  en  un  momento  his- 
tórico, junto   con    los   factores  del  aml)ien- 


—  289  — 

te  y  de  la  tradieióii  hereditaria,  ex}3llean 
todos  los  fenómenos  sociales.  Los  ideales 
de  Independencia  y  libertad  actuando 
con  fuerza  irresistible  en  los  espíritus  su- 
])eriores,  exiguiendo  nia^^ores  conocimien- 
tos, nuevos  datos,  nuevos  horizontes, 
despertaron  el  espíritu  de  investigación  y 
de  estudio  en  nuestro  país  en  el  siglo 
XIX. 

Se  puede  decir,  pues,  que  el  movi- 
miento intelectual  peruario,  no  sólo  are- 
quipeño,  á  fines  del  siglo  XVIIÍ,  y  prin- 
cipios del  XIX,  tuvo  por  causa,  el  cho- 
que renovador  las  ideas  reformistas,  pri- 
n. ero,  y  después  la  fuerza  de  los  ideales 
de  Independencia  y  de  organización  republi- 
cana y  la  lacha  c[ue  sostuvieron  esos  ideales 
para  definirse  y  encarnizarse. 

Pero  no  basta  indicar  esta  causa 
p.ira  ciar, por  resuelto  el  problema;  falta 
lo  principal,  lo  más  importante,  el  estudio 
Cjue,  precindiendo  del  enunciado  de  vagas 
teorías  generales,  entra  en  el  terreno  de 
los  hechos  precisos  v^  de  los  trabajos  que 
pueden  revestir  verdadera  originalidad. 
¿Cómo  actuaron  las  causas  que  hemos  in- 
dicado?—¿Cuál  fué  su  piroceso? — ¿Cuál  su 
iniciación,  cuál  la  ley  de  su  desarrollo, 
cuál  el  grado  de  su  trascendencia?  Para 
dar  respuesta  á  estas  tiltimas  preguntas 
Cjue  son  el  nervio  de  la  enquéte,  hay  que 
realizar  un  profundo   estudio  histórico,  una 


-  290  - 

cocienzuda  investigación  docnnientaria.  He 
ahí  lina  hermosa  tarea  para  el  Centro  de 
Instrucción;  he  ahí  tina  bella  manera  de 
imitar  en  sus  grandes  virtudes  la  laboriosi- 
dad Y  de  elevada  dedicación  á  la  ciencia,  a 
los  grandes,  á  los  sabios  que  hoy  c[ueremos 
conocer.  Emprended  pues  jóvenes  compañe- 
ros del  Centro  esta  tarea  vosotros  tenéis  los 
elementos  en  las  manos,  escudriñad  los  Ar- 
chivos j  las  bibliotecas  j  revelad  á  nuestro 
pueblo  los  secretos  ele  la  historia  de  sus  hi- 
jos preclaros  cjne  es  también  parte  de  su  pro- 
pia historia. 

Ese  estudio  contiene  una  enérgica  invi- 
tación a  una  labor  grande  y  de  él  se  des- 
prende una  noble  enseñanza. 

El  horizonte  intelectual  de  un  pue- 
blo debe  hallarse  abierto  a  todas  las  ideas, 
á  la  renovadora  corriente  de  todas  las  doc- 
trinas. Jícíj  que  suscitar  ideales  que,  al  lu- 
char por  incorporarse  al  medio,  enaltezcan 
la   vida. 


Ir.  i.  IBEM  IDMi 


S'A'u  ^-ák^^  :r^Jkc,2-  .-^.ál^--  _^^.i 


.j^mt^-ám^^cG'&i^,  (?áígiífe  Gím¥^ 


>TríL  Derecho  Internacional,    ciencia  relativa- 

'^^^^  |íl       mente    nueva,    ciencia  de    gran  impoi- 

^^$  A       tancia  para    la   vida  y    prosperidad    de 

'^sY       los  pueblos:  presenta  cuestiones  y  pro- 

'  '^      blemas  en  extremo  arduos  y  llenos  de 

enmarañadas  dificultades. 

Más  á  medida  que  las  ciencias  adelantan  y 
las  naciones  se  enriquecen  con  la  luz  de  los  prin- 
cipios, el  Derecho  de  Gentes  tendrá  que  ser  la 
Constitución  universal  de  los  Estados  y  en  donde 
éstos  verán  el  modo  de  zanjar  sus  conflictos,  sin 
recurrir    al  asolador   medio  de  las  armas. 

Hace  cerca  de  tres  siglos  que  Grocio  con 
su  ''Derecho  de  la  guerra  y  de  la  ¡xiz''  ha  hecho 
cambiar  por  completo  la  bienhechora  faz  del  de- 
recho que  nos  ocupa  :  al  Derecho  europeo,  como 
se  llamaba  antes,  tal  cual  salía  de  las  inspira- 
ciones de  la  religión  y  de  un  conjunto  de  usos 
particulares,  le  ha  precedido  el  Derecho  universal 
de  las  naciones. 

Hugo  Grocio  que  á  la  edad  de   8  años   com- 
ponía versos  en  latín;  á  los  15,  sostenía  tesis  en 


e» 


el  mismo  idioma  sobre  filosofía,  matemáticas  y 
jurisprudencia;  j  á  los  17  defendía  una  causa 
como  abogado,  ante  los  tribunales;  no  podía,  no 
debía  dejar  de  ser  el  apóstol  defensor  de  los  pue- 
blos.   

Ahora  bien,  dando  cumplimiento  á  uno  de 
los  mandatos  de  este  centro  de  instrucción,  de 
esta  Universidad,  voy  á  ocuparme  de  la  extradi- 
ción; punto  que,  como  dice  Calvo,  es  más  político 
que  judicial  y  que  depende  de  la  razón  de  Esta- 
do más   bien  que  de  las  reglas  de  la  ley. 

Trataré,  pues,  de  investigar,  el  fundamento 
de  la  extradición,  las  personas  y  delitos  que  pue- 
den ser  objeto  de  ella,  y  por  último,  la  forma 
exterior,  ó  sea  el  procedimiento. 


Ante  todo,  veamos,  que  se  entiende  por  ex- 
tradición. 

Algunos  autores  hacen  derivar  esta  palabra  de 
extra-ditio,  que  significa  potestad  fuera  del  terri- 
torio, pero  tal  sentido  no  parece  conforme,  porque 
se  haría  suponer  que  el  derecho  que  estudiamos 
implica  jurisdicción  sobre  país  extranjero.  Con- 
formándonos con  los  verdaderos  principios  y  con 
la  opinión  generalmente  aceptada,  la  palabra  ex- 
tradición se  deriva  de  tradltio-ex  que  expresa  re- 
mesa de  soberano  á  soberano.  En  consecuencia 
y  aceptando  la  definición  que  da  Fcelix  decimos, 
que  la  extradición,  es  el  acto  por  el  cual  un  go- 
bierno entrega  d  un  individuo  perseguido  por  un 
crimen  ó  delito  á  otro  que  lo  reclama^  á  fin  de  juz- 
gare  y  castigarle  por  haberlo  perpetrado. 

La  extradición  y  el  asilo  son  términos  corre- 
lativos, supuesto  que  la  extradición  arguye  el  de- 
recho de  exijir  la  entrega;  y  el  asilo,  la  facultad 
de  ampararle  y  protejerle  denegando  la  entrega 
de  su  persona  :  aquella  establece  un  derecho  en 

Í3 


la  Nación    que  reclama;  éste,   en  la  que  deniega 
la  entrega  reclamada. 


Hagamos  una  lijera  reseña  histórica  de  la 
extradición;  pues  ella  brindará  puntos  en  auxi- 
lio de  este  trabajo. 

Desde  muy  antiguo  los  pueblos  han  recono 
cido  este  derecho,   ya  para  salvar  cuestiones  per- 
sonales, ya  como  pretexto  de  guerra. 

En  efecto  :  el  capítulo  XX  del  libro  de  los 
Jueces  habla  de  la  venganza  que  tomaron  las  on- 
ce tribus  de  Israel  contra  la  de  Benjamín  por 
el  insulto  hecho  á  un  levita  por  los  vecinos  de 
Gabaá,  que  la  tribu  de  Benjamín  no  quizo  en- 
tregar. 

Los  lacedomonios  declararon  la  guerra  á  los 
menesios;  porque  denegaron  la  entrega  de  un 
asesino. 

Los  arqueos  pidieron  les  fuese  entregado  un 
cierto  número  de  sus  comj)atriotas  por  Esparta, 
amenazando  rompar  toda  alianza  con  ésta  sino 
se  les  entregaba  dichos  indi\áduos,  culpables  de 
haber  devastado  un  lugar. 

Los  atenienses  declararon  que  entregarían  á 
los  macedonios  á  cualquiera  que  hubiese  aten- 
tado contra  la  vida  de  Filipo. 

Aníbal  se  dio  la  muerte  previniendo  la  extra- 
dición que  le  amenazaba  por  las  intrigas  de  Pla- 
minino  y  la  debilidad  de  Prusias. 

Los  galos  reclamaron  la  extradición  del  en- 
viado Fabio  que  los  había  atacado. 

Los  anteriores  pasajes  nos  dan  á  conocer  el 
derecho,  aunque  imperfecto,  que  las  naciones  te- 
nían á  la  extradición. 

Más  si  de  los  tiempos  antiguos  pasamos  á 
los  modernos,  los  encontraremos  muy  dignos  de 
tomarse  en  consideración  y  en  donde  los  trata- 
dos toman   una  parte  decisiva.     En  la  época  pre- 


cedente  :  las  circunstancias  políticas,  las  relacio- 
nes de  vecindad,  los  vínculos  de  parentezco  en- 
tre los  soberanos,  eran  los  móviles  poderosos  pa- 
ra conceder  la  extradición;  en  ésta,  los  crimina- 
les políticos  ya  no  tienen  razón  de  ser,  han  hui- 
do presurosos  á  refugiarse  en  los  estrados  que- 
ridos de  la  patria. 

Un  ejemplo  muy  notable  de  una  extradición 
concedida  por  el  poder  ejecutivo  y  á  petición  de 
las  autoridades  de  otro  Estado,  en  la  cuestión 
Arguelles  entre  las  autoridades  de  la  isla  de  Cu- 
ba y  el  Ministro  español  en  los  Estados  Unidos 
de  Norte  América. 

Narremos  : 

Arguelles  era  un  empleado  del  gobierno  Es- 
pañol, que  ocupaba  un  puesto  importante  en  uno 
de  los  puntos  de  la  isla  mencionada.  Este  fun- 
cionario había  dado  cuenta  de  un  cargamento  de 
esclavos  de  que  habían  logrado  apoderarse  las 
autoridades  locales,  poniéndoles  inmediatamente 
en  libertad,  entre  ios  cuales  decía  haber  muer- 
to 140,  atacidos  de  viruela.  Las  autoridades  su- 
periores de  la  isla  de  Cuba  se  enteraron,  al  po- 
co tiempo,  de  que  los  140  esclavos  habían  sido 
vendidos,  haciéndose  uso  de  documentos  falsifi- 
cados por  Arguelles;  y  ést^,  para  eludir  la  acción 
de  la  justicia  fugó  á  Nueva  York,  El  capitán  Ge- 
neral de  Cuba  y  el  ministro  de  España,  entera- 
ron del  hecho  al  ministro  de  relaciones  exterio- 
res de  los  Estados  Unidos  de  América,  y  pidieron 
la  prisión  y  entrega  de  Arguelles,  fundándose 
no  sólo  en  lo  horrible  del  delito,  sino  en  que  la 
presencia  del  delincuente  era  necesaria  en  Cuba, 
para  poner  en  libertad  á  los  hombres  que  había 
vendido.  El  Ministro  Mr.  Seward,  con  consen- 
timiento del  Presidente,  mandó  arrestar  al  fugi- 
tivo, que  fué  entregado  á  un  agente  especial 
del  gobierno  español  y  conducido  á  Cuba.  Esta 
extradición    efectuada  sólo  en  virtud  de  una  or- 


den  del  poder  ejecutivo  dio  origen  á  que  en  el 
Senado  de  los  Estados  Unidos  se  interpelara  acer- 
ca de  lo  ocurrido  y  de  la  autoridad  que  la  ha- 
bla decretado.  El  Presidente  de  la  República  dio 
á  conocer  las  reclamaciones  de  las  autoridades 
españolas,  y  después  de  algunos  debates,  termi- 
nó la  cuestión  sin  consecuencias   ulteriores. 

Ludovit  de  Virvend,  natural  de  Francia,  come- 
tió el  delito  de  parricidio  dando  muerte  á  su  ma- 
dre Armandina  L.  v.  de  Virvend  en  la  noche 
del  29  al  30  de  Junio  de  1884.  El  tribunal  de  Asi- 
sias  de  Taru,  lugar  en  que  aconteció  este  deli- 
to, prenunció  sentencia,  condenando  al  delincuen- 
te á  trabajos  forzosos  perpetuos  en  la  Guayana 
francesa.  Más  el  homicida,  estando  cumpliendo 
su  condena,  fugó  á  la  capital  del  distrito  fede- 
ral de  Méjico  en  donde  creía  encontrar  amparo; 
pero  el  Ministro  Plenipotenciario  en  esta  Kación, 
se  dirijió  á  la  Secretarla  de  Relaciones  Exterio- 
res solicitando  la  detención  provisional  y  extra- 
dición de  Virvend.  En  este  estado  de  cosas,  in- 
terpuso el  querellante  juicio  de  amparo  ante  el 
Juzgado  1?  de  Méjico,  contra  el  acuerdo  de  di- 
<iha  Secretarla  que  dio  por  accedida  la  solici- 
tud hecha  por  Francia;  para  ello  su  defensor,  opu- 
so las  excepciones  de  prescripción,  por  llevar  el 
reo  14  años  de  sentenciado;  de  ser  las  penas  per- 
petuas en  Méjico,  contrarias  á  la  Constitución  y 
á  las  leyes,  y  otras;  pero  el  Tribunal  combatió 
todas  esas  excepciones  y  la  Corte  Suprema  de 
Justicia,  hasta  donde  fué  la  causa  en  apelación, 
confirmó  la  sentencia  anterior,  declarando  :  "Que 
la  Justicia  de  la  Unión  no  ampara  ni  proteje  á 
Ludovid  de  Virvend,  concediendo  su  extradición 
al  representante  de  la  República  Francesa". 

Esta  causa  que  conmovió  profundamente  á  la 
sociedad  de  Francia,  nos  manifiesta  :  1  ?  que  el 
delincuente  no  debe  atenerse    á  las  leyes    de  la 


& 


nación  que  le  sirve  de  refugio;  y  2?  que  en  los 
delitos  revestidos  de  gravedad,  la  extradición  se 
justifica  por  sí  sola. 

Por  último,  el  Ecuador  acaba  de  consentir  en 
la  entrega  solicitada  por  nuestro  gobierno,  del  cri- 
minal Melchor  Bustamante,  por  el  asesinato  co- 
metido en  la  persona  de  Faustina  Arredondo, 
acaecido  en  1897  y  que  la  sociedad  de  Lima  su- 
frió hondamente. 

En  cuanto  á  tratados,  nuestro  gobierno  los 
tiene  no  sólo  con  las  naciones  vecinas,  sino  tam- 
bién con  las  de  Europa.  Y  aún  más,  con  fecha 
10  de  Octubre  de  1874,  celebró  también  con  la 
China. 

Entre  las  naciones  europeas,  podemos  citar 
á  Italia  en  su  tratado  de  extradición  con  el  Pe- 
rú. Anteriormente  á  1873,  se  reglamentaba  es- 
ta materia,  por  el  convenio  de  amistad,  navega- 
ción y  comercio;  pero  desde  esta  fecha,  subsis- 
te un  especial  tratado,  en  el  cual  se  hallan  es- 
pecificados los  delitos  siguientes  :  asesinato — pa- 
rricidio— infanticidio — envenenamiento—homicidio, 
cuando  se  castiga  con  pena  de  muerte — viola- 
ción— rapto— ocultación,  supresión,  sustitución  y 
suposición  de  niño — bigamia — lapto  —  asociación 
con  malhechores — extorsión — incendio  voluntario 
— robo  calificado  ^ — sustracción — falsificación  de 
moneda — introducción  y  emisión  fraudulenta  de 
moneda  falsa  y  papel  moneda — modificación  y  fal- 
sificación de  actas  del  Gobierno,  de  los  sellos, 
contrasenas  ó  marcas,  y  de  escrituras  públicas 
— testigo  falso — falso  peritaje  —  calumnia — banca 
rota  fraudulenta — destrucción  ó  deterioro,  con  de- 
signio, de  una  vía  férrea  ó  de  aparatos  telegrá- 
ficos— baratería  é  insurrección  de  la  tripulación 
de  un  buque. 

El  Perú,  en  materia  de  tratados,  ha  tenido  que 
atenerse  á  la  siguiente  comentada  ley,  que  fija 
los  principios  generales  : 

lO 


^^AISDRES   A.   CACERES 

Presidente  Constitucional  de  la  República. 

Por  cuanto  el  Cong-reso  lia  dado  la  le}^  sig-uiente: 
El  Congreso  de  la  Eepúblua  Peruo^na. 
Considerando: 

Que  es  necesario  fijar  los  principios  generales  á  que 
debe  sujetarse  el  Poder  Ejecutivo  en  los  tratados  que  se 
celebren    de   extradición; 

Ha    dado   la  lev  siguiente: 

Art.  Ip — El  Poder  Ejecutivo  podrá  entregar  á  los 
g-obiernos  de  países  extrangeros,  con  la  condición  de  reci- 
procidad, á  todo  individuo  acusado  ó  condenado  por  los 
Juzgados  ó  Tribunales  de  la  Nación  requirente,  siempre 
que  se  trata  de  un  crimen  ó  delito  de  los  especificados  en  la 
siguiente  lej^,  y  que  se  hubiesen  cometido  en  su  territorio  ó 
aguas  territoriales,  buques  mercantes  en  alta  mar,  y  los  de 
guerra,  donde  quiera  que  se  encueiitren. 

Art.  2? — Pueden  dar  lugar  á  la  extradición  todos 
aquellos  delitos  á  que  sean  aplicables  las  penas  de  muerte, 
penitenciaría,  presidio,  trabajos  forzados  ó  prisión,  que  no 
baje  dedos  años  conforme  á  las  leyes  del  Perú. 

Art.  3? — No  se  concederá  en  ningún  caso  la  extradi- 
ción: 

1  ?— Cuando  el  individuo  reclamado  hubiese  sido 
ciudadano  peruano  por  nacimiento  ó  naturalización  antes 
del  hecho  que  motive  la  solicitud  de  extradición.  Se  ex- 
ceptúa el  caso  en  que  se  trate  con  naciones  limítrofes,  en 
el  que  podrán  sujetarse  los  pactos  que  se  celebren  respecto 
á  los  nacionales,  á  las  concesiones  que  recíprocamente  se 
otorguen,  y  que,  por  ningún  motivo  podrán  ser  agravadas 
relativamente  á  las  que  en  esta  ley  se  establecen  para  los 
extrangeros. 

2? — Cuando  los  delitos  cometidos  tuvieren  ajui- 
cio del  Gobierno  de  la  República,  un  carácter  político,  ó 
se  hubiesen  perpetrado  en  conexión  con  ellos. 

3p — Cuando  con  arreglo  á  las  leyes  del  Perú, 
hubiese  prescrito  la  acción  por  el  delito  que  dá  mérito  á  la 
demanda  de  extradición. 

4 p  — Cuando  el  reo  reclamado  hubiese  sido  iuz- 
gado  y  sentenciado  en  la  República  por  el  mismo  delito  ó 
por  otro  igual  ó  mayor. 

11 


Art.  4p  —  Si  el  individuo  reclamado  fuese  esclavo, 
la  extradición  no  se  concederá  sino  en  el  caso  de  que  la 
nación  que  lo  solicite,  se  comprometa  á  juzgarlo  como 
hombre  libre  y  considerarlo  siempre  como  tal. 

Art.  o  9 — Si  al  juzgarse  el  delito  que  motivó  la  ex- 
tradición, se  descubriese  que  el  reo  lo  es  de  otro  distinto 
y  más  grave,  comprendido  también  en  el  tratado  de  ex- 
tradición ó  en  esta  ley,  el  gobierno  requirente  podrá  ha- 
cerlo juzgar  por  este  último  delito,  participando  algobierno 
del  Perú.  Al  concederse  la  extradición  se  estipulará  que 
no  se  imponga  al  reo  la  pena  de  muerte,  debiendo  el  go- 
bierno exigir  contal  fin  al  hacer  la  entrega  del  reo,  que  se 
le  comunique  la  sentencia  definitiva  pronunciada  contra 
éste. 

Art.  6? — En  el  caso  deque,  con  arreglo  á  lo  pres- 
crito en  el  inciso  1?  del  artículo  3? ,  el  gobierno  no  deba 
entregar  á  los  delincuentes  solicitados,  éstos  podrán  seV 
ji7zgados  y  castigados  conforme  á  las  leyes  déla  Repú- 
blica, comunicándose  la  sentencia  al  Gobierno  que  los  hu- 
biese reclamado. 

Art.  Ip — Si  dos  ó  más  Gobiernos  solicitaren  la  ex- 
tradición de  un  mismo  individuo,  toca  al  del  Perú  deci- 
dir según  las  circunstancias,  á  cual  de  ellos  debe  ser  en- 
tregado. 

Art.  8? — La  demanda  de  extradición  podrá  hacerse 
directamente  por  los  Gobiernos,  por  la  vía  diplomática 
ó  por  cualquier  funcionario  suficientemente  autorizado; 
debiendo  estar  aparejada: 

1? — Con  la  sentencia  condenatoria  ó  principio 
de  prueba  que,  según  las  leyes  del  Estado  en  que  se  haya 
cometido  el  delito,  sea  bastante  para  justificar  la  captura 
y  enjuiciamiento  del  reo; 

2? — Con  todos  los  datos  necesarios  para  acre- 
ditar la  identidad  de  la  persona  requerida;  y 

3? — Con  una  copia  de  las  disposiciones  legales 
de  la  nación  requirente,  aplicables  al  hecho  que  motiva  la 
solicitud. 

Art.  9? — En  casos  urgentes  podrá  decretarse  la  de- 
tención provisional  del  inculpado,  si  el  Gobierno  reclaman- 
te lo  solicita  por  medio  de  comunicación  telegráfica  ó  pos- 
tal; debiendo  cesar  el  arresto  cuando  en  el  término  de  tres 
meses  contados  desde  que  se  verificó,  no  se  formalice  la  de- 
manda, de  la  manera  que  establece  el    artículo  precedente. 

Art.  10.— Cuando  haya  lugar  á  la  extradición,  los 
papeles  y  demás  objetos  que  tengan  relación  con  el  delito 
y  sus  autores,  se  entregarán  á  la  nación  requirente,  bajo 
i  a  condición  de  devolverlos,  terminado  que  sea  el  juicio, 
si  alguna  persona  alegara  derecho  sobre  ellos. 

13 


Art.  11. — El  Gobierno,  podrá  autorizar  el  tránsito, 
por  el  territorio  de  la  República,  de  los  reos  extraídos  por- 
las  naciones  vecinas  siempre  que  ellos  no  fuesen  ciudada- 
nos peruanos,  haciendo  que  las  autoridades  proporcionen 
los  medios  necesarios  para  impedir  la  evasión. 

Art.  12.— Presentada  la  solicitud  de  extradición,  el 
Ministro  de  Relaciones  Exteriores,  la  pasará  á  la  Excma. 
Corte  Suprema,  la  que,  previa  audición  del  Ministerio 
Fiscal,  emitirá  su  informe  sobre  la  legalidad  ó  ilegalidad 
de  la  reclamación  conforme  á  esta  ley.  En  virtud  de  dicho 
informe,  el  Presidente  de  la  República  resolverá,  con  acuer- 
do del  Consejo' de  Ministros,  la  demanda  de  extradición. 

Art.  13.— El  Poder  Ejecutivo  desahuciará  á  su  venci- 
miento, todo  los  tratados  de  extradición  que  no  estén  ajus- 
tados á  la  presente  ley. 

Comuniqúese  al  Poder  Ejecutivo  para  que  disponga 
lo  necesario  á  su  cumplimiento. 

Dada  en  la  sala  de  sesiones  del  Congreso  en  Lima, 
á  17  de  Octubre  de  1888. 

M.  Candamo,  Presidente  del  Senado.— Manuel,  M. 
DEL  Valle,  Presidente  de  la  Cá^nnra  ne  Diputados. — José 
V.  Arias,  Secretario  del  Senado. — Teodomiro  A.  Gadea,  Se- 
cretario de  la  Cámara  de  Diputados. 

Por  tanto:  mando  se  imprima,  publique,  circule  y  se 
le  dé  el  debido  cumplimiento. 

Dado  en  la  Casa  de  Gobierno  en  Lima,  á  23  de  Oc- 
tubre de  1888. 

Andrés  A.  C áceres. 

Isaac  Ahamora . ' ' 

I. 

^;Cuál  es  el  fundamento  de  la  extradición? 

En  esto  parte  los  autores  están  muy  divididos. 
Gado  uno  piensa  ver  en  su  doctrina,  como  sucede 
casi  siempre,  al  verdadero  título  jurídico;  más, 
parece  que  cuatro  son  las  opiniones  que  se  dispu- 
tan el  triunfo. 

Unos  hallan  su  fundamento,  independiente- 
mente de  todo  tratado,  en  los  principios  mismos 
que  sirven  de  base  al  derecho  de  castigar;  otros 
le  han  negado  por  completo  toda  base,  todo  ci- 
miento, dando  por   razón  principal  que   un  Esta. 

13 


do  no  podría  privar  de  la  libertad  al  extrange- 
ro  que  no  ha  causado  ningún  daño  á  la  Nación 
que  le  sirve  de  asilo;  algunos,  que  en  las  con- 
veniencias de  utilidad  social,  se  puede  encontrar 
su  fundain.ento;  y  otros,  en  fin,  del  hecho  de  que 
la  extradición  se  halla  regida  por  tratados  espe- 
ciales, fundan  en  dichos  tratados,  el  principio 
jurídico  de  la  obligación  de  entregar  á  los  mal- 
hechores. 

Oigamos  como  se  expresan. 

Grocio,  Wattel  y  Fiore  consideran  la  extra- 
dición no  sólo  como  un  derecho  basado  en  los 
pactos,  sino  como  un  deber  absoluto  y  obligato- 
rio para  los  Estados;  fundándose  en  el  interés 
general  de  la  sociedad,  en  la  necesidad  de  en- 
tregar á  los  delincuentes  y  en  lo  peligroso  que 
sería  ofrecer  asilo  fácil  y  seguro,  á  criminales 
que  pueden  impunemente  repetir  sus  ataques  á 
la  justicia  y  á  la  seguridad  de  los  Estados  y  de 
los  individuos. — Bluntschli,  reconoce  también  el 
mismo  principio,  pero  sólo  por  delitos  graves: 
siempre  que  el  Estado  que  la  exija,  ofrezca  sufi- 
ciente garantía  en  imparcialidad  y  civilización. 
"El  interés  general  -  dice  -  exige  que  los  asesinos, 
grandes  falsificadores  y  ladrones,  sean  castiga- 
dos."^— Bello  se  afilia  á  los  publicistas  anteriores 
cuando  nos  enseña  :  "que  si  el  soberano  cuyas 
leyes  han  sido  ultrajadas,  reclama  los  reos,  se 
le  deben  entregar  para  que  haya  justicia  en  ellos; 
porque  en  el  teatro  de  sus  crímenes  es  donde 
pueden  ser  más  fácilmente  juzgados,  y  porque  la 
Nación  ofendida  es  á  la  que  más  importa  su  cas- 
tigo." — Nuestro  compatriota  Pando,  en  su  obra 
postuma  de  Derecho  Internacional,  se  expresa  y 
sienta  los  mismos  argumentos  que  Andrés  Bello 
y  hasta  en  los  mismos  términos,  lo  cual  demues- 
tra que  Pando  se  dedicó  á  copiar  la  doctrina  de 
aquel,  no  aduciendo,  por  supuesto,  su  parecer 
en  la  materia. — De  la  misma  manera  piensa  Diez 


i^ 


^l£a.tii_ie;l     Je^s^^JJ.fe9      iVlLotzi  Linea 

de  Medina,  pues  dice  :  "que  teniendo  en  cuenta 
que  hay  delitos  que  ofenden  á  la  humanidad  en- 
tera, y  los  hay  que  sólo  alcanzan  á  herir  dentro 
de  los  límites  de  una  sociedad  determinada,  pue 
de  establecerse  por  punto  general,  y  á  falta  de 
tratados,  la  plena  lejitimidad  del  derecho  de  ex- 
tradición,"     (Primer  sistema.) 

Puffendorf,  Martens  y  Ferreira  niegan  al  de- 
recho que  nos  ocupa  el  carácter  de  absoluto  y 
obligatorio,  reconociendo  en  las  naciones  comple- 
ta libertad  para  concederlo  ó  no  á  su  arbitrio;  y 
se  apoyan,  en  que  no  violando  los  delincuentes 
ni  el  orden  público  y  ni  las  leyes  del  Estado  que 
les  dio  asilo,  no  es  justo  que  éste  los  persiga; 
y  que  el  Derecho  Penal  es  esencialmente  terri- 
torial.— Sapey  se  expresa  así:  '"'¿Porqué  la  tierra 
de  Francia  no  salva  al  reo  que  lo  suplica,  de  igual 
manera  que  dá  libertad  al  esclavo  que  entra  en 
ella?  ¿Sería  tan  lamentable  acaso,  que  el  terri- 
torio de  cada  Nación  hecho  sagrado,  fuese  un 
asilo,  en  la  antigua  y  religiosa  acepción  de  esta 
palabra?  ¿Si  hace  falta  un  castigo,  no  basta 
con  el  destierro?" — Aspiazu  en  sus  Dogmas  de 
DerecJio  ínter  nacional ,  nos  enseña  que: 'la  Na- 
ción no  tiene  derecho  de  castigar  ni  está  obliga- 
do á  entregar  á  los  extranjeros  que  se  hayan 
refugiado  por  delitos  cometidos  en  otro  territo- 
rio, si  no  es  por  crímenes  atroces,  6  por  aquellos 
que  constituyen  á  sus  perpetradores  en  enemi- 
gos del  género  humano.  No  tiene  derecho  de 
castigar,  porque  la  justicia  penal  es  esencial- 
mente territorial.  Tampoco  está  obligado  á  en- 
tregar, porque  por  el  hecho  de  haberse  refugia- 
do el  delincuente  en  otro  país  debe  quedar  ex- 
crito  de  pena,  y  porque  la  expatriación  ó  la  fu- 
ga puede  estimarse  como  una  expiación  ó  pena 
del  delito.  Pero  sí  puede  concederse  por  críme- 
nes atroces,  porque  esta  clase  de  delitos  inte- 
resa   á    todos    los    pueblos." — ^Neumann  sostiene 


que  la  justicia  penal  de  un  Estado,  no  se  aplica 
más  que  á  las  infracciones  cometidas  en  su  te- 
rritorio por  nacionales  y  extrang-eros,  ó  |)or  sus 
nacionales  en  el  extranjero,  ó  aun  por  un  ex- 
tranjero fuera  del  país,  sí  se  trata  de  atenta- 
dos contra  su  existencia  ó  de  su  Constitución; 
pero  en  principio  ningún  Estado  tiene  obligaciún 
de  prestar  asistencia  á  otro  para  el  ejercicio  de 
su  jurisdicción  penal  ó  la  extradición  del  delin- 
cuente  fugitivo.     (Segundo  sistema.) 

Heffter  exclama  :  "que  en  faltando  tratados, 
la  extradición  debe  subordinarse  á  las  considera- 
ciones de  conveniencia  y  utilidad  recíprocas,  de- 
jando al  gobierno  requerido  en  plena  libertad  de 
negarla  ó  nó. ' ' — Foelix  prorrumpe  también  de  la 
misma  manera,  cuando  sostiene  :  ''toda  extradi- 
ción está  subordinada  á  consideraciones  de  con- 
veniencia y  utilidad  recíprocas." — Tal  es  también 
la  opinión  de  Dalloz,  cuando  señala  que  :  "el  mis- 
mo interés  general  debe  determinar  al  Sobera- 
no de  un  Estado,  á  abandonar  á  un  culpable  en 
interés  de  la  seguridad  de  su  vecino;  y  hay  otro 
segundo  interés  no  menos  evidente,  que  es  el  de 
la  reciprocidad." — De  igual  manera  se  lee  en  Hans, 
que  dice  :  "el  gobierno  á  quien  se  ha  dirijido  la 
demanda  tiene  interés  en  acceder  á  ella,  porque 
rehusando  la  extradición,  se  despojaría  del  dere- 
cho de  reclamarla,  á  su  vez,  en  el  caso  que  és- 
ta fuese  necesaria."    (Tercer  sistema.) 

Woolsey  siguiendo  á  Philimore  razona  del 
modo  siguiente  :  "aunque  algunos  autores  son 
de  opinión  de  que  la  obligación  de  entregar  á 
los  malhechores  es  absoluta,  el  número  de  tra- 
tados de  extradición  tiende  á  demostrar  que  se- 
mejante obligación  no  se  halla  en  todas  partes 
reconocida.  ¿Cuál  sería,  en  efecto,  la  necesidad  de 
los  tratados  para  especificar  los  crímenes  que 
dan  lugar  á  la  extradición?"  De  todo  lo  anterior 
saca  como  consecuencia,   el  pubhcista  citado,  que 


le 


las  Naciones  tienen  una  obligación  limitada  de 
prestarse  recíprocamente  asistencia  en  la  admi- 
nistración de  justicia  y  que  esa  obligación  no 
puede  ser  definida  sino  por  tratados  que  regu- 
la-n  las  intenciones  de  los  contratantes. — Calvo 
nos  enseña  :  "que  estudiada  prácticamente  la  cues- 
tión, puede  decirse  que  en  el  estado  actual  de 
las  relaciones  internacionales,  la  extradición  de 
criminales  se  funda  sólo  en  los  tratados  celebra- 
dos al  efecto,  y  no  puede  ser  legalmente  exijida 
donde  no  existen,  y  que  si  las  naciones  consien- 
ten sin  existir  dichos  tratados,  es  sólo  de  pura 
cortesía  internacional."     (Cuarto  sistema.) 

Tales  son  los  cuatro  principales  sistemas 
que  á  grandes  rasgos  os  he  presentado.  He  pres- 
cindido de  otras  muchas  doctrinas:  porque  ellas 
-aunque  con  algunas  variantes -pueden  refun- 
dirse en  los  sistemas  apuntados.  Y  he  procura- 
do sacar  textualmente  sus  ideas,  para  salvar  las 
desvirtuaciones  y  ver  claramente  la  importancia 
que  tienen. 

Las  doctrinas  antes  mencionadas  no  son  del 
todo  inaceptables.  La  escuela  de  la  convención  de 
Rousseau,  la  utilitaria  de  Benthán,  la  expiatoria 
de  Rossi  y  la  sentimentalista  de  Smith  en^  cuan- 
to al  derecho  de  castigar,  tienen  también  sus 
errores;  más  no  por  eso  debemos  del  todo  dese- 
charlas. 

Ahora  bien,  los  del  segundo  sistema  al  de- 
cir que  si  la  extradición  es  buena  en  sus  resul- 
tados es  ilejítima  en  su  principio,  sostienen  :  que 
un  gobierno  -  por  una  parte  -  no  tiene  jurisdic- 
ción sino  sobre  su  territorio,  y  cuando  se  trata 
de  extranjeros,  sólo  por  hechos  cometid^os  en  su 
país  y  que  el  gobierno  que  solicita  la  extradi- 
ción no  tiene  derecho  sobre  el  criminal,  puesto 
que  éste  se  halla  fuera  de  su  imperio;  y  por  otra, 
que  el  gobierno  á  quien   la    extradición    se  pide, 


tampoco  tiene  acción,  puesto  que  el  hecho  cri- 
minal no  se  cometió  en  su  territorio;  y  en  de- 
finitiva, el  Estado  que  prestó  protección,  puede 
expulsarle,  pero  nunca  conceder  la  entrega  al 
que   lo  solicita. 

I^  es  admisible  este  sistema;  porque  si  no 
tiene  acción  para  el  castigo,  ni  la  nación  violada 
ni  la  protectora,  se  deduce  claramente  la  impu 
nidad  del  delito,  impunidad  que  conducirla  á  la 
más  deplorable  barbarie;  y  porque  el  autor  de 
un  delito  no  lo  purga  por  el  solo  hecho  de  fran- 
quear las  fronteras  del  país  en  que  delinquió, 
puesto  que  la  nación  ofendida  conserva  sobre  él, 
por  razón  de  su  crimen,  un  derecho  cuyo  ejer- 
cicio puede  ser  paralizado  por  respeto  debido  al 
Estado  vecino  ó  por  cualquiera  otra  excepción, 
pero  que  en  sí  es  un  derecho  absoluto.  Supon- 
gamos, en  efecto,  que  un  criminal  se  refugia  en 
un  lugar  en  el  que  nadie  ejerce  soberanía,  en 
una  isla  desierta,  en  un  barco,  por  ejemplo,  na- 
die negará  que  la  nación  á  quien  haya  ofendido 
tiene  derecho  lejítimo  y  perfecto  de  apoderar- 
se d(  él;  luego  si  el  Estado  en  que  el  mismo  de- 
lincuente vá  á  refugiarse,  renuncia  á  esa  excep- 
ción que  solo  él  puede  alegar  y  hacer  valer,  acep- 
ta la  delegación  y  en  definitiva,  restituyendo  ó 
entregando  al  criminal  á  sus  jueces  naturales, 
nada  hace  que  no  sea  perfectamente  lejítimo, 
nada  que  ofenda  á  los  principios  inmutables  y 
consoladores  de  lo  justo.  El  Marqués  de  Pasto- 
ret  ha  dicho  :  "el  Derecho  de  Gentes  no  es  pro- 
tejer  un  Estado  á  los  malhechores  de  otro,  sino 
ayudarse  mutuamente  contra  los  enemigos  de  la 
sociedad   y  de  la  virtud." 

Así  mismo  rechazamos  la  doctrina  de  los  que 
con  Heffter,  Foelix  y  otros,  creen,  que  en  la  con- 
veniencia y  utilidad  recíprocas  de  las  naciones, 
se  encuentra   su   fundamento;  porque  si  interesa 

18 


á  los  Estados  la  entrega  de  los  delincuentes  só- 
lo por  utilidad,  claro  es  que  desapareciendo  esa 
conveniencia,  esa  utilidad,  desaparecería  también 
el  derecho,  y  por  tanto:  fuera  justicia,  puesto  que 
donde  hay  obligación  hay  derecho. 

Además,  el  principio  utilitario  es  muy  rela- 
tivo y  entendido  por  las  naciones  de  muy  diver- 
so modo,  según  su  índole,  sus  circunstancias  y 
demás  accidentes  que  generalmente  rodean  á  las 
demandas  de  extradición.  Así,  habrían  naciones 
que  por  delitos  leves,  por  faltas,  la  utilidad  los 
arrastraría  á  cometer  atropellos  los  mas  enor- 
mes; que  por  utilidad,  hasta  tendrían  que  atacar 
la  soberanía  de  los  Estados,  dando  como  conse- 
cuencia necesaria,  la  ruptura  de  la  paz  y  el  des- 
moronamiento del  edificio  social. 

Aparte  de  este  atentado,  se  violaría  también 
los  sagrados  derechos  del  hombre,  toda  vez  que 
estarían  á  merced  de  ambiciones  más  ó  menos 
encontradas  de  los  pueblos.  Por  eso  dice  San- 
tistevan  :  "O  se  niega  al  hombre  la  posibilidad 
de  su  rehabilitación  ó  hay  que  negar  todo  dere- 
cho de  extradición." 

Más  aún  -  como  veremos  después  -  la  extra- 
dición sólo  se  concede  por  delitos  atroces  y  con 
la  utilidad,  todo  caería  apresado  bajo  su  yugo. 
Si  el  castigo  de  los  delitos  políticos  interesa  á 
la  nación  ultrajada,  ¿porqué  no  ha  de  conceder- 
se la  entrega  del  criminal?  ¿No  interesa  tam- 
bién á  los  pueblos,  la  reprensión  de  los  que  tur- 
ban la  tranquilidad  de  sus  moradores,  ultrajan 
los  poderes  constituidos  y  tratan  de  derrocar  al 
Jefe  Supremo  del  Estado? 

Todas  las  consideraciones  antes  mencionadas, 
manifiestan  que  el  sistema  utilitario  es  insufi- 
ciente, vago  y  de  consecuencias  perniciosas,  en 
materia  de  extradición. 

Los  sostenedores  del   cuarto    sistema,   ó  sea- 
de  los  tratados,  lejos  de  ver  en  ellos  la  regulá- 
is 


11^  í?i     «2íz?<:t:x^aciic:;icí>i-^ 


rización  del  deber  jurídico  existente  entre  los 
pueblos,  no  se  aperciben  que  con  su  teoría  dan 
á  los  gobiernos  la  facultad  de  disponer  de  la  li- 
bertad de  los  particulares;  y  á  los  criminales  hui- 
dos, el  derecho  de  pedir  al  Estado  en  cuyo  terri- 
torio se  encuentran,  asilo  inviolable  contra  toda 
persecusión  relativa  á  delitos  no  previstos  en  el 
tratado;  y  la  fuga,  en  estos  casos,  hace  adquirir 
un  derecho  privilegiado  de  protección,  de  defensa. 

Si  es  verdad  que  la  existencia  de  los  trata- 
dos se  hace  necesaria,  ya  para  especificar  los  de- 
litos por  los  cuales  se  obligan  las  naciones  con- 
tratantes á  entregar  á  los  culpables,  ya  para  in- 
dicar el  procedimiento  y  demás  circunstancias 
anexas  á  él;  no  lo  es  que  sirvan  de  principio, 
porque  antes  del  edificio  está  el  cimiento. 

Además,  sus  defectos  se  manifiestan  por  las 
absurdas  conclusiones  que  claramente  se  dedu- 
cen. Citaremos  como  ejemplo,  la  siguiente  deci- 
sión .del  Consejo  privativo  de  Inglaterra  : 

Un  chino  refugiado  en  Hong-kong  (colonia 
inglesa),  asesinó  en  alta  mar  al  capitán  de  un 
navio  francés;  acusado  y  reclamado  por  su  país 
al  gobierno  de  Inglaterra  y  sometida  la  deman- 
da al  Consejo  privativo,  se  declaró  que  no  debía 
concederse  la  extradición.  Este  acuerdo  se  apo- 
yaba en  un  artículo  del  tratado  existente  entre 
ambas  naciones  y  que  textualmente  dice  lo  que 
sigue  :  "serán  entregados  por  Inglaterra  los  chi- 
nos refugiados  en  Hong-kong  y  acusados  de  crí- 
menes ó  delitos  contra  las  leyes  de  la  China." 
El  Consejo,  fundándose,  pues,  en  el  texto  del 
convenio,  dedujo  que  se  debían  entender  como 
previstos  por  éste,  los  crímenes  y  dehtos  ordi- 
narios cometidos  por  un  chino  en  su  país  y  re- 
primidos por  la  ley  china;  pero  no  los  previstos 
P'jr  leyes  entrangeras.  Por  lo  tanto,  el  asesina- 
to cometido  en  alta  mar  sobre  el  navio  francés, 
constituía  un  crimen  contra  las  leyes    de  Fran- 


;2  0 


cia,  pero  no  contra  las  de  la  China.  Es  muy  de- 
plorable que  el  tratado  haya  sido  causa  suficien- 
te para  que  se  niegue  la  extradición  en  circuns- 
tancias tan  difíciles. 

Por  nuestra  parte  reconocemos  que  el  fun- 
namento  de  la  extradición,  es  el  mismo  que  el 
del  derecho  de  castigar. 

Brusa  asi  nos  lo  enseña,  cuando  dice  que  : 
"la  extradición  de  criminales  está  fundada  en  el 
mismo  principio  que  el  del  derecho  de  castigar, " 
Becaria  cree  lo  mismo  el  decir  :  ''el  lugar  del 
delito  debe  ser  el  de  la  pena.*' 

Razonemos. 

Es  evidente  la  existencia  de  esa  institución 
jurídica  que  se  llama  Estado,  cuya  misión  es 
realizar  socialmente  el  derecho,  promoviendo  el 
desarrollo  armónico  de  todas  las  diversas  clases 
de  personalidades.  Si,  pues,  el  Estado  tiene  es- 
te derecho,  tiene  también  el  de  restablecer  el  or- 
den cuando  sea  perturbado  y  garantir  su  esta- 
bilidad; luego  cuando  la  perturbación  emane  de 
algún  acto  humano,  éste  caerá  bajo  el  dominio 
de  su  acción.  Más,  el  delito  supone  la  existen- 
cia de  un  ser  inteligente,  que  en  vez  de  contri- 
buir á  la  armonía  social,  se  mofa  de  ella,  po- 
niéndose en  pugna  con  el  derecho;  luego  la  ac- 
ción de  la  sociedad  no  sólo  debe  reparar  el  or- 
den perturbado  por  el  delito,  sino  ejercerla  so- 
bre el  culpable  para  que  vuelva  al  sendero  del 
bien.  Hé  aquí  la  pena  con  su  doble  fin  :  el  so- 
cial, ó  sea  la  restauración  del  orden  perturbado; 
y  el  individual,  ó  sea  la  corrección  del  delincuente. 

Ahora  bien:  si  la  sociedad  tiene  derecho  de 
castigar,  para  ser  lógicos  debemos  concluir  sos- 
teniendo que,  el  individuo  que  después  de  come- 
ter un  delito  en  un  Estado  se  refugia  al  terri- 
torio de  otro,  la  Nación  en  cuyo  seno  lo  come- 
tió, tiene  perfecto  derecho  de  reclamarlo,  para 
imponerle  la  pena  merecida. 

21 


I-^e».     ^:?c;-tx-^ciic3icf>j-ii 


II. 

¿Qué  clase  de  delitos  deben  ser  materia  de 
extradición? 

Antiguamente  lo  eran  todos,  y  hasta  con  el 
fin  de  resguardar  los  intereses  de  los  príncipes 
y  de  castigar  á  los  culpables  de  felonía  y  alta 
traición.  Muchos  ejemplos  de  esta  clase  nos 
muestra  la  historia.  Así  por  el  tratado  entre  En- 
rique II,  rey  de  Inglaterra  y  Guillermo,  rey  de 
Escocia,  en  1174;  acordaron  que  los  acusados  de 
felonía  que  se  refugiasen  de  Inglaterra  en  Esco- 
cia, debían  ser  arrestados  y  juzgados  por  los  tri- 
bunales escoceses  ó  entregados  al  gobierno  Inglés. 

Más  hoy  con  los  progresos  de  las  ciencias  y 
la  concepción  más  completa  de  delito,  ha  hecho 
cambiar  la  austera  faz  del  individualismo  :  los 
soberanos  ya  no  son  los  dioses  objeto  de  adora- 
ción, y  las  simples  faltas  cometidas  contra  la 
persona  de  éstos,  nó  constituyen  delitos  pena- 
dos con  tormentos  salvajes  é  inicuos. 

Por  lo  tanto  los  delitos  políticos  no  entran 
en  el  dominio  de  la  extradición;  y  para  ello  ocu- 
rrimos á  la  autoridad  de  Faustín  Helie  partida- 
rio acérrimo  de  esta  doctrina,  cuando  sostiene 
que:  "los  crímenes  políticos  suponen  más  auda- 
cia que  perversidad,  más  inquietud  en  el  espíri- 
tu que  corrupción  en  el  corazón,  más  fanatismo 
que  vicio."  El  delito  político  turbando  al  orden 
establecido  por  las  leyes  fundamentales  del  Es- 
tado, no  puede  ni  debe  confundirse  jamás  con 
los  simples  atentados,  que  no  tienen  de  él  sino 
el  nombre. 

Generalmente,  el  delito  político,  no  es  efecto  de 
unaimpulsión  criminal,  sino  de  convicciones  since- 
ras y  generosas;  y  su  ejecución  se  verifica  en  cir- 
cunstancias muy  difíciles  de  apreciar. 

Lios  delitos  de  piratería  y  de  trato  de  negros 


2;2 


no  son  tampoco  materia  de  extradición.  Los  po- 
líticos los  desechamos,  porque  atacan  sólo  los 
fueros  de  la  Nación  ofendida,  y  la  fuga  de  los 
delincuentes,  en  este  caso,  puede  considerarse  y 
hasta  en  algunos  Estados  se  considera,  como  el 
castigo  necesario  y  suficiente  de  tales  infraccio- 
nes. Por  eso,  nuestro  Código  Penal,  castiga  los 
delitos  políticos  con  la  expatriación  y  el  confina^ 
miento.  Los  de  piratería  y  trato  de  negros,  son 
por  el  contrario,  infracciones  que  afectan  á  la 
humanidad  entera  y  por  lo  tanto,  deben  ser  cas- 
tigados sus  perpetradores  dondo  quiera  que  los 
cometan.  Corroborando  Bonfils  lo  que  decimos, 
sostiene  en  cuanto  á  los  piratas  que  :  "están  de6- 
naturalizados  y  no  pueden  reclamar  la  protección 
de  pabellón  alguno."  Más  la  piratería  algo  vá 
desapareciendo,  pues  los  mares  de  la  China,  Ja- 
va y  Sumatra,  sufren  todavía  las  consecuencias 
de  este  delito. 

Italia  ha  colocado  la  piratería  en  el  número 
de  los  delitos  que  dan  lugar  á  la  extradición,  en 
los  tratados  que  ha  celebrado  con  el  Brasil,  Mé- 
jico, Perú,  Estados  Unidos,  Inglaterra  y  Fran- 
cia; porque  estas  Naciones  designan  bajo  el  nom- 
bre de  piratería,  no  al  delito  que  el  Derecho  In- 
ternacional califica  de  tal,  sino  al  que  se  desig- 
na con  el  nombre  de  baratería  ó  delito  contra 
la  propiedad. 

El  trato  de  negros  ó  sea,  el  tráfico  escanda- 
loso de  esclavos,  también  vá  desapareciendo.  El 
Congreso  de  Viena  declaró  en  1815  que  :  "había 
llegado  el  día  de  poner  término  á  la  plaga  que 
por  tanto  tiempo  había  desolado  el  África,  de- 
gradado á  Europa  y  aflijido  á  la  humanidad. "  La 
conferencia  de  Berlín  en  1885  y  la  antiesGlavistica 
reunida  en  Bruselas,  han  establecido  distintos 
medios  para  reprimir  este  comercio. 

No  entrando,  pues,  en  su  dominio,  ni  los  po- 
líticos ni  los  de  piratería  y   trato  de  negros,  es- 


33 


tá  fuera  de  duda  que  los  llamados  comunes  ocu- 
pan la  preferencia.  El  delito  común,  aunque  vá 
directamente  á  la  persona,  la  sociedad  tiene  obli- 
gación de  hacer  reparar  el  mal  causado;  y  por 
lo  tanto,   solicitar   la  extradición  del  delincuente. 

Al  delito  común  se  ha  mirado  siempre  con 
terror,  en  todos  los  tiempos  y  en  todos  los  pue- 
blos; así  mismo,  se  ha  condenado  como  verdade- 
ros delitos,  el  asesinato,  el  robo,  el  estupro,  &.: 
pero  las  opiniones  fluctúan  mucho  en  cuanto  á 
los  políticos.  La  rebelión,  por  ejemplo,  que  an- 
tes se  castigaba  con  mucha  crueldad,  ha  llega- 
do, según  =  muchas  doctrinas,  hasta  desnudarse 
del  carácter  de  delito. 

Además,  si  la  extradición  es  de  Derecho  de 
Gentes,  es  claro  que  no  debe  aplicarse  sino  en 
interés  general  de  los  pueblos.  Por  eso  el  mal- 
hechor es  considerado  como  enemigo  del  género 
humano  y  todo  el  mundo  se  interesa  por  que  su 
delito  no  quede  impune;  mientras  que  el  hom- 
bre, por  una  ambición  culpable  en  ocasiones  ó 
por  razones  meritorias  en  otras,  trata  de  cam 
biar,  por  ejemplo,  la  forma  de  gobierno  de  su 
país;  será  enemigo  de  ese  gobierno,  pero  nunca 
lo  será  de  la  Nación  protectora. 

III. 

¿Todas  las  personas  caen  bajo  el  dominio  de 
la  extradición? 

Muchas  publicistas  deniegan  la  entrega  de 
nacionales,  ó  sea  de  aquellos  que  habiendo  co- 
metido un  delito  en  un  Estado  se  refugian  en 
su  territorio.  Alegan  para  ello,  que  cada  cuidad 
tiene  deberes  para  con  sus  miembros  y  les  de- 
ben protección  y  defensa.  Dicen,  también,  que 
si  el  ciudadano  se  somete  á  las  leyes  y  al  Juez 
que  debe  aplicarlas  y  por  otro  lado,  la  ciudad  le 
promete  defenderle  y  ampararle;  es  claro  que  el 

;24 


Estado  debe  cuidar   que  sean  respetados  sus  de- 
rechos. — (Tittman. ) 

Como  una  ofensa  á  la  dignidad  nacional,  con 
sideran  otros,  la  remisión  del  subdito  á  la  po- 
tencia extrangera:  y  por  eso  un  gran  escritor 
ha  dicho:  "Un  loable  sentimiento  de  nacionalidad 
se  impone  á  nosotros,  al  pensar  que  un  francés 
sea  entregado  por  su  gobierno  á  la  jurisdicción 
de  los   tribunales  extrangeros. " — (Le  Sellyer.) 

Consideraciones  morales  han  inducido  á 
Pescatore  sostener  la  misma  teoría  y  que  la  re- 
producimos aquí,  por  estar  llena  de  fraces  tier- 
nas, dulces  y  conmovedoras,  pero  que  en  el  fon- 
do es  inaceptable.  He  aquí  las  palabras  del  Mar- 
qués :  "En  los  casos  ordinarios  si  un  agente  de 
seguridad  pública  después  de  haber  descubierto 
y  alcanzado  al  culpable,  lo  pone  en  manos  de  los 
magistrados  y  si  este  mismo  culpable  es  conde- 
nado y  castigado,  la  conciencia  pública  manifies- 
ta su  satisfacción.  Pero  si  á  falta  de  agentes  ó 
testigos  extrangeros,  una  madre  desnaturalizada 
llevase  á  la  justicia  á  su  propio  hijo  y  diese  so- 
bre él  un  testimonio  que  lo  conduciría  al  cadal- 
so, se  elevaría  un  grito  terrible  :  el  grito  de  la 
cólera  moral  que  no  sufre  ninguna  relación  en- 
tre su  ley  absoluta  y  un  miserable  interés  hu- 
mano. De  igual  manera  no  podría  pedirse  á  la 
patria  que  es  nuestra  madre  común  que  entre- 
gase á  sus  hijos." 

Más  nosotros  creemos  que  la  justicia  debe 
ser  administrada  de  una  manera  imparcial  y 
la  jurisdicción,  determinarse  según  la  naturaleza 
de  las  cosas  y  las  razones  jurídicas;  que  la  na- 
cionalidad del  delincuente  no  podría  tener  por 
objeto  justificar  una  diferencia  en  la  aplicación 
de  la  pena  y  hacer  derogar  el  principio  de  que: 
el  criminal  debe  sufrir  el  castigo  allí  donde  co- 
metió el  delito;  y  que  la  extradición  universal, 
satisface  los  intereses  de  justicia  y  los   del  acu- 


as 


sado,  porque  es  evidente  que  el  país  asiento  del 
delito,  está  en  mejores  condiciones,  que  ningún 
otro,  para  aprovecharse  de  todos  los  medios  7 
recursos  conducente  á  la  apreciación  del  crimen 
y  castigo  del  culpable  :  la  instrucción  del  proce- 
so, la  tramitación  de  los  elementos  de  prueba 
y  la  audición  de  testigos,  se  hace  más  rápida, 
más  segura,  cuando  el  hecho  delictuoso  se  pro- 
cesa en  el  territorio  ofendido. 

Y  no  se  diga  que  la  entrega  del  nacional  im- 
plicaría un  sacrificio  á  la  dignidad  del  Estado, 
pues  el  ejemplo  dado  por  Inglaterra  y  Estados 
Huidos  en  lo  concerniente  á  la  extradición  de  sus 
propios  súlditos,  demuestra,  que  puede  darse  una 
demanda  de  esta  clase;  sin  perder  prestigio  al- 
guno en  las  relaciones  exteriores;  y  nótese  que 
esta  entrega  en  tanto  mas  notable,  cuanto  que 
en  aquellos  países  se  profesa  el  más  profundo 
respeto  á  la  libertad  individual,  y  que  se  tiene 
en  mucho  la  dignidad  del  ciudadano. 

Está  fuera  de  duda  que  los  Estados  deben 
garantir  á  sus  subditos;  pero  esa  garantía  no 
debe  ser  tan  exagerada,  denegando  por  completo 
su  entrega,  porque  precediéndose  así,  vendría  la 
ruina,  el  desplomamiento  de  la  administración  de 
justicia. 

Con  esteno  queremos  sostener,  que  el  nacional 
deba  ser  entregado  siempre  que  se  solicita;  sino 
que  sus  jueces  deben  examinar  si  el  subdito  re- 
clamado lleva  verdadera  culpabilidad,  y  si  esa  cul- 
pabilidad lo  arrastra  necesariamente  á  su  entre- 
ga. Si  estas  condiciones  se  cumplen,  ¿existe  al- 
gún obstáculo  jurídico  para  negar  todavía  la  en- 
trega  de  nuestro  compatriota? 

Pescatore  á  mirado  la  cuestión  por  diferen- 
te faz,  nos  toca  las  fibras  sensitivas  del  cora- 
zón, nos  habla  de  la  ternura  de  la  patria  con  sus 
propios  hijos.  Pero  ¿qué  hijos  tan  desnaturaliza- 
dos son  estos  que  atacan  inicuamente  á  su  pro- 


^Je;«r^TLJfc;l     J  «¿seques     JN<J  eíoi  ii  id 

pia  madre?     ¿No  sería  justo,   racional,  conforme, 
su  entrega?  ^ 

Mucho  podríamos  hablar  al  respecto,  pero  el 
temor  de  fatigaros  hace  que  ponga  punto  final  á 
estn    parte. 

IV. 

Por  último,  ¿qué  procedimiento  debe  seguir- 
se pira  una  demanda  de  extradición? 

No  podemos  aquí  dar  reglas  fijas,  porque  los 
trámites  corresiDonden  al  régimen  interior  de  ca- 
da Estado.  Con  todo,  el  procedimiento  se  inicia 
con  la  demanda  del  Estado  que  pide  al  criminal 
y  se  cierra  con  la  ejecución  ó  negativa. 

Es  práctica  generalmente  aceptada,  que  los 
pedidos  de  extradición  se  entablen  entre  los 
Agentes  diplomáticos  de  ambas  naciones,  y  que 
los  Cónsules  y  Vice-cónsules  no  tienen  ingeren- 
cia alguna.  Sin  embargo,  cuando  los  Agentes 
diplomáticos  se  encuentran  ausentes,  pueden  los 
cónsules,  y  sólo  en  este  caso,  tomar  parte  en  la 
demanda. 

Los  diplomáticos  de  la  Nación  mediadora,  in- 
terponen también  la  demanda,  siempre  que  en- 
tre los  gobiernos  se  hallen  interrumpidas  las  re- 
laciones y  cuando  consienten  en  la  mediación. 
Siguiendo  esta  regia,  el  gobierno  italiano  se  ne- 
gó á  conceder  al  ex-gobierno  pontificio  la  [extra- 
dición de  un  tal  Lucidi  por  encontrarse  rotas 
sus  relaciones;  extradición  que  fué  hecha  por 
medio  del  cónsul  inglés. 

Los  documentos  que  pueden  servir  de  base 
á  la  demanda  son:  el  auto  de  prisión,  la  orden 
de  captura  y  la  sentencia  condenatoria.  Debe  asi 
mismo  darse  á  conocer  con  precisión  al  indivi- 
duo reclamado  y  con  una  buena  filiación  que- 
dará satisfecho  el  objeto;  es   también  indispensa- 


X_^ea-     ti3<zt  jr^eidlciic^  t  X 


ble  indicar  su  nacionalidad,  expresar  el  deli- 
to, la  fecha  de  la  perpetración  y  demás  condi- 
ciones que  manifiesten  plenamente  la  autentici- 
dad del  hecho  y  el  delincuente. 

Si  dos  Estados  piden  la  extradición  del  mis- 
mo individuo,  se  preferirá  á  la  Nación  ultrajada 
más  gravemente;  y  en  igualdad  de  circunstan- 
cias  al  que   solicita  primero  la  demanda. 

En  cuanto  á  los  gastos  que  ocasiona  la  en- 
trega, es  corriente  que,  sean  hechos  por  el  Es- 
tado demandante  y  demandado.  Este  debe  cu- 
brirlos hasta  que  salga  de  su  territorio  y  aquél 
todos  los  demás. 


He  concluido  este  mal  delineado  trabajo;  en 
él  no  encontraréis  nada  de  nuevo,  pues  sólo  he 
estudiado  las  doctrinas  modernas  al  respecto  de 
una  manera  rápida;  hay  mucho,  muchísimo  que 
decir;  para  otros  cerebros  mejor  conformados 
traslado  la  cuestión.  Las  lagunas  que  en  él  en- 
contraréis, creo  serán  disimuladas  y  los  escollos 
con  que  á  cada  instante  he  tropezado  son  con- 
secuencia necesaria  de  mi  escaso  talento  y  de 
la  naturaleza  del  asunto. 

Creo,  pues,  llenado  mi  objeto,  sentando  las 
siguientes  conclusiones:  1?.  que  el  fundamento 
de  la  extradición  es  el  mismo  que  el  del  dere- 
cho de  castigar;  2  5?  que  sólo  debe  concederse 
por  delitos  comunes;  3  5:  que  todos  los  individuos 
quedan  sometidos  á  ella  sin  distinción  de  nacio- 
nales ó  extrangeros;  y  4  9.  que  los  Agentes  di 
plomálicos  son  los   que  deben  entablarla. 


Arequipa,    Mayo  14  do   lÜúU. 


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